Mes: mayo 2016

Brevas

1

Siguiendo la lógica que me llevó a decir que los escritores escriben sin razón, sin saber por qué, me doy cuenta de que esto no sólo me descarta como escritor (porque yo no escribo, pero si escribiese sabría por qué), sino que me eleva, sorprendentemente, a la categoría de músico. Pues es el caso de que a lo tonto llevo media vida tocando la guitarra, y, si bien tuve un parón de tres años entre medias, continúo haciéndolo, todas las semanas, algunas semanas todos los días. Y no tengo ni idea de por qué lo hago, pues no sigo método alguno, ni soy especialmente melómano, ni me ha servido para casi nada en todo es tiempo. No gana el mundo un gran músico.

2

Salgo del metro de Tribunal, una tarde que chispea. Cruzo la calle y paso frente a un chaval de más o menos mi edad. Tiene una carpetita de plástico y por un momento pienso que me va a abordar hablándome de alguna ONG. Pero no. El chico tiene puestos unos cascos de música, y de hecho hace como que golpea con su boli unos platos y unos tambores de batería imaginarios. Es algo que yo hago mucho: ir por la calle cantando e imitando los gestos de estar tocando una batería o una guitarra invisible, no importándome la vergüenza ajena que pueda generar en los que me miran. Dejo atrás al chaval, preguntándome qué hará ahí. Dos horas después, cuando vuelvo al metro, sigue en el mismo punto, pero ya no está emocionado por ninguna música que sólo él puede oír. Está apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos y aspecto pensativo. No lo pensé entonces pero lo añado ahora en la escritura: ¿cuánto se puede llegar a esperar una cita?

3

Es imposible imaginarte a tu padre o tu madre de niños haciendo cosas, pero más imposible es imaginar que tu madre, con treinta y pocos, ya madre de tres hijos, estuvo unos meses dando clases de kárate, hecho del que me enteré antes de ayer.

4

“Me quedé mirándome los calcetines” es una frase tal vez incorrecta desde el punto de vista gramatical, pero útil literariamente. Tiene un sentido. No es igual que decir “me quedé mirando mis calcetines”, que describe pero no profundiza de igual manera en ese momento de suspensión, cuando uno se levanta y tiene que arrancar el motor del día. Ése punto de resistencia antes de decidirse a entrar en la rueda del día a día. Todo eso sólo lo podemos transmitir si decimos “me quedé mirándome los calcetines”, y no diciendo “me quedé mirando mis calcetines”, frase que subraya el hecho de que los calcetines son míos, lo cual no nos importa, pues de hecho, los calcetines pueden no ser míos. Lo que importa es que son los calcetines con los que se supone que me he de arrojar al día y al decir “mirandome los calcetines”, ya sabemos que están puestos o medio puestos, que son casi yo, pero me he quedado mirándolos porque no quiero que así sea.

5

Ahora que estoy estudiando inglés, no me es raro encontrarme con dos o tres términos diferentes para asignar realidades para las que en español sólo se me ocurre una palabra. Dejando aparte la posibilidad de que mi conocimiento del castellano sea pobre, o que tengamos al castellano empobrecido, parece obvio que la balanza de la riqueza y el matiz se inclina del lado del inglés. Por orgullo de hispanohablante me obligo a pensar que la riqueza de nuestro idioma reside en su flexibilidad gramatical. Y la frase anterior, “me quedé mirándome los calcetines”, me reafirma en esta idea. Pues es imposible de traducir, y por tanto imposible de trasladar a otro idioma el potencial expresivo que he demostrado que tiene. Y los ingleses, aunque tengan más palabras que nosotros para decir “calcetín”, o “mirando” o “quedarse”, se la pierden.

6

La palabra “hola” no significa nada.

Anuncios

Adiós a Ángel de Andrés

Tenían razón esta mañana cuando decían por la radio que el nombre de Ángel de Andrés no ha quedado impreso en la memoria del público español. Pero su rostro nos emplazaba inmediatamente a una zona del cine y la televisión española familiar, cercana. Ángel de Andrés, el rostro, la voz y los gestos de Ángel de Andrés, nunca pasaba desapercibido, aunque raramente ocupaba posiciones protagonistas.

Pertenecía a la parte del iceberg del espectáculo que permanece bajo el agua. Su nombre no se estampaba en grandes caracteres en los carteles publicitarios y no pisaba alfombras rojas, o, si lo hacía, no le bañaba una lluvia de flashes. Pero estaba ahí, dando sostén y cuerpo a la profesión. Dignificando el arte a base de oficio. Especializándose en los papeles de tipo de barrio, gordo y sin virtudes. Hacía tan verdadero a ese tipo vulgar y desagradable que era imposible, por contraste, no pagar con cariño al actor.

Lo hizo en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, y lo hizo en Tapas. En esta película el papel de Ángel no es bueno, muy bueno o sobresaliente. Es memorable. El asqueroso dueño de bar que encarna, un tipo zafio y vacío de sentimientos cuyo egoísmo es puesto en jaque por la marcha de su mujer, queda automaticamente como un referente de la interpretación para cualquiera que haya visto la película. En su rostro y su físico adiposos es atrapado ese especímen de la fauna ibérica en todo su vulgar esplendor, incluida la pátina de cómico patetismo que acompaña todos sus movimientos e intereses.

Con su marcha perdemos un gran actor, un actor de raza, de los de antes. Un tipo que, como revelaba José Corbacho, se echaba una cabezadita entre toma y toma, pero luego lo daba todo frente a la cámara. Su rostro y su voz no los olvidamos y no los olvidaremos. Y en cuanto a su nombre, cómo somos, nos lo aprendemos ahora que muere.