Mes: junio 2010

Nadie sabía nada

El sábado pasado, el 29 de mayo, fue el cumpleaños de mi hermana, que cumplía, casualmente, 29 años. En su cumpleaños inicié una conversación con una amiga suya, que es algo así como una prima para mí, ya que me ha visto crecer desde que nací. Me preguntó por la Universidad; la dije que bueno, que en los últimos exámenes la estaba cagando un poco. La conversación nos llevó pronto a hablar de una asignatura que ha sido particularmente difícil durante el cuatrimestre. Ha sido difícil en parte debido a la propia naturaleza de la asignatura, que recoge un amplio espectro de contenidos, pero también, y especialmente, por la fuerte personalidad del profesor y su particular metodología.

Ayer me enteré de que, en el momento en que estaba manteniendo esa conversación, mi profesor llevaba ya unas horas muerto. Tenía 39 años, y se había matado esa misma mañana practicando kitesurf en Almería, de donde es él.

Sobra decir que cuando me enteré aluciné, como el resto de mis compañeros de clase. Todos somos aún muy jovenes, apenas llegamos a la veintena, y la vida nos a puesto contadísimas veces frente a la muerte. No estamos preparados para encontrárnosla a la vuelta de la esquina como quien no quiere la cosa. Yo por lo menos, no.

En mi caso, creo que es la segunda vez que me encuentro cerca de la muerte accidental de alguien joven. La primera vez tenía muy pocos años y fue el caso de un amigo de mis padres, que murió cuando montaba en bicicleta por la carretera. Creo que no recuerdo ya la cara de aquél hombre (aunque sé cómo era, por fotografías), igual que creo que no me causó grandes emociones su muerte, más allá de la preocupante y tristísima certeza que el comportamiento de mis mayores me proporcionaba de que algo muy malo había sucedido.

Esta vez ha sido totalmente diferente. Conocía a la persona, la he estado viendo casi semana tras semana durante tres meses y pico hasta hace apenas un mes. He sentido de verdad el espectro de la muerte, que tan lejos parece esconderse siempre. He oído un sesgo con el ruido que sólo una muerte no esperada por nadie es capaz de producir. He oído un algo quebrarse.

Han venido a mí preguntas que llaman a la debilidad del ser humano, la que le impide aceptar lo que no atiende a razones, lo que es simple azar, o suerte, lo que cae fuera de la lógica y rompe las normas de todo. Me he encontrado así pensando en si, ya que nadie fue capaz de predecir su muerte, ésta entra dentro de lo que llamamos Destino (en lo que por cierto no creo). Y, ya que el Destino parece el único que conocía lo que el resto no podíamos conocer, si éste tuvo la generosidad de dejar alguna pista. No sé, alguno de nosotros que durante la última clase pensó de verás que, si no se topaba con él por la uni en adelante, nunca más le vería. O mejor aún, me pregunto si el Destino se preocupó de que hubiese alguién que, observando a mi profesor mientras se vestía con el traje propio de este deporte antes de meterse en el mar, le advertía: “cuidado, Álvaro, no vayamos a tener un susto”, pues Álvaro era como se llamaba el pobre hombre. Como yo.

Pero sobre todo, tengo una gran duda sobre los últimos momentos que recuerdo en los que aparecía sentado sobre alguna de las mesas de clase, ora hablando de tal cosa, ora sermoneándonos sobre lo que pretendíamos hacer con nuestras vidas. Y no sólo hay recuerdos. También están las fotografías suyas que hay en Internet. Pero peor aún es la fotocopia de unos apuntes que escribió de su puño y letra y que muchos de nosotros tendremos descansando en alguna pila de apuntes de nuestro cuarto. Y, aún peor, una grabación que le hice junto a un amigo en una entrevista para un trabajo. Grabación que sólo tengo yo.

Esta mañana, en la revisión de la nota de otra asignatura, hablamos del tema, como es lógico. Recuerdo que le decía a un compañero “¡tengo una grabación suya en el mp3!, ¿qué cojones hago?”. Y me lo sigo preguntando: ¿qué es ahora esa grabación en mi mp3?, ¿qué hago con ella? Antes era la grabación de una de las muchas entrevistas que le habrían hecho a Álvaro en su vida. Ahora, lo más probable es que sea la grabación de la última entrevista que le hicieron en vida. Tal vez incluso sea la última grabación que le hicieron. Se supone que es la misma grabación que escuché días después de hacer la entrevista. Sólo que antes reproducía la voz de un vivo y ahora la de un muerto. Las cosas han cambiado. Ha habido un sesgo.

La gran disyuntiva que cuelga de esos recuerdos, esos apuntes y esas grabaciones es que creo que la muerte les ha conferido  de un significado intensísimo, insoportable. Esas últimas clases, esos últimos examenes que hizo, notas que puso y entrevistas que concedió ya no se pueden perder en el río de los acontecimientos de la vida y convertirse en invisibles y perecederos precisamente por ser los últimos. El significado es tan enorme que no logro percibirlo en su totalidad y, por lo tanto, tampoco comprenderlo.

La otra opción es pensar que esos momentos, aunque los vea ahora en mi cabeza desde otra perspectiva, fueron los que fueron, tuvieron el significado limitado que tienen todas las cosas de la cotidianidad y que nadie preveía nada. Pero en mi pensamiento se ha instalado fijamente la idea de que la muerte, precisamente, es la que dota de sentido a la vida. Por ello, cada vez que alguien muere, hablamos, paradójicamente, de la vida. De su vida, de las que lo rodearon y de sus últimos momentos.

La vida y la muerte. Como dos hermanas, blanca y negra. El binomio del que nadie puede dudar su existencia, su realidad. El bien y el mal, el cielo y el infierno, izquierdas y derechas…son ideas inventadas por el hombre que uno a veces tiene la sensación de que dejan de existir o de que se funden en un sólo. Pero la muerte y la vida es cosa diferente. Uno siempre sabe, mejor dicho, lo siente, que la vida y la muerte son cosas que exiten y sabe bien dónde empieza una y termina la otra y que nunca se fundirán, aunque sea necesario que existan ambas o ninguna.

Descanse en Paz.

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