Reflexiones

Nunca le vi así

No recuerdo el número de teléfono de su casa, que tantas veces marqué, ni los apellidos de otros amigos de aquella época a los que no he vuelto a ver. Pero hace poco recordé el suyo, debido a que conocí a otra persona que se apellidaba de la misma manera, y busqué en Facebook su nombre con ese primer apellido (el segundo nunca lo aprendí). El primer resultado sugerido no parecía ser la persona que buscaba, pero aun así pinché en el perfil, por darle un voto de confianza al logaritmo de la red social. Se abrió la foto, y no creía haber tenido suerte. Pero la comparación del escáner de mi mirada sobre la imagen con el recuerdo que guardaba de él dio positivo y tuve que sortear la sorpresa para reconocer que sí, que aquella cabeza morena empotrada contra unos trapecios y un torso de culturista era la de mi amigo de la infancia. Pasé esa foto y la siguiente. La tercera, titulada “Piscina 2014” (reconocí el fondo de esa piscina), me dio toda la información que podría desear de la casi totalidad de su anatomía. Un musculitos, efectivamente. Mi amigo debía llevar metido en un gimnasio la mitad de la vida que ha vivido desde que le dejé. Sin embargo, mi desagrado no tenía nada que ver con la envidia. Musculoso, sí, pero hinchado. Un cuerpo poco bonito, con una desproporción insoslayable entre el volumen de sus piernas y el de su tronco. Y pensé, qué falta hacía, si ya eras lo más, si ya cuando jugábamos con diez años eras el líder del grupo (éramos normalmente cuatro), el más carismático, el que nadaba más rápido, jugaba mejor al fútbol y al que menos le costaba convencer a los otros de sus planes. Eras fuerte, pero no necesariamente el más fuerte. Y no pude evitar que me apenase ver el cuerpo delgado del niño que era mi amigo convertido concienzudamente en esa masa. Cuando esa misma piscina aún no era Piscina 2014 sino Piscina 1999 o 2000, solíamos jugar los dos a una cosa que habíamos bautizado como “el toro loco” o algo así, que nos reportaba muchas risas. Consistía en que uno se montaba sobre el otro, que, a cuatro patas, tenía que fingir convulsiones y espasmos hasta conseguir tirar a su jinete al césped. Él era más alto y pesado que yo (yo la verdad es que era un niño muy bajito), así que disfrutaba más del juego que él porque mis convulsiones no eran tan tremendas bajo sus más de treinta kilos. Nos comparábamos los lunares y el color de la piel. Él era moreno natural, y yo moreno bronceado gracias a las muchas horas (todas) y los muchos baños en la piscina. Desde una mirada adulta, casi confunde la cercanía con que llegábamos a conocer nuestros cuerpos en esos juegos y veranos. Recuerdo los pezones graciosos, y su vello rubio por la espalda y el pecho que formaba espirales. Las señalaba y decía, parece que te salen soletes, y nos reíamos. Así que ver su imagen adulta me causa nostalgia y me procura una fuerte sensación de irremediable paso del tiempo. Porque nunca le habría imaginado así, pero es lo que es, y causa desazón ver que la vida da lugar a ciertas realidades mientras descarta otras que parecían más deseables o temidas o incluso más probables, como que ése chico, sabiéndose fuerte y seguro de sí desde los diez años, jamás hubiese sentido la necesidad de convertirse en una mole. Y todas esas posibilidades descartadas no van a ninguna parte, simplemente no serán. Uno intenta unir una línea de puntos imaginaria a través de los años, una línea que explique la evolución de las cosas, pero resulta casi imposible: no es que la infancia quede lejos, remota, es que parece que se trata de otra vida que apenas puedo decir que me pertenezca. A todo ello contribuye que nada quede de esos días, esos años, más allá de mis padres, mis hermanos y estos recuerdos. Ni siquiera el paisaje, ni siquiera mi cuerpo (ahora paseo orgulloso casi 180 centímetros de homo sapiens por el mundo y me creo alto). Ni siquiera yo mismo, pues no soy nada de lo que entonces soñé que sería de mayor (y soñaba con serlo todo).

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Yo, Tonya: dos mujeres aporreando la puerta de la Academia

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Yo, Tonya es un peliculón que tenéis que ver. No os voy a contar de qué va ni lo que hace porque para eso tenéis las críticas de los periódicos, como la de Javier Ocaña, con la que estoy totalmente de acuerdo.

Solo os voy a comentar que las dos principales actrices de la película están nominadas a los Óscar y si les cae premio me parecerían dos estatuillas muy bien ganadas. Allison Janney podría llevarse el de mejor actriz secundaria por interpretar a la madre de Tonya Harding, la protagonista. En resumen, el personaje de LaVona Golden es una grandísima hija de puta que Janney lleva más allá de sus rasgos más obvios: la apariencia mostrenca, los tacos, el tabaquismo, y la mala uva. Janney consigue que el personaje provoque una experiencia agridulce, mezcla de desagrado, fascinación y una sonrisilla que nos pone un poco de parte de esta mujer que, según todas las indicaciones morales con que intentamos manejarnos cotidianamente, deberíamos odiar. Cada vez que aparece en pantalla es como una bofetada en el cuello, que produce mucho más escozor que dolor.

Pero lo que hace Margot Robbie, su hija de la ficción, te saca de la sala aturdido y emocionado. Tengo debilidad por Frances McDormand y me gustó Tres anuncios a las afueras, pero no consigue lo que Robbie en Yo, Tonya. El volumen que le da al personaje de la patinadora es brutal. La puedes tocar. Robbie hace una Tonya Harding dura y falible, paleta y profunda, desesperada y enérgica, golpeada y… golpeada, una y otra vez. Las ostias se amontonan sobre la cara y el cuerpo de Robbie incansablemente, con una brutalidad estremecedora. Y, aunque la peli no trata de exculparla de toda su responsabilidad en lo que pasó (aunque la redime bastante), te enamoras del personaje, solo quieres verla volar, sonreír.

Todas las virtudes de su actuación quedan concentradas en un plano que debería ser el argumento definitivo de que esta tía se merece un Óscar por lo que ha hecho. Son diez segundos, sin palabras, en los que Tonya Harding se mira al espejo. El plano que todo intérprete teme que le manden y que ella convierte en el plano que todo intérprete desearía hacer. Es su propio triple axel. Y lo clava.

Orion

Con 18 años o así yo escuchaba Metallica casi todos los días, pero pocas de sus canciones lograban el impacto de Orion cuando saltaba en el mp3 por la mañana de camino a clase, en el autobús o en el tren. Me había despertado hacía una hora, había desayunado como si me hubiesen puesto una pistola en la cabeza, y no podía creer que otro día más, cualquiera y anodino, me estuviese engullendo por los pies. Los trenes por la mañana son un ecosistema lamentable, un entorno de ojeras y mejillas hundidas. La gente disimula sus bostezos como puede, mira por la ventana, se aburre y aún así desea con todas sus fuerzas que el tren no llegue nunca a su destino, que no les lleve a sus curros, a sus jefes o a sus clases. Entonces, desde algún lugar desconocido, surgía una batería a la que poco a poco se iban uniendo el resto de instrumentos. Con lentitud arbórea brotaba a mis pies una música reverberante, pausada pero poderosa. Pronto era arrastrado hacia una realidad lejana y cósmica, como si me hubiesen mandado al otro lado del cielo gris de Madrid. Orion es un viaje en el que eres solo mente, una mente sensible y sin pensamiento. Los segundos se alargan y se contraen, como si cada uno guardase un corazón distinto. Mientras suena solo hay tiempo, espacio, luz negra y brillante. Lo mejor de Orion es que sonaba el último acorde, guardabas los cascos, y todavía no había terminado. Bajabas de ese tren, o ese autobús, y todavía no había terminado. Llegabas a clase, hablabas con la gente, te terminabas de despertar, y todavía sonaba. En algún lugar había un tiempo que seguía corriendo a otra velocidad. Cruzabas todo el día, con sus comidas y sus hambres, y Orion no terminaba. No había dejado de sonar desde algún punto de tu cabeza o del cosmos, ni por un momento. Orion es como una lluvia fina que a oleadas, a veces ligera, a veces caudalosa, cae desde las alturas celestiales de la constelación que le da nombre. Su intermitencia sólo es aparente, en realidad lo impregna todo, constantemente. Es como la puta Matrix. Crees que sólo se va a apagar al acostarte y desenchufar tu consciencia, pero entonces se alza pletórica y absoluta y llega la oscuridad y no hay nada más.

Orion es puro sueño. Es la polla. Y es una delicia que aún la toquen en directo estos capullos.

Tak

01/12/2017 13:15

Escribo en la catedral de Aarhus. Tiene las paredes interiores caladas de blanco. Aparte de eso, los motivos y la decoración son como una catedral española. Me parece tan católica como cualquier otra catedral que he visto en mi vida. Lo que no es igual es lo que hacen en ella. Ahora hay expuesto un mural de unos 15 metros, pintado con un montón de escenas apocalípticas y pecaminosas (gusanos gigantes saliendo de las ventanas de una casa, cerdos metiéndose en una piscina vacía, ladrones, manifestaciones, gimnasios). Sobre cada escena está anotado un versículo (principalmente Lucas) al que, supongo, ilustra. Me he visto obligado a tomar un par de fotos, porque no creo que pueda ver algo así en una catedral española. Además, tras el altar hay una docena de mujeres reunidas con sus hijos bebés en una especie de kínder-algo sobre unas colchonetas. Yo estaba al lado, leyendo unas láminas con información sobre la catedral, cuando se han puesto a cantar una nana danesa. Era hermoso escuchar las voces de las mujeres entonando esa melodía tranquilizadora, reverberada por el espacio del templo. La catedral fue construida por el 1.300. Las láminas contenían reproducciones de su aspecto a través de las diversas reformas que ha ido sufriendo. La catedral está dedicada a San Clemente, que fue obispo de Roma en el siglo I y que es santo de los mares y los marineros. La catedral está a pocos metros del mar. Se puede ver a San Clemente y su ancla en varios sitios de la catedral y en el escudo de la ciudad. También se pueden ver las tres rosas rojas, el símbolo del obispo que en la segunda mitad del siglo XV enriqueció y reformó la catedral y cuyo nombre paso de apuntar. Por aquí me muevo en la bici de C. Me rallo pensando que me va a pasar algo, que me van a atropellar, que se va a pinchar o que voy a atropellar algo. Ahora mismo pienso que voy a salir de la catedral y no va a estar, o que me habré cargado el candado porque antes al cerrarlo ha hecho un ruido raro. De hecho antes se me ha caído la varilla de la cesta y me he dado cuenta una hora después. ¿Pues no vuelvo al camino del bosque por el que he venido y la encuentro? De coña. Siempre me pasa algo con las bicicletas. Aarhus es una ciudad mona y cambiante.

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El niño Dios en una bota

16:50

Además, cuando consulto el Google Maps, todo me parece más lejos de lo que en realidad está. Ayer me pasé la biblioteca y hoy casi me paso la universidad. El aspecto de los edificios de la universidad de Aarhus no ayuda a identificarlos como tal. Bajitos y de ladrillo amarillo, puede parecer que estás cruzando una zona residencial, sobre todo si tu principal preocupación consiste en pedalear sin que te entre el frío por el cuello. Lo primero que he visto de la universidad tras aparcar la bici (no se había roto el candado) es una chica salir del retrete a través de la ventana de un baño, que daba directamente a la acera. No sé, no me parece muy bien pensado. A ver si no van a ser tan buenos arquitectos estos daneses. La universidad tiene dentro del campus un lago con patos y árboles desnudos y un montón de gente joven. Me he acercado al Steno Museet (más bien me lo he topado, también creía que estaba más lejos) y le he preguntado a la recepcionista qué podía ver. Considero que no me ha atendido muy bien. Me ha dicho que si no sabía danés, poco podía hacer ahí, donde se organizaban conferencias. Me ha dicho que podía echarle un ojo a una sala pequeña que había nada más entrar y ahí me ha dejado. ¿Por qué no me ha dicho que en la planta alta hay dos salas cinco veces más grande cada una, sobre astronomía y medicina, con un montón de cachivaches, interesantísimas? Hay también un péndulo de Foucault como el del Cosmo Caixa. Me he tirado mi buena hora en el museo y más me hubiese gustado estar. Cuando ya me iba he visto que había fiesta en una de las facultades, y ahí que he ido a ver el percal. Un chico me ha contado que era porque se acerca la Navidad y me ha vendido un chupito de vodka con miel que estaba bastante horrible. Lo que no estaba era flojo. ¿Habrá controles de alcoholemia para los que van en bici? Cuando he llegado, la bici tenía el sillín mojado por el chisgarabís. Al momento que lo limpiaba con la manga del abrigo cumplía unas 38 horas en Aarhus. Entonces he sentido una agilidad nueva en mis movimientos: limpiaba el sillín mientras examinaba la gente que esperaba el bus, abría el candado despreocupadamente. Ahí es que he alcanzado esa confianza caduca, cuando abandonas la torpeza de hacer algo por primera vez y aún no has llegado a la rutina de haberlo hecho mil veces y saberte haciéndolo otras mil. Mientras limpiaba el sillín de la bici de C. sentía que me metía a Aarhus en el bolsillo, que de alguna manera la volvía a pisar por primera vez. No obstante, y tal vez por acción del chupito de vodka con miel, luego he estado cerca de dármela un par de veces (exagerado, me diría C. más tarde, cuando le relaté mis experiencias cercanas a la muerte). He bajado hasta el Street Food de la ciudad (aciertan, también he estado a punto de pasármelo) y he acabado frente a un puesto de comida danesa tradicional con el rótulo de Mormon KØkken donde me ha atendido la que debe ser la danesa más guapa de esta ciudad. Le he preguntado en qué consistía uno de los platos y ha sacado de una olla un cazo con unas albóndigas. Me ha enternecido que fuesen tan parecidas a las que hacía mi abuela. Se lo he explicado a la danesa y me ha mostrado esa enorme sonrisa con que las camareras despachan a los cretinos que les cuentan cosas que les importan lo que viene siendo una mierda. Me dice tak, y le pregunto cómo se dice “de nada”. Me contesta al segundo y lo olvido al instante. Las albóndigas se parecían a las de mi abuela, pero no estaban tan ricas, porque mi abuela les echaba jamón y sobre todo no les echaba por encima una salsa que sabía sospechosamente a curry. Cuando he acabado, me he acercado a un puesto próximo por un café, pero me han mandado a otro más alejado, a donde he ido, ofreciendo una maravillosa oportunidad para comprobar si es cierto eso de que en estos países puedes dejar tus cosas solas sin que te roben un clip. Me ha sorprendido que entre la oferta de cafés también sirviesen cortados, y eso he pedido, pensando que habrían importado el concepto de España, igual que el concepto espresso se lo ha copiado todo el mundo a los italianos. Pero no. Para los daneses “cortado” significa algo similar a “veneno”. Lo que no sé es por qué venderlo es legal. Unos 3,5€ me ha costado la mierda del cortado y encima en un vasito súper pequeño, como en el chiste de Annie Hall. Frente a mí hay un grupo de mayores y entre ellos uno que parece el hermano regordete de Junker. Escribo esto delante del sitio en el que he pedido la comida, por si le resulto interesante a la chica que me ha servido. O a alguien.

***

Ya no estoy en Aarhus. Acabo de ver La Sirenita de Copenhague, el segundo monumento europeo más sobrevalorado (los que habéis estado en Bélgica ya sabéis cuál es el primero), y me ha encantado. He llegado a las ocho de la noche y no había nadie más que yo. Dos focos la mantenían iluminada. Sé que no es técnicamente una gran obra, que no es impresionante. Sé que en mi experiencia al contemplarla ha participado el silencio y la oscuridad. Sé que ha sido algo personal. Sólo una pareja de polacos ha interrumpido mi comunicación con la estatua. Han llegado, la han mirado lo necesario para fotografiarla, y se han ido. La Sirenita se sienta sobre una roca del agua, en una punta de Copenhague, apartada, más que alejada, del resto de la ciudad y de Europa. Es bellísima. Gira su rostro hacia el mar, con una mirada de eterna tristeza. Debido a la postura, cuesta saber cuál es el mejor ángulo para observarla. Siempre una parte de ella se ofrece mientras otra se nos niega. La Sirenita no mira al turista porque su inconsolable espera no tiene nada que ver con nosotros. Handersen eligió esta criatura fantástica, mitad mujer, mitad pez, para llenarla de cosas humanas: el anhelo de lo que no nos es dable, la insatisfacción y la tristeza como vicios voluntarios, la soledad fría como el bronce, la obsesión, el miedo a los remolinos de aguas negras que a nuestros pies sueñan con absorbernos. Me gustaría ser un borracho para que no me importase cruzar el metro y medio de agua que la separa de nosotros. Pero ahora mismo ni de coña meto yo ahí un pie. Cuando por fin me voy, no puedo evitar mirar atrás varias veces. Iluminada por los focos, titila en mitad de la noche, como una velita de cumpleaños. ¡Qué tristeza tener que dejarla ahí, tan sola!

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Todos creen que el tamaño importa, pero yo te quiero como eres // crédito de la foto: blog.amigoautos.com

Cosas que sí

Querido profesor:

En respuesta a tu requerimiento de carácter público me he animado a escribir esta lista de cosas por las que, creo, merece la pena vivir, más allá de mis gustos o convicciones personales.

Profesor, la vida merece la pena en primer lugar porque existen personas que nos aman. Somos hijos y padres de gente que no puede calcular el afecto que nos guarda, que no puede imaginar su vida sin ese cariño. Pero hacer de eso un motivo de desdicha, considerar ese amor como una opresión, o insuficiente, o hacer como que no existe es, eso sí, una opción personal que solo los ruines (es decir, todos) nos atrevemos a cometer de vez en cuando. Pero para que no me quede esto muy ampuloso, déjame que dirija la mirada a terrenos más mundanales. Por ejemplo, a una pista de baloncesto. Así, a bote pronto, se me ocurre que la Selección Española de Baloncesto de Pau Gasol es una buena cosa por la que haber vivido. Y, tratándose de ti, pienso también en el cine. Merece la pena vivir para saborear el legado de los clásicos, el legado de Welles, Fernán-Gómez, Wilder. Merece la pena vivir porque existen Monica Bellucci, Charlize Theron, Marion Cotillard. No puede haber nada personal en que te guste Marion Cotillard. También es universalmente sabido que los libros dan la felicidad. Merece la pena existir para dejar de existir mientras leemos y somos otro: el violento Aquiles, el idealista Quijote, la amorosa Fortunata, un brillante Sherlock, o Larra paseando su torturado pensamiento por las calles de Madrid. Ah, cómo merece la pena vivir a cambio de Madrid, este Madrid, que es una mierda (Rosendo dixit) cuyo encanto absorbe toda la mugre y la mala educación que vertemos sobre él. Y hablando de Rosendo, otra cosa buena de la vida son esos músicos honestos, incorruptibles, ajenos al paso del tiempo. La vida merece la pena porque eso nos permite saberlo todo de nosotros mismos y ahí hay material interminable para la burla y la risa. Y si sabes reírte de ti mismo, eres invencible (escritor que no recuerdo dixit).

Esta mañana estaba escuchando por la radio a James Rhodes, el pianista tan famoso al que violaron de niño pero que recompuso su vida gracias a la música, y ha dicho: “si lo piensas un poco, la vida es genial” y me he sorprendido dándole toda la razón al momento, sin ninguna reflexión. Sin necesitar reflexionar nada. Puedo continuar con la lista, se me ocurren un montón de cosas que hacen que la vida merezca la pena (hasta las películas españolas sentimentales, sí) y empiezo a creer que todas son universales. Lo bueno, lo justo, lo bello, ha de ser universal, o si no, no es. Por definición. Quiero decir, si un día, ante un plato, pongamos, de salmorejo, te descubres interpretando esa experiencia en clave vital, no pienses que eres un exagerado, no estás solo. El salmorejo hace que la vida merezca la pena. Eso es universal, y punto (al pasar esto al ordenador he aprovechado para cerciorarme de cómo se escribe James Rhodes –creía que era Roades- y me ha aparecido un artículo en el que citan entre otras razones por las que se ha trasladado a Madrid ¡al salmorejo! ¿tengo o no tengo puta razón?). Si lo piensas, son nuestras nueras suicidas lo que no aguanta una lectura que no sea personalísima. Es la ingeniosa cabecita de cada uno, con sus ideas y argumentos intransferibles, la que nos mete en callejones sin salida de fabricación casera, aunque no por ello menos verdaderos. Voy terminando con algunas cosas más que me asaltan: Los Simpson, el mús, los putos memes, El Graduado, Mortadelo y Filemón, la lluvia fina, la lluvia fuerte cuando nos pilla en casa, las cañitas al sol, la palabra resol, perderse en el barrio desconocido de una ciudad que no volveremos a visitar nunca, el olor al ponerte un jerséy de tu hermano. Merece la pena por los enamoramientos dolorosos, por todo lo que se puede seguir aprendiendo, por los buenos profesores y los buenos alumnos. Y porque acá estamos, joder.

Tardá que te vas

Las teles no han dejado de sacar lo de Rufián en el Congreso. Debe ser que no han pasado cosas más importantes en el mundo hoy. Sin embargo, a pesar de la importancia histórica de que el diputado de ERC sacase unas esposas hoy en el Congreso, como hizo hace poco con una impresora, a mí el que me llama la atención es Tardá. El tío está ahí, al ladito, millones de miradas rozándole como balas. Tardá entonces mantiene una postura como de estar sirviendo de modelo a un escultor. Quietud absoluta, semblante muy serio. Tal vez para no distraernos de Rufián. A veces me decepciona y cae en el tópico de llevarse el pulgar y el índice a la barbilla. Mientras, su compañero de partido escenifica su gran momento, con el que provoca que salga humo de los perfiles de tuiter de los cronistas políticos, y que puede que haya estado ensayando en su casa/hotel frente al espejo. A Tardá le considero años luz por delante de su compañero de partido en cuanto capacidad retórica y por supuesto educación parlamentaria, a pesar de que se le haya ido la pelota bastante en los últimos meses, como al resto de políticos independentistas. Pero ni la pose parlamentaria ni los lazos partidistas explican ese semblante inmutable. Tardá se sume en una profunda reflexión, como si Rufián estuviese soltando un sesudo discurso y cada frase fuese más difícil de desentrañar que una partida de ajedrez entre Carlsen y su ordenador. O puede que esté haciendo justo lo contrario: invirtiendo toda su capacidad mental en alejarse de ahí, probando todas las maniobras de abstracción de que es capaz el pobre hombre: repasar la lista de los reyes godos (o de los Presidents que ha tenido la Generalitat en su historia), visualizar con la máxima precisión posible el inicio de Sed de Mal, recordar de qué marca es su champú, encontrar los tres objetos que se llevaría a una isla desierta. Ah, una isla desierta, qué bien se estaría en una isla desierta. O en cualquier lugar que no fuese el parlamento español, con la atención mediática hecha hombre a unos centímetros de distancia.

 

Un nieto escritor y otro tímido

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Juan Soto Ivars y su libro. Esquema.

El pasado jueves fui a la presentación del libro Un abuelo rojo y otro abuelo facha de Juan Soto Ivars. Se reunían los tres columnistas que más sigo ahora mismo, pues a Juan le acompañaban Jorge Bustos y David Torres. La cita era imprescindible. El lugar era Tipos Infames, y mucha gente pensó como yo que no podía perderse la velada, pues Tipos Infames se llenó

Torres y Bustos (Torres y Bustos, ahí hay un título para algo, quizá un programa para La2) elogiaron la novela-ensayo, e Ivars se esforzó, el pobre, por espoilearse a sí mismo, no sé si conscientemente. Ivars tiene mucha gracia, el jodío, más incluso de la que te imaginas cuando lees sus columnas. Desempeña con soltura el papel de payasete, instintivamente, cabría decir. En eso hasta sentí que nos parecemos. Y también en la tendencia a usar como cebo la falsa modestia. Esa falsa modestia con que comparte sus columnas en FB “por si no tenéis nada mejor que hacer”, que tú piensas, venga tontorrón, si sabes que te voy a leer.

La conversación sobre el libro era un poco liosa, iba y venía, saltaba de Podemos a Rajoy, de Rajoy a Cataluña y de ahí, por supuesto, a Franco, la Guerra Civil y Twitter. Vamos que no me estaba enterado de una mierda, pero me estaba echando unas risas. Felizmente, hacia el final, alguien preguntó ¿el libro de qué va?, y Juan, haciendo un encomiable esfuerzo glandular para evitar sudar chorretones, entendió que era el momento de hablar de sus abuelos. Entonces no me reí tanto.

Cuando terminó la charla y la gente se levantó de sus sillas me sentí muy incómodo, porque había ido solo y la gente allí parecía conocerse muy bien y trabajar en suplementos culturales o cosas por el estilo. De pronto la situación no me molaba un cacho. El ambiente era muy interesante, pero no sabía qué hacer. Al principio de la charla había visto a cierto escritor al que pensaba ir y decirle, soy fan, así sin dignidad alguna, pero se lo había tragado la tierra.

Un chico recogió las sillas súper rápido. Di unos pasos inseguros por la sala. La gente hacía cola para que Juan les firmara un ejemplar del libro, otros compraban cervezas como cabrones y otros salían a la calle, espoleados por las ganas de fumar. Intimidado me sentía, con mi mochila Reebok colgada al hombro. Supe que no iba a poder iniciar una conversación con ningún grupo de desconocidos que allí había. No iba a comprar el libro porque es un lujo que mi economía no me permite, no iba a pedir una cerveza porque no tenía suelto y no iba a salir a fumar porque no fumo. Sólo los tímidos nos preocupamos en encontrar excusas para hablar con un desconocido.

Gané un poco de tiempo ojeando las estanterías de libros giratorias. Dicen que la gente solitaria puede resultar muy interesante, pero yo no me sentía nada guay mirando el precio de La regenta, edición Random House. Pero, ¿si no iba a habar con nadie, comprar el libro ni tomar nada, para qué estaba ganando tiempo? Estaba ganando tiempo porque me apetecía mucho decirle a Juan Soto Ivars una cosa. Quería contarle, de payasete a payasete, lo suertudo que era por haber tenido la posibilidad de conocer a sus abuelos y lo jodidamente bien que me parecía que había hecho escuchándoles tanto y tan atentamente y luego haber escrito un libro hablando de ellos, de su vida y de España. Porque yo, le quería contar, tengo el bagaje contrario: tuve dos abuelos que murieron mucho antes de que yo naciese (luego, ahora me doy cuenta, nunca los tuve, o al menos los tengo ahora tanto como cuando nací). Dos hombres a los que hubiese sido imposible adscribir a ninguna ideología, si acaso al analfabetismo, y que en lo más que se parecían a los suyos era en lo de haber currado como perros.

Y sin embargo, todo esto me acerca, creo, a Ivars, en el sentido en que ambos reconocemos que nuestros abuelos han configurado parte de nuestra personalidad (él por tenerlos cerca y yo por no haberlos tenido nunca). Esto puede resultar obvio para otras personas, pero para mí fue un descubrimiento casi reciente. Y no me cuesta imaginar a un Soto Ivars sorprendido al descubrir que no podía entender España (y su trabajo exige que lo intente) sin recurrir a sus abuelos, sin incrustar su imaginación y su entendimiento en sus historias.

No invento nada si os digo que se puede echar de menos lo que nunca se tuvo, por eso hasta me sentía tentado de decirle que, si había escrito un libro con un título semejante porque los echaba de menos, le entendía. Yo también lo hubiese hecho si supiese escribir.

Nunca sabremos qué cara me hubiese puesto Soto (no sé cómo nombrar a este tío, si Juan, si Soto, si Ivars o todo ello) porque había mucha gente haciendo cola para que le firmase el libro, por lo menos a mí me parecía mucha gente, la fila cruzaba toda la librería y no parecía avanzar. Así que salí de Tipos Infames y muy lentamente abandoné el lugar, casi sin creerme que no iba a intentar hablar con alguno de esos grupos entre los que a lo mejor había alguien que me consiguiese curro, o una chica cultureta, una chica interesante de pelo negro de esas que a veces también van solas a ver cine VOSE. Y reprimiendo las ganas de darme la vuelta y correr en pos de Torres o Bustos para darles la mano y decirles joder qué bien escribís, yo quiero escribir como vosotros, o en pos de algún círculo de esos y pedir oficialmente adopción social durante una hora, doblé la esquina y puse rumbo al tren.

Una vez en la estación me pregunté por qué mierdas sentía tanto irme de allí, qué estúpido afán me había quedado sin resolver. No pensé que el único noble motivo por el que podía haber ido era echar de menos a mis abuelos, a los que nunca oí, oyendo a otro hablar de los suyos. Y que si así era, bien estaba volver ya a casa.