Citas

Principios buenos, principio malo

Contrasta en mi cerebro (“contrasta en mi cerebro” he ahí una expresión para que se rían) la lectura de este artículo sobre grandes inicios de la historia de la literatura con el recuerdo aún fresco del inicio de novela que creo que más me ha desagradado nunca. Pertenece a Las desconocidas, y se lo debemos a Patrick Modiano, al que me había acercado debido a ese inaguantable sentimiento de culpa que produce el nombramiento del Nobel a un hombre que desconocías completamente. Aquí la frase:

“Aquel año el otoño llegó antes de lo habitual, con la lluvia, las hojas muertas, la bruma sobre los muelles del Saona.”

Veamos: “aquel año el otoño llegó antes de lo habitual”, ¿no había una expresión más indiscretamente literaria?; “con la lluvia, las hojas muertas, la bruma”, sí, vamos, lo que viene siendo un otoño; “… sobre los muelles del Saona” ah, que estamos en Francia, bien, algo muy inesperado tratándose de una novela de Modiano, pero se agradece algo de información.

Leí dos páginas más y lo he abandonado. Le daré otra oportunidad con alguna de sus novelas más reputadas. Tal vez os lo cuente y todo.

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Hierro sabe

Una vez José Hierro tuvo una charla con unos jóvenes poetas. Debían rozar lo meramente amateur pues mi padre estaba presente. Bebían unos vinos. Tal vez acababan de entregar un pequeño premio literario y disfrutaban del cóctel. Hierro bebía vino. Hierro dijo: no os desaniméis, seguid escribiendo. Hizo una pausa, un algo como un suspiro; continuó: escribir poesía es muy difícil, porque con una novela, la escribes y dices, bueno, ya está por el momento, pero un poema lo escribes y entonces… tienes que escribir otro, y así continuamente. Y la verdad, añadio mi padre tras contármelo, tenía razón.

Mi padre debe de tener unos trescientos poemas por ahí escritos que no enseña. Estoy seguro de que el noventa por ciento de ellos no valen nada. Pero el otro diez, santo cielo, que me deje asomarme al otro diez.

Reseña de La Busca, de Pío Baroja

Voy a intentar crear una serie de entradas que consistirán en comentarios sobre mis últimas lecturas. No creo que vaya a sentar cátedra con mis opiniones. Casi me atrevo a pronosticar que la mayoría de ellas serán incompletas y pobres. Lo importante en todo caso es que consiga explicar con unas palabritas qué me ha gustado y qué me ha dejado de gustar de lo último que he leído. No me comprometo a que la serie llegue más allá de esta entrada.

 Empecemos por una declaración de principios:

 Tengo debilidades. Lo admito. Y no me avergüenza reconocer que esas debilidades afectan sobre mi manera de examinar las cosas. Cuando hablamos de disfrutar de una historia hay muchos elementos que me causan debilidad. Bruce Willis saliendo de un edificio haciéndose paso a tiros me causa debilidad. Por ejemplo. Así que cuando me preguntan si me gustó Looper, yo digo, bueno sale Bruce Willis escapando de un edificio haciéndose paso a tiros. Si la película gira en torno al boxeo lo más seguro es que me guste. Si es una de las de Terminator, pos también. Si en la película salen rostros como Scarlett Johanson, Marion Cotillard, Natalie Portman o Pilar López de Ayala, por poner algunos ejemplos femeninos, lo más seguro es que la peli me guste. Por que sí. Para mí que haya una tía buena en la película es importante.

 Sé que he puesto ejemplos exclusivamente cinematográficos, cuando la serie que abre este artículo hablará de libros. Da igual. El porqué de este infructuoso párrafo es aclarar que voy a ser subjetivo, imperfecto y tal vez injusto en mis comentarios, o si queréis, críticas, aunque yo no diría tanto. Y de paso introducir de una maldita vez el primer comentario de la serie, que lo dedicaré a La Busca (Pío Baroja, 1904).

 Y es que he de reconocer que en el transcurso en que leía La Busca, gran parte de mi interés en la misma se sostenía gracias a algunos de esos elementos, que, como decía, cuando son contenidos en una historia, da igual lo bien o lo mal tratados que estén, que me van a atar a ella. Y La Busca tiene al menos tres. El principal es que está protagonizado por un chaval, y siento una gran debilidad por la literatura que gira en torno a personajes adolescentes o niños. El segundo es su autor, Baroja, autor con una voz especial desde que modeló mi psique cuando leí El Árbol. Y el tercero es Madrid. Me pirria Madrid y me interesa cualquier retrato de esta ciudad, sea antiguo, moderno, literario, musical, cartográfico, dibujado o de la forma que se os ocurra.

 “¿Sabes qué era la busca?”, me preguntó mi padre cuando le comenté lo que leía. Le dije que no, porque soy un ignorante. “La busca era la manera que tenían las familias pobres de ganarse la vida yendo a buscar a los basureros de las afueras de la ciudad” Efectivamente el título la busca funciona como metáfora de La Lucha Por la Vida, nombre de la trilogía de la que La Busca es la primera parte. Porque la busca, como actividad que indicaba mi padre, ocupa muy pocas páginas del libro. Tenemos que esperar casi hasta el final para ver a Manuel, el joven protagonista, realizando la busca. Y sin embargo, Manuel se pasa todo el libro buscando. Buscando una forma de sobrevivir a la extrema pobreza.

Marion Cotillard jodiendoós la lectura y diciendome: chaval, no te creas especial por que yo te guste

 La Busca, a la que siguen Mala Hierba y Aurora, es un retrato realista, sobrio y sin concesiones de los estratos sociales más bajos que habitaban el Madrid de principios de siglo XX. Ya saben, esa época tan felicísima de nuestra historia. Con ese como desapasionamiento que caracteriza su estilo, Baroja nos lleva por las callejuelas, pensiones y barrancones que forman el universo propio que los pobres habitan constantemente apretados como en una “gusanera”. La conclusión final del retrato de los lugares y gentes de la novela es casi siempre la misma: que a la pobreza económica le corresponde el mismo grado de pobreza moral y de espíritu de los que la sufren. El libro está lleno de personajes que a pesar de no tener qué llevarse a la boca o con qué taparse del frío les sobra vileza y rencor que volcar sobre los seres que les rodean. Donde mejor se observa esto es en la descripción del corralón del tío Rilo, un microcosmos de gentes perdidas en una mezcla de miseria, holgazanería y delincuencia:

 En la mayoría de los cuartos y chiribitiles de la Corrala saltaba a los ojos la miseria resignada y perezosa, unida al empobrecimiento orgánico y al empobrecimiento moral.

 El libro arranca con la llegada de Manuel a Madrid, donde se reencuentra con su madre, y termina en un punto impreciso, a partir del que la historia será retomada en el siguiente libro de la trilogía, imagino. Me ha sucedido algo muy extraño con Manuel. Y es que no sé aún qué edad tiene. Empecé creyendo que se trataba de un joven sin profesión ni oportunidades. A medida que avanzaba en la novela, la ingenuidad de Manuel en torno a ciertos temas, sobre todo el sexo, las compañías y su perfil psicológico, poco a poco hilvanado, me obligaban a rebajarle la edad. Hasta concluir que Manuel es un chiquillo de doce años. Esta imprecisión sobre la edad de Manuel no sé si se debía a un improbable efecto buscado por el propio autor o a mi propia incomprensión lectora.

 Sea como fuere, a medida que leía veía cómo Manuel iba aprendiendo cosas, ¡pero a la vez le quitaba años! En mi cabeza el pequeño Manuel crecía a la inversa. Y por supuesto, el cariño hacia Manuel también crece frente a su candidez. Manuel es un chiquillo sin recursos, continuamente expulsado de los lugares donde llega a desempeñar algún oficio o a vivir. Esto le aproxima a los grupos de rufianes a los que sistemáticamente se niega a pertenecer. Más que por un alto desarrollo de su moralidad, por una consciencia de que no es ése su lugar.

 Por último, destacar la capacidad de Baroja, cuando, dentro de su realismo, escoge elementos como sueltos, y mediante una fina yuxtaposición emocionarnos.

 Don Alonso iba por el Corralón con mucha frecuencia y hablaba con la mujer y la niña. En el marco de la ventana de su casa tenían madre e hija una cajita con una hierbabuena, que, aunque la regaban todas las mañanas, como no le daba el sol, apenas crecía. Un día las mujeres desaparecieron con su hermoso perro de aguas; no dejaron en la casa más que una pandereta usada y rota…

A cuidarse!

¿Y el valor?

1

Nadie me habló del valor. Ni a mí ni al resto nos dicen lo importante que es el valor. Hay que tener valor para vivir la vida que quieres vivir y no otra. Nos hablaron del trabajo, sí, pero no nos enseñaron a apreciar la temeridad. Tal vez porque nuestros padres también fueron unos cobardes, trabajadores cobardes. Para dejar de ser un pelele movido de las consecuencias que conllevan los azarosos episodios de tu vida y ser tú el que los elija y controle, tienes que rebelarte contra ella y mostrarle quién manda. Y un acto de rebelión es necesariamente un acto valeroso. Conmigo casi se aplicaron más en enseñarme a temer. El temor y el miedo son eficaces para conservar la vida, pero no para vivirla. No hay nada que requiera más valor que llenarse de vida, que es algo así como sorber un agujero negro: algo capaz de entrar por tu boca para luego, al instante de estar dentro de ti, engullirte y explotarte. Joder, las agallas que hay que tener para dejarse quemar por dentro por efecto de la vida. Yo ahora creo que nunca las podré reunir.

2

Si John Lennon hubiese caído en todo esto tal vez hubiese admitido que la vida no siempre tiene por qué ser “aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado en hacer otros planes”. ¿Veis?, ocupación, trabajo, pero no habla de valor. Eso le faltó. Sin embargo, otro John, John Updike, sí llegó a descubrir su importancia. Por eso supo poner en boca de Harry Conejo, su personaje más famoso, estas palabras: “si tienes agallas para ser tú mismo la gente te respeta”. Y que la gente te respete es un buen síntoma de que la vida va cómo tú quieres.

Pá gustos los colores

Estoy leyendo Cosecha Roja y quería rescatar este fragmento.

“Parecía estar diciendo la verdad, aunque esto no quiere decir siempre gran cosa cuando se trata de mujeres, sobre todo de mujeres con los ojos azules.”

Bonita frase, ¿verdad? Personalmente cambiaría el color. Yo pondría negros. Tengo una gran debilidad por los ojos de algunas mujeres de ojos negros. Por supuesto que los verdes, azules y grises, tan bien valorados por la mayoría de la gente, me llaman la atención y me atraen. Pero la oscuridad infinita de unos buenos ojos negros de mujer es la excusa perfecta para decir que uno está enamorado. Y también para cualquier otra cosa, si se quiere.  Como por ejemplo no fiarse de lo que su dueña dice. Es curioso que piense esto mientras leo Dashiell Hammett, porque creo que mi predilección empezó leyendo otra novela negra, El Cadáver Fugitivo. Qué pena que perdiese el libro.