Autor: ÁlvaroAM

¡William Faulkner!, ¿es que no sabe que lo que hay en este pueblo por William Faulkner es verdadera devoción?

Tak

01/12/2017 13:15

Escribo en la catedral de Aarhus. Tiene las paredes interiores caladas de blanco. Aparte de eso, los motivos y la decoración son como una catedral española. Me parece tan católica como cualquier otra catedral que he visto en mi vida. Lo que no es igual es lo que hacen en ella. Ahora hay expuesto un mural de unos 15 metros, pintado con un montón de escenas apocalípticas y pecaminosas (gusanos gigantes saliendo de las ventanas de una casa, cerdos metiéndose en una piscina vacía, ladrones, manifestaciones, gimnasios). Sobre cada escena está anotado un versículo (principalmente Lucas) al que, supongo, ilustra. Me he visto obligado a tomar un par de fotos, porque no creo que pueda ver algo así en una catedral española. Además, tras el altar hay una docena de mujeres reunidas con sus hijos bebés en una especie de kínder-algo sobre unas colchonetas. Yo estaba al lado, leyendo unas láminas con información sobre la catedral, cuando se han puesto a cantar una nana danesa. Era hermoso escuchar las voces de las mujeres entonando esa melodía tranquilizadora, reverberada por el espacio del templo. La catedral fue construida por el 1.300. Las láminas contenían reproducciones de su aspecto a través de las diversas reformas que ha ido sufriendo. La catedral está dedicada a San Clemente, que fue obispo de Roma en el siglo I y que es santo de los mares y los marineros. La catedral está a pocos metros del mar. Se puede ver a San Clemente y su ancla en varios sitios de la catedral y en el escudo de la ciudad. También se pueden ver las tres rosas rojas, el símbolo del obispo que en la segunda mitad del siglo XV enriqueció y reformó la catedral y cuyo nombre paso de apuntar. Por aquí me muevo en la bici de C. Me rallo pensando que me va a pasar algo, que me van a atropellar, que se va a pinchar o que voy a atropellar algo. Ahora mismo pienso que voy a salir de la catedral y no va a estar, o que me habré cargado el candado porque antes al cerrarlo ha hecho un ruido raro. De hecho antes se me ha caído la varilla de la cesta y me he dado cuenta una hora después. ¿Pues no vuelvo al camino del bosque por el que he venido y la encuentro? De coña. Siempre me pasa algo con las bicicletas. Aarhus es una ciudad mona y cambiante.

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El niño Dios en una bota

16:50

Además, cuando consulto el Google Maps, todo me parece más lejos de lo que en realidad está. Ayer me pasé la biblioteca y hoy casi me paso la universidad. El aspecto de los edificios de la universidad de Aarhus no ayuda a identificarlos como tal. Bajitos y de ladrillo amarillo, puede parecer que estás cruzando una zona residencial, sobre todo si tu principal preocupación consiste en pedalear sin que te entre el frío por el cuello. Lo primero que he visto de la universidad tras aparcar la bici (no se había roto el candado) es una chica salir del retrete a través de la ventana de un baño, que daba directamente a la acera. No sé, no me parece muy bien pensado. A ver si no van a ser tan buenos arquitectos estos daneses. La universidad tiene dentro del campus un lago con patos y árboles desnudos y un montón de gente joven. Me he acercado al Steno Museet (más bien me lo he topado, también creía que estaba más lejos) y le he preguntado a la recepcionista qué podía ver. Considero que no me ha atendido muy bien. Me ha dicho que si no sabía danés, poco podía hacer ahí, donde se organizaban conferencias. Me ha dicho que podía echarle un ojo a una sala pequeña que había nada más entrar y ahí me ha dejado. ¿Por qué no me ha dicho que en la planta alta hay dos salas cinco veces más grande cada una, sobre astronomía y medicina, con un montón de cachivaches, interesantísimas? Hay también un péndulo de Foucault como el del Cosmo Caixa. Me he tirado mi buena hora en el museo y más me hubiese gustado estar. Cuando ya me iba he visto que había fiesta en una de las facultades, y ahí que he ido a ver el percal. Un chico me ha contado que era porque se acerca la Navidad y me ha vendido un chupito de vodka con miel que estaba bastante horrible. Lo que no estaba era flojo. ¿Habrá controles de alcoholemia para los que van en bici? Cuando he llegado, la bici tenía el sillín mojado por el chisgarabís. Al momento que lo limpiaba con la manga del abrigo cumplía unas 38 horas en Aarhus. Entonces he sentido una agilidad nueva en mis movimientos: limpiaba el sillín mientras examinaba la gente que esperaba el bus, abría el candado despreocupadamente. Ahí es que he alcanzado esa confianza caduca, cuando abandonas la torpeza de hacer algo por primera vez y aún no has llegado a la rutina de haberlo hecho mil veces y saberte haciéndolo otras mil. Mientras limpiaba el sillín de la bici de C. sentía que me metía a Aarhus en el bolsillo, que de alguna manera la volvía a pisar por primera vez. No obstante, y tal vez por acción del chupito de vodka con miel, luego he estado cerca de dármela un par de veces (exagerado, me diría C. más tarde, cuando le relaté mis experiencias cercanas a la muerte). He bajado hasta el Street Food de la ciudad (aciertan, también he estado a punto de pasármelo) y he acabado frente a un puesto de comida danesa tradicional con el rótulo de Mormon KØkken donde me ha atendido la que debe ser la danesa más guapa de esta ciudad. Le he preguntado en qué consistía uno de los platos y ha sacado de una olla un cazo con unas albóndigas. Me ha enternecido que fuesen tan parecidas a las que hacía mi abuela. Se lo he explicado a la danesa y me ha mostrado esa enorme sonrisa con que las camareras despachan a los cretinos que les cuentan cosas que les importan lo que viene siendo una mierda. Me dice tak, y le pregunto cómo se dice “de nada”. Me contesta al segundo y lo olvido al instante. Las albóndigas se parecían a las de mi abuela, pero no estaban tan ricas, porque mi abuela les echaba jamón y sobre todo no les echaba por encima una salsa que sabía sospechosamente a curry. Cuando he acabado, me he acercado a un puesto próximo por un café, pero me han mandado a otro más alejado, a donde he ido, ofreciendo una maravillosa oportunidad para comprobar si es cierto eso de que en estos países puedes dejar tus cosas solas sin que te roben un clip. Me ha sorprendido que entre la oferta de cafés también sirviesen cortados, y eso he pedido, pensando que habrían importado el concepto de España, igual que el concepto espresso se lo ha copiado todo el mundo a los italianos. Pero no. Para los daneses “cortado” significa algo similar a “veneno”. Lo que no sé es por qué venderlo es legal. Unos 3,5€ me ha costado la mierda del cortado y encima en un vasito súper pequeño, como en el chiste de Annie Hall. Frente a mí hay un grupo de mayores y entre ellos uno que parece el hermano regordete de Junker. Escribo esto delante del sitio en el que he pedido la comida, por si le resulto interesante a la chica que me ha servido. O a alguien.

***

Ya no estoy en Aarhus. Acabo de ver La Sirenita de Copenhague, el segundo monumento europeo más sobrevalorado (los que habéis estado en Bélgica ya sabéis cuál es el primero), y me ha encantado. He llegado a las ocho de la noche y no había nadie más que yo. Dos focos la mantenían iluminada. Sé que no es técnicamente una gran obra, que no es impresionante. Sé que en mi experiencia al contemplarla ha participado el silencio y la oscuridad. Sé que ha sido algo personal. Sólo una pareja de polacos ha interrumpido mi comunicación con la estatua. Han llegado, la han mirado lo necesario para fotografiarla, y se han ido. La Sirenita se sienta sobre una roca del agua, en una punta de Copenhague, apartada, más que alejada, del resto de la ciudad y de Europa. Es bellísima. Gira su rostro hacia el mar, con una mirada de eterna tristeza. Debido a la postura, cuesta saber cuál es el mejor ángulo para observarla. Siempre una parte de ella se ofrece mientras otra se nos niega. La Sirenita no mira al turista porque su inconsolable espera no tiene nada que ver con nosotros. Handersen eligió esta criatura fantástica, mitad mujer, mitad pez, para llenarla de cosas humanas: el anhelo de lo que no nos es dable, la insatisfacción y la tristeza como vicios voluntarios, la soledad fría como el bronce, la obsesión, el miedo a los remolinos de aguas negras que a nuestros pies sueñan con absorbernos. Me gustaría ser un borracho para que no me importase cruzar el metro y medio de agua que la separa de nosotros. Pero ahora mismo ni de coña meto yo ahí un pie. Cuando por fin me voy, no puedo evitar mirar atrás varias veces. Iluminada por los focos, titila en mitad de la noche, como una velita de cumpleaños. ¡Qué tristeza tener que dejarla ahí, tan sola!

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Todos creen que el tamaño importa, pero yo te quiero como eres // crédito de la foto: blog.amigoautos.com

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Cosas que sí

Querido profesor:

En respuesta a tu requerimiento de carácter público me he animado a escribir esta lista de cosas por las que, creo, merece la pena vivir, más allá de mis gustos o convicciones personales.

Profesor, la vida merece la pena en primer lugar porque existen personas que nos aman. Somos hijos y padres de gente que no puede calcular el afecto que nos guarda, que no puede imaginar su vida sin ese cariño. Pero hacer de eso un motivo de desdicha, considerar ese amor como una opresión, o insuficiente, o hacer como que no existe es, eso sí, una opción personal que solo los ruines (es decir, todos) nos atrevemos a cometer de vez en cuando. Pero para que no me quede esto muy ampuloso, déjame que dirija la mirada a terrenos más mundanales. Por ejemplo, a una pista de baloncesto. Así, a bote pronto, se me ocurre que la Selección Española de Baloncesto de Pau Gasol es una buena cosa por la que haber vivido. Y, tratándose de ti, pienso también en el cine. Merece la pena vivir para saborear el legado de los clásicos, el legado de Welles, Fernán-Gómez, Wilder. Merece la pena vivir porque existen Monica Bellucci, Charlize Theron, Marion Cotillard. No puede haber nada personal en que te guste Marion Cotillard. También es universalmente sabido que los libros dan la felicidad. Merece la pena existir para dejar de existir mientras leemos y somos otro: el violento Aquiles, el idealista Quijote, la amorosa Fortunata, un brillante Sherlock, o Larra paseando su torturado pensamiento por las calles de Madrid. Ah, cómo merece la pena vivir a cambio de Madrid, este Madrid, que es una mierda (Rosendo dixit) cuyo encanto absorbe toda la mugre y la mala educación que vertemos sobre él. Y hablando de Rosendo, otra cosa buena de la vida son esos músicos honestos, incorruptibles, ajenos al paso del tiempo. La vida merece la pena porque eso nos permite saberlo todo de nosotros mismos y ahí hay material interminable para la burla y la risa. Y si sabes reírte de ti mismo, eres invencible (escritor que no recuerdo dixit).

Esta mañana estaba escuchando por la radio a James Rhodes, el pianista tan famoso al que violaron de niño pero que recompuso su vida gracias a la música, y ha dicho: “si lo piensas un poco, la vida es genial” y me he sorprendido dándole toda la razón al momento, sin ninguna reflexión. Sin necesitar reflexionar nada. Puedo continuar con la lista, se me ocurren un montón de cosas que hacen que la vida merezca la pena (hasta las películas españolas sentimentales, sí) y empiezo a creer que todas son universales. Lo bueno, lo justo, lo bello, ha de ser universal, o si no, no es. Por definición. Quiero decir, si un día, ante un plato, pongamos, de salmorejo, te descubres interpretando esa experiencia en clave vital, no pienses que eres un exagerado, no estás solo. El salmorejo hace que la vida merezca la pena. Eso es universal, y punto (al pasar esto al ordenador he aprovechado para cerciorarme de cómo se escribe James Rhodes –creía que era Roades- y me ha aparecido un artículo en el que citan entre otras razones por las que se ha trasladado a Madrid ¡al salmorejo! ¿tengo o no tengo puta razón?). Si lo piensas, son nuestras nueras suicidas lo que no aguanta una lectura que no sea personalísima. Es la ingeniosa cabecita de cada uno, con sus ideas y argumentos intransferibles, la que nos mete en callejones sin salida de fabricación casera, aunque no por ello menos verdaderos. Voy terminando con algunas cosas más que me asaltan: Los Simpson, el mús, los putos memes, El Graduado, Mortadelo y Filemón, la lluvia fina, la lluvia fuerte cuando nos pilla en casa, las cañitas al sol, la palabra resol, perderse en el barrio desconocido de una ciudad que no volveremos a visitar nunca, el olor al ponerte un jerséy de tu hermano. Merece la pena por los enamoramientos dolorosos, por todo lo que se puede seguir aprendiendo, por los buenos profesores y los buenos alumnos. Y porque acá estamos, joder.

Tardá que te vas

Las teles no han dejado de sacar lo de Rufián en el Congreso. Debe ser que no han pasado cosas más importantes en el mundo hoy. Sin embargo, a pesar de la importancia histórica de que el diputado de ERC sacase unas esposas hoy en el Congreso, como hizo hace poco con una impresora, a mí el que me llama la atención es Tardá. El tío está ahí, al ladito, millones de miradas rozándole como balas. Tardá entonces mantiene una postura como de estar sirviendo de modelo a un escultor. Quietud absoluta, semblante muy serio. Tal vez para no distraernos de Rufián. A veces me decepciona y cae en el tópico de llevarse el pulgar y el índice a la barbilla. Mientras, su compañero de partido escenifica su gran momento, con el que provoca que salga humo de los perfiles de tuiter de los cronistas políticos, y que puede que haya estado ensayando en su casa/hotel frente al espejo. A Tardá le considero años luz por delante de su compañero de partido en cuanto capacidad retórica y por supuesto educación parlamentaria, a pesar de que se le haya ido la pelota bastante en los últimos meses, como al resto de políticos independentistas. Pero ni la pose parlamentaria ni los lazos partidistas explican ese semblante inmutable. Tardá se sume en una profunda reflexión, como si Rufián estuviese soltando un sesudo discurso y cada frase fuese más difícil de desentrañar que una partida de ajedrez entre Carlsen y su ordenador. O puede que esté haciendo justo lo contrario: invirtiendo toda su capacidad mental en alejarse de ahí, probando todas las maniobras de abstracción de que es capaz el pobre hombre: repasar la lista de los reyes godos (o de los Presidents que ha tenido la Generalitat en su historia), visualizar con la máxima precisión posible el inicio de Sed de Mal, recordar de qué marca es su champú, encontrar los tres objetos que se llevaría a una isla desierta. Ah, una isla desierta, qué bien se estaría en una isla desierta. O en cualquier lugar que no fuese el parlamento español, con la atención mediática hecha hombre a unos centímetros de distancia.

 

Chiquito, gracias

Ver a Chiquito de la Calzada contando un chiste era de las pocas cosas que conseguían que uno sintiese una tremenda suerte de ser español. Era intraducible y sólo tras una exposición prolongada a su arte se podía alcanzar algo cercano a su comprensión. Por ello ni siquiera otros hispanohablantes, creo, saben muy bien qué es Chiquito.

Todos los países tienen una magia propia, y la de España parecía materializarse en este diminuto ser que hablaba a chispazos de genialidad (hoy decimos magia y pensamos en Isco, fíjense en la decadencia que ha sufrido el término). Su humor venía a ser un orden nuevo de chistes contados a través de una disgregación de palabros inventados, chillidos, narraciones cíclicas y gestos que oscilaban entre el pasmo y la cámara lenta. Era como si la realidad se despiezase, como si Chiquito le bajase los plomos a las categorías que decía Kant que ordenan en nuestra cabeza el mundo caótico en que nos movemos (meter a Chiquito y a Kant en la misma frase debería contar algo).

Los chistes de Chiquito habían de verse y escucharse, no podían reproducirse. De hecho, imitar a Chiquito de la Calzada se convirtió en deporte nacional (quién no lo ha intentado alguna vez) con el efecto paradójico de constatar que era inimitable. Afortunadamente, internet llegó pronto y hoy nos permite volver a verle siempre que queramos, hasta el empacho.

Chiquito de la Calzada alargaba chistes de quince segundos hasta cotas inverosímiles de dos, tres y hasta cuatro minutos. De la misma manera ensanchó nuestra capacidad para para encariñarnos con lo que al principio parecía un producto televisivo más. Prueba de ello es que con su muerte, por un día en este puto país todos hemos sentido la misma pena. Como ha dicho Jabois, Chiquito no nos hacía reír, nos hacía felices. Nos hacía conectar además con algo intrinsecamente nuestro. Decías, ¡jorl!, y el otro te entendía perfectamente.

Con sus andares de pasitos cortos, Chiquito se ha ido. Nunca nos cansaremos de recordar los momentazos que nos regaló. Era cañí y surrealista, calvo y con greñas, marciano pero muy de aquí. Era pequeño. Y muy grande. Era lo que viene siendo un fistro.

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Reseñas literarias (IX): El tejado de vidrio y Las nubes por dentro (SDPP), de Andrés Trapiello

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El tejado de vidrio (1989) y Las nubes por dentro (1990) son el tomo tercero y cuarto respectivamente de los diarios de Andrés Trapiello. Éstos suman ya una veintena de volúmenes que, bajo el título Salón de pasos perdidos, conforman lo que su autor llama una novela en marcha. Prueben a ir a la biblioteca de su barrio y verán que un anaquel entero está copado por libros con la nomenclatura TRA. Produce cierta fascinación.

Un diario es eso que se escribe un poco de ligeras, adrede ignorando la pregunta de si se está contando algo interesante o no, porque a estas alturas todos sabemos que ésa no es la pregunta. El diario se escribe como si a uno se lo estuviesen dictando, sin preocuparse de cuestiones de estilo, ritmo, ni mucho menos si la narración deja mil cabos sueltos. Igualmente el lector se enfrenta a ellos como si se tratase de comida más que lectura, maravillado por el efecto de que pasen fáciles las hojas sin que trama o tema alguno pase por ellas. No queda otra, pues así está hecha la cotidianidad (aka vida): de situaciones absurdas, personajes que aparecen y desaparecen sin motivo, puntuales pensamientos homicidas, reflexiones caprichosas, más o menos trabajadas y acertadas, y una tristeza que no se sabe qué es ni de donde viene, y que tal vez sea lo que menos necesitamos que Trapiello explique para entenderle.

El mérito del autor es que todo eso tan real no pierda nada de realidad cuando es pasado al papel. Personajes y situaciones son retratados a la vez fiel y originalmente gracias a su dominio del lenguaje y a su ironía aguda y amarga. Eso es lo importante, más que lo que podamos descubrir de un hombre que deja constancia de sus movimientos todos los días del año. Cosas que por otro lado ya sabíamos o adivinábamos: que idolatra a Cervantes, que reniega de sus jóvenes convicciones comunistas, que es culto, que ama a sus hijos, que no aguanta la mediocridad y que no puede evitar criticar a otros actores del mundo cultureta. Que es, en fin, un hombre sobre el mundo.

No terminamos de saber por qué leemos los diarios de Andrés Trapiello. Supongo que por la misma razón que él los escribe: por ese convencimiento de haber llegado a un punto en que no se entiende muy bien la vida sin literatura. No se trata de compromiso por hacer algo original; tampoco se trata de la esperanza de leer algo que nos fascine, una historia o un estilo que nos subyague. Es más simple, es la comezón, la incomodidad de china en el zapato o grano en el culo que sufrimos si no leemos algo cada tanto, si no tenemos un libro en la mesita de noche para saborear aunque sea una página antes de apagar la luz, si no tenemos nada con que rellenar el vacío existencial a que nos condena el metro/bus/tren por las mañanas, si no podemos añadir algún título más a nuestra lista de lecturas acabadas por cada cien que apuntamos en pendientes. Esa es la necesidad, una necesidad más alimenticia que otra cosa, a que responden y satisfacen los diarios de Trapiello. Sólo eso, y nada menos que eso.

Nota: no hay fragmento destacado porque he devuelto los ejemplares a la biblioteca sin acordarme de transcribir uno

Brevas

Hoy mi jefa ha dicho una frase muy jefa. Ha dicho “mi marido es muchas cosas, pero también es diseñador”. Lo ha dicho encontrando dificultades para expresar lo que es su marido. He suspirado aliviado de que su marido no sea solo diseñador. Imagináos, la idea del diseño personificada, andando por ahí. Me imagino a mi jefa del brazo de un señor con grafos, colores primarios y sombras en lugar de extremidades. Afortunadamente, su marido será algo más, será padre además de diseñador. Será trabajador por cuenta ajena, contribuyente, vecino de. Será hincha de algún equipo, tal vez, será ateo o cristiano, joven o viejo, deportista o amante del rock. Le gustará tomar el vermú con mejillones y tirarse un pedo cuando está solo. Habrá maldecido cuando se ha dado con el dedo en la pata de una mesa, alguna vez se le habrá olvidado, instantáneamente, aparcar, y se habrá quedado dormido viendo 2001, una odisea en el espacio. Alguna vez habrá visto un capítulo de los Simpson, habrá apartado la parte negra del bonito con tomate y habrá echado una meada en la ducha. Quiero decir, me alegra que mi jefa esté casada con una persona.

Una persona es como una fortaleza al revés. Lo primero que se derrumba es lo más profundo y recóndito, mientras por fuera parece intacta.

Era agosto, era 2016, era París. Había desviado mi camino hacia el Louvre atraído por la Torre Saint-Jacqes. Estaba cruzando el paso de cebra cuando vi aparecer a una chica en bici por su carril. No sé por qué, imagino que por esa excesiva atención que ponemos sobre nuestros gestos cuando viajamos, creí que el rojo del semáforo no le afectaba a ella. Así que deceleré mi marcha para dejarla pasar, mientras ella a su vez frenaba y ya acomodaba la rueda delantera a la línea de detención del asfalto. Y nos miramos y era guapa, y supongo que mi cara debía ser como la de alguien que desconoce las normas fundamentales del tráfico en una ciudad, porque al final me concedió una sonrisa, cuando ya llegaba a la otra acera, mi cabeza haciendo un ángulo recto con mi cuerpo para no perderse esa sonrisa. Luego el semáforo se puso en verde y me dejó atrás, a punto de entrar en los jardines que rodean la torre. Fue un romance de un segundo. París no sabe dar menos.

Todos confiaban en Gustavo, el hombretón que acompañaba en el minibús a los niños que volvían del colegio. A pesar de su deficiencia mental, llevaba siete años acompañando a los chicos a volver a casa. Todos confiaban en Gustavo, pero un día se metió en el minibús y los despedazó a todos.

2017 y el valor

Que tengáis valor cuando la alarma suene demasiado pronto, que tengáis valor a hacer lo que queráis y a dejar lo que os ahoga, a acercaros a esa persona especial. Valor cuando llega la factura, el examen, la reunión. Al encender la tele esperando oír a Trump o el último atentado suicida. Tened valor para el sí, el no, o la pregunta sincera, valor en la soledad, en la compañía, en el abrazo. Valor si no aguantas a tu hijo, a tu padre, a tu pareja, valor si tu hijo se marcha, si eres tú la que se marcha. Si a alguno le detectan un cáncer. Valor en la calle, de noche, por la mañana, ante la página en blanco. Peor, ante la cuenta en blanco. Valor en el gimnasio, con el inglés o para dejar el tabaco. Valor para recoger las rosas, las risas, los besos. Valor si la comida de mañana, la lavadora antes de poderme acostar y el coche que casi no le queda gasolina. Valor para obedecerte, para sentir la grandiosidad del golpe en la encía. Si te estás sacando el carné de conducir, si llevas una temporada intolerable sin follar o echando currículums: valor cuando venga tu penúltima derrota. Valor si un niñato en el metro va escuchando música sin cascos. Valor, ten, cuando sientas la angustia del tiempo, de la vida pasar, de lo bueno irse sin saludar. Valor porque el pelo se cae, las piernas se arquean, las tetas cuelgan, la barriga cuelga. Guarda algo para amortiguar la traición que se balancea sobre tu cabeza, la traición que se aproxima como una arcada, no se sabe muy bien de dónde. Que ni en la hora más oscura dejes de sentir ese calorcillo, el pulso de tu voluntad. Si has de llorar, que tus lágrimas sean firma de tu valor.