Reseñas literarias

Reseñas literarias: Clavícula, de Marta Sanz

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A un buen título le corresponde una buena portada, sí señor

El cuerpo, como tema de reflexión, es algo jodido. Pensar sobre el cuerpo de cada uno lleva rápidamente a conclusiones estériles y contradictorias. Sabemos poco de él. Sabemos que hay que cuidarlo, pero no sabemos muy bien lo importante: por qué ponemos ese “lo” al final de cuidar.

Cada uno es su cuerpo, pero al mismo tiempo, somos algo más que nuestro cuerpo. El qué, no se sabe. Alma, consciencia, son términos vacíos para nombrar eso que suponemos que debe quedar cuando restas individuo menos cuerpo. Pero, ay, que no le pase nada al cuerpo, que no nos pase nada.

Marta Sanz da vueltas sobre estas cuestiones en Clavícula, a raíz de un dolor que le aparece en una zona indeterminada de su pecho, entre el esternón y la ídem, que un día le hizo exclamar: ay, que no me esté pasando nada. Sanz decide entonces escribir su experiencia enfrentándose a esta doble amenaza. Por un lado el dolor físico que grita desde lo alto de su pulmón, la posibilidad de que se extienda y estropee el resto de su organismo. Por otro lado, ese “que no me pase nada”, la duda, el subjuntivo desapacible. No son dos amenazas diferentes, son dos vivencias diferentes de lo mismo, inseparables como el calor de la llama.

El libro es un diálogo de Marta Sanz consigo misma, o sea con su cuerpo. Sobre la mesa un único tema a tratar: ese dolor que la atemoriza. En la primera página se refiere a él como una “cabeza de alfiler”, que más adelante se convierte en una “garrapata” de patitas traviesas. Esos son los nombres más precisos que recibe su dolor en todo el libro. Porque Marta, que no entiende lo que le dice su cuerpo/ella misma, pasa por innumerables manos de intérpretes: médicos de cabecera, cardiólogos, enfermeros, el ginecólogo, ninguno consigue saber lo que le pasa, ni nombrar su dolor con más rigurosidad que la de un niño adivinando las formas de las nubes.

Por detrás de las palabras de Sanz, nos llegan los ruidos de su cuerpo. El rumor de la circulación, el siseo de la enfermedad que trepa, el rugido de la digestión, los chillidos, los ecos que reverberan en nuestras cavidades. Sólo el título, Clavícula, ya parece reunir todos los chasquidos de un cuerpo quejándose.

Pero el dolor tiene un contexto, lo que quiere decir que viaja más allá del malestar físico de Marta Sanz y se emplaza y se identifica en lo que le rodea. No se encuentra ningún motivo que explique el dolor en el esternón de Marta Sanz. No fisiológico. Pero esa garrapata angustiosa tiene mucho que ver con el desempleo de su marido, la precariedad laboral, la desigualdad de género. También tiene algo que ver con la superficialidad de las nuevas tecnologías, la comida sana, la presión consumista, las expectativas sociales. Tiene que ver con cenar sola en un hotel y con los niños pobres de Manila.

Por último una reflexión: es tanta la identificación entre el tema del texto y lo que lo motiva, que no te puede gustar Clavícula sin sentir que te gusta un poco Marta Sanz.

Mejor fragmento: la escena con la enfermera que la somete a una prueba cardiaca. Con qué finura se desarrolla ese encontronazo entre las dos mujeres:

La enfermera se descoyunta de risa: <<Yo nunca, jamás, me haría esta prueba.>> Quiere meterme mido. Lo consigue. Luego calla y, con una cortesía absolutamente fingida, me dice: <<Por favor, es por aquí.>> Creo que después de <<por favor>> esta fumadora, esta hábil ajustadora de tirantes de sujetadores, esta canaria sin dulzura y con algunos kilos de más aferrados alrededor de las nalgas, habría querido llamarme <<princesa>>. Pero se ha callado para que yo no pueda afirmar que su cortesía es falsa.

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Reseñas Literarias (XI): Tres días y una vida, de Pierre Lemaitre

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En 2009 Carlos Boyero puso a parir Los abrazos rotos y se montó un lío tremendo cuando Pedro Almodóvar decidió cargar desde su blog contra el cronista cinematográfico y su periódico, El País. Hubo un cruce de acusaciones que seguí con interés más bien morboso. Ambas partes se parapetaban en razonamientos harto conocidos (que si la libertad de expresión, que si el respeto). Pero hubo un argumento que sí me llamó la atención. Almodóvar se quejaba de que Boyero había llegado a opinar sobre películas cuyo visionado no había terminado. Un espectador normal es libre de irse en mitad de mis películas, venía a decir el director, pero alguien que va a escribir una opinión y además cobrar por ello debería verlas enteras. Por respeto, y porque si no la ha visto hasta el final, simplemente no conoce de qué está escribiendo. Me pareció que Almodóvar tenía razón.

Este enero he pasado dos semanas pendiente de que devolviesen a la biblioteca de mi barrio Tres días y una vida, de Pierre Lemaitre. Título sugerente, autor que no había estrenado, y una sinopsis muy atractiva: un hombre que vive con miedo a que descubran que una vez, de niño, hizo una cosa brutal. Me llaman a mí las novelas que tratan o emplazan su historia en la infancia de sus personajes.

¿Recordáis lo que disfruté leyendo la Eneida? Bueno, esta nueva lectura ha sido un poco diferente. De hecho, cerrar la Eneida y abrir acto seguido Tres días y una vida ha sido lo más parecido a ostiarme desde un quinto piso que he experimentado en mi vida. A las tres frases sospeché que lo mismo el libro no era para tanto. A la décima página ya sabía que si lo terminaba sería sólo para poder preveniros de acercaros a él sin que Almodóvar se enfadase conmigo. Como los niños cuando se toman el puré, he leído doscientas diez páginas tapándome la nariz. Por ustedes.

Para que veáis que no exagero os transcribo una de las frases más delirantes y chapuceras que jamás vi en letras impresas: “(…) a su paso se hacía un silencio peculiar, susurrante, respetuoso, admirativo, doloroso y solemne” (p. 81). No sé, Pierre, ¿seguro que seis putos adjetivos al final de la frase serán suficientes? Para compensar, los pechos de una chica parecen “increíblemente redondos” (p.93) y sus nalgas “tan redondas” (p.95) mientras el culo de otra es ¿lo adivináis? “de una redondez pasmosa” (p. 159). Por supuesto, la redondez de los culos es igual que la redondez de los pechos, que no difiere en nada de la redondez de una pelota NIVEA o de un roscón de reyes. Yo no sé por qué sistema de valores acabas colgando seis calificativos de un silencio y obligando a dos culos y unas tetas a compartir sólo uno.

Lo que hiere no es la economía de vocabulario, es la falta de imaginación, que convierte las páginas en verdaderos páramos de creatividad. En el mejor de los casos, las palabras no dicen más que lo que pasa. El déficit de estilo alcanza niveles de ejercicio de taller de escritura de barrio. Ni siquiera faltan puntos suspensivos, que es la marca inconfundible del aficionado. También hay muchos párrafos de una sola línea, incluso acumulados, porque todo en la novela busca un efecto obvio y cortoplacista. Como las cosas que pasan “de repente”: de repente salió corriendo, de repente sonó el timbre. ¿Cómo quieres que suene el timbre, poquito a poco?

En fin, a qué extenderme más. Podría señalar los aburridos capítulos del diluvio y sus enumeraciones eternas; que los personajes, especialmente el de la madre, no toman cuerpo en ningún momento, o que incluso el final, que confieso que me sorprendió, es arruinado por unas explicaciones del todo innecesarias. Tres días y una vida es mala de cojones. Y el problema no es que alguien escriba una mala novela, que no hace daño a nadie, sino que un editor la publique y luego otro la traduzca. Pierre Lemaitre es un autor popular y ha ganado importantes galardones con obras anteriores. Es desolador que la industria editorial funcione así, sacando las chapuzas de unos, mientras novelas bien dignas de otros se pudren en cajones.

Pero ¡ojo!, porque un último dato, que he reservado sabiamente para finalizar la reseña, puede alimentar la teoría de que esta obra no sea un resbalón del autor. Tras acabar la página doscientos veinte aún me quedaba algo de aliento (recordad que leía evitando respirar) para leer los agradecimientos. ¡Una página entera! Lo siento pero en esto soy como Alberto Olmos, o sea muy nazi. Si una persona no sabe redactar unos agradecimientos breves, es que no distingue bien lo superfluo de lo importante y tal vez, tal vez, no debería dedicarse a escribir. Lemaitre, confundiendo el apoyo con la influencia, llega a agradecer a una quincena de escritores, como por ejemplo (¿por qué no?) Marcel Proust, o (¿por qué no?) Homero y Sartre.

Aunque ahora que lo pienso, la frase de los seis adjetivos puede que se la susurrase el fantasma poco inspirado de Proust.

 

MEJOR FRAGMENTO: El título y la portada… no, hombre, tampoco hay que ser tan cabronazo. Llamadme guarrete pero la escena del follisqueo no me pareció mal:

Se quedaron así un momento, pegados, sin saber qué hacer, incluso temiendo mirarse, y luego se echaron a reír. Un residuo de la infancia los alcanzó y fue como si acabaran de hacerles una jugarreta a los adultos, a la vida.

 

Reseñas literarias (X): Eneida, de Virgilio

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Eneas saliendo de Troya (Federico Barocci, 1598)

 

Todos sabemos quién fue Virgilio y de qué va la Eneida, y también sabemos que lo natural es que hoy en día nadie se acerque a ella ni con un palo. Vengo a comentaros que tal vez deberíais tirar el palo y leerla. Yo lo he hecho, y lo he flipado.

Como no quiero quedarme corto en esto de hacerme el listo os contaré que he leído la Eneida obedeciendo a un plan que incluía, en orden narrativo, la Ilíada y la Odisea, dos obras que mola mucho ver en el cine pero que tampoco tocaríamos ni con un palo. Ser el único autor de este blog me confiere la autoridad necesaria para deciros que podéis prescindir de la Odisea. Eneida muy bien; Ilíada muy bien sobre todo si vas a leer luego la Eneida; Odisea caca.

Yo he leído las ediciones de Cátedra, que es una editorial muy seriosa y con muchas notas a pie de página para que los que somos medio tontos nos enteremos de lo que está pasando. La Odisea decidieron editarla en prosa, y en mi opinión la cagaron. Así que no sé muy bien si es que la Odisea no me gusta como obra, o lo que no me gusta es la prosa. Llegar hasta el borde de la página es muy cansado, tíos. Reconozco que es contradictorio que la Odisea, donde cada canto es una aventura, resulte más aburrida que la Ilíada, donde cada tres páginas está sucediendo lo mismo: lanzazos. Pero qué lanzazos, amigos. Desde luego ya no nos lanceamos los mozos como antaño.

Aunque yo me haya leído Ilíada y Eneida en un margen de dos meses, fueron escritas en un margen(sito) de siete u ocho siglos. Y se nota. Todo es muchísimo más cercano: la complejidad de los personajes, los usos narrativos, la simbología. Qué duda cabe que es mucho más fácil para un traductor aproximarnos al ingenio original de un Virgilio que escribía en latín que de un Homero que escribía griego antiguo. Yo supongo que es imposible traducir la Ilíada a español moderno y no tener que inventarte la mitad. La traducción de la Eneida que realiza Espinosa es muy buena. Al menos eso decían las notas al pie del editor. Además, y esto no lo sabía yo, el poema fue concebido con la intención política de magnificar la figura de Augusto, que se había proclamado Emperador décadas antes, al salir vencedor de unas guerras civiles traumáticas. ¿Hay algo más familiar para nosotros que la propaganda política en su versión story-telling?

La Eneida se divide en doce libros que a su vez podemos (puedo) dividir en tres partes. La primera narra la llegada de Eneas a Cartago, la relación de éste con la reina Dido (en la que se inserta la narración majestuosa de la caída de Troya) y cómo Eneas la abandona en busca de la tierra que los dioses le han prometido para su pueblo. En la segunda parte, con mucho la más carente de interés para mí, Eneas celebra unos juegos a la memoria de su padre y se da un voltio por el infierno, a lo Odiseo. En la tercera, Eneas llega por fin al Tíber con intención de fundar la futura Roma, pero antes tiene que ostiarse con Latinos y Ausonios, que eso de que vengan unos de a tomar por saco a quitarles mujeres y tierras por la gloria de una Italia que no existe les hace menos gracia que el perdigón a los tordos.

Dos mil años no han bastado para corromper mínimamente la fuerza expresiva de Virgilio, que en algunos pasajes es inclemente como una apisonadora. Virgilio pone en boca de sus personajes unos discursos hinchados de pasión y espíritu. Es emocionante la humanidad que alcanzan y que reconocemos más allá de la distancia que hay entre el pensamiento y la moral actuales y la de la época del poeta latino. Virgilio añade sobre el héroe homérico una profundidad psicológica que endereza el foco de nuestra atención no hacia lo que es, sino hacia lo que hace. Aquiles mata porque es furioso. Odiseo llega a Ítaca porque es astuto. Eneas mata porque no encuentra otra solución para llevar a cabo lo que los dioses le mandan.

Esto no quita que cada personaje se caracterice por unos rasgos reconocibles que limitan su conducta, como requiere cualquier narración. A Eneas lo conduce un sentimiento de responsabilidad extrema. Su fortaleza moral, su pietas es el motor de la acción de la epopeya. Eneas carga con la responsabilidad múltiple de salvar a lo que queda de pueblo troyano, de realizar la voluntad de los dioses (fundar Roma) y de defender a su familia. Esta capacidad para asumir sacrificios queda resumida en la imagen de Eneas echándose a su padre a las espaldas para librarlo de las llamas de Troya. Veinte siglos después Rulfo utilizaría la misma imagen invertida (un padre portando a un hijo) en la pequeña obra maestra No oyes ladrar a los perros, para comunicar los valores contrarios: el egoísmo y la irresponsabilidad.

La técnica narrativa que despliega el autor latino es acojonante. El poema nace con un comienzo in media res que te coge del pescuezo y te mete en un remolino de agua salada, en un despliegue sensorial sin preliminares que sin embargo apenas le cuesta unas pocas palabras. Escrita hace dos mil años, es una de las obras más cinematográficas que he leído en mi vida. Y con esa destreza del lenguaje que a veces roza la plasticidad, el poema se conduce hacia unas últimas doscientas páginas apoteósicas. En la batalla entre los Eneadas y Latinos es donde los paralelismos con la Ilíada se hacen más evidentes. Virgilio no solo fue capaz de estar a la altura de Homero, sino que sublimó los recursos narrativos del poeta griego, renovándolos y abonando en ellos un simbolismo psicológico e histórico que hicieron de la epopeya latina una fuente de análisis inagotable.

Nada falta, nada sobra. Todos los elementos (acción, tiempo, personajes incluso objetos) están rigurosamente dispuestos y diseñados para alcanzar el máximo efecto en el lector. Manda huevos que Virgilio, antes de morir, le pidiese a Augusto que la destruyese.

MEJOR FRAGMENTO: El personaje de Mecencio y en especial su muerte (final del Libro IX). PURO WESTERN

 

Reseñas literarias (IX): El tejado de vidrio y Las nubes por dentro (SDPP), de Andrés Trapiello

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El tejado de vidrio (1989) y Las nubes por dentro (1990) son el tomo tercero y cuarto respectivamente de los diarios de Andrés Trapiello. Éstos suman ya una veintena de volúmenes que, bajo el título Salón de pasos perdidos, conforman lo que su autor llama una novela en marcha. Prueben a ir a la biblioteca de su barrio y verán que un anaquel entero está copado por libros con la nomenclatura TRA. Produce cierta fascinación.

Un diario es eso que se escribe un poco de ligeras, adrede ignorando la pregunta de si se está contando algo interesante o no, porque a estas alturas todos sabemos que ésa no es la pregunta. El diario se escribe como si a uno se lo estuviesen dictando, sin preocuparse de cuestiones de estilo, ritmo, ni mucho menos si la narración deja mil cabos sueltos. Igualmente el lector se enfrenta a ellos como si se tratase de comida más que lectura, maravillado por el efecto de que pasen fáciles las hojas sin que trama o tema alguno pase por ellas. No queda otra, pues así está hecha la cotidianidad (aka vida): de situaciones absurdas, personajes que aparecen y desaparecen sin motivo, puntuales pensamientos homicidas, reflexiones caprichosas, más o menos trabajadas y acertadas, y una tristeza que no se sabe qué es ni de donde viene, y que tal vez sea lo que menos necesitamos que Trapiello explique para entenderle.

El mérito del autor es que todo eso tan real no pierda nada de realidad cuando es pasado al papel. Personajes y situaciones son retratados a la vez fiel y originalmente gracias a su dominio del lenguaje y a su ironía aguda y amarga. Eso es lo importante, más que lo que podamos descubrir de un hombre que deja constancia de sus movimientos todos los días del año. Cosas que por otro lado ya sabíamos o adivinábamos: que idolatra a Cervantes, que reniega de sus jóvenes convicciones comunistas, que es culto, que ama a sus hijos, que no aguanta la mediocridad y que no puede evitar criticar a otros actores del mundo cultureta. Que es, en fin, un hombre sobre el mundo.

No terminamos de saber por qué leemos los diarios de Andrés Trapiello. Supongo que por la misma razón que él los escribe: por ese convencimiento de haber llegado a un punto en que no se entiende muy bien la vida sin literatura. No se trata de compromiso por hacer algo original; tampoco se trata de la esperanza de leer algo que nos fascine, una historia o un estilo que nos subyague. Es más simple, es la comezón, la incomodidad de china en el zapato o grano en el culo que sufrimos si no leemos algo cada tanto, si no tenemos un libro en la mesita de noche para saborear aunque sea una página antes de apagar la luz, si no tenemos nada con que rellenar el vacío existencial a que nos condena el metro/bus/tren por las mañanas, si no podemos añadir algún título más a nuestra lista de lecturas acabadas por cada cien que apuntamos en pendientes. Esa es la necesidad, una necesidad más alimenticia que otra cosa, a que responden y satisfacen los diarios de Trapiello. Sólo eso, y nada menos que eso.

Nota: no hay fragmento destacado porque he devuelto los ejemplares a la biblioteca sin acordarme de transcribir uno

Reseñas literarias (VIII): La caja negra, de Amos Oz

En un intento de alcanzar cierta continuidad en la serie de reseñas literarias, voy a aprovechar que estoy  en paro, y este trayecto en tren de esta mañana de lunes tan soleada y amiga y voy a hablaros de La caja negra, del Amos Oz. No había leído nada de este autor judío, eterno rival de Philip Roth en las quinielas al Nobel para que luego se lo lleve un chino o un francés. El balance final ha sido bastante positivo.

Ocho años después, Ilana vuelve a escribirse con su exmarido, un intelectual rico y prestigioso, pidiéndole ayuda para reconducir al irreverente hijo que tienen en común. Ella ya ha formado una nueva familia, con un profesor de francés de instituto, un judío ortodoxo con el que tiene una hija pequeña. A partir de aquí se sucede un intercambio de misivas y telegramas, del que también participan el hijo irreverente, el nuevo marido judío pro-asentamientos y el ayudante del antiguo marido de Ilana. Estas misivas desarrollan la acción de la historia, hacia delante y hacia atrás, reconstruyendo un pasado doloroso en los recuerdos de los personajes.

La novela se ciñe estrictamente al género epistolar. Todo lo que se cuenta, el cien por cien de la información que el lector maneja, es la contenida en las cartas que los personajes se envían entre ellos. No existe, por lo tanto, ningún punto de vista dominante, ni mucho menos objetivo.

La narración está hecha de distintas voces. A cada voz hay que otorgarle un estilo, una actitud, un papel en la historia que cuentan y de la que son parte implicada. Además estas voces narran en sus cartas dirigiéndose exclusivamente a alguna de las otras voces, lo que acarrea sus implicaciones estilísticas y determina la información que cada uno de ellos posee. Con todas estas cortapisas hay que saber escribir para que no te quede algo que funcione narrativamente sin ser insufriblemente artificial.

Y aunque algo artificial es, pues nadie escribe cartas de veinte o treinta páginas, en una sola noche, y destapando recuerdos y pensamientos que causan bastante embarazo, la novela encuentra su mayor peligro, precisamente, cuando es verosímil. Porque las personas reales, que no escriben novelas, no saben escribir. Incluso aquellas que saben redactar no saben contar bien los sucesos que le pasan o explicar lo que sienten. No con la suficiente claridad, sin caer en la redundancia, o cometer abusos de estilo. Algunos fragmentos de las cartas de Ilana son insufribles por su exagerado, lírico sentimentalismo. Fragmentos que sin embargo, deben estar ahí en pro de la versimilitud.

Al calor del reestrenado contacto, la maraña de rencor y desconfianza que unía a los personajes, en especial al antiguo matrimonio, se va despejando. Su lugar es ocupado por la debilidad (e incluso la a veces sonrojante autocompasión) de cada uno. La caja negra respeta las complejidades de las relaciones humanas, en las que la amistad y el amor familiar conviven, sin salir indemnes, con las obsesiones y los legítimos intereses de cada personaje. Esta novela refuerza la certeza, no por ya sabida menos verdadera, de que hacemos daño a las personas que queremos más por torpes que por malos. La caja negra te reconcilia un poco con las personas.

Mejor escena:

PERSONAL. ZAKHEIM. JERSUALÉN. ISRAEL.

TE HAS EXCEDIDO DE TU OBIGACIÓN. PAGA YA LOS CIEN MIL. DEJA DE FASTIDIARME. ALEX.

 

A. GIDEON. NICFOR. LONDRES.

HE PAGADO. DIMITO GESTIÓN DE TUS NEGOCIOS. ESPERO INSTRUCCIONES INMEDIATAS SOBRE TRANSFERENCIA DOCUMENTACIÓN. ESTÁS LOCO. MANFRED ZAKHEIM.

 

PERSONAL. ZAKHEIM. JERSUALÉN. ISRAEL.

DIMISIÓN NO ACEPTADA. DATE UNA DUCHA FRÍA. CÁLMATE Y SÉ BUEN CHICO. ALEX

 

A. GIDEON. NICFOR. LONDRES.

MI DIMISIÓN SIGUE EN PIE. VETE AL INFIERNO. ZAKHEIM.

 

PERSONAL. ZAKHEIM. JERSUALÉN. ISRAEL.

NO ME ABANDONES. SOY DESGRACIADO. ALEX.

 

A. GIDEON. NICFOR. LONDRES.

SALGO ESTA TARDE. LLEGO A NICHOLSON A PRIMERA HORA. NO COMETAS NINGUNA ESTUPIDEZ MENTRAS. TUYO. MANFRED.

 

Reseñas literarias (VII): Manhattan Transfer, de John Dos Passos

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Vengo a hablaros de Manhattan Transfer, de John Dos Passos, y no sé muy bien por qué, como dirían los de Barricada. Basicamente vengo a deciros que no me ha gustado. Me la he leído en poco más de dos semanas. Esto para alguna gente es una eternidad, pero en mi caso es la media. Sin embargo se me ha hecho larga como las pachangas los días de resaca.

Por buscar un símil, se asemeja a La colmena, de Cela, que como sabéis la releí el año pasado y me pareció genial. Aquí la estructura también está hecha de fragmentos de tres o cuatro páginas, que nos cuentan las vidas de unas personas en una ciudad. Vidas que a veces comparten, a veces sólo se cruzan y a veces ni eso.

A más ciudad más vidas. Si en La colmena, que describe Madrid, aparecen, así a ojo, una cincuentena de personajes, en Manhattan Transfer, que toma Nueva York por escenario, aparecen una centena. También a ojo.

En La colmena me identifico con los personajes. Me desagrada el egoísta y me apiado del pobre, me enternecen sus historias, comprendo sus anhelos, sus sueños imposibles, su vacío de amor. En Manhattan Transfer, simplemente me pierdo. Excepto la decena de personajes que aparece con más frecuencia en la novela, del resto no logro ni recordar su nombre cada vez que vuelven a aparecer. Y son muchas las páginas gastadas en esos personajes que aparecen menos. Por romper una lanza a favor de la novela, creo que en todo esto tiene mucho que ver el que sea español. ¿Cómo me voy a acordar del personaje que salió hace cincuenta páginas llamado Bud? Es más fácil si se llama don Pablo.

Tal vez por eso, el personaje que más vivo he sentido es un negro al que llaman Congo, que no sé muy bien cómo al final aparece siendo rico.

Yo creo que se le podían quitar 150 páginas, y con eso la novela mejoraría sustancialmente.

Dos Passos tiene un estilo visual, plástico, interesante pero aburrido. Comenta mucho los colores. Y si hay algo que emite algún reflejo, tranquilo que te lo va a decir. He acabado hasta las narices (en realidad hasta los huevos) de tanta descripción de calles, parques, muelles y cielos amaneciendo y anocheciendo.

Tal vez relea Manhattan Transfer dentro de 6 años y me encante. Es lo que me pasó con La colmena. Qué buena es La colmena.

Mejor escena:

-Otro whisky, Charley. Esto le devuelve a uno la vida. Lo que me pasa a mí es que he estado mucho tiempo sin beber. Tú no lo creerás al verme así ahora, ¿verdad, amigo?, pero antes me llamaban el Brujo de Wall Street, lo cual no es más que otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos… Sí, señor, con mucho gusto. ¡Viva la salud y al diablo lo demás! ¡Ajajá, esto le devuelve a uno la vida!… Pues bien, señores, apuesto que no hay ninguno entre ustedes que un día u otro no se haya metido en alguna especulación, ¿y cuántos de ustedes no han salido desilusionados? Otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios. Pero no yo, señores, que durante diez años he jugado a la Bolsa, durante diez años día y noche, sin perder de vista un negocio, y en diez años no me he equivocado más que tres veces sin contar la última. Señores, voy a decirles un secreto. Un secreto importantísimo… Charley, otra ronda para estos buenos amigos míos. Yo pago. Y echa un trago tú también… ¡Diablo, cómo hace cosquillas!… señores, otro ejemplo del singular predominio en la suerte de los negocios humanos. Señores, el secreto de mi suerte… Es auténtico, se lo garantizo; pueden ustedes mismos comprobarlo en los periódicos, revistas, discursos, conferencias que publicaron entonces. Un hombre, y entre paréntesis un pillastre, escribió una novela policíaca acerca de mí, titulada El secreto del éxito, que pueden ustedes leer en la biblioteca pública de Nueva York, si les interesa el asunto… El secreto de mi éxito era… Y en cuanto ustedes lo sepan van de seguro a reírse para sus adentros, diciendo que Joe Harland está borracho, que Joe Harland es un pobre idiota… Sí que se reirán… Durante diez años, como les iba diciendo, operé en el mercado de futuros, comprando a la primera, y puse mi dinero en acciones cuyo nombre no había oído nunca, y siempre salí ganando. Amasaba dinero. Tenía cuatro bancos en la palma de la mano. Empecé a interesarme en azúcar y gutapercha, adelantándome a mi siglo…Pero ya están ustedes muertos por saber mi secreto, que creen podrá servirles… De ningún modo… Era una corbata de seda azul que mi madre me hizo cuando chico… No se rían, vamos… No, no estoy tratando de armarla. Es simplemente otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos. El día que me aventuré con otro tipo a mter mil dólares en títulos de Louisville y Nashville, llevaba aquella corbata. Subieron veinticinco enteros en veinticinco minutos. Aquello fue el principio. Luego, poco a poco notéq eu cada vez que no lleavaba la corbata perdía. Estaba ya tan vieja y tan rota que traté de llevarla en el bolsillo. No sería. Tenía que llevarla puesta, ¿comprenden?… Lo demás es la eterna historia, señores… Había una mujer, ¡que el diablo se la lleve!, y yo la quería. Quise probarle que no había nada en el mundo que no hiciese por ella, y se la di. Traté de echarlo a broma y me reí, ja, ja, ja. Ella dijo: <<Si no sirve para nada, está toda rota>>, y la tiró al fuego… Un ejemplo más… Amigo, usted no querría invitarme a otro vasito, ¿verdad? Me encuentro inesperadamente sin fondos esta tarde… Muchas gracias, señor… ¡Ah cómo pica el condenado!

 

Reseñas literarias (VI): especial resumen 2015

Con más de un mes de retraso os traigo el tocho-post dedicado a reseñar de forma grupal todas las lecturas que poblaron mi 2015. Lo primero que tengo que decir es que 2015 ha sido, en el terreno literario, para mí, una mierda de año. El peor, tal vez, desde que me considero lector asiduo (que en realidad no es tanto). Y el peor, fijo, desde que llevo un registro de los libros que leo. Cuando digo que 2015 ha sido una mierda de año en lo literario, no me estoy refiriendo al panorama literario, nacional o internacional que hay actualmente. Me refiero al año formado por mis lecturas personales, que no llevan criterio alguno más que lo que me dicta la intuición, que este año ha dado en ser traicionera.

Muchas veces a lo largo de este 2015 he pensado si no estarían marcándolo con más entidad las lecturas frustradas, las lecturas que NO he realizado, que las que sí, y que finalmente acababan siendo registradas. Tanto es así, que me apetece empezar glosando estas lecturas con las que no he podido, antes de entrar a comentar el listado de las que sí terminé. Los abortos se llamaron:

Todo queda en casa (Alice Munro)

Tuesdays with Morrie (Mitch Albom)

La casa verde (Vargas Llosa)

El perro de Dostoyevski (Luis Martínez de Mingo)

Trópico de cáncer (Henry Miller)

La verdad sobre el caso de Harry Quebert (Jöel Digger)

Sábados por la noche, domingos por la mañana (Allan Sillitoe)

Y otros intentos que ni siquiera doy por fallidos por la casi total falta de empeño inicial con que los abordé, como Tu rostro mañana (Javier Marías), uno de Eloy Martínez Tizón, creo que también lo intenté con los poemas de San Juan de la Cruz… y más de los que no me debo de acordar. En fin, muy triste todo. Sobre todo en el caso de La casa verde, libro que, gustándome, tuve que dejar y aceptar que estaba fuera de mis capacidades como lector. Nunca me había pasado antes, y es un poco doloroso.

Bueno, vamos a la faena. Incluimos título y autor.

El Fungible XXIII (varios autores) El Fungible son unos premios literarios que se dan en Alcobendas, a mejor relato breve y novela corta. Los premiados (ganador y finalista) de cada sección luego son editados e impresos y repartidos por la localidad de forma gratuita. Tengo en mi estantería los de los últimos 5 años seguiditos y me suelen dar buenas sorpresas. Las obras del Fungible XXIII (2014) son muy meritorias. La que más, la ganadora de novela corta, siendo la finalista también muy merecedora de su premio. En el caso de los relatos, disiento un tanto. Hubiese dado ganador al finalista, creo que se lo merecía más; en términos generales, me parece una construcción literaria más lograda y compleja, pero ay, el relato finalista tiene un final que es como un puñetazo en el estómago, y eso, debió pensar el jurado, es de merecer. Se lo merecían todas.

Esto, lo otro y lo de más allá (Julio Camba) Artículos. Me decepcionaron un tanto, yo que lo abrí con espíritu de aprendiz buscado maestros.

El Extranjero (Albert Camus) Muy mala experiencia, chicos. Tal vez, si tuviese yo una cierta noción de la filosofía de Camus, y en general del pensamiento que se cultivó en esa época en Francia, lo hubiese apreciado mejor. Pero si no estás en la onda (con La Náusea de Sartre ya me pasó), es bastante insoportable. Las primeras 20 páginas no se leen, se sobreviven. Qué aburrimiento, santo dios. El problema es que Sartre, y sobre todo Camus, me causan un gran interés… hasta que los leo. Me he autorrecetado una abstinencia duradera de Camus y Sartre.

Los años indecisos (G. Torrente Ballester) Por aquí sabéis que soy admirador absoluto de Torrente, pero este libro está escrito sin esfuerzo. En Los años indecisos, Torrente mete párrafos en las páginas como una vieja llena de mondongo una tripa de cerdo. Y sin embargo, aún sin esforzarse, Torrente muestra una facilidad de estilo fascinante, y una capacidad para, con una frase, dar un golpe en el lector a la altura sólo de los maestros. Eso y no otra cosa es Torrente, un maestro.

Al morir Don Quijote (Andrés Trapiello) Trapiello tiene un dominio del español cojonudo. Trapiello tiene los huevos de continuar la historia de la mejor novela escrita en castellano. Pero al fin y al cabo, ¿qué es El Quijote sin Don Quijote? Pues eso, poco. Y sí, es la ostia desarrollar por tu cuenta las personalidades de los personajes de El Quijote siendo a la vez respetuoso con lo que El Quijote dejó marcado. Sobre todo en el caso de Sancho, al que Trapiello desarrolla con gran(dísima) intuición. Pero, aggh, qué nos interesa ya todo esto, si Quijote ha muerto.

Pienso para perros (Luis Martínez de Mingo) Aquí para saber lo que me pareció (que me encantó). Solo indicar que tras leerlo, pude saludar al autor, y tener una breve charla con él, y es un tipo muy afable y entretenido.

La Colmena (Cela) Hay que decir que entre la anterior lectura y está estuve cuatro meses deambulando, de un libro a otro. Dos con La casa verde, y otros dos, simplemente fallando. También hay que decir que ya me leí La Colmena hará 6 años, con 19 o así, y que no me entretuvo. Sin embargo esta vez me deslumbró, me alimentó. Si tras leer La familia de Pascual Duarte me hice admirador del Nobel, esta lectura me convirtió en fiel adicto.

Harry Potter y las reliquias de la muerte (Rowling) Tal vez no os sea fácil comprender cómo se puede pasar de La Colmena de Cela a las Reliquias rowliananas, pero os hacéis una idea de lo perdido y desafortunado que estado este año en mis viajes a la librería. Por otro lado, era justo terminar esta saga que empecé en el cole y que me enseñó lo que es leer con la impaciencia de un yonki. Desgraciadamente su lectura me confirmó muchos de los prejuicios que tengo contra la literatura de masas y que ya contaminaron mi experiencia leyendo el quinto y sexto libro. Lo achaqué a la traducción, y efectivamente, gran parte de la culpa de la mala calidad de los últimos libros de Harry Potter lo tiene la traductora. Así que a partir de la página 200 me pasé a la versión original y la cosa mejoró. De todas maneras, Harry Potter, siendo una grandísima historia, no es una gran literatura. Y no lo digo como si lo estuviese comparando con Crimen y Castigo, sino pensando en otras novelas que leí de pequeño y que todavía me subyugan. Lo malo de Harry Potter, pensaba mientras lo leía (aparte de la traducción), es que sólo importa lo que pasa. Al menos tenemos esa secuencia de escenas entre Dumbledore y Snape, y ese “always” que, quieras o no, algo te remueve.

Estambul, ciudad y recuerdos (Orhan Pamuk) Con la intención de removerme empecé a leer esta obra sobre la ciudad donde pasé nueve meses de Erasmus que ya van alejándose en el tiempo; y de nuevo me topé con una traducción pésima. Tan pésima que no puede ser sólo culpa del traductor. Algo debió hacerse mal durante la edición, las prisas, supongo, o lo que fuera. Pero en Estambul, ciudad y recuerdos (Random House Mondadori, 2006), es difícil encontrar dos páginas seguidas sin una falta gramática, ortográfica, incongruencia o alguna frase cuya sintaxis roce el paroxismo. Ejemplo: “Entonces me daba miedo de que, sin darme cuenta, se me cayera un escupitajo a la acera por la boca abierta” (pag 155). Aposta no le sale peor. De todas maneras, las memorias del joven Pamuk y la representación que hace de esa ciudad, una ciudad señalada por la melancolía y el exotismo de una época antigua y gloriosa de la que sólo quedan cascotes me hicieron revivir algunos recuerdos de mi estancia allí y me emocionaron.

Wilt / Tom Sharpe Sensacional, desternillante, una historia que va pasándose de rosca gradualmente forzando la similitud, sin perderla, hasta el punto hilarante donde el humor mejor puede explotarla. Es también, como debe serlo cualquier comedia, una burla de los valores sociales modernos y de las formas de entender las relaciones interpersonales, un dejar continuamente en evidencia los comportamientos cotidianos. Cien por cien recomendable.

Las tribulaciones de Wilt / Tom Sharpe Horrible, tremendamente horrible. No sabemos cómo en los tres años que van de la publicación de Wilt a este libro, su autor pudo perder tanto el norte. La exageración es aquí tan desproporcionada que cae en lo ridículo. La historia carece de toda cercanía con la realidad, y por lo tanto, de interés. Y el tono y la inteligencia es sustituido por una cantidad injustificadamente enorme de palabras soeces.

¡Ánimo Wilt! (Tom Sharpe) La tercera entrega recupera algo de sensatez. Alguna de sus escenas alcanzan la gracia del primer libro. Y aunque en general no es un libro tan bueno, ni una historia tan creíble como Wilt, se gana un notable.

Llámame Brooklyn (Eduardo Lago) Artefacto literario más que novela (aunque qué es la novela, si se puede saber) que reconstruye la biografía del protagonista remontándose a la historia de sus padres (lo que nos lleva a la Guerra Civil), utilizando tres hilos narrativos diferentes (creo que eran tres) que se alternan.

Wilt no se aclara (Tom Sharpe) Ésta la escribió Tom Sharpe casi 30 años después de la primera entrega, y 20 de la anterior. El nivel vuelve a decaer, y las hijas de Wilt, que encarnan el personaje de niño irreverente y astuto, se hacen demasiado insoportables para Wilt y para nosotros. Con Wilt no se aclara decidí dejar la saga, aunque ya sólo me queda La herencia de Wilt. Quién sabe, tal vez termine la serie leyéndolo dentro de diez años, como he hecho con Harry Potter.

El corazón es un cazador solitario (Curson McCullers) Un poco pesado. El interés que genera la soledad que marca la existencia de los personajes se diluye en una narración sin acciones que la orienten y una prosa no muy sugestiva.

Oscuro como la tumba donde yace mi amigo (Malcom Lowry) Dolorosa, laberíntica, torturada y verdadera. Malcom Lowry, encarnado en Sigborn Wilderness viaja a México para reencontrarse con los rostros y las lomas de esos volcanes que le inspiraron su gran obra, Bajo el Volcán. Este libro es una delicia para todo aquél que admire Bajo el Volcán, desentrañada aquí desde la perspectiva de su autor, que aún tiene que escribir cartas infinitas para convencer a algún editor de que debe ser publicada sin más reescrituras. Aquí encontramos, de nuevo, el amor en lucha constante con la irremediable desdicha de la existencia. El dolor descarnado inherente a la misma existencia del hombre. Y el alcohol como expresión, paliativo y combustible a la vez de ese dolor.

Nueva York después de muerto (Antonio Hernández) Es poesía, y me abstengo de comentar la poesía (como si supiese comentar la novela, no te jode, pensaréis). No conocía al autor hasta que tuve que hacerle una pequeña entrevista por su 50 aniversario desde la publicación de su primera obra. Luego leí este libro pensando que sería gracioso que a partir de su lectura se le admirase, y que por lo tanto, hubiese entrevistado a un autor que admiraba sin saberlo. Es un libro con mucha variedad de poemas y, no es, según me dijo el mismo Antonio en otra ocasión, su libro de más fácil lectura. En él habla de su maestro Luis Rosales, de Lorca, de Nueva York, y me imagino que de él mismo, y entre tanto yo me pierdo bastante. Para terminar, como ya da igual alargar este despropósito de entrada un poquito más, os cito una estrofa de uno de sus poemas:

[…] y, apréndetelo bien,
que no se escribe, se ama,
con gozo o sufrimiento. Y ése es el corazón.
Si los dioses te dan esa moneda
échala a cara o cruz pues mientras gire
caprichosa en el aire sentirás que has vivido
en su volar atrabiliario, sentirás
que tu alma te contempla y reconoce.
(Guarda, resérvate el muñón
para escribir con él si un día te enamoras
y no te corresponden. O si te corresponden,
da lo mismo, no esperes una rosa
sin espina).