Mes: febrero 2016

Reseñas literarias (VI): especial resumen 2015

Con más de un mes de retraso os traigo el tocho-post dedicado a reseñar de forma grupal todas las lecturas que poblaron mi 2015. Lo primero que tengo que decir es que 2015 ha sido, en el terreno literario, para mí, una mierda de año. El peor, tal vez, desde que me considero lector asiduo (que en realidad no es tanto). Y el peor, fijo, desde que llevo un registro de los libros que leo. Cuando digo que 2015 ha sido una mierda de año en lo literario, no me estoy refiriendo al panorama literario, nacional o internacional que hay actualmente. Me refiero al año formado por mis lecturas personales, que no llevan criterio alguno más que lo que me dicta la intuición, que este año ha dado en ser traicionera.

Muchas veces a lo largo de este 2015 he pensado si no estarían marcándolo con más entidad las lecturas frustradas, las lecturas que NO he realizado, que las que sí, y que finalmente acababan siendo registradas. Tanto es así, que me apetece empezar glosando estas lecturas con las que no he podido, antes de entrar a comentar el listado de las que sí terminé. Los abortos se llamaron:

Todo queda en casa (Alice Munro)

Tuesdays with Morrie (Mitch Albom)

La casa verde (Vargas Llosa)

El perro de Dostoyevski (Luis Martínez de Mingo)

Trópico de cáncer (Henry Miller)

La verdad sobre el caso de Harry Quebert (Jöel Digger)

Sábados por la noche, domingos por la mañana (Allan Sillitoe)

Y otros intentos que ni siquiera doy por fallidos por la casi total falta de empeño inicial con que los abordé, como Tu rostro mañana (Javier Marías), uno de Eloy Martínez Tizón, creo que también lo intenté con los poemas de San Juan de la Cruz… y más de los que no me debo de acordar. En fin, muy triste todo. Sobre todo en el caso de La casa verde, libro que, gustándome, tuve que dejar y aceptar que estaba fuera de mis capacidades como lector. Nunca me había pasado antes, y es un poco doloroso.

Bueno, vamos a la faena. Incluimos título y autor.

El Fungible XXIII (varios autores) El Fungible son unos premios literarios que se dan en Alcobendas, a mejor relato breve y novela corta. Los premiados (ganador y finalista) de cada sección luego son editados e impresos y repartidos por la localidad de forma gratuita. Tengo en mi estantería los de los últimos 5 años seguiditos y me suelen dar buenas sorpresas. Las obras del Fungible XXIII (2014) son muy meritorias. La que más, la ganadora de novela corta, siendo la finalista también muy merecedora de su premio. En el caso de los relatos, disiento un tanto. Hubiese dado ganador al finalista, creo que se lo merecía más; en términos generales, me parece una construcción literaria más lograda y compleja, pero ay, el relato finalista tiene un final que es como un puñetazo en el estómago, y eso, debió pensar el jurado, es de merecer. Se lo merecían todas.

Esto, lo otro y lo de más allá (Julio Camba) Artículos. Me decepcionaron un tanto, yo que lo abrí con espíritu de aprendiz buscado maestros.

El Extranjero (Albert Camus) Muy mala experiencia, chicos. Tal vez, si tuviese yo una cierta noción de la filosofía de Camus, y en general del pensamiento que se cultivó en esa época en Francia, lo hubiese apreciado mejor. Pero si no estás en la onda (con La Náusea de Sartre ya me pasó), es bastante insoportable. Las primeras 20 páginas no se leen, se sobreviven. Qué aburrimiento, santo dios. El problema es que Sartre, y sobre todo Camus, me causan un gran interés… hasta que los leo. Me he autorrecetado una abstinencia duradera de Camus y Sartre.

Los años indecisos (G. Torrente Ballester) Por aquí sabéis que soy admirador absoluto de Torrente, pero este libro está escrito sin esfuerzo. En Los años indecisos, Torrente mete párrafos en las páginas como una vieja llena de mondongo una tripa de cerdo. Y sin embargo, aún sin esforzarse, Torrente muestra una facilidad de estilo fascinante, y una capacidad para, con una frase, dar un golpe en el lector a la altura sólo de los maestros. Eso y no otra cosa es Torrente, un maestro.

Al morir Don Quijote (Andrés Trapiello) Trapiello tiene un dominio del español cojonudo. Trapiello tiene los huevos de continuar la historia de la mejor novela escrita en castellano. Pero al fin y al cabo, ¿qué es El Quijote sin Don Quijote? Pues eso, poco. Y sí, es la ostia desarrollar por tu cuenta las personalidades de los personajes de El Quijote siendo a la vez respetuoso con lo que El Quijote dejó marcado. Sobre todo en el caso de Sancho, al que Trapiello desarrolla con gran(dísima) intuición. Pero, aggh, qué nos interesa ya todo esto, si Quijote ha muerto.

Pienso para perros (Luis Martínez de Mingo) Aquí para saber lo que me pareció (que me encantó). Solo indicar que tras leerlo, pude saludar al autor, y tener una breve charla con él, y es un tipo muy afable y entretenido.

La Colmena (Cela) Hay que decir que entre la anterior lectura y está estuve cuatro meses deambulando, de un libro a otro. Dos con La casa verde, y otros dos, simplemente fallando. También hay que decir que ya me leí La Colmena hará 6 años, con 19 o así, y que no me entretuvo. Sin embargo esta vez me deslumbró, me alimentó. Si tras leer La familia de Pascual Duarte me hice admirador del Nobel, esta lectura me convirtió en fiel adicto.

Harry Potter y las reliquias de la muerte (Rowling) Tal vez no os sea fácil comprender cómo se puede pasar de La Colmena de Cela a las Reliquias rowliananas, pero os hacéis una idea de lo perdido y desafortunado que estado este año en mis viajes a la librería. Por otro lado, era justo terminar esta saga que empecé en el cole y que me enseñó lo que es leer con la impaciencia de un yonki. Desgraciadamente su lectura me confirmó muchos de los prejuicios que tengo contra la literatura de masas y que ya contaminaron mi experiencia leyendo el quinto y sexto libro. Lo achaqué a la traducción, y efectivamente, gran parte de la culpa de la mala calidad de los últimos libros de Harry Potter lo tiene la traductora. Así que a partir de la página 200 me pasé a la versión original y la cosa mejoró. De todas maneras, Harry Potter, siendo una grandísima historia, no es una gran literatura. Y no lo digo como si lo estuviese comparando con Crimen y Castigo, sino pensando en otras novelas que leí de pequeño y que todavía me subyugan. Lo malo de Harry Potter, pensaba mientras lo leía (aparte de la traducción), es que sólo importa lo que pasa. Al menos tenemos esa secuencia de escenas entre Dumbledore y Snape, y ese “always” que, quieras o no, algo te remueve.

Estambul, ciudad y recuerdos (Orhan Pamuk) Con la intención de removerme empecé a leer esta obra sobre la ciudad donde pasé nueve meses de Erasmus que ya van alejándose en el tiempo; y de nuevo me topé con una traducción pésima. Tan pésima que no puede ser sólo culpa del traductor. Algo debió hacerse mal durante la edición, las prisas, supongo, o lo que fuera. Pero en Estambul, ciudad y recuerdos (Random House Mondadori, 2006), es difícil encontrar dos páginas seguidas sin una falta gramática, ortográfica, incongruencia o alguna frase cuya sintaxis roce el paroxismo. Ejemplo: “Entonces me daba miedo de que, sin darme cuenta, se me cayera un escupitajo a la acera por la boca abierta” (pag 155). Aposta no le sale peor. De todas maneras, las memorias del joven Pamuk y la representación que hace de esa ciudad, una ciudad señalada por la melancolía y el exotismo de una época antigua y gloriosa de la que sólo quedan cascotes me hicieron revivir algunos recuerdos de mi estancia allí y me emocionaron.

Wilt / Tom Sharpe Sensacional, desternillante, una historia que va pasándose de rosca gradualmente forzando la similitud, sin perderla, hasta el punto hilarante donde el humor mejor puede explotarla. Es también, como debe serlo cualquier comedia, una burla de los valores sociales modernos y de las formas de entender las relaciones interpersonales, un dejar continuamente en evidencia los comportamientos cotidianos. Cien por cien recomendable.

Las tribulaciones de Wilt / Tom Sharpe Horrible, tremendamente horrible. No sabemos cómo en los tres años que van de la publicación de Wilt a este libro, su autor pudo perder tanto el norte. La exageración es aquí tan desproporcionada que cae en lo ridículo. La historia carece de toda cercanía con la realidad, y por lo tanto, de interés. Y el tono y la inteligencia es sustituido por una cantidad injustificadamente enorme de palabras soeces.

¡Ánimo Wilt! (Tom Sharpe) La tercera entrega recupera algo de sensatez. Alguna de sus escenas alcanzan la gracia del primer libro. Y aunque en general no es un libro tan bueno, ni una historia tan creíble como Wilt, se gana un notable.

Llámame Brooklyn (Eduardo Lago) Artefacto literario más que novela (aunque qué es la novela, si se puede saber) que reconstruye la biografía del protagonista remontándose a la historia de sus padres (lo que nos lleva a la Guerra Civil), utilizando tres hilos narrativos diferentes (creo que eran tres) que se alternan.

Wilt no se aclara (Tom Sharpe) Ésta la escribió Tom Sharpe casi 30 años después de la primera entrega, y 20 de la anterior. El nivel vuelve a decaer, y las hijas de Wilt, que encarnan el personaje de niño irreverente y astuto, se hacen demasiado insoportables para Wilt y para nosotros. Con Wilt no se aclara decidí dejar la saga, aunque ya sólo me queda La herencia de Wilt. Quién sabe, tal vez termine la serie leyéndolo dentro de diez años, como he hecho con Harry Potter.

El corazón es un cazador solitario (Curson McCullers) Un poco pesado. El interés que genera la soledad que marca la existencia de los personajes se diluye en una narración sin acciones que la orienten y una prosa no muy sugestiva.

Oscuro como la tumba donde yace mi amigo (Malcom Lowry) Dolorosa, laberíntica, torturada y verdadera. Malcom Lowry, encarnado en Sigborn Wilderness viaja a México para reencontrarse con los rostros y las lomas de esos volcanes que le inspiraron su gran obra, Bajo el Volcán. Este libro es una delicia para todo aquél que admire Bajo el Volcán, desentrañada aquí desde la perspectiva de su autor, que aún tiene que escribir cartas infinitas para convencer a algún editor de que debe ser publicada sin más reescrituras. Aquí encontramos, de nuevo, el amor en lucha constante con la irremediable desdicha de la existencia. El dolor descarnado inherente a la misma existencia del hombre. Y el alcohol como expresión, paliativo y combustible a la vez de ese dolor.

Nueva York después de muerto (Antonio Hernández) Es poesía, y me abstengo de comentar la poesía (como si supiese comentar la novela, no te jode, pensaréis). No conocía al autor hasta que tuve que hacerle una pequeña entrevista por su 50 aniversario desde la publicación de su primera obra. Luego leí este libro pensando que sería gracioso que a partir de su lectura se le admirase, y que por lo tanto, hubiese entrevistado a un autor que admiraba sin saberlo. Es un libro con mucha variedad de poemas y, no es, según me dijo el mismo Antonio en otra ocasión, su libro de más fácil lectura. En él habla de su maestro Luis Rosales, de Lorca, de Nueva York, y me imagino que de él mismo, y entre tanto yo me pierdo bastante. Para terminar, como ya da igual alargar este despropósito de entrada un poquito más, os cito una estrofa de uno de sus poemas:

[…] y, apréndetelo bien,
que no se escribe, se ama,
con gozo o sufrimiento. Y ése es el corazón.
Si los dioses te dan esa moneda
échala a cara o cruz pues mientras gire
caprichosa en el aire sentirás que has vivido
en su volar atrabiliario, sentirás
que tu alma te contempla y reconoce.
(Guarda, resérvate el muñón
para escribir con él si un día te enamoras
y no te corresponden. O si te corresponden,
da lo mismo, no esperes una rosa
sin espina).

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