Mes: marzo 2016

Reseñas literarias (VII): Manhattan Transfer, de John Dos Passos

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Vengo a hablaros de Manhattan Transfer, de John Dos Passos, y no sé muy bien por qué, como dirían los de Barricada. Basicamente vengo a deciros que no me ha gustado. Me la he leído en poco más de dos semanas. Esto para alguna gente es una eternidad, pero en mi caso es la media. Sin embargo se me ha hecho larga como las pachangas los días de resaca.

Por buscar un símil, se asemeja a La colmena, de Cela, que como sabéis la releí el año pasado y me pareció genial. Aquí la estructura también está hecha de fragmentos de tres o cuatro páginas, que nos cuentan las vidas de unas personas en una ciudad. Vidas que a veces comparten, a veces sólo se cruzan y a veces ni eso.

A más ciudad más vidas. Si en La colmena, que describe Madrid, aparecen, así a ojo, una cincuentena de personajes, en Manhattan Transfer, que toma Nueva York por escenario, aparecen una centena. También a ojo.

En La colmena me identifico con los personajes. Me desagrada el egoísta y me apiado del pobre, me enternecen sus historias, comprendo sus anhelos, sus sueños imposibles, su vacío de amor. En Manhattan Transfer, simplemente me pierdo. Excepto la decena de personajes que aparece con más frecuencia en la novela, del resto no logro ni recordar su nombre cada vez que vuelven a aparecer. Y son muchas las páginas gastadas en esos personajes que aparecen menos. Por romper una lanza a favor de la novela, creo que en todo esto tiene mucho que ver el que sea español. ¿Cómo me voy a acordar del personaje que salió hace cincuenta páginas llamado Bud? Es más fácil si se llama don Pablo.

Tal vez por eso, el personaje que más vivo he sentido es un negro al que llaman Congo, que no sé muy bien cómo al final aparece siendo rico.

Yo creo que se le podían quitar 150 páginas, y con eso la novela mejoraría sustancialmente.

Dos Passos tiene un estilo visual, plástico, interesante pero aburrido. Comenta mucho los colores. Y si hay algo que emite algún reflejo, tranquilo que te lo va a decir. He acabado hasta las narices (en realidad hasta los huevos) de tanta descripción de calles, parques, muelles y cielos amaneciendo y anocheciendo.

Tal vez relea Manhattan Transfer dentro de 6 años y me encante. Es lo que me pasó con La colmena. Qué buena es La colmena.

Mejor escena:

-Otro whisky, Charley. Esto le devuelve a uno la vida. Lo que me pasa a mí es que he estado mucho tiempo sin beber. Tú no lo creerás al verme así ahora, ¿verdad, amigo?, pero antes me llamaban el Brujo de Wall Street, lo cual no es más que otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos… Sí, señor, con mucho gusto. ¡Viva la salud y al diablo lo demás! ¡Ajajá, esto le devuelve a uno la vida!… Pues bien, señores, apuesto que no hay ninguno entre ustedes que un día u otro no se haya metido en alguna especulación, ¿y cuántos de ustedes no han salido desilusionados? Otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios. Pero no yo, señores, que durante diez años he jugado a la Bolsa, durante diez años día y noche, sin perder de vista un negocio, y en diez años no me he equivocado más que tres veces sin contar la última. Señores, voy a decirles un secreto. Un secreto importantísimo… Charley, otra ronda para estos buenos amigos míos. Yo pago. Y echa un trago tú también… ¡Diablo, cómo hace cosquillas!… señores, otro ejemplo del singular predominio en la suerte de los negocios humanos. Señores, el secreto de mi suerte… Es auténtico, se lo garantizo; pueden ustedes mismos comprobarlo en los periódicos, revistas, discursos, conferencias que publicaron entonces. Un hombre, y entre paréntesis un pillastre, escribió una novela policíaca acerca de mí, titulada El secreto del éxito, que pueden ustedes leer en la biblioteca pública de Nueva York, si les interesa el asunto… El secreto de mi éxito era… Y en cuanto ustedes lo sepan van de seguro a reírse para sus adentros, diciendo que Joe Harland está borracho, que Joe Harland es un pobre idiota… Sí que se reirán… Durante diez años, como les iba diciendo, operé en el mercado de futuros, comprando a la primera, y puse mi dinero en acciones cuyo nombre no había oído nunca, y siempre salí ganando. Amasaba dinero. Tenía cuatro bancos en la palma de la mano. Empecé a interesarme en azúcar y gutapercha, adelantándome a mi siglo…Pero ya están ustedes muertos por saber mi secreto, que creen podrá servirles… De ningún modo… Era una corbata de seda azul que mi madre me hizo cuando chico… No se rían, vamos… No, no estoy tratando de armarla. Es simplemente otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos. El día que me aventuré con otro tipo a mter mil dólares en títulos de Louisville y Nashville, llevaba aquella corbata. Subieron veinticinco enteros en veinticinco minutos. Aquello fue el principio. Luego, poco a poco notéq eu cada vez que no lleavaba la corbata perdía. Estaba ya tan vieja y tan rota que traté de llevarla en el bolsillo. No sería. Tenía que llevarla puesta, ¿comprenden?… Lo demás es la eterna historia, señores… Había una mujer, ¡que el diablo se la lleve!, y yo la quería. Quise probarle que no había nada en el mundo que no hiciese por ella, y se la di. Traté de echarlo a broma y me reí, ja, ja, ja. Ella dijo: <<Si no sirve para nada, está toda rota>>, y la tiró al fuego… Un ejemplo más… Amigo, usted no querría invitarme a otro vasito, ¿verdad? Me encuentro inesperadamente sin fondos esta tarde… Muchas gracias, señor… ¡Ah cómo pica el condenado!

 

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brevas

 

No quería despedir marzo sin publicar otra ración de brevas:

1

Biblioteca, en una mesa, dos jóvenes estudian. Ella es guapa. Él es delgado y le ayuda con los exámenes que están al caer. Ella se inclina para oirle bien y él no sabe cómo iterpretar ese gesto. Así toda la mañana de sábado.

2

Me dice mi madre que sería muy bonito que escribiese una novela que contase la historia de mi abuelo paterno, y yo respondo con un mohín como diciendo, no digas tonterías y oculto que en secreto, no sólo fantaseo con la idea de escribir una novela sobre mi abuelo paterno, sino que pienso en una especie de saga familiar que también incluiría un volumen sobre la familia de mi madre, y que, incluso (esto sí que no tengo valor de reconocerlo), tengo decididos los títulos para esos dos libros que jamás serán, más allá de mis ensoñaciones. Todo eso callo.

3

Ya había algo de gente en ese salón de actos donde se iba a dar la conferencia de la que tenía que hacer una noticia. El técnico estaba probando el portátil y el proyector, colocando la mesa y las sillas, comprobando el micrófono.
La señora que daba la conferencia era mayor y carismática. La había entrevistado brevemente y me había agradado su expresividad. La señora, de la que no recuerdo el nombre, se había subido al escenario para colocar sus papeles. Entonces me llamó con la mano. Me dirigí a ella intentando descifrar lo que decía, pues movía la boca, pero no la oía. Además, me extrañó que me llamase mientras se dirigía a la derecha del escenario. Me llamaba, pero a la vez parecía alejarse de mí. A lo mejor no me estaba llamando. Finalmente, nos encontramos en el extremo derecho del escenario, donde estaban las escaleritas por las que se subía a él, y la mano con la que la señora me había estado llamando seguía alzada. Quería que la ayudase a bajar los escalones sin que el resto de la sala se fijase en ello.
Había sido víctima del gesto más elegante y orgulloso de que he sido testigo nunca.

4

I

Profesional es aquél en el que los conocimientos adquiridos sobre una materia y su realización pesan más que los que aún puede aprender sobre la misma.

II

Profesional es aquél cuyo trabajo aún siendo resultado de la inercia (rutinas profesionales) cumple unos mínimos de calidad que lo hacen aceptable.

5

“Algunos textos me gustan otros no pero los he leído todos y la mayoría varias veces” leo en un comentario a una entrada del blog de Luna Miguel. Y pienso que no hay frase que pueda hacer más feliz a un escritor, al oir que se refieren a su obra. Que le hayan leído, y, más allá de haber gustado, que le hayan considerado lo bastante interesante/importante/curioso como para dedicarle la atención de varias lecturas. Y luego pienso, mejor aún, no hay nada que pueda hacer más feliz a un lector que estar en condiciones de pronunciar esta frase. Pues no hay nada de lo que se lamente tanto un lector como de la falta de tiempo, si no la mera imposibilidad de leer todo lo que quisiera (y todo lo que quisiera suele ser todo, a secas), no digamos ya leerlo varias veces. Y luego he pensado, incrustándome más aún en la frase, en el mérito literario que es en sí misma, pues así, sin comas ni nada, por su simpleza y las repeticiones que parece guardar, me parece una frase muy bien escrita.

Brevas

1

“No hay nada tan pesado/ como esta pesada carga mía”, porque soy yo quien la cargo, y quien cuenta y escribe esto.

2

“Yo lo que soy es gilipollas”. He ahí una frase netamente española. Una frase que resume nuestras vidas, y nuestro espíritu y nuestra suerte. “Yo lo que soy es gilipollas” es tragicomedia pura con denominación de origen. Gilipollas ibérico, gilipollas cinco jotas. Es Berlanga, es Pajares, es Resines y Bonilla dando pena.

3

Es lo bueno de la poesía, pienso, tras leer el título del primero libro de Antonio Hernández, El mar es una tarde de campanas, un verso en sí mismo, que al momento me embriaga y que mi mente descoloca y da un nuevo orden: La tarde es un mar de campanas, más significativo para mí, pues solo pronunciar para mis adentros esas palabras “la tarde es un mar de campanas”, me produce una rememoración de tardes pasadas, encerradas en las memorias de la infancia y por ello eternas, y gracias a esa metáfora conecto con la vibración que me sugiere ese tarde, nubosa, que se marchó pero que es siempre, y me siento igualmente agradecido a Antonio Hernández, por este verso que transformo con mi lectura.

4

Le preguntan en su juicio a Rita Maestre algo así como que si le parece un ejemplo su participación en la acción por la que se le juzga (invadir una capilla instalada en una Universidad pública y quitarse la camiseta), que si le parecería normal que todas las estudiantes hiciesen eso, a lo que pienso que la respuesta es obvia: por supuesto que no me parece normal, señoría, si fuese normal, de hecho, no habría participado, pues una acción política como esa (que ahora se llaman performance) busca, precisamente, la anormalidad, lo inaudito, lo insólito, para así llamar la atención sobre un asunto X, busca incluso rozar el disturbio, y como acto reivindicativo, lo necesita y es su esencia. Y más allá de que quien hiciese la pregunta estaba cumpliendo su papel de abogado acusador o fiscal, pienso en cuánta gente le habrá parecido una pregunta seria, cuando toda pregunta seria en este asunto debería partir de la asunción de que Rita no pretendía marcar un modelo de conducta, ni servir de ejemplo a nadie, sino simplemente protestar contra el hecho de que las Universidades públicas reserven espacios para llevar a cabo actividades litúrgicas católicas, lo cual más allá de la opinión de cada uno, parece una protesta inteligible; y que la forma en que se llevó a cabo dicha protesta es más bien circunstancial, de manera que si lo normal fuese que las mujeres se quitasen la camisa antes de entrar en una capilla, la protesta, tal vez, hubiese consistido en un grupo de jóvenes con la camiseta puesta allanando una capilla.