Ficciones

Desayuno con visitante

Le llevó unos segundos saber que lo que le hablaba asomando la cabeza desde la puerta de su habitación aquella mañana no era su hijo. Los rasgos flácidos de su cara no eran de su hijo. Lo mandó a la cocina y terminó de vestirse pensativa.

En el desayuno se confirmaron las sospechas. Le tanteó con algunas preguntas, por ver qué sabía, y el resultado fue patético:

-Hijo, ¿está muy caliente la leche?

-Mamá…

Miró con desagrado cómo un hilillo de leche se le escurría por la barbilla. Parecía subnormal. Pensó en la pistola que guardaban en el sótano. Un trabuco que su marido se había empeñado en comprar cuando se mudaron a la casa. Ella entonces le tomó por gilipollas, y le dijo que parecía uno de esos americanos tejanos obsesionados con que alguien entrase en su casa. Era un trabuco fácil de manejar, imposible de errar a una distancia cercana.

En el coche, mientras realizaban el camino de todas las mañanas, no intercambiaron ninguna palabra. El bolso permanecía a sus pies. Él no pareció extrañarse. Mantenía una postura rígida en el asiento del copiloto, sin que nada del paisaje le llamase la atención lo más mínimo.

Cuando llegaron, él abrió la puerta y sacó el cuerpo del coche.

-Hijo, ¿Que no vas a dar dos besos a tu madre?

Él se inclinó hacia ella con la cara inexpresiva.

-Mamá…

El sonido de la explosión parecía desproporcionado para las dimensiones del pequeño arma. De un empujón lo mandó fuera del vehículo. El coche arrancó y siguió su camino al trabajo mientras, efectivamente, del cuerpo muerto manaba un líquido verde y viscoso. Una madre nunca se equivoca.

Pajarillos

Salgo a mi terraza para airear las sabanas y la colcha y veo un grupo de cuatro o cinco pajarillos revoloteando muy cerca de la terraza de la buhardilla del vecino. Pienso, qué raro, esos gorriones en la terraza del vecino, en esta época en que cada vez escasean más estos animales. Pienso que lo mismo no son gorriones normales, que si me acercase podría ver sus ojos rojos. Que son criaturas espantosas: gorriones que se alimentan de carne. Y por último, visualizo el cadáver de mi vecino tirado en el suelo de su terraza, sobre el que los gorriones picotean, sufriendo el sol de las diez de la mañana. En un par de días se notará el olor.

Enfermita

-¿Qué dices?

Me pregunta. Y yo no he dicho nada. Pensar sí pienso, y me sobresalta la idea de que haya oído algo de lo mucho que estoy pensando, de todo lo que me cruza por mi mente en estos momentos. Está tumbada en la camilla, completamente inerte, con la cabeza ladeada hacia su derecha, sus ojos castaños no pestañean ni parecen mirar a nada; sus brazos, con las manos vueltas hacia arriba, tienen el mismo gesto con que se queda un objeto después de haber rodado libre hasta frenarse solo. La flacidez de los músculos de su cara dibujan en ella decaídas líneas que me estremecen. Menos su respiración, todo lo demás hace pensar que está ausente.

Cuando llegué, hablamos algo. Le hice escuetas preguntas para saber cómo estaba, cómo había ido la operación, que respondió de forma más escueta aún: “Sí; no, no duele; no, no han encontrado nada, sí, esto es muy aburrido”, con el tono indolente, con sólo una chispa de energía más de la que ahora aparenta. Una sábana verde claro la tapa hasta la altura del pecho. Apenas sí tengo hueco para situarme junto a ella, entre su camilla y la del enfermo vecino. Están todos tan juntos, que en vez de pacientes, parecen coches aparcados en batería.

Ante su rostro como sin vida vuelto hacia su derecha me pregunto si me está ignorando adrede, o si ha perdido la conciencia de que estoy aquí, acompañándola. Me da igual; está enferma, y a los enfermos hay que perdonarles estos ánimos enajenados, incluso la ingratitud. Sé que en el fondo ella agradece que esté aquí, y que haya puesto mi mano en su cabecita y esté mesando su pelo castaño lentamente. Llevamos muchos minutos en silencio. Ella se deja acariciar mansamente, pero sin dar señales de complacencia. Menos su respiración y el calor que se acumula alrededor de mis dedos, todo lo demás hace pensar que está ausente.

Yo agradezco poder estar aquí, aunque sólo sea por el hecho de mirarla. Hace un tiempo (un tiempo que a veces me parece cortísimo y otras toda una vida), me enamoré de ella. Fue un prendimiento fiero, irracional, como si todas las pasiones de la juventud hubiesen tomado mi cuerpo como parque infantil. Aquél primer año en que nos conocimos sólo pensaba en poseerla. Tal vez pudiese haberlo hecho, siempre me quedará la duda, si esa tarde la hubiese dicho… si ese otro día nos hubiésemos visto… ¡quién sabe! Luego la distancia hizo que eso acabase. Pero siempre la quise, aunque cada vez con más calma, hasta que mi deseo por ella se convirtió en un caramelo de sabor suave que nunca se acaba y que chupo sin peligro a volver a intoxicarme de amor. Y finalmente ese extraño comportamiento con que me recibía en los últimos meses siempre que intentaba hablarle. Nada más le preguntaba cómo se encontraba, ella me obsequiaba con palabras que parecían gruñidos, como si fuese yo el culpable de sus problemas cotidianos, que tan siquiera conozco.

Ahora la acaricio mientras me invade un amor tierno. Su cabeza y sus párpados están tan quietos que empiezo a dudar que me haya preguntado nada. Sí que es extraño: por mi mente aparecen imágenes de ciudades en las que pudimos estar si la hubiese hecho mía desde el primer año. Nos imagino a los dos, ahí, viviendo en alguna de esas ciudades vacías, felices, mi deseo saciado, sin gruñidos, sin problemas que desconozco, sin incomunicación. Una pareja con una historia con sentido a sus espaldas. Y ella tal vez no estaría ingresada en un hospital. Qué vergüenza me daría que pudiese leer ahora mismo estas ensoñaciones. Siempre estaré muy lejos y muy cerca de ella. Pero si ahora mismo se ausentase del todo, si se fuesen su respiración y su calor entre mis dedos, entonces la amaría infinitamente. Pero no será así, esto es sólo un momento. Esto es sólo un momento.

Fiesta Pagana 2.0

La cosa empezó como siempre. Como siempre empiezan las cosas en este jodido grupo desde hace bastante tiempo: Txus entró por la puerta recién despierto, entusiasmado con una idea que, a todas luces, aún no había terminado de examinar.

-Tíos, tengo una idea cojonuda.

Los otros, o sea, Carlitos, Fran y Moha, apenas sí levantan una ceja.

-Escuchad, es buenísima.

Carlitos carraspea.

-Se me ha ocurrido hoy nada más despertarme, estaba en la ducha -Frank se rasca un huevo, los tres saben que Txus no se ducha por las mañanas, así que mal empieza- cuando me digo, joder, si han pasado quince años desde el Finisterra.

Los otros, ahora sí, reaccionan.

-Ostias, es cierto. -dice Carlitos.

Y Moha:

-Me cago en la puta…

Y Frank:

-Vaya por dios…

Txus retoma su relato:

-Total, que me estaba dando con el Garnier este, y digo, joder, si han pasado quince años desde el Finisterra, el disco que nos hizo famosos…

-Bueno… -dice Carlitos- la gente se lo comió con patatas pero como el pelotazo de La Leyenda…

-Sí, ya lo sé, pero con el de Finisterra lo petamos. Acuérdate de la cantidad y la edad de lo que nos follamos en esa gira.

-Cierto.

-Y me digo, joder, si es el 15 aniversario del Finisterra habrá que hacer algo.

-Ya hombre -dice Moha-, pero porque a estas alturas cada año cumplimos aniversario de algo, yo tampoco lo veo…

Txus ni se inmuta:

-Y digo, lo tengo: una versión.

-Joder, no -salta Carlitos reclinándose de su asiento-, ¿otra?

-Pero espera, que no te he dicho de qué. A ver, tíos, ¿cuál ha sido el tema de los temas? ¿el tema al que se lo debemos todo? ¿el tema más maguista -maguista es un término que Txus se inventó hace algunos años, y al que cada vez recurre con más frecuencia. Sus compañeros están seguros de que si sigue así morirá pronunciándolo- de todos los temas que hemos parido, colegas?

-No, tío, no se te habrá ocurrido… -dice Carlitos, que ya sabe por donde va Txus.

-¡Sí! ¡La puta Fiesta Pagana, tíos! Vamos a hacer una versión cojonuda. ¡Por mis huevos!

-¡Joder! -Carlitos se levanta del asiento. A este tío se le está yendo ya la pelota, piensa. Moha se pasa el dorso de la mano por la frente, Frank se coloca un mechón de pelo inexistente. La que les espera.

-Venga, tíos, no pongáis esas caras. Ya tengo pensado el nombre y todo.

-Joder, Txus, qué coño me estás contando, si es una puta versión, no hay que llamarla de ninguna manera. Se pone: Fiesta Pagana, y luego al lao: nueva versión.

A pesar de su evidente pérdida de talento, de sus borracheras inoportunas, de sus letras cada vez más simplistas y de sus ideas kamikazes como la que estamos presenciando, Txus sigue siendo Txus Di Feliato, el capitán del grupo, el tío capaz de montarse en el dólar tocando la batería sin tener ni puta idea (algo fuera del alcance de nadie que no sea él o Lars Ulrich), y hay que reconocer que si en los últimos discos se ha conseguido colar alguna perlita, sigue siendo por sus huevos. Pero hay algo en lo que está absolutamente acabado, donde no le queda ni un cartucho que valga la pena: poniendo nombres a las cosas. Lo sabe todo el mundo menos él. Los otros se lo han intentado deslizar en alguna ocasión, pero no se atreven a decírselo a las claras. No sólo no lo ve, sino que se siente inmensamente orgulloso de invenciones como “CelticLand”, “Love & Oz”, “Te guardo un beso por si lo quieres”, “H2Oz”, “Sácale brillo a una pena”, “Vodka and Roll” y un sinfín de genialidades que, ellos lo saben, han hecho un daño irreparable en la psique de miles de fans.

-¡Lo vamos a llamar Fiesta Pagana 2.0!

Carlitos le da un trago inmenso a la lata de Mahou. No para intentar tragar lo que acaba de oír, que sabe que es intragable, sino porque la otra opción es tirársela a la cabeza.

-Vamos a ver…-dice Moha, en tentativa negociadora.

-De ver nada. Fiesta Pagana 2.0. Suena genial.

-Hombre… -dice Frank.

-Que sí, y vamos a grabar un vídeo.

-Alto ahí -dice Carlitos-, joder, que últimamente grabamos más en vídeo que en sonoro, macho.

-No, pero un vídeo con colabos. Llamamos a tó quisqui y nos sale un vídeo cojonudo. A la altura del tema, y muy 2.0.

-Vamos a ver, Txus, ¿pero eso de 2.0 no es pá Internet y esas cosas?

-Pues por eso. A Fiesta Pagana le queda cojonudo.

La lógica de Txus derriba de una vez las defensas de sus tres compañeros de grupo.

-Bueno, ¿y a quién llamamos? -pregunta Carlitos, volviendose a sentar, resignado.

-Joder, a todos.

-Joder, a todos todos no, especifica ostias.

-Bueno, mira, empezamos con Leo Jiménez.

-Pues si empiezas con ése ya tienes que llamar a toda la tropa.

Frank empieza a enumerar (no es la primera vez que se ve en esta situación):

-El Tete, Escobedo, Víctor García…

-Joder, tíos, ¿habéis visto lo gordo que está Víctor? -interrumpe Carlitos.

Se ríen.

-No seas cabrón que a ti se te ha puesto el pelo blanco. -señala Moha.

-Joder, sí, con lo negro que lo tenía cuando grabamos Finisterra… oye, podemos poner filtros de esos a saco y ya no se me nota tanto.

Txus da una palmada:

-¡Eso!, si lo iba a decir. Muchos filtros, que les encanta a las chavalas de hoy, que están con eso de Instagram que no cagan.

-Hablando de viejos, podemos llamar al Fortu, que ése se apunta a un bombardeo. -dice Frank, interrumpiendo la rascada del huevo izquierdo por un momento.

Entonces Zeta, que también estaba ahí aunque se nos haya pasado, dice en voz un poco baja:

-Oye, que si queréis llamar a José, a mí no…

-Tú cállate que no tienes ni puta idea. -dice Txus- A ver. Lo malo del Fortu es que lo mismo hay mucha chavalada que ya ni sabe quién es. Podríamos llamar al Rulo para compensar.

Ninguno de los tres dijo nada ni a favor ni en contra. Y el diablo se fue de allí, riendo, con sus cuatro almas en su poder.

-Venga, ahora los solos. -dice Moha.

-¿También para los solos vamos a llamar a peña?

-Sí. -responde Txus- Mira, podemos llamar a Jero, que desde que se fue de Saratoga no se sabe ni qué coño hace con su vida.

Carlitos piensa que claro que se sabe lo que hace: esperar a que le llamen para vídeos gilipollescos de estos, que al fin y al cabo, siempre hay alguien cumpliendo aniversario por algo.

-Bueno, -dice, abriendo otra Maohu- traemos a toda la peña y tal, ¿pero qué va a pasar en el vídeo?

-Ah, esto es lo mejor. -a Txus se le iluminan los ojos. Miedo en los de sus colegas.- Como la canción se llama Fiesta Pagana, he pensado que es un tío que se despierta en un sitio que no conoce y tiene que correr hasta llegar a donde estamos todos.

-¿Y por qué se despierta en un sitio que no conoce?

-Psss, pongamos que una tía cañón le echó droga en la copa. -hay que reconocer que la capacidad de improvisación de Txus sigue como el primer día.

-Pero espera, -dice Frank, que es un hombre más detallista de lo que parece.- ¿si no sabe ni dónde está cuando se despierta, cómo llega hasta donde estamos nosotros?

-Bueno, eso entre filtro y filtro la gente ni se entera. -dice Moha.- Oye, y ya que la letra va de desigualdades sociales y de la lucha contra el clero, y  ya que la peña hoy en día está to jodida, ¿por qué no que vaya de eso?

-Quita, quita. No vaya a ser que lo confundan con el último de Rosendo.

-También es verdad.

-Bueno, -dice Carlitos- ¿y quién va a hacer de tipo que drogan y todo eso?

-Zeta, claro. -responde Txus.

-¿Por qué yo?

-¿Y cómo la tocamos esta vez? -pregunta Carlitos.

-Como siempre. -dice Txus con seguridad.

-Si es una versión habrá que cambiar algo. -dice Carlitos

-Podemos empezar con el estribillo, directamente.

-Que no hace falta, chicos.

-Podemos quitar tanta guitarra rítmica. -dice Moha.

-Podemos cargarnos la intro cansina de los huevos. -dice Frank. Moha le mira.

-Que no…

-Oh, ya sé, podemos empezar con la primera estrofa narrada en voz en off.

-O como coro.

-No, joder…

-¿Y si le metemos tambores…no sé un rollo trival?

-¡No vamos a hacer nada de eso, ostias! -dice Txus, harto de tanta idea de bombero.

-Joder, -responde Carlitos- pues me dirás para qué coño le va a servir al fan la nueva versión, por mucho que invitemos a peña.

-Pero mira que sois gilipollas. -dice Txus, medio riéndose, como si la situación hubiese llegado justo al punto que él quería.- Yo no sé qué hariáis sin mí. ¿En serio estáis queriéndo hacer algo nuevo con Fiesta Pagana? ¿En serio creéis que la gente va a buscar algo nuevo en este tema? Todo lo contrario.

-Explícate. -dice Carlitos, ceño fruncido.

-Muy fácil: nostalgia. La vamos a hacer igual que siempre porque la gente lo va a ver por nostalgia. De hecho, casi me atrevería a decir que es por lo que nos siguen escuchando. La nostalgia es como el musgo que crece en la corteza de los árboles. Cuando hay sol parece mustio y feo. Pero cuando el día es gris y hay humedad muestra toda la vida que hay en él, y se hace un espectáculo para los ojos, con ese verde casi fosforito. Y es un placer tocarlo, y te puedes tirar encima de él por lo suave que es. Así es la nostalgia para el espíritu: como una manta mullida que despreciamos cuando estamos de fiesta, pero de la que no queremos salir los días más tranquilos. Así es como quiero que se sientan esos cabrones cuando vean el vídeo. ¿Me entendéis?

Los otros se quedan unos segundos en silencio. Carlitos le da vueltas a la chapita de la Mahou, Moha araña una manchita de la mesa, Frank se mira las puntas.

-Joder, Txus. -dice Moha- Que con nostros no hace falta que te pongas poeta.

-Ya, tíos. No sé, yo creo que es el Garnier este.

-Ya. Claro.

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Y van los gilipollas, y lo graban. Y tú te lo ves.

Distracciones (IV)

Esta entrada es continuación de Distracciones (III). Te aconsejo que leas esa entrada antes de esta si no lo has hecho. En todo caso allá tú, luego no me vengáis con que no me expreso bien

 

Vergüenza

 

Selectividad, gato y chica se reúnen en una de las escenas que más vergüenza en mi vida me ha hecho sentir, y que aún hoy recordarla me provoca un hondo reproche por mí mismo.

Habrían pasado dos o tres días desde el descubrimiento del cuerpo del gato. Sólo habían ido a verlo mi hermano y mi padre. Estaba en mi habitación estudiando, o, como ya he explicado, intentándolo. Estaba enfurecido, no recuerdo si por culpa del siguiente examen, o de la chica. Pero estaba furioso conmigo mismo, que es una manera de enfurecerse muy segura, porque nadie hay más a mano y nadie considera mejor tus argumentos que tú mismo. En fin, que estaba renegando de algún tema que no me entraba en la cabeza, o de alguna cosa que ella hubiese dicho que escapase a mi interpretación, qué más da ya, cuando entró mi madre en la habitación sin llamar. Estaba visiblemente emocionada.

-He ido a donde el gato.

No pude disimular el fastidio por la interrupción.

-¿Para qué has ido, mamá?

-Quería verle…

-Papá nos dijo que no fuésemos.

-¿Tú no quieres verle?

-No me hace falta… era un gato.

Debió desorientarle la dureza de su hijo, porque en su defensa, en tono lastimero, sólo acertó a decir una frase que no olvido:

-Pero era muy bonito…

-Mamá, por favor, todos los gatos son bonitos.

Y era cierto, Sombra era el gato más común que puede imaginarse, tal vez a excepción del elegante pecho blanco que le caracterizaba. Por lo demás, metes “gato” en Google, y sale él. Pero, ¿qué importaba eso?, ¿en qué demonios estaba pensando para convertir aquella conversación en un intercambio de argumentos sobre hasta qué punto es legítimo lamentarse por la muerte de un animal? El egoísta Álvaro, demasiado imbuido en sus temas personales, no podía limitarse a hacer lo que la situación le exigía a las claras: preguntar y qué has visto, te ha impresionado, decir a mi madre, no te preocupes, mamá, sabíamos que podía pasar, fue un gato muy feliz, sí, y muy bonito, y alto, acuérdate que lo decían las veterinarias, las mismas que no consiguieron meterle el termómetro por el culo ni una vez. Cumplir por cinco minutos con el papel de hijo bueno, comprensivo y tolerante frente a los momentos de flaqueza de sus progenitores. No. En lugar de eso me dediqué a recordarle que Sombra valía lo mismo que cualquier otro gato que hubiésemos podido coger, y a dedicarle miradas de impaciencia. ¿Pretendía acaso darle una lección a mi madre sobre lo dura que es la vida y la inutilidad de lamentarse de cosas irremediables? ¿Pensaría que la certeza tiempo atrás admitida de que alguien me gustaba, con toda la incertidumbre y desasosiego que me estaba provocando, que el haber escrito algún que otro poema vomitivo, de cuyo estribillo no quiero acordarme, creería que todas esas cosas me daban algún derecho, me situaban en algún montículo desde el que desempeñar el papel de tipo pasado por mil dificultades al que ya no vale cualquier cosa para mover su empeño?

-Este más. Dijo mientras salía de mi habitación desconsolada.

Cerré la puerta y volví a mis apuntes, disgustado. Pero una lucecita en mi conciencia parpadeaba indicándome que había hecho mal, muy mal. Unos minutos después, por distraerme, escribía a la persona en el mundo que más capacidad de distracción tenía sobre mí entonces: <<acabo de hacer algo horrible>>.

Otro día, seguía a mi hermano que cruzaba la carretera en la que habían matado al gato. Se dirigía seguro a un punto concreto entre los setos. A esas alturas, yo ya imaginaba con encontrarme un espectáculo de gusanos.

-Por aquí era.

Mi hermano apartaba ramas con los pies. Cogió un palito y empezó a remover.

-Sí, estaba por aquí.

Siguió removiendo hojas y tierra, hasta que encontró un punto donde el terreno parecía hundirse levemente.

-Ah, sí, aquí.

Mi hermano removió un poco más. Me preparé para lo desagradable, miraba al palito con cierta ansía. Mi hermano lo podría haber alzado y ponerse a remover el cielo, que yo habría seguido al palo, como si el cuerpo de Sombra pudiese emerger del aire. Pero mi hermano removía y Sombra no estaba. Había desaparecido, y no le pude ver una última vez.

FIN

Gracias por llegar hasta aquí, espero que te haya gustado

Distracciones (III)

Esta entrada es continuación de Distracciones (II). Te aconsejo que leas esa entrada antes de esta si no lo has hecho. En todo caso allá tú, luego no me vengáis con que no me expreso bien

 

La Muerte de Sombra

Mi padre llegó a teorizar sobre un posible asesinato perpetrado por los vecinos. Yo estaba convencido de que le había atropellado un coche. Finalmente, dos o tres semanas después, el cuerpo de Sombra fue descubierto entre los setos de un jardín muy cercano a mi casa y a la carretera. Se reforzó mi teoría de que le había matado algún coche atraído por la feria de las Fiestas, que se montan cerca de casa.

La muerte del gato no me conmocionó demasiado. Por dos motivos. El primero es que estaba demasiado ocupado en estudiar y en gastar tiempo pensando en la chica que me gustaba (es curioso, si me preguntan por qué no acusé la muerte de mi gato, diré que por la selectividad y la chica; si me preguntan que por qué fracasé en la selectividad, diré que la muerte de mi gato y cierta chica me tenían distraído; por último, si me preguntan por qué fracasé con ella, diré que estaba demasiado ocupado con la selectividad y en sobrellevar lo del gato. Buen círculo de distracciones, sí señor). El segundo motivo es que, aparte de que era algo que todos en casa sabíamos que podía suceder cualquier día, me pareció una muerte adecuada para Sombra. No entraba en su estilo vivir hasta viejo. Debía morir joven, de noche, y encima en Fiestas. Vivió salvaje y salvajemente murió: golpeado por una máquina de hierro que se movía a cincuenta kilómetros por hora. Esa carretera la había cruzado cientos de veces antes, y otras mucho más peligrosas. Pero ese día, un mal cálculo, o una distracción (¿los ruidos de la feria de fondo?) le paralizaron frente a las luces cegadoras que se acercaban, se acercaban… hasta que lo mandaron disparado a los setos de donde ya no se levantaría.

 

Continúa

Distracciones (II)

Esta entrada es continuación de Distracciones (I). Te aconsejo que leas esa entrada antes de esta si no lo has hecho. En todo caso allá tú, luego no me vengáis con que no me expreso bien

 

Sombra

Además de este manantial de distracción en el que yo soñaba con posar algún día mis labios en sus limpias aguas, hay que sumar a los sucesos de aquellos meses que nunca olvidaré la muerte de mi gato. En mi casa teníamos un gato. Se llamaba Sombra y era macho. Lo habíamos cogido de la calle unos cinco años antes y siempre fue un salvaje. Nunca dejó de ser callejero, aunque tuviese la suerte de vivir instalado en la guarida de unos humanos que, vete a saber por qué, le daban comida y caricias. De la calle le habíamos sacado y a la calle pertenecía, y él lo sabía. Le recuerdo de pequeño, mirando a través de la ventana. Moríase por salir y reunirse con su amada como el preso más pintado. Un día por fin abrimos la ventana, y desde entonces todo fue para él entrar y salir de casa con una libertad de horarios que yo no creo que haya tenido nadie más en la casa.

Era un cabrón, y le gustaba la camorra más que al gato López. No era el clásico gato hijo de puta que en cuanto te ve dispara todos sus sistemas de defensa y te bufa para que te vayas, no. Con Sombra podías jugar. Por lo menos durante diez o quince segundos. En un momento dado podías notar perfectamente cómo la ansiedad del juego y la adrenalina desbordaban los resortes de su cabeza y tomaba el control la pequeña fiera que cientos de miles de años de evolución habían desarrollado para matar. Podías notar perfectamente en tu carne el punto en el que sus mandíbulas alcanzaban un umbral de presión en el que era imposible creer que no mordía para hacer daño. Joder qué cabrón, decía la veterinaria de turno tras un primer intento de meterle el termómetro por el culo, si va de bueno y luego…

Su vida era plena. Entraba y salía de casa cuando quería; había amaestrado a mi padre para dar un paseo todas las tardes según éste llegaba de trabajar, a veces volvían juntos, y a veces volvía mi padre solo. Los últimos años habíamos renunciado a darle la medicina y a bañarlo (aún así se mantenía muy limpio). En Navidades, era, con diferencia, el miembro que más langostinos comía. También le encantaban los boquerones

Una noche, el día que se inauguraban las Fiestas de mi ciudad, que caen por estas fechas, mi gato salió y ya no volvió.

Continúa