Autor: ÁlvaroAM

¡William Faulkner!, ¿es que no sabe que lo que hay en este pueblo por William Faulkner es verdadera devoción?

Brevas junio 2018

Tras la destitución de Julen Lopetegui, me imagino qué pasaría por su cabeza si firmar por el Madrid resultase con el tiempo ser la peor decisión de su vida. Es decir, que la selección que dejó gane el mundial (hecho muy improbable) y luego el Real Madrid le despida a él a mitad de temporada (hecho no tan improbable). Entonces podría consolarse pensando que quedándose él en la selección puede que ésta no ganase el Mundial. Es decir, para mitigar sus ganas de suicidarse por haber firmado con el Madrid para nada, tendría que alimentar la idea de que él es muy malo comparado con Hierro. Añadir más carga negativa a su mala suerte, segar muy por lo bajo su autoestima como método de salvación. Y esto me recuerda a cuando grabé un corto y el sonido estaba mal porque en un plano no había ruido de fondo y en el siguiente sí, y lo arreglaba poniendo ruido de fondo en todos. Y luego le decía a la gente “para mejorar el sonido he tenido que empeorarlo”.

Ayer me quedé perplejo cuando constaté que me una chica que no conozco me había bloqueado en twitter (no me había pasado antes), por nada, por responderle que no era así una cosa que decía (y hablábamos sobre fútbol, fíjate qué transcendente), y luego no pude evitar que me molestase y darle unas vueltas al asunto, aunque sabía que no se las merecía, y sopesar si mi comentario fue inadecuado, borde, o si se había molestado porque luego ignoré su respuesta que tal vez ella consideraba merecedora de un corazoncito, ni idea, pues no sé mucho de esta chica, jamás la he visto en persona y solo he llegado a compartir con ella dos tuits incluido este. Por lo tanto, tras el bloqueo, ninguna es la pérdida; aunque sí, su cuenta me hacía gracia, y sí, encontraba interesantes sus fotos en tanga. Así que decidí atajar el rumbo de mis pensamientos: ni un segundo de ellos se merecen los que solo esperan de los demás que les demos la razón siempre, so pena de “bloqueo”, y pensé que al menos el incidente me servía como entrenamiento, o ensayo, para disciplinar mis pensamientos, como un pequeño simulacro contra la adversidad. Entendiendo por adversidad el momento en que alguien que sí conozca y estime decida “bloquearme” en la vida real. O algo peor. Pasará.

Oigo, “la noticia de los niños que son enjaulados y separados de sus padres en la frontera con México ha provocado un profundo debate en Estados Unidos”, y pienso que no, que no hay ningún debate que valga cuando se trata de la dignidad humana y de los derechos de los niños, que puedo confrontar mi opinión a la de cualquier otro en mil temas, intentar convencer y dejarme convencer, discutir puntos de vista, objetivos y maneras de alcanzarlos en cualquier ámbito de la vida, incluido inmigración. Pero aquí no, ante esta situación no acepto ningún diálogo porque no hay lugar más que para que cada uno se pronuncie: acepto esto, o lucho contra esto.

Hoy desayuné en el trabajo porque creía que así ganaría algo de tiempo (nop). Cuando llegué estaba la mujer de la limpieza pasando la fregona en la pequeña sala comedor. Me senté donde todavía no había fregado y empecé a rumiar mi tostada de arroz y mi pavo. La doctora me ha dicho que desayune esto porque por las mañanas tengo el estómago mal. De momento no he notado ninguna mejoría. La mujer de la limpieza siguió fregando mientras tarareaba algo que no parecía ninguna canción en concreto. Así como iba tarareando me rodeó de suelo “fregao”, pero tuvo la amabilidad de dejarme un vía de escape hacia el curro. Curioso que pensase eso, porque normalmente se escapa del curro no hacia él. Me serví un vaso de agua del bidón y lo tiré a los plásticos, pensando que era un desperdicio tirar algo tan poco usado. ¿Y si en vez de tirarlo lo volvía a poner con los vasos no usados? Luego, cuando estaba recogiendo, oprimí una miga de tosta de arroz con el pulgar y me la llevé a la boca. En ese momento entró en la sala la única tía buena que he visto por este lugar hasta ahora. Quedamos un momento frente a frente. Sé que leyó la culpa en mi cara, como si en lugar de pillarme aprovechando una miga, me hubiese pillado devolviendo el vaso usado al repositorio de vasos. No nos dijimos ni buenos días, porque ella parece muy seria para saludar a gente que aprovecha migas de las mesas y a mí ya me empezaba a doler la tripa.

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Se busca partido consciente

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Cuando Rafael Hernando dice que “el Partido Popular no sabía nada de la Caja B”, habla como los bedeles de mi universidad en 2010 cuando les preguntabas por el internet. Nos contó un profesor que cuando tenía problemas para conectarse desde un aula le respondían: ya vendrá. ¿Ya vendrá, quién, preguntaba mi profesor, el técnico?, no, internet, le decían. De esta manera, parecía que internet fuese un hombre con corbata y maletín cuya presencia en una esquna de la clase bastaba para conectarnos instantáneamente al resto del mundo
De igual manera, cuando Hernando dice que el Partido Popular no sabía nada, me imagino al Partido Popular como un señor bien trajeado y engominado, con una identificación de afiliado colgada al cuello (supongo que si el PP fuese una persona el pobre no tendría más remedio que estar afiliado al PP), andando por los pasillos enmoquetados de Génova con un despiste importante.
La sentencia de la Gürtel condena a cárcel entre otros a dos ex-tesoreros, a la mujer de uno de ellos, y al exmarido de una exministra. Esta exministra, Ana Mato, y el mismo Partido Popular, han sido condenados a pagar una multa por ser partícipes a título lucrativo. La sentencia, en definitiva, describe una compleja trama de corrupción que dificilmente podía pasar inadvertida a los presidentes Aznar y Rajoy y que sirivió ni más ni menos para pagar la reforma de la sede nacional del partido. Pero para Hernando no es suficiente y en su empeño por convencernos de que su Partido es un ente con consciencia en sí mismo que no sabía nada no le importará acabar pareciéndose al protagonista de El hombre que fue jueves, la novela de Chesterton, que se tira toda la historia descartando terroristas que parecían ser la encarnación del anarquismo.
Nadie encarna un partido político, pero el PP encarna como nadie la corrupción. Eso es verdad. Porque si “el PP no sabía nada”, lo que esta claro es que es imposible que el PP, digo, los del PP, no supiesen nada.

Siempre implacable Roth

Roth era de mis escritores favoritos. Si de algo me ha servido la literatura es para aprender que el mundo y las personas somos algo complejo y siempre mucho más raro de lo que podemos esperar. Pocas obras como las de Roth para entenderlo. Su lucidez para atrapar las contradicciones del individuo moderno era insuperable. Los temas que le obsesionaban estaban impregnados de modernidad. La familia, los conflictos sociales, la identidad individual, los esfuerzos del sujeto por zafarse de un entorno que lo constriñe, la pulsión sexual…

Roth escribió El mal de Portnoy y esa descripción descarnada de las fantasías y las válvulas de escape onanista a que acudía el joven judío escandalizó a quienes aún no se atrevían a mirar de frente nuestro deseo sexual, en toda su animalidad. Escribió Pastoral americana y se adelantó a los reportajes que hoy se preguntan por qué un chico de Canadá es capaz de coger un avión a Siria y alistarse en el ISIS. Escribió La mancha humana y se adelantó a los que hoy clamamos en contra de la corriente que, con mucho menos garbo verbal que él, damos en llamar “ofendiditis”.

No había rasgo de la moral moderna que su inventiva no alcanzase, que su originalidad de palabra no iluminase en toda su ridiculez e impostura. Si giraba la mirada hacia la persona, llegaba a muchos recovecos del alma humana. Y solía volver de ellos con las manos llenas de retratos de un realismo refinado, que brindaban el mayor de los gustos que buscamos en la ficción: la identificación, la punzada emocional al ver que a ese personaje que sigues le duelen las cosas como a ti.

Su talento literario levantaba escenas que alcanzaban una fenomenal viveza que sólo los maestros pueden reproducir con la frecuencia que lo hacía Roth. Porque lo suyo era una exhibición de músculo permanente. Normal que llegase un día en que dijo, hasta aquí, ya no escribo más. Las páginas de sus novelas vibraban de estilo, de inteligencia, de mordacidad. Vibraban porque el autor de New Jersey había imprimido una energía mental y hasta física sobre ellas.

Con pocos autores he disfrutado tanto leyendo como con Roth. Con muy muy pocos, si nos limitamos a los vivos. Él ya no forma parte de ese grupo.

Author Philip Roth at this UWS home

Brevas abril´18

Nota: desde hace un mes publico las brevas una a una, en imágenes subidas a las redes sociales (@alvaroarmo). La idea es publicar un post cada tanto reuniendo las que haya publicado en el mes, como este.

Ten un gato. Hazte a la idea de que el gato será tu vida. No, el gato será la vida, en general. Aprenderás mucho si observas su comportamiento. Cuando tú estás preocupado, la vida bosteza, cuando la acaricias o la das de comer, apenas sí te lo agradece. No necesita muchas razones para ronronear cariñosa, tampoco para sacar las uñas. La vida pasa silenciosa, haciéndose la que no está y nunca reacciona como esperas. Pero cuídala.

Dios me libre de criticar a Jabois, pero meter Cien años de soledad en su columna sobre la chilena de Ronaldo me resultó un pelín forzado. Y sin embargo saqué algo de ello, porque descubrí otra coincidencia entre la novela de García Márquez y la chilena. Contaba un amigo del escritor que hubo un momento muy especial en que sólo el autor y un círculo muy cercano sabían de la existencia de Cien años de soledad. Fue unas semanas antes de que la obra se imprimiese e hiciese retemblar todo el ecosistema literario mundial. Anoche hubo un instante igual de especial, aunque por el motivo contrario. Cuando el balón se clavó en la red de la portería de Buffon todo el mundo supo que acababa de ver una proeza. Todos, menos su autor. Cristiano está un segundo en el suelo, tirado boca arriba, sin saber muy bien si el grito de la afición es de alivio porque el balón se ha ido fuera, o de estupefacción por el golazo encajado. CR se tira todo el año diciendo que es el mejor jugador del mundo o incluso de la historia, y todos nos cachondeamos. Pero en ese preciso instante en que la acababa de meter, él era el único en el mundo que ignoraba lo bueno que es. No se olviden de ese momento.

 

(BREVA TABAQUERA) No sé cómo es que no fumo, pienso a veces. Soy el más pequeño de una familia donde todos eran fumadores (mi padre se quitó hace poco), pero no tan fumadores como para que desarrollase rechazo al humo. Al contrario, le tengo afecto desde pequeño, me gusta inhalar un poco del humo de los demás. Así que siempre pensé que sería cuestión de tiempo que me pusiese a fumar. Pero ya soy mayor y no fumo. Y no hay ninguna razón especial que me haya prevenido este vicio. No me gusta cuidarme, nunca me he cuidado. Nada en mi estilo de vida es incompatible con el tabaco. Al contrario, lo tengo asumido: me trato a mí mismo como un fumador ficticio. Por ejemplo, si me ofrecen un trabajo intento imaginar cómo será y me visualizo fumando en los descansos, con los nuevos compañeros. Otro ejemplo: si una idea me resulta suficientemente atractiva como para creer que de ella podría sacar una novela, al momento me veo escribiéndola, y al lado, no falla, un piti humeante. Luego despierto y pienso, pero, ¿cómo voy a escribir una novela si no fumo? Yo creo que si fumase ya llevaría tres novelas.

(BREVA TABAQUERA, II) Que fumar es guay es una tontería de la que te curas incluso antes de terminar la adolescencia. Yo lo supe de siempre. Nunca participé en esa escena de chavales pillándole el gusto a la nicotina a las puertas del instituto. Luego te das cuenta de que a lo mejor lo estúpido fue no perderse un poco más por los terrenos prohibidos de la edad. Al fin y al cabo, y salvo honrosas excepciones, casi toda la gente guay que se cruza en mi vida fuma. Tú no eres lo que aparentas, de acuerdo, pero lo que aparentas dice algo de cómo eres. Yo fumaría, lo admito, sólo por sentirme como el puto John Wayne. Diréis, eso es al principio, cuando tienes consciencia de estar fumando, luego te ventilas los pitis con la misma poesía con que te bebes un vaso de agua. Pero no es así. La prueba es mi padre. Todos los pitis que le vi fumarse fueron por pose. Fumaba como si diez cámaras le estuviesen apuntando y alguien acabase de gritar “acción”. Mi padre disparaba el humo por el perfil de la boca, calculaba la parsimonia del movimiento de la mano y el perfil que daba a su público. Ése es mi modelo. Puede resultar frívolo, superficial. Pero cuando uno insiste en determinada manera de ser superficial todos los días durante años, surge algo parecido a un estilo. Fumar es guay, qué gilipollez, qué verdad.

(BREVA TABAQUERA III) Volviendo a la pregunta original, “por qué no fumo” dado que estéticamente me resulta irresistible y que me dan un poco igual los efectos, tenía preparadas dos teorías: la primera es que me considero bastante práctico para ciertas cosas, y no quiero estar pendiente de si llevo fuego encima o no, y si bien me dan igual los años que me pueda quitar, no me resulta práctico asfixiarme cada vez que se me escapa el bus; la segunda teoría es que creía que era algo tan inevitable que lo fui dejando, lo fui dejando… y me acostumbré a vivir sin fumar; entonces escribí la primera breva tabaquera, que un amigo leyó, y me comentó un tercer motivo, definitivo y seguramente más cierto: “Álvaro, tú no fumas porque cuesta dinero”.

Estamos de fiesta. Mi amigo, tercio en ristre, no deja de sonreír desde hace una hora. Nos sucede algo extraño. Una chica, bastante joven, se acerca y le pide una foto a mi amigo. Luego se va. Al rato mi amigo se dirige al grupo en el que está la chica bastante joven. Vuelve.

                -¿Qué les has dicho? –pregunto

                -Que por qué coño me han pedido una foto

                -¿Y qué te han dicho?

                -Que me parezco a un famoso

                -¿A quién?

                -No se lo he preguntado

Mi amigo no deja de sonreír. La noche es maravillosa.

Reseñas literarias: Clavícula, de Marta Sanz

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A un buen título le corresponde una buena portada, sí señor

El cuerpo, como tema de reflexión, es algo jodido. Pensar sobre el cuerpo de cada uno lleva rápidamente a conclusiones estériles y contradictorias. Sabemos poco de él. Sabemos que hay que cuidarlo, pero no sabemos muy bien lo importante: por qué ponemos ese “lo” al final de cuidar.

Cada uno es su cuerpo, pero al mismo tiempo, somos algo más que nuestro cuerpo. El qué, no se sabe. Alma, consciencia, son términos vacíos para nombrar eso que suponemos que debe quedar cuando restas individuo menos cuerpo. Pero, ay, que no le pase nada al cuerpo, que no nos pase nada.

Marta Sanz da vueltas sobre estas cuestiones en Clavícula, a raíz de un dolor que le aparece en una zona indeterminada de su pecho, entre el esternón y la ídem, que un día le hizo exclamar: ay, que no me esté pasando nada. Sanz decide entonces escribir su experiencia enfrentándose a esta doble amenaza. Por un lado el dolor físico que grita desde lo alto de su pulmón, la posibilidad de que se extienda y estropee el resto de su organismo. Por otro lado, ese “que no me pase nada”, la duda, el subjuntivo desapacible. No son dos amenazas diferentes, son dos vivencias diferentes de lo mismo, inseparables como el calor de la llama.

El libro es un diálogo de Marta Sanz consigo misma, o sea con su cuerpo. Sobre la mesa un único tema a tratar: ese dolor que la atemoriza. En la primera página se refiere a él como una “cabeza de alfiler”, que más adelante se convierte en una “garrapata” de patitas traviesas. Esos son los nombres más precisos que recibe su dolor en todo el libro. Porque Marta, que no entiende lo que le dice su cuerpo/ella misma, pasa por innumerables manos de intérpretes: médicos de cabecera, cardiólogos, enfermeros, el ginecólogo, ninguno consigue saber lo que le pasa, ni nombrar su dolor con más rigurosidad que la de un niño adivinando las formas de las nubes.

Por detrás de las palabras de Sanz, nos llegan los ruidos de su cuerpo. El rumor de la circulación, el siseo de la enfermedad que trepa, el rugido de la digestión, los chillidos, los ecos que reverberan en nuestras cavidades. Sólo el título, Clavícula, ya parece reunir todos los chasquidos de un cuerpo quejándose.

Pero el dolor tiene un contexto, lo que quiere decir que viaja más allá del malestar físico de Marta Sanz y se emplaza y se identifica en lo que le rodea. No se encuentra ningún motivo que explique el dolor en el esternón de Marta Sanz. No fisiológico. Pero esa garrapata angustiosa tiene mucho que ver con el desempleo de su marido, la precariedad laboral, la desigualdad de género. También tiene algo que ver con la superficialidad de las nuevas tecnologías, la comida sana, la presión consumista, las expectativas sociales. Tiene que ver con cenar sola en un hotel y con los niños pobres de Manila.

Por último una reflexión: es tanta la identificación entre el tema del texto y lo que lo motiva, que no te puede gustar Clavícula sin sentir que te gusta un poco Marta Sanz.

Mejor fragmento: la escena con la enfermera que la somete a una prueba cardiaca. Con qué finura se desarrolla ese encontronazo entre las dos mujeres:

La enfermera se descoyunta de risa: <<Yo nunca, jamás, me haría esta prueba.>> Quiere meterme mido. Lo consigue. Luego calla y, con una cortesía absolutamente fingida, me dice: <<Por favor, es por aquí.>> Creo que después de <<por favor>> esta fumadora, esta hábil ajustadora de tirantes de sujetadores, esta canaria sin dulzura y con algunos kilos de más aferrados alrededor de las nalgas, habría querido llamarme <<princesa>>. Pero se ha callado para que yo no pueda afirmar que su cortesía es falsa.

Brevas

En mitad de la comida mi sobrino le dijo a mi padre: abuelo, luego nos pones los tres cerditos, y mi padre respondió: sí, pero ahora son más, ¡ya son cuatro! Perplejidad en la cara de mi sobrino, adiós sonrisa. Miró a los lados. El resto de su familia comía, no habían oído nada, al parecer él era el único testigo de este anuncio que venía a trastocar el orden natural de las cosas. Ese cerdito de más era el amanecer de un mundo que no había visto venir, lleno de misterios y amenazas. Se trataba de una aberración númerico-narrativa insoportable. Algo parecido sentí yo cuando mi madre dijo el otro día que iba a hacer torrijas y añadió: ¡cinco!

Tras una charla en Madrid a la que asistí como público, estuve hablando con una diputada de Podemos durante un buen rato. La verdad es que no todos los días discuto con un diputado, ni diputada, de Podemos ni de ningún otro color. Fue agradable conversar con ella sobre nuestro comportamiento en las redes sociales. Sobre todo por la cercanía y porque no nos dábamos la razón. Y como de eso hablábamos, me despedí prometiéndola que empezaría a seguirla por Twitter, ya que hasta entonces la desconocía. Ella respondió, “y cuando yo vea la notificación de que me sigues, te seguiré también”, y a qué negarlo, eso me agrado mucho, porque la verdad es que tengo pocos seguidores y uno tiene la ilusión vana de que mucha gente lea sus ocurrencias de 140 (+140) carácteres. Pero la seguí y, ay, ella no me respondió al follow, ni si quiera a pesar de que hice RT a un tuit suyo sobre el encuentro en Madrid. Nota: los políticos mienten.

En mi barrio había una tienda erótica. La cerraron y ahora hay en su lugar una tienda de ibéricos. Arneses, maniquíes y consoladores han sido sustituidos por patas de jamón y cañas de embutido que cuelgan relucientes. Siempre hay mucha gente pidiendo. Qué queréis, cada barrio entiende el placer a su manera.

Cada vez menos a favor de vilipendiar las versiones  de películas dobladas al español.

No le falta cierta poesía ni matemática a la definición que el DRAE da a la palabra gavilla: “[…] mayor que el manojo y menor que el haz”, y como todo lo poético, sientes que vale para otras cosas, en especial para uno mismo. Yo, como la gavilla, también me encuentro en un punto intermedio entre dos extremos. Soy mayor que el niño y mucho menor que el hombre.

Nunca le vi así

No recuerdo el número de teléfono de su casa, que tantas veces marqué, ni los apellidos de otros amigos de aquella época a los que no he vuelto a ver. Pero hace poco recordé el suyo, debido a que conocí a otra persona que se apellidaba de la misma manera, y busqué en Facebook su nombre con ese primer apellido (el segundo nunca lo aprendí). El primer resultado sugerido no parecía ser la persona que buscaba, pero aun así pinché en el perfil, por darle un voto de confianza al logaritmo de la red social. Se abrió la foto, y no creía haber tenido suerte. Pero la comparación del escáner de mi mirada sobre la imagen con el recuerdo que guardaba de él dio positivo y tuve que sortear la sorpresa para reconocer que sí, que aquella cabeza morena empotrada contra unos trapecios y un torso de culturista era la de mi amigo de la infancia. Pasé esa foto y la siguiente. La tercera, titulada “Piscina 2014” (reconocí el fondo de esa piscina), me dio toda la información que podría desear de la casi totalidad de su anatomía. Un musculitos, efectivamente. Mi amigo debía llevar metido en un gimnasio la mitad de la vida que ha vivido desde que le dejé. Sin embargo, mi desagrado no tenía nada que ver con la envidia. Musculoso, sí, pero hinchado. Un cuerpo poco bonito, con una desproporción insoslayable entre el volumen de sus piernas y el de su tronco. Y pensé, qué falta hacía, si ya eras lo más, si ya cuando jugábamos con diez años eras el líder del grupo (éramos normalmente cuatro), el más carismático, el que nadaba más rápido, jugaba mejor al fútbol y al que menos le costaba convencer a los otros de sus planes. Eras fuerte, pero no necesariamente el más fuerte. Y no pude evitar que me apenase ver el cuerpo delgado del niño que era mi amigo convertido concienzudamente en esa masa. Cuando esa misma piscina aún no era Piscina 2014 sino Piscina 1999 o 2000, solíamos jugar los dos a una cosa que habíamos bautizado como “el toro loco” o algo así, que nos reportaba muchas risas. Consistía en que uno se montaba sobre el otro, que, a cuatro patas, tenía que fingir convulsiones y espasmos hasta conseguir tirar a su jinete al césped. Él era más alto y pesado que yo (yo la verdad es que era un niño muy bajito), así que disfrutaba más del juego que él porque mis convulsiones no eran tan tremendas bajo sus más de treinta kilos. Nos comparábamos los lunares y el color de la piel. Él era moreno natural, y yo moreno bronceado gracias a las muchas horas (todas) y los muchos baños en la piscina. Desde una mirada adulta, casi confunde la cercanía con que llegábamos a conocer nuestros cuerpos en esos juegos y veranos. Recuerdo los pezones graciosos, y su vello rubio por la espalda y el pecho que formaba espirales. Las señalaba y decía, parece que te salen soletes, y nos reíamos. Así que ver su imagen adulta me causa nostalgia y me procura una fuerte sensación de irremediable paso del tiempo. Porque nunca le habría imaginado así, pero es lo que es, y causa desazón ver que la vida da lugar a ciertas realidades mientras descarta otras que parecían más deseables o temidas o incluso más probables, como que ése chico, sabiéndose fuerte y seguro de sí desde los diez años, jamás hubiese sentido la necesidad de convertirse en una mole. Y todas esas posibilidades descartadas no van a ninguna parte, simplemente no serán. Uno intenta unir una línea de puntos imaginaria a través de los años, una línea que explique la evolución de las cosas, pero resulta casi imposible: no es que la infancia quede lejos, remota, es que parece que se trata de otra vida que apenas puedo decir que me pertenezca. A todo ello contribuye que nada quede de esos días, esos años, más allá de mis padres, mis hermanos y estos recuerdos. Ni siquiera el paisaje, ni siquiera mi cuerpo (ahora paseo orgulloso casi 180 centímetros de homo sapiens por el mundo y me creo alto). Ni siquiera yo mismo, pues no soy nada de lo que entonces soñé que sería de mayor (y soñaba con serlo todo).