Reseñas literarias

Reseñas literarias (VII): Manhattan Transfer, de John Dos Passos

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Vengo a hablaros de Manhattan Transfer, de John Dos Passos, y no sé muy bien por qué, como dirían los de Barricada. Basicamente vengo a deciros que no me ha gustado. Me la he leído en poco más de dos semanas. Esto para alguna gente es una eternidad, pero en mi caso es la media. Sin embargo se me ha hecho larga como las pachangas los días de resaca.

Por buscar un símil, se asemeja a La colmena, de Cela, que como sabéis la releí el año pasado y me pareció genial. Aquí la estructura también está hecha de fragmentos de tres o cuatro páginas, que nos cuentan las vidas de unas personas en una ciudad. Vidas que a veces comparten, a veces sólo se cruzan y a veces ni eso.

A más ciudad más vidas. Si en La colmena, que describe Madrid, aparecen, así a ojo, una cincuentena de personajes, en Manhattan Transfer, que toma Nueva York por escenario, aparecen una centena. También a ojo.

En La colmena me identifico con los personajes. Me desagrada el egoísta y me apiado del pobre, me enternecen sus historias, comprendo sus anhelos, sus sueños imposibles, su vacío de amor. En Manhattan Transfer, simplemente me pierdo. Excepto la decena de personajes que aparece con más frecuencia en la novela, del resto no logro ni recordar su nombre cada vez que vuelven a aparecer. Y son muchas las páginas gastadas en esos personajes que aparecen menos. Por romper una lanza a favor de la novela, creo que en todo esto tiene mucho que ver el que sea español. ¿Cómo me voy a acordar del personaje que salió hace cincuenta páginas llamado Bud? Es más fácil si se llama don Pablo.

Tal vez por eso, el personaje que más vivo he sentido es un negro al que llaman Congo, que no sé muy bien cómo al final aparece siendo rico.

Yo creo que se le podían quitar 150 páginas, y con eso la novela mejoraría sustancialmente.

Dos Passos tiene un estilo visual, plástico, interesante pero aburrido. Comenta mucho los colores. Y si hay algo que emite algún reflejo, tranquilo que te lo va a decir. He acabado hasta las narices (en realidad hasta los huevos) de tanta descripción de calles, parques, muelles y cielos amaneciendo y anocheciendo.

Tal vez relea Manhattan Transfer dentro de 6 años y me encante. Es lo que me pasó con La colmena. Qué buena es La colmena.

Mejor escena:

-Otro whisky, Charley. Esto le devuelve a uno la vida. Lo que me pasa a mí es que he estado mucho tiempo sin beber. Tú no lo creerás al verme así ahora, ¿verdad, amigo?, pero antes me llamaban el Brujo de Wall Street, lo cual no es más que otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos… Sí, señor, con mucho gusto. ¡Viva la salud y al diablo lo demás! ¡Ajajá, esto le devuelve a uno la vida!… Pues bien, señores, apuesto que no hay ninguno entre ustedes que un día u otro no se haya metido en alguna especulación, ¿y cuántos de ustedes no han salido desilusionados? Otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios. Pero no yo, señores, que durante diez años he jugado a la Bolsa, durante diez años día y noche, sin perder de vista un negocio, y en diez años no me he equivocado más que tres veces sin contar la última. Señores, voy a decirles un secreto. Un secreto importantísimo… Charley, otra ronda para estos buenos amigos míos. Yo pago. Y echa un trago tú también… ¡Diablo, cómo hace cosquillas!… señores, otro ejemplo del singular predominio en la suerte de los negocios humanos. Señores, el secreto de mi suerte… Es auténtico, se lo garantizo; pueden ustedes mismos comprobarlo en los periódicos, revistas, discursos, conferencias que publicaron entonces. Un hombre, y entre paréntesis un pillastre, escribió una novela policíaca acerca de mí, titulada El secreto del éxito, que pueden ustedes leer en la biblioteca pública de Nueva York, si les interesa el asunto… El secreto de mi éxito era… Y en cuanto ustedes lo sepan van de seguro a reírse para sus adentros, diciendo que Joe Harland está borracho, que Joe Harland es un pobre idiota… Sí que se reirán… Durante diez años, como les iba diciendo, operé en el mercado de futuros, comprando a la primera, y puse mi dinero en acciones cuyo nombre no había oído nunca, y siempre salí ganando. Amasaba dinero. Tenía cuatro bancos en la palma de la mano. Empecé a interesarme en azúcar y gutapercha, adelantándome a mi siglo…Pero ya están ustedes muertos por saber mi secreto, que creen podrá servirles… De ningún modo… Era una corbata de seda azul que mi madre me hizo cuando chico… No se rían, vamos… No, no estoy tratando de armarla. Es simplemente otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos. El día que me aventuré con otro tipo a mter mil dólares en títulos de Louisville y Nashville, llevaba aquella corbata. Subieron veinticinco enteros en veinticinco minutos. Aquello fue el principio. Luego, poco a poco notéq eu cada vez que no lleavaba la corbata perdía. Estaba ya tan vieja y tan rota que traté de llevarla en el bolsillo. No sería. Tenía que llevarla puesta, ¿comprenden?… Lo demás es la eterna historia, señores… Había una mujer, ¡que el diablo se la lleve!, y yo la quería. Quise probarle que no había nada en el mundo que no hiciese por ella, y se la di. Traté de echarlo a broma y me reí, ja, ja, ja. Ella dijo: <<Si no sirve para nada, está toda rota>>, y la tiró al fuego… Un ejemplo más… Amigo, usted no querría invitarme a otro vasito, ¿verdad? Me encuentro inesperadamente sin fondos esta tarde… Muchas gracias, señor… ¡Ah cómo pica el condenado!

 

Reseñas literarias (VI): especial resumen 2015

Con más de un mes de retraso os traigo el tocho-post dedicado a reseñar de forma grupal todas las lecturas que poblaron mi 2015. Lo primero que tengo que decir es que 2015 ha sido, en el terreno literario, para mí, una mierda de año. El peor, tal vez, desde que me considero lector asiduo (que en realidad no es tanto). Y el peor, fijo, desde que llevo un registro de los libros que leo. Cuando digo que 2015 ha sido una mierda de año en lo literario, no me estoy refiriendo al panorama literario, nacional o internacional que hay actualmente. Me refiero al año formado por mis lecturas personales, que no llevan criterio alguno más que lo que me dicta la intuición, que este año ha dado en ser traicionera.

Muchas veces a lo largo de este 2015 he pensado si no estarían marcándolo con más entidad las lecturas frustradas, las lecturas que NO he realizado, que las que sí, y que finalmente acababan siendo registradas. Tanto es así, que me apetece empezar glosando estas lecturas con las que no he podido, antes de entrar a comentar el listado de las que sí terminé. Los abortos se llamaron:

Todo queda en casa (Alice Munro)

Tuesdays with Morrie (Mitch Albom)

La casa verde (Vargas Llosa)

El perro de Dostoyevski (Luis Martínez de Mingo)

Trópico de cáncer (Henry Miller)

La verdad sobre el caso de Harry Quebert (Jöel Digger)

Sábados por la noche, domingos por la mañana (Allan Sillitoe)

Y otros intentos que ni siquiera doy por fallidos por la casi total falta de empeño inicial con que los abordé, como Tu rostro mañana (Javier Marías), uno de Eloy Martínez Tizón, creo que también lo intenté con los poemas de San Juan de la Cruz… y más de los que no me debo de acordar. En fin, muy triste todo. Sobre todo en el caso de La casa verde, libro que, gustándome, tuve que dejar y aceptar que estaba fuera de mis capacidades como lector. Nunca me había pasado antes, y es un poco doloroso.

Bueno, vamos a la faena. Incluimos título y autor.

El Fungible XXIII (varios autores) El Fungible son unos premios literarios que se dan en Alcobendas, a mejor relato breve y novela corta. Los premiados (ganador y finalista) de cada sección luego son editados e impresos y repartidos por la localidad de forma gratuita. Tengo en mi estantería los de los últimos 5 años seguiditos y me suelen dar buenas sorpresas. Las obras del Fungible XXIII (2014) son muy meritorias. La que más, la ganadora de novela corta, siendo la finalista también muy merecedora de su premio. En el caso de los relatos, disiento un tanto. Hubiese dado ganador al finalista, creo que se lo merecía más; en términos generales, me parece una construcción literaria más lograda y compleja, pero ay, el relato finalista tiene un final que es como un puñetazo en el estómago, y eso, debió pensar el jurado, es de merecer. Se lo merecían todas.

Esto, lo otro y lo de más allá (Julio Camba) Artículos. Me decepcionaron un tanto, yo que lo abrí con espíritu de aprendiz buscado maestros.

El Extranjero (Albert Camus) Muy mala experiencia, chicos. Tal vez, si tuviese yo una cierta noción de la filosofía de Camus, y en general del pensamiento que se cultivó en esa época en Francia, lo hubiese apreciado mejor. Pero si no estás en la onda (con La Náusea de Sartre ya me pasó), es bastante insoportable. Las primeras 20 páginas no se leen, se sobreviven. Qué aburrimiento, santo dios. El problema es que Sartre, y sobre todo Camus, me causan un gran interés… hasta que los leo. Me he autorrecetado una abstinencia duradera de Camus y Sartre.

Los años indecisos (G. Torrente Ballester) Por aquí sabéis que soy admirador absoluto de Torrente, pero este libro está escrito sin esfuerzo. En Los años indecisos, Torrente mete párrafos en las páginas como una vieja llena de mondongo una tripa de cerdo. Y sin embargo, aún sin esforzarse, Torrente muestra una facilidad de estilo fascinante, y una capacidad para, con una frase, dar un golpe en el lector a la altura sólo de los maestros. Eso y no otra cosa es Torrente, un maestro.

Al morir Don Quijote (Andrés Trapiello) Trapiello tiene un dominio del español cojonudo. Trapiello tiene los huevos de continuar la historia de la mejor novela escrita en castellano. Pero al fin y al cabo, ¿qué es El Quijote sin Don Quijote? Pues eso, poco. Y sí, es la ostia desarrollar por tu cuenta las personalidades de los personajes de El Quijote siendo a la vez respetuoso con lo que El Quijote dejó marcado. Sobre todo en el caso de Sancho, al que Trapiello desarrolla con gran(dísima) intuición. Pero, aggh, qué nos interesa ya todo esto, si Quijote ha muerto.

Pienso para perros (Luis Martínez de Mingo) Aquí para saber lo que me pareció (que me encantó). Solo indicar que tras leerlo, pude saludar al autor, y tener una breve charla con él, y es un tipo muy afable y entretenido.

La Colmena (Cela) Hay que decir que entre la anterior lectura y está estuve cuatro meses deambulando, de un libro a otro. Dos con La casa verde, y otros dos, simplemente fallando. También hay que decir que ya me leí La Colmena hará 6 años, con 19 o así, y que no me entretuvo. Sin embargo esta vez me deslumbró, me alimentó. Si tras leer La familia de Pascual Duarte me hice admirador del Nobel, esta lectura me convirtió en fiel adicto.

Harry Potter y las reliquias de la muerte (Rowling) Tal vez no os sea fácil comprender cómo se puede pasar de La Colmena de Cela a las Reliquias rowliananas, pero os hacéis una idea de lo perdido y desafortunado que estado este año en mis viajes a la librería. Por otro lado, era justo terminar esta saga que empecé en el cole y que me enseñó lo que es leer con la impaciencia de un yonki. Desgraciadamente su lectura me confirmó muchos de los prejuicios que tengo contra la literatura de masas y que ya contaminaron mi experiencia leyendo el quinto y sexto libro. Lo achaqué a la traducción, y efectivamente, gran parte de la culpa de la mala calidad de los últimos libros de Harry Potter lo tiene la traductora. Así que a partir de la página 200 me pasé a la versión original y la cosa mejoró. De todas maneras, Harry Potter, siendo una grandísima historia, no es una gran literatura. Y no lo digo como si lo estuviese comparando con Crimen y Castigo, sino pensando en otras novelas que leí de pequeño y que todavía me subyugan. Lo malo de Harry Potter, pensaba mientras lo leía (aparte de la traducción), es que sólo importa lo que pasa. Al menos tenemos esa secuencia de escenas entre Dumbledore y Snape, y ese “always” que, quieras o no, algo te remueve.

Estambul, ciudad y recuerdos (Orhan Pamuk) Con la intención de removerme empecé a leer esta obra sobre la ciudad donde pasé nueve meses de Erasmus que ya van alejándose en el tiempo; y de nuevo me topé con una traducción pésima. Tan pésima que no puede ser sólo culpa del traductor. Algo debió hacerse mal durante la edición, las prisas, supongo, o lo que fuera. Pero en Estambul, ciudad y recuerdos (Random House Mondadori, 2006), es difícil encontrar dos páginas seguidas sin una falta gramática, ortográfica, incongruencia o alguna frase cuya sintaxis roce el paroxismo. Ejemplo: “Entonces me daba miedo de que, sin darme cuenta, se me cayera un escupitajo a la acera por la boca abierta” (pag 155). Aposta no le sale peor. De todas maneras, las memorias del joven Pamuk y la representación que hace de esa ciudad, una ciudad señalada por la melancolía y el exotismo de una época antigua y gloriosa de la que sólo quedan cascotes me hicieron revivir algunos recuerdos de mi estancia allí y me emocionaron.

Wilt / Tom Sharpe Sensacional, desternillante, una historia que va pasándose de rosca gradualmente forzando la similitud, sin perderla, hasta el punto hilarante donde el humor mejor puede explotarla. Es también, como debe serlo cualquier comedia, una burla de los valores sociales modernos y de las formas de entender las relaciones interpersonales, un dejar continuamente en evidencia los comportamientos cotidianos. Cien por cien recomendable.

Las tribulaciones de Wilt / Tom Sharpe Horrible, tremendamente horrible. No sabemos cómo en los tres años que van de la publicación de Wilt a este libro, su autor pudo perder tanto el norte. La exageración es aquí tan desproporcionada que cae en lo ridículo. La historia carece de toda cercanía con la realidad, y por lo tanto, de interés. Y el tono y la inteligencia es sustituido por una cantidad injustificadamente enorme de palabras soeces.

¡Ánimo Wilt! (Tom Sharpe) La tercera entrega recupera algo de sensatez. Alguna de sus escenas alcanzan la gracia del primer libro. Y aunque en general no es un libro tan bueno, ni una historia tan creíble como Wilt, se gana un notable.

Llámame Brooklyn (Eduardo Lago) Artefacto literario más que novela (aunque qué es la novela, si se puede saber) que reconstruye la biografía del protagonista remontándose a la historia de sus padres (lo que nos lleva a la Guerra Civil), utilizando tres hilos narrativos diferentes (creo que eran tres) que se alternan.

Wilt no se aclara (Tom Sharpe) Ésta la escribió Tom Sharpe casi 30 años después de la primera entrega, y 20 de la anterior. El nivel vuelve a decaer, y las hijas de Wilt, que encarnan el personaje de niño irreverente y astuto, se hacen demasiado insoportables para Wilt y para nosotros. Con Wilt no se aclara decidí dejar la saga, aunque ya sólo me queda La herencia de Wilt. Quién sabe, tal vez termine la serie leyéndolo dentro de diez años, como he hecho con Harry Potter.

El corazón es un cazador solitario (Curson McCullers) Un poco pesado. El interés que genera la soledad que marca la existencia de los personajes se diluye en una narración sin acciones que la orienten y una prosa no muy sugestiva.

Oscuro como la tumba donde yace mi amigo (Malcom Lowry) Dolorosa, laberíntica, torturada y verdadera. Malcom Lowry, encarnado en Sigborn Wilderness viaja a México para reencontrarse con los rostros y las lomas de esos volcanes que le inspiraron su gran obra, Bajo el Volcán. Este libro es una delicia para todo aquél que admire Bajo el Volcán, desentrañada aquí desde la perspectiva de su autor, que aún tiene que escribir cartas infinitas para convencer a algún editor de que debe ser publicada sin más reescrituras. Aquí encontramos, de nuevo, el amor en lucha constante con la irremediable desdicha de la existencia. El dolor descarnado inherente a la misma existencia del hombre. Y el alcohol como expresión, paliativo y combustible a la vez de ese dolor.

Nueva York después de muerto (Antonio Hernández) Es poesía, y me abstengo de comentar la poesía (como si supiese comentar la novela, no te jode, pensaréis). No conocía al autor hasta que tuve que hacerle una pequeña entrevista por su 50 aniversario desde la publicación de su primera obra. Luego leí este libro pensando que sería gracioso que a partir de su lectura se le admirase, y que por lo tanto, hubiese entrevistado a un autor que admiraba sin saberlo. Es un libro con mucha variedad de poemas y, no es, según me dijo el mismo Antonio en otra ocasión, su libro de más fácil lectura. En él habla de su maestro Luis Rosales, de Lorca, de Nueva York, y me imagino que de él mismo, y entre tanto yo me pierdo bastante. Para terminar, como ya da igual alargar este despropósito de entrada un poquito más, os cito una estrofa de uno de sus poemas:

[…] y, apréndetelo bien,
que no se escribe, se ama,
con gozo o sufrimiento. Y ése es el corazón.
Si los dioses te dan esa moneda
échala a cara o cruz pues mientras gire
caprichosa en el aire sentirás que has vivido
en su volar atrabiliario, sentirás
que tu alma te contempla y reconoce.
(Guarda, resérvate el muñón
para escribir con él si un día te enamoras
y no te corresponden. O si te corresponden,
da lo mismo, no esperes una rosa
sin espina).

Reseñas literarias (V): Pienso para perros, de Luis Martínez de Mingo

Hay reseñas que uno siente que deben hacerse al momento de haber terminado el libro en cuestión. Acaso sea que ése libro logre conectar la intimidad del autor con la emoción del que lee, si no con su propia intimidad también. Tal vez sea que esa inesperada afinidad cree una deuda que obligue a escribir una reseña no mala o buena, sino honrosa, y por lo tanto, al tiempo en que aún se siente el escocer que ha producido su lectura. Pienso para perros es uno de esos libros y esta que viene a continuación es una de esas reseñas, cuya presurosa redacción también responde al motivo más prosaico de que como no la haga ahora ya no la hago (como me ha pasado con al menos dos reseñas en lo que llevamos de año de las que no hay escrita ni una palabra).

No es mi intención retardar esta reseña parándome, de nuevo, a comentar la portada del libro, pero es que Pienso para perros tiene una de las portadas más feas y, a mi corto entender de esto, peor diseñadas que he visto nunca. Calvos no se quedaron colocando el título.

JODER

JODER

Pienso para perros es un dietario. Para el que no lo entienda, un libro de notas. Para el que siga sin entenderlo, es como si su autor, Luis Martínez de Mingo, en vez de hacerse un blog, como hacemos todos hoy en día, se hubiese puesto a escribir las cosas que se le pasaban por su cabeza despejada en ese soporte tan anticuado que creo recordar se llamaba papel, y luego lo haya publicado. Hay aquí pequeñas ficciones, recuerdos, comentarios, aforismos, citas, sonetos, artículos, todos ellos colocados seguiditos uno detrás de otro sin ningún orden temático, formal, argumentativo, ni siquiera podríamos asegurar cronológico. En puridad, eso es Pienso para perros.

Pero a medida que van pasando sus entradas descabaladas, va el lector hundiéndose en el humus vital del escritor. La repetición de algunos motivos, como las mujeres, la amistad, la soledad, los escritores o Rafael Azcona nos marca el camino hacia las dos realidades que dan sentido al libro: el paso del tiempo y el propio autor: Luis. Son dos orillas de un río que cruza el libro. Un río en el que el lector cae y es arrastrado por sorpresa, antes de haber escuchado el rumor de sus aguas.

Este libro, escrito en el tono informal y despreocupado con que se anotan las ocurrencias, está cargado de poesía. Una poesía que no es estilo, ni es elección, es la poesía necesaria para reflexionar sobre lo que hace el tiempo con nosotros. En este libro está captado ese momento de la tarde cargado de aromas de infancia que no es de nadie; el momento en el que nos parece poder apartarnos del correr del tiempo e identificar en la luz del cielo la luz de todos los días.

En cuanto a la otra orilla, Pienso para perros tiene el mérito de que, siendo tan ecléctico y tan fino (118 páginas), es suficiente para que comprendamos la personalidad de Luis, en toda su compleja singularidad, y sobre todo, en lo que hay en él que pertenece a todo hombre. Entonces la lectura se dispara en dos direcciones diferentes. Por un lado la del dietario trufado de anécdotas y reflexiones dispares. Por otro lado la del retrato de un hombre desde un momento retrospectivo de su vida. Un retrato que resulta tan cercano que no es posible no intentar en cierta medida mirarse en él, y reconocerse.

MEJOR ESCENA: Por ejemplo, su reflexión tras las muertes de Bolaño y Manuel Vázquez Montalbán.

Reseñas literarias (IV): Especial resumen 2014

Qué serio y qué profesional, qué tópico y qué comunicativo suena eso de “especial resumen 2014”. Estaréis pensando, a dónde vas, Álvaro, bueno, vamos allá donde nos permita llegar un espacio que lleva la palabra “breva” en su cabecera.

Bien, sin más dila(ta)ción, esto es lo que me he metido para el cuerpo en el año pasado. Van título, autor y corto comentario (por su extensión y por su utilidad).

2014

Fortunata y Jacinta (Vol I) (Galdós) 29-01 Que Galdós escribía con una escoba…já

Bajo treinta (Antología) (VV.AA.) 15-02 Cuentos de autores jóvenes españolas. No deslumbran.

La isla del fin de la suerte (Lorenzo Silva) 08-03 Policiaca. Muy ameno. A veces se agradece esa sensación de estar “enganchado” a una lectura. El único problema es que se trataba de un experimento en el que, a través de Internet, los lectores proponían al final de cada capítulo quién moría y cosas así y Silva continuaba. Entonces decidió hacer tres resoluciones diferentes, en cada una el criminal resulta ser un personaje diferente. Esto rompe totalmente el encanto de las tramas policiales en que el desenlace debe ser sorprendente pero encajar con todo lo anterior.

Hijo de hombre (Augusto Roa Bastos) 17-04 Muy interesante. Está trufado de modismos en lengua guaraní que dificultan su lectura, pero al cabo, uno se sorprende de lo que llega a caber en este libro tan fino: el mito, la religión, la guerra, la historia de un país (Paraguay), la guerra de clases, la magia.

Crónica de una muerte anunciada (G.G.M.) 18-04 Homenaje.

La mancha humana (Philip Roth) 01-06 Grandísimo. ¿Qué puedo decir yo de este libro, de este autor? Pocos pueden bucear, indagar en el alma humana con la inteligencia y el conocimiento que muestra Roth.

El largo viaje (Jorge Semprún) 12-07 El final me resulta de las cagadas más sorprendentes que me he encontrado nunca en una novela.

La maravillosa vida breve de Óscar Wao (Junot Díaz) 24-07 Ni tan maravillosa, ni mucho menos breve, ni tanto de Óscar. Si uno se sorprende de que en Hijo de hombre quepa todo lo que cabe es porque existen libros como éste, intentos fallidos de realizar una proeza semejante. Si esto es un Pulitzer que le den ya el nobel a Franzen.

Mantón negro (relatos) (Luigi Pirandello) 27-08 Dejan poso. El final cortante de alguno de ellos me agradó muchísimo

Beltenebros (Antonio Muñoz Molina) 07-09 Gran capacidad para la metáfora. En general te da la sensación de que el estilo de Muñoz Molina le queda algo grande a esta historia. Yo es que no soy muy amigo de la novela policial, como vais viendo.

La vida imposible (microrelatos) (Eduardo Berti) 18-09 Che, pues divertidos, qué te voy a decir. No debe ser nada fácil ajustar la prosa de uno, el ritmo, la narración, a cinco, diez o veinte rengloncitos de nada.

Nada (Carmen Laforet) 28-09 Me cuesta comentarlo…Buena lectura, no sé qué más añadir.

Fortunata y Jacinta (Vol II) (Galdós) 15-10 O también: una mierda iba a escribir Galdós a escobazos, vol II. Joder, Galdós es el narrador, ostias, es nuestro John Ford de las letras, con permiso de Cervantes. Todo es fluir, todo es naturalidad, el estilo parece desaparecer, y no concibo nada más difícil que eso, conseguir que el cristal que pone el escritor, por el que el lector se asoma a la historia, sea puramente transparente y que el que lee crea que los personajes, las escenas, los diálogos, los lugares…simplemente son. Y Fortunata, inmenso personaje. Gloria a Fortunata para siempre. Se me pone dura con Fortunata.

La tregua (Mario Benedetti) 23-10 Esto se supone que es profundo. ¿Cómo ha conseguido esto diez o trece o no sé cuántas ediciones? No digo que sea una puta mierda, pero es un éxito desmesurado para lo que es… En fin, tiene puntos graciosos. Le perjudicó lo de ser leída justo después de Fortunata.

Rinconete y Cortadillo (novela corta) (Cervantes) 28-10 Qué voy a decir yo de esto.

Ejército enemigo (Alberto Olmos) 02-11 Ya me explayé aquí así que no quiero detenerme mucho aquí. Olmos es bueno, pero puede dar más.

Off-side (Torrente Ballester) Puta barbaridad. No llega a la altura de La Saga/Fuga (aunque Olmos opine lo contrario), pero es que Torrente es muy bestia. Capacidad de fabulación, diálogos top, personajes íntegros y fascinantes, su estilo homorístico, crítico y vigoroso (en ocasiones un poco excesivo, como la conversación final) y un ritmo incapaz de desfallecer. Durante la lectura de Galdós me acometía la duda de qué sería de sus personajes sin Dios. Con Torrente la duda consiste en qué serían sus personajes sin el sexo, o sin la sensualidad.

Torquemada en la Cruz (Galdós) Obra menor de Galdós, que además le deja a uno con la duda de por qué acaba donde acaba. Sigue inquitando, y mucho, que la idea determinante por la que la gente midiese sus decisiones en la época que le tocó a don Benito fuese la de un señor de luengas barbas observando sus acciones desde una nube.

Esto eso todo, amigos. Espero daros pronto nuevas reseñas. Salud y Libros.

Reseñas literarias (III): Ejército enemigo

Nota preliminar: este post es muy largo, pero lo he dividido en tres. En realidad son tres post en uno. En la primera parte hablo de la portada del libro, en la segunda del autor, y en la tercera, ya sí, de lo que me parece el libro. Así que la reseña en sí está en esa tercera parte, a la que puedes ir directamente con todo mi beneplácito.

Ejército enemigo (Alberto Olmos)

Portada de Ejército enemigo (A. Olmos)

Portada de Ejército enemigo (A. Olmos)

PORTADA

Si la gran literatura es aquella que más que dar respuestas plantea preguntas insospechadas, o reformula las grandes cuestiones que atenazan al hombre desde nuevos ángulos, diremos que un ejemplar de Ejército enemigo, la penúltima novela de Alberto Olmos, editado por (Penguin) Random House es no gran, sino maravillosa literatura y al mismo tiempo una mierda de literatura. Maravillosa porque no hace falta ni abrirlo par que le surjan a uno preguntas, cuestiones, dudas, ganas de saber, nerviosismo. De mierda porque esas dudas y esas ganas de saber apenas sí se incrementan tras abrirlo y empezar a leer.

Estamos ante un caso en el que pasar la vista por encima de la portada es algo más que un accidente de la mirada anterior a la apertura del libro. Esta vez el accidente se vuelve tropiezo, el tropiezo socavón y, cuando quieres darte cuenta, llevas unos cuantos minutos de tu vida mirando como estúpido esta poderosa cubierta.

Una chica (qué otra cosa iba a haber detrás/enfrente de una mirada estúpida), o más bien la mitad de una chica, emerge sobre un paisaje de cabezas que forma la estampa típica de una manifestación, pancartas inclusive. La chica ostenta el gesto por antonomasia del descontento social y la identidad de la clase obrera: el puño en alto. Ese puño derecho es un puño obrero por la carga de desafío, de decisión y de fe que mantiene unidos los dedos que lo forman. Olvidando el detalle de la uña del pulgar pintada de rojo, se acerca tanto al modelo icónico del puño dibujado como símbolo socialista (esa recta perfecta del perfil de los nudillos) y el ángulo de la fotografía es tan rigurosamente frontal, que perdemos la ilusión de estar ante una imagen que refleja una realidad de tres dimensiones. El puño se transmuta en icono en nuestra percepción.

Ese puño está unido a un brazo por el que indefectiblemente baja nuestra mirada, el cual brazo no le va a la zaga a su extremo en cuanto a decisión. Erecto es un término hecho para este brazo. No doy nada por que bajo la manga de ese abrigo haya una articulación correspondiente a lo que sería el codo de cualquier otro brazo, tal es la incapacidad para la curvatura que inspira. No. Brazo y puño están dominados por la Idea de lo recto. Su forma es inviolable, así como su relación con el entorno. Si se pudiese agarrar, el intento de doblarlo daría como resultado el movimiento, por arrastre, de toda la chica, de la manifestación, de la imagen entera, como si ese brazo fuese la palanca del mundo.

La mirada llega por fin al rostro y al cuerpo de la chica, de donde surgen las preguntas y las dudas con la misma generosidad con que se desprenden pliegues de ropa, mechones de pelo, mejillas, volúmenes. ¿Cómo coño se llamará?, es la primera cuestión, la más apremiante, la que se hace paso sobre todas las demás por su componente de exigencia más que de curiosidad: el anonimato, que nos parece natural para las cabezas de la marcha, resulta intolerable ante este rostro. Prosiguen las preguntas. ¿Qué motivos la habrán llevado allí?, ¿estará faltando a clase?, ¿por qué protesta esa gente? Esa boca, fruto carnoso (perdón, Alberto, por el manido recurso) ¿qué consigna estará emitiendo en ese instante, qué palabra, qué sílaba, qué sonido? Su mirada parece contradecir en algo la militancia orgullosa e irreductible del brazo y el puño. No es una mirada furiosa, resentida, o apasionada; la tranquila caída de la ceja, el párpado relajado, conforman una mirada acostumbrada, casi escéptica. Se dirige hacia algún punto fuera de la escena. ¿La fila de policías, los viandantes que observan desde fuera la marcha, el resto de ella? ¿Cuánto tiempo llevará ahí subida, mirando y gritando? ¿Por qué ninguna cabeza parece reparar en su presencia, en su altura, en su belleza? ¿A qué hora se habrá despertado? ¿De qué barrio procede? ¿Tendrá twitter? ¿Y Facebook? ¿Utilizará Iphone? ¿La ropa será de marca? ¿Cuántas decenas de metros mide esa bufanda? Y de nuevo, ¿cómo coño se llamará?

Me imagino a Olmos con el libro ya editado en sus manos haciéndose esa misma pregunta. Y esta chica encima de las cabezas, enfrente de mi mirada estúpida, ¿quién coño será? Me gusta la idea de un autor enamorado de la chica anónima de la portada de su novela, pasando el perfil de su dedo por el rostro de la imagen. Idea que conservaré, a excepción, claro, de la posibilidad remota de que sí conozca su nombre y quiera compartirlo.

ALBERTO OLMOS

Hace tiempo, me prometí que en cuanto reuniese algo de dinero haría dos cosas: reparar mi reloj e inscribirme en la web de Alberto Olmos.

Llevaba tiempo queriendo hablar de Alberto Olmos. Mi primer contacto con él (con su obra, se entiende) fue en la biblioteca del Instituo Cervantes de Estambul. Cogí un libro al azar que se titulaba A bordo del naufragio. Lo leí y me encantó. Es uno de los libros cuya lectura más compañía me ha propiciado nunca. Desde entonces mi interés por Olmos sólo ha ido en aumento. Es el único autor joven al que sigo la pista de cerca (de hecho es casi el único autor joven que leo).

Tras A bordo del naufragio, su blog Hikikomori me demostró su buen pulso para las distancias cortas. Tiene un discurso ágil, tiene ironía, es valiente, no es tonto. Puede que uno de sus mayores atractivos sea su faceta corrosiva. Como muestra un tuit. Hace poco, corrió por la red el vídeo de una noticia sobre un grafitero anónimo que se dedica a estampar en los pasos de cebra de Madrid frases poéticas que a la gente han encantado. El comentario de Olmos fue: “No particularmente a favor de que un tío que se cree un artista me haga leer sus gilipolleces en los pasos de cebra de Madrid”. Imagino que al escribirlo adoptaba una postura de cascarrabias de la que él mismo será consciente. Pero qué contrapunto más necesario en esa ola de cursilería que está arrasando la red (porque joder, no termina). Esa punta irreverente le ha granjeado fama y, desde que se dedicó a publicar, bajo el seudónimo de Juan Malherido, críticas literarias de forma más bien vocacional, también enemistades.

Va para el año desde que decidió juntar su Hikikomori (cosas que se le ocurren) y su Malherido (críticas) en una sola web, cuyo acceso es de pago. Por ello pensé en reunir algo de dinero para seguir leyendo a Alberto, porque me gusta lo suficiente como para pagar por las cosas que cuelga. Pero resultó que no necesitaba ahorrar: el problema del reloj era la pila y me gasté 3€ en una nueva; por dos más tengo acceso libre durante un año a la web de Alberto Olmos. Vamos, que soy gilipollas, pero un gilipollas al que le puedes preguntar la hora y enganchado a cualquier cosa que se le ocurra soltar a Olmos.

EJÉRCITO ENEMIGO

Tras algún minuto de mirada estúpida contemplando la portada, abrí el libro, leí su primera página y media, me desagradó y me lo lleve a casa. Que queréis que os diga, así son las adicciones. En realidad, había ido a la biblioteca buscando su último libro, Alabanza, pero estaba en préstamo. Fue un ir a por la guapa y quedarse con la disponible en toda regla.

Pongamos que eso de que la gran literatura es aquella que descubre nuevas dudas y bla bla es una chorrada que me he inventado para tener por dónde empezar este rollo-post. Vayamos a algo más sencillo: de qué va. Pues son dos los temas que trata el libro. Por un lado Internet y la pérdida de intimidad que supone y la reconfiguración de la identidad que permite; por otro, la solidaridad, o más bien, la banalidad de la solidaridad como expresión de la sociedad moderna y de la incapacidad del mundo para evitar irse a la mierda.

Santiago tenía un amigo. Un amigo llamado Daniel, muy activista y muy guapo él, que muere en circunstancias extrañas y violentas pero (detonante) lega a Santi su contraseña de correo. Santiago no es activista ni es guapo ni es na de ná más que un publicista, pero como es él el que nos cuenta la historia, tendemos a creerle. Santiago es un tipo descreído, bastante antisocial, no es la alegría de la huerta. Recuerda bastante a la faceta cascarrabias del propio Olmos.

Por buscar algunas referencias, es un personaje del estilo de Travis, de Taxi Driver (de hecho, ésta es una de las películas favoritas de Santiago, lo que me parece un truco bastante burdo por parte del autor) o de Rorschach, de Watchmen. A saber: una voz en off contándonos la podredumbre que le rodea y dejando registro en un diario. La principal diferencia entre Santiago y estos dos es que Santiago no se cree, como ellos, una suerte de reserva moral del mundo. Santiago sabe que su vida es cutre, asume que necesita la flexibilidad moral para sobrevivir (en especial en lo sexual) y no piensa en mejorar su entorno. A mí este tipo de personajes, modernos, perdedores, fatalistas, me saturan un poco, me parece que se agotan en su propia fórmula.

Afortunadamente, el personaje de Ejército enemigo presenta claroscuros dentro de su nihilismo, hay reflejos en su negrura interior. Su desprecio no es maquinal. Le duele saberse mierda, acusa la falta de asideros sociales para sobrellevar su existencia. Uno de los rasgos que más lo humanizan es el soterrado cariño que guarda con los amigos de Daniel a pesar de los severos prejuicios ideológicos que tiene contra ellos.

El mejor valor de esta novela es el trabajo sobre el lenguaje, que es notable. Estamos ante un autor concienciado de que para hacer una novela tienes que tener un qué decir, que puede ser o no original (aunque aquí lo intenta), y un cómo decir, que debe ser siempre original. Olmos busca poesía, su estilo no es meramente descriptivo, tiene pretensión transformadora, creadora de realidad. Unas bragas pueden tener vocación de cuchilla, un bar donde se ve un derbi estar torcido, una palabra penetrar en la esponjosidad de un cerebro. A veces se pasa, y le traiciona la intención de encontrar la floritura, el ingenio, los tres pies al gato, por querer reducir un personaje al detalle de un piercing que es el alfiler que lo prendía a un mapa.

En el ritmo encontramos más desajustes. Por un lado Alberto es ágil, se lee rápido, hay pulso, juega con la longitud de las frases, alterna sequedad con sinuosidad. Pero es terrible, casi una lástima, su empeño en querer sellar cada párrafo en una frase corta, hermética, de nuevo intencionadamente ingeniosa. Una frase que en multitud de veces coloca, ay, en párrafo aparte, solitaria, colgante, consumidora de celulosa. El caso más sangrante es el del segundo párrafo del libro, que cierra con un .Joder.. Qué gratuito, qué mal.

Más ejemplos: Al parecer el asfalto de mi calle era en efecto un alma sensible. Se hundió de madrugada. Yo llegué sólo para ver cómo se llevaban el cadáver, en brazos de excavadoras, en la panza de camiones incansables, porque aquél no era un cadáver conciso, con límites, sino un infinito cadáver hacia abajo

Había tanto cadáver como uno quisiera llevarse.

Aquí va un dos en uno: Me quedaba frente a la cámara, observando la reacción de mi partener. Muchas no aguantaban más de diez segundos siendo miradas mirando una polla. Se iban.

Entonces me desplomaba sobre el asiento. Tapaba de nuevo la cámara y mi corazón latía como si acabaran de ponerlo en marcha.

Era coca pura, esa emoción.

Y así todo el libro, haciendo uso de la fórmula a discreción (estos ejemplos los he cogido abriendo el libro a boleo). Es muy molesto, casi parece que nos habla como a tontos. Sobre todo porque hay una multitud de ejemplos de párrafos bien cerrados con una frase elocuente pero orgánica con las que la anteceden.

En un buen párrafo, Santiago dice estar saboreando el “subrayado de la vida”. Bueno, pues eso es precisamente lo que me esquina. Notar que se me está queriendo contar el subrayado de la vida, o de la realidad. La metáfora pagada de sí misma, la frase en párrafo aparte, la música de violines en la escena emotiva, vamos.

Peor son los injertos gráficos que incluye el libro. Me pregunto qué efecto pretende crear dibujando la típica caja de correo electrónico donde metes dirección y contraseña, caja que vemos todos unas mil veces al día. Y por qué hay dibujos de las cajas del correo electrónico y no del móvil con una llamada entrante.

Con todo, es un libro recomendable. Aunque su contenido intelectual, digamos, acerca de la solidaridad y de la intimidad en la red no sea deslumbrante, cuanto menos es atractivo. Reconozcamos que Santi/Olmos consigue que nos adhiramos a sus valores. En este sentido, recuerdo que tras terminar el libro iba por la calle Fuencarral, que es uno de esos sitios que imaginas que los personajes de esta novela pisotean día sí día también, y me crucé con un tipo que, muy agachado, le sacaba una foto a un charco con su Iphone. Una foto a un charco de Fuencarral. A ras de suelo. Con su Iphone. No pude evitar pensar: gilipollas.

MEJOR ESCENA*: Sin duda, la descripción minutada del vídeo porno. Cuánta poesía sin pretender hacer de lo descrito otra cosa que lo que es: una cochinada.

*MEJOR ESCENA es un apartado dentro de las reseñas que he decidido abrir en el que destacaré la escena (o pasaje, o trozo) que más me ha gustado del libro en cuestión.

Adiós a Mercedes o una reseña más

Hace más de un año inicié lo que debía ser una serie de reseñas literarias en las que comentaria y recomendaría alguna lectura que me hubiese sorprendido. La serie no ha pasado de su primer post dedicado a La Busca, de Pío Baroja. Y no puedo decir que me sorprenda mucho.

Así que os traigo un artículo que escribí por la muerte de Mercedes Salisachs, en el que aprovecho para elogiar largamente Una Mujer Llega al Pueblo, la novela con la que conocí y que tanto me sorprendió en su día. Fue hace poco más de un año cuando leí el libro. Y al terminarlo estaba decidido a escribir la segunda reseña literaria del blog dedicada a él. La pereza se interpuso y parecía que jamás iba a haber una segunda reseña. Pero cosas del destino, aquí está la segunda Reseña Literaria que pensé, dedicada a Una Mujer Llega al Pueblo y a Mercedes.

Espero que os guste.

http://www.nci.tv/index.php/menuportalvoz/submenu-los-nuestros/12497-mercedes-salisachs-una-mujer-que-homenajeo-a-la-escritura

La cuarta y última entrega de “Distracciones” la subiré en un par de días. Sé que aunque no decís una mierda en los comentarios os tiene enganchadísimos…paciencia.

Reseña de La Busca, de Pío Baroja

Voy a intentar crear una serie de entradas que consistirán en comentarios sobre mis últimas lecturas. No creo que vaya a sentar cátedra con mis opiniones. Casi me atrevo a pronosticar que la mayoría de ellas serán incompletas y pobres. Lo importante en todo caso es que consiga explicar con unas palabritas qué me ha gustado y qué me ha dejado de gustar de lo último que he leído. No me comprometo a que la serie llegue más allá de esta entrada.

 Empecemos por una declaración de principios:

 Tengo debilidades. Lo admito. Y no me avergüenza reconocer que esas debilidades afectan sobre mi manera de examinar las cosas. Cuando hablamos de disfrutar de una historia hay muchos elementos que me causan debilidad. Bruce Willis saliendo de un edificio haciéndose paso a tiros me causa debilidad. Por ejemplo. Así que cuando me preguntan si me gustó Looper, yo digo, bueno sale Bruce Willis escapando de un edificio haciéndose paso a tiros. Si la película gira en torno al boxeo lo más seguro es que me guste. Si es una de las de Terminator, pos también. Si en la película salen rostros como Scarlett Johanson, Marion Cotillard, Natalie Portman o Pilar López de Ayala, por poner algunos ejemplos femeninos, lo más seguro es que la peli me guste. Por que sí. Para mí que haya una tía buena en la película es importante.

 Sé que he puesto ejemplos exclusivamente cinematográficos, cuando la serie que abre este artículo hablará de libros. Da igual. El porqué de este infructuoso párrafo es aclarar que voy a ser subjetivo, imperfecto y tal vez injusto en mis comentarios, o si queréis, críticas, aunque yo no diría tanto. Y de paso introducir de una maldita vez el primer comentario de la serie, que lo dedicaré a La Busca (Pío Baroja, 1904).

 Y es que he de reconocer que en el transcurso en que leía La Busca, gran parte de mi interés en la misma se sostenía gracias a algunos de esos elementos, que, como decía, cuando son contenidos en una historia, da igual lo bien o lo mal tratados que estén, que me van a atar a ella. Y La Busca tiene al menos tres. El principal es que está protagonizado por un chaval, y siento una gran debilidad por la literatura que gira en torno a personajes adolescentes o niños. El segundo es su autor, Baroja, autor con una voz especial desde que modeló mi psique cuando leí El Árbol. Y el tercero es Madrid. Me pirria Madrid y me interesa cualquier retrato de esta ciudad, sea antiguo, moderno, literario, musical, cartográfico, dibujado o de la forma que se os ocurra.

 “¿Sabes qué era la busca?”, me preguntó mi padre cuando le comenté lo que leía. Le dije que no, porque soy un ignorante. “La busca era la manera que tenían las familias pobres de ganarse la vida yendo a buscar a los basureros de las afueras de la ciudad” Efectivamente el título la busca funciona como metáfora de La Lucha Por la Vida, nombre de la trilogía de la que La Busca es la primera parte. Porque la busca, como actividad que indicaba mi padre, ocupa muy pocas páginas del libro. Tenemos que esperar casi hasta el final para ver a Manuel, el joven protagonista, realizando la busca. Y sin embargo, Manuel se pasa todo el libro buscando. Buscando una forma de sobrevivir a la extrema pobreza.

Marion Cotillard jodiendoós la lectura y diciendome: chaval, no te creas especial por que yo te guste

 La Busca, a la que siguen Mala Hierba y Aurora, es un retrato realista, sobrio y sin concesiones de los estratos sociales más bajos que habitaban el Madrid de principios de siglo XX. Ya saben, esa época tan felicísima de nuestra historia. Con ese como desapasionamiento que caracteriza su estilo, Baroja nos lleva por las callejuelas, pensiones y barrancones que forman el universo propio que los pobres habitan constantemente apretados como en una “gusanera”. La conclusión final del retrato de los lugares y gentes de la novela es casi siempre la misma: que a la pobreza económica le corresponde el mismo grado de pobreza moral y de espíritu de los que la sufren. El libro está lleno de personajes que a pesar de no tener qué llevarse a la boca o con qué taparse del frío les sobra vileza y rencor que volcar sobre los seres que les rodean. Donde mejor se observa esto es en la descripción del corralón del tío Rilo, un microcosmos de gentes perdidas en una mezcla de miseria, holgazanería y delincuencia:

 En la mayoría de los cuartos y chiribitiles de la Corrala saltaba a los ojos la miseria resignada y perezosa, unida al empobrecimiento orgánico y al empobrecimiento moral.

 El libro arranca con la llegada de Manuel a Madrid, donde se reencuentra con su madre, y termina en un punto impreciso, a partir del que la historia será retomada en el siguiente libro de la trilogía, imagino. Me ha sucedido algo muy extraño con Manuel. Y es que no sé aún qué edad tiene. Empecé creyendo que se trataba de un joven sin profesión ni oportunidades. A medida que avanzaba en la novela, la ingenuidad de Manuel en torno a ciertos temas, sobre todo el sexo, las compañías y su perfil psicológico, poco a poco hilvanado, me obligaban a rebajarle la edad. Hasta concluir que Manuel es un chiquillo de doce años. Esta imprecisión sobre la edad de Manuel no sé si se debía a un improbable efecto buscado por el propio autor o a mi propia incomprensión lectora.

 Sea como fuere, a medida que leía veía cómo Manuel iba aprendiendo cosas, ¡pero a la vez le quitaba años! En mi cabeza el pequeño Manuel crecía a la inversa. Y por supuesto, el cariño hacia Manuel también crece frente a su candidez. Manuel es un chiquillo sin recursos, continuamente expulsado de los lugares donde llega a desempeñar algún oficio o a vivir. Esto le aproxima a los grupos de rufianes a los que sistemáticamente se niega a pertenecer. Más que por un alto desarrollo de su moralidad, por una consciencia de que no es ése su lugar.

 Por último, destacar la capacidad de Baroja, cuando, dentro de su realismo, escoge elementos como sueltos, y mediante una fina yuxtaposición emocionarnos.

 Don Alonso iba por el Corralón con mucha frecuencia y hablaba con la mujer y la niña. En el marco de la ventana de su casa tenían madre e hija una cajita con una hierbabuena, que, aunque la regaban todas las mañanas, como no le daba el sol, apenas crecía. Un día las mujeres desaparecieron con su hermoso perro de aguas; no dejaron en la casa más que una pandereta usada y rota…

A cuidarse!