Mes: octubre 2012

Carta a mi amigo asceta

Amigo asceta,
¿aún duermes sin almohada
debajo de tu cabeza?
Te cuento:
Sigue pasando el tiempo
también sin ella.
Pude tenerla,
pero decidí matar mi corazón
a golpes sobre la acera.
Y volví a la maldición
de mi rostro en todos los espejos,
de mis palabras como piedras [ajenas]
de mis labios en paro,
de mis ojos extraviados.
Y ahora siento el pinchazo
de Soledad en el pecho
cuando de madrugada veo el tiempo
pasar también sin ella.
Amigo asceta:
Ni tú tienes almohada,
ni yo con quien compartirla.

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Muerte rima con fuerte

Nunca conoció una persona más consciente de que fuese a morir que él. La mortalidad, el hecho de que irremediablemente algún día dejase de respirar, era un pensamiento del que nunca se olvidaba. Lo tenía, más que aprendido, interiorizado, naturalizado en su consciencia, afectando silenciosamente a su razonamiento. La imposibilidad de escapar de la muerte no era como tal una idea expresada en su pensamiento, articulada lingüísticamente, sino que se había convertido más en un sentimiento, en una disposición que caracterizaba su forma de enfrentarse al mundo.

El resultado era que lo hacía más fuerte. Ante la perspectiva siempre presente de que algún día tanto él como todos (o todo) los que conoció dejarían de existir para dar paso a las cenizas, nada podía asustarlo. Él mismo no era consciente de este razonamiento, pero frente a la pregunta de si la vida era demasiado corta, demasiado vana, fútil, y carente de importancia respecto a la inabarcable existencia del Universo como para gastarla en sentir miedo, ésta le parecía tan obvia, que ni siquiera sería capaz de emitir una respuesta. Es más, ni siquiera la comprendía de la misma manera en que no comprendería que le preguntasen cómo se ve el color rojo.

Todos vamos a morir en algún momento u otro, y este momento que nos transporta a todos a la oscuridad de dónde venimos, se echará sobre nosotros con sorpresiva rapidez. Todo, hasta lo más bello o lo que más méritos reuniese para conmoverle a uno, morirá. Todos somos nada. La vida es una gran broma. Él lo sabía mejor que nadie, y la prueba de que llevaba razón es que no tenía ni idea de que lo sabía, a pesar de que todas sus acciones en la vida estuvieran determinadas por esta filosofía. Se paseaba por la vida convencido de que no había nada que él no fuese capaz de merecer. Iba a morir mañana, y eso hacía de él, hoy, un dios inmortal.