Mes: octubre 2014

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1

Siento cierta vergüenza cuando aprovecho trayectos en tren para leer el libro e la autoescuela. Como si parte de mi vida privada, y por lo tanto de mi intimidad quedase expuesta a las miradas de los otros viajeros. Tal vez sea que me da cierta vergüenza (un poco infundada) no poseer el carnet de conducir aún. Porque soy consciente de que si sacase un libro de cuentos de Baroja, por ejemplo, y empezase a leer, cualquiera que lo viese estaría echando una ojeada mucho mas profunda sobre mi personalidad. Sin embargo, llevo años aprovechando los trayectos en tren para leer sin sentirme molesto por el perjuicio que podía estar cometiéndose contra mi vida privada y mi intimidad.

2

Dos mujeres de edades cercanas se sientan cerca de mí. Una en el asiento de mi derecha, y la otra enfrente de ella. Hablan un idioma que ni reconozco, y supongo de Europa del Este. Turco no es. Llevo un tiempo investigando las facciones de la que se encuentra casi enfrente de mí (nuestros asientos quedan un poco en diagonal). Me he sorprendido al girar algo más el cuello y advertir lo atractiva que es la que está sentada justo a mi lado.

3

¿Y escribir en la Renfe, qué me dicen de eso, ah? ¿Acaso eso no es exponerse? Cualquiera puede sentarse a tu lado, desviar la mirada y cazar tres o cuatro palabras, o incluso algunas líneas, de un texto que luego podría ser celosamente guardado por su dueño. En esta ocasión escribo despreocupadamente, porque la mujer guapa de al lado parece muy enfrascada en la conversación que mantiene con su compatriota, y porque no creo que entendiese mi letruja. Y porque, como véis, no tenía pensado guardar celosamente este texto. Me incomoda más lo de confesar que sigo con el teórico.

Pajarillos

Salgo a mi terraza para airear las sabanas y la colcha y veo un grupo de cuatro o cinco pajarillos revoloteando muy cerca de la terraza de la buhardilla del vecino. Pienso, qué raro, esos gorriones en la terraza del vecino, en esta época en que cada vez escasean más estos animales. Pienso que lo mismo no son gorriones normales, que si me acercase podría ver sus ojos rojos. Que son criaturas espantosas: gorriones que se alimentan de carne. Y por último, visualizo el cadáver de mi vecino tirado en el suelo de su terraza, sobre el que los gorriones picotean, sufriendo el sol de las diez de la mañana. En un par de días se notará el olor.

Enfermita

-¿Qué dices?

Me pregunta. Y yo no he dicho nada. Pensar sí pienso, y me sobresalta la idea de que haya oído algo de lo mucho que estoy pensando, de todo lo que me cruza por mi mente en estos momentos. Está tumbada en la camilla, completamente inerte, con la cabeza ladeada hacia su derecha, sus ojos castaños no pestañean ni parecen mirar a nada; sus brazos, con las manos vueltas hacia arriba, tienen el mismo gesto con que se queda un objeto después de haber rodado libre hasta frenarse solo. La flacidez de los músculos de su cara dibujan en ella decaídas líneas que me estremecen. Menos su respiración, todo lo demás hace pensar que está ausente.

Cuando llegué, hablamos algo. Le hice escuetas preguntas para saber cómo estaba, cómo había ido la operación, que respondió de forma más escueta aún: “Sí; no, no duele; no, no han encontrado nada, sí, esto es muy aburrido”, con el tono indolente, con sólo una chispa de energía más de la que ahora aparenta. Una sábana verde claro la tapa hasta la altura del pecho. Apenas sí tengo hueco para situarme junto a ella, entre su camilla y la del enfermo vecino. Están todos tan juntos, que en vez de pacientes, parecen coches aparcados en batería.

Ante su rostro como sin vida vuelto hacia su derecha me pregunto si me está ignorando adrede, o si ha perdido la conciencia de que estoy aquí, acompañándola. Me da igual; está enferma, y a los enfermos hay que perdonarles estos ánimos enajenados, incluso la ingratitud. Sé que en el fondo ella agradece que esté aquí, y que haya puesto mi mano en su cabecita y esté mesando su pelo castaño lentamente. Llevamos muchos minutos en silencio. Ella se deja acariciar mansamente, pero sin dar señales de complacencia. Menos su respiración y el calor que se acumula alrededor de mis dedos, todo lo demás hace pensar que está ausente.

Yo agradezco poder estar aquí, aunque sólo sea por el hecho de mirarla. Hace un tiempo (un tiempo que a veces me parece cortísimo y otras toda una vida), me enamoré de ella. Fue un prendimiento fiero, irracional, como si todas las pasiones de la juventud hubiesen tomado mi cuerpo como parque infantil. Aquél primer año en que nos conocimos sólo pensaba en poseerla. Tal vez pudiese haberlo hecho, siempre me quedará la duda, si esa tarde la hubiese dicho… si ese otro día nos hubiésemos visto… ¡quién sabe! Luego la distancia hizo que eso acabase. Pero siempre la quise, aunque cada vez con más calma, hasta que mi deseo por ella se convirtió en un caramelo de sabor suave que nunca se acaba y que chupo sin peligro a volver a intoxicarme de amor. Y finalmente ese extraño comportamiento con que me recibía en los últimos meses siempre que intentaba hablarle. Nada más le preguntaba cómo se encontraba, ella me obsequiaba con palabras que parecían gruñidos, como si fuese yo el culpable de sus problemas cotidianos, que tan siquiera conozco.

Ahora la acaricio mientras me invade un amor tierno. Su cabeza y sus párpados están tan quietos que empiezo a dudar que me haya preguntado nada. Sí que es extraño: por mi mente aparecen imágenes de ciudades en las que pudimos estar si la hubiese hecho mía desde el primer año. Nos imagino a los dos, ahí, viviendo en alguna de esas ciudades vacías, felices, mi deseo saciado, sin gruñidos, sin problemas que desconozco, sin incomunicación. Una pareja con una historia con sentido a sus espaldas. Y ella tal vez no estaría ingresada en un hospital. Qué vergüenza me daría que pudiese leer ahora mismo estas ensoñaciones. Siempre estaré muy lejos y muy cerca de ella. Pero si ahora mismo se ausentase del todo, si se fuesen su respiración y su calor entre mis dedos, entonces la amaría infinitamente. Pero no será así, esto es sólo un momento. Esto es sólo un momento.