Reflexiones

Tak

01/12/2017 13:15

Escribo en la catedral de Aarhus. Tiene las paredes interiores caladas de blanco. Aparte de eso, los motivos y la decoración son como una catedral española. Me parece tan católica como cualquier otra catedral que he visto en mi vida. Lo que no es igual es lo que hacen en ella. Ahora hay expuesto un mural de unos 15 metros, pintado con un montón de escenas apocalípticas y pecaminosas (gusanos gigantes saliendo de las ventanas de una casa, cerdos metiéndose en una piscina vacía, ladrones, manifestaciones, gimnasios). Sobre cada escena está anotado un versículo (principalmente Lucas) al que, supongo, ilustra. Me he visto obligado a tomar un par de fotos, porque no creo que pueda ver algo así en una catedral española. Además, tras el altar hay una docena de mujeres reunidas con sus hijos bebés en una especie de kínder-algo sobre unas colchonetas. Yo estaba al lado, leyendo unas láminas con información sobre la catedral, cuando se han puesto a cantar una nana danesa. Era hermoso escuchar las voces de las mujeres entonando esa melodía tranquilizadora, reverberada por el espacio del templo. La catedral fue construida por el 1.300. Las láminas contenían reproducciones de su aspecto a través de las diversas reformas que ha ido sufriendo. La catedral está dedicada a San Clemente, que fue obispo de Roma en el siglo I y que es santo de los mares y los marineros. La catedral está a pocos metros del mar. Se puede ver a San Clemente y su ancla en varios sitios de la catedral y en el escudo de la ciudad. También se pueden ver las tres rosas rojas, el símbolo del obispo que en la segunda mitad del siglo XV enriqueció y reformó la catedral y cuyo nombre paso de apuntar. Por aquí me muevo en la bici de C. Me rallo pensando que me va a pasar algo, que me van a atropellar, que se va a pinchar o que voy a atropellar algo. Ahora mismo pienso que voy a salir de la catedral y no va a estar, o que me habré cargado el candado porque antes al cerrarlo ha hecho un ruido raro. De hecho antes se me ha caído la varilla de la cesta y me he dado cuenta una hora después. ¿Pues no vuelvo al camino del bosque por el que he venido y la encuentro? De coña. Siempre me pasa algo con las bicicletas. Aarhus es una ciudad mona y cambiante.

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El niño Dios en una bota

16:50

Además, cuando consulto el Google Maps, todo me parece más lejos de lo que en realidad está. Ayer me pasé la biblioteca y hoy casi me paso la universidad. El aspecto de los edificios de la universidad de Aarhus no ayuda a identificarlos como tal. Bajitos y de ladrillo amarillo, puede parecer que estás cruzando una zona residencial, sobre todo si tu principal preocupación consiste en pedalear sin que te entre el frío por el cuello. Lo primero que he visto de la universidad tras aparcar la bici (no se había roto el candado) es una chica salir del retrete a través de la ventana de un baño, que daba directamente a la acera. No sé, no me parece muy bien pensado. A ver si no van a ser tan buenos arquitectos estos daneses. La universidad tiene dentro del campus un lago con patos y árboles desnudos y un montón de gente joven. Me he acercado al Steno Museet (más bien me lo he topado, también creía que estaba más lejos) y le he preguntado a la recepcionista qué podía ver. Considero que no me ha atendido muy bien. Me ha dicho que si no sabía danés, poco podía hacer ahí, donde se organizaban conferencias. Me ha dicho que podía echarle un ojo a una sala pequeña que había nada más entrar y ahí me ha dejado. ¿Por qué no me ha dicho que en la planta alta hay dos salas cinco veces más grande cada una, sobre astronomía y medicina, con un montón de cachivaches, interesantísimas? Hay también un péndulo de Foucault como el del Cosmo Caixa. Me he tirado mi buena hora en el museo y más me hubiese gustado estar. Cuando ya me iba he visto que había fiesta en una de las facultades, y ahí que he ido a ver el percal. Un chico me ha contado que era porque se acerca la Navidad y me ha vendido un chupito de vodka con miel que estaba bastante horrible. Lo que no estaba era flojo. ¿Habrá controles de alcoholemia para los que van en bici? Cuando he llegado, la bici tenía el sillín mojado por el chisgarabís. Al momento que lo limpiaba con la manga del abrigo cumplía unas 38 horas en Aarhus. Entonces he sentido una agilidad nueva en mis movimientos: limpiaba el sillín mientras examinaba la gente que esperaba el bus, abría el candado despreocupadamente. Ahí es que he alcanzado esa confianza caduca, cuando abandonas la torpeza de hacer algo por primera vez y aún no has llegado a la rutina de haberlo hecho mil veces y saberte haciéndolo otras mil. Mientras limpiaba el sillín de la bici de C. sentía que me metía a Aarhus en el bolsillo, que de alguna manera la volvía a pisar por primera vez. No obstante, y tal vez por acción del chupito de vodka con miel, luego he estado cerca de dármela un par de veces (exagerado, me diría C. más tarde, cuando le relaté mis experiencias cercanas a la muerte). He bajado hasta el Street Food de la ciudad (aciertan, también he estado a punto de pasármelo) y he acabado frente a un puesto de comida danesa tradicional con el rótulo de Mormon KØkken donde me ha atendido la que debe ser la danesa más guapa de esta ciudad. Le he preguntado en qué consistía uno de los platos y ha sacado de una olla un cazo con unas albóndigas. Me ha enternecido que fuesen tan parecidas a las que hacía mi abuela. Se lo he explicado a la danesa y me ha mostrado esa enorme sonrisa con que las camareras despachan a los cretinos que les cuentan cosas que les importan lo que viene siendo una mierda. Me dice tak, y le pregunto cómo se dice “de nada”. Me contesta al segundo y lo olvido al instante. Las albóndigas se parecían a las de mi abuela, pero no estaban tan ricas, porque mi abuela les echaba jamón y sobre todo no les echaba por encima una salsa que sabía sospechosamente a curry. Cuando he acabado, me he acercado a un puesto próximo por un café, pero me han mandado a otro más alejado, a donde he ido, ofreciendo una maravillosa oportunidad para comprobar si es cierto eso de que en estos países puedes dejar tus cosas solas sin que te roben un clip. Me ha sorprendido que entre la oferta de cafés también sirviesen cortados, y eso he pedido, pensando que habrían importado el concepto de España, igual que el concepto espresso se lo ha copiado todo el mundo a los italianos. Pero no. Para los daneses “cortado” significa algo similar a “veneno”. Lo que no sé es por qué venderlo es legal. Unos 3,5€ me ha costado la mierda del cortado y encima en un vasito súper pequeño, como en el chiste de Annie Hall. Frente a mí hay un grupo de mayores y entre ellos uno que parece el hermano regordete de Junker. Escribo esto delante del sitio en el que he pedido la comida, por si le resulto interesante a la chica que me ha servido. O a alguien.

***

Ya no estoy en Aarhus. Acabo de ver La Sirenita de Copenhague, el segundo monumento europeo más sobrevalorado (los que habéis estado en Bélgica ya sabéis cuál es el primero), y me ha encantado. He llegado a las ocho de la noche y no había nadie más que yo. Dos focos la mantenían iluminada. Sé que no es técnicamente una gran obra, que no es impresionante. Sé que en mi experiencia al contemplarla ha participado el silencio y la oscuridad. Sé que ha sido algo personal. Sólo una pareja de polacos ha interrumpido mi comunicación con la estatua. Han llegado, la han mirado lo necesario para fotografiarla, y se han ido. La Sirenita se sienta sobre una roca del agua, en una punta de Copenhague, apartada, más que alejada, del resto de la ciudad y de Europa. Es bellísima. Gira su rostro hacia el mar, con una mirada de eterna tristeza. Debido a la postura, cuesta saber cuál es el mejor ángulo para observarla. Siempre una parte de ella se ofrece mientras otra se nos niega. La Sirenita no mira al turista porque su inconsolable espera no tiene nada que ver con nosotros. Handersen eligió esta criatura fantástica, mitad mujer, mitad pez, para llenarla de cosas humanas: el anhelo de lo que no nos es dable, la insatisfacción y la tristeza como vicios voluntarios, la soledad fría como el bronce, la obsesión, el miedo a los remolinos de aguas negras que a nuestros pies sueñan con absorbernos. Me gustaría ser un borracho para que no me importase cruzar el metro y medio de agua que la separa de nosotros. Pero ahora mismo ni de coña meto yo ahí un pie. Cuando por fin me voy, no puedo evitar mirar atrás varias veces. Iluminada por los focos, titila en mitad de la noche, como una velita de cumpleaños. ¡Qué tristeza tener que dejarla ahí, tan sola!

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Todos creen que el tamaño importa, pero yo te quiero como eres // crédito de la foto: blog.amigoautos.com

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Cosas que sí

Querido profesor:

En respuesta a tu requerimiento de carácter público me he animado a escribir esta lista de cosas por las que, creo, merece la pena vivir, más allá de mis gustos o convicciones personales.

Profesor, la vida merece la pena en primer lugar porque existen personas que nos aman. Somos hijos y padres de gente que no puede calcular el afecto que nos guarda, que no puede imaginar su vida sin ese cariño. Pero hacer de eso un motivo de desdicha, considerar ese amor como una opresión, o insuficiente, o hacer como que no existe es, eso sí, una opción personal que solo los ruines (es decir, todos) nos atrevemos a cometer de vez en cuando. Pero para que no me quede esto muy ampuloso, déjame que dirija la mirada a terrenos más mundanales. Por ejemplo, a una pista de baloncesto. Así, a bote pronto, se me ocurre que la Selección Española de Baloncesto de Pau Gasol es una buena cosa por la que haber vivido. Y, tratándose de ti, pienso también en el cine. Merece la pena vivir para saborear el legado de los clásicos, el legado de Welles, Fernán-Gómez, Wilder. Merece la pena vivir porque existen Monica Bellucci, Charlize Theron, Marion Cotillard. No puede haber nada personal en que te guste Marion Cotillard. También es universalmente sabido que los libros dan la felicidad. Merece la pena existir para dejar de existir mientras leemos y somos otro: el violento Aquiles, el idealista Quijote, la amorosa Fortunata, un brillante Sherlock, o Larra paseando su torturado pensamiento por las calles de Madrid. Ah, cómo merece la pena vivir a cambio de Madrid, este Madrid, que es una mierda (Rosendo dixit) cuyo encanto absorbe toda la mugre y la mala educación que vertemos sobre él. Y hablando de Rosendo, otra cosa buena de la vida son esos músicos honestos, incorruptibles, ajenos al paso del tiempo. La vida merece la pena porque eso nos permite saberlo todo de nosotros mismos y ahí hay material interminable para la burla y la risa. Y si sabes reírte de ti mismo, eres invencible (escritor que no recuerdo dixit).

Esta mañana estaba escuchando por la radio a James Rhodes, el pianista tan famoso al que violaron de niño pero que recompuso su vida gracias a la música, y ha dicho: “si lo piensas un poco, la vida es genial” y me he sorprendido dándole toda la razón al momento, sin ninguna reflexión. Sin necesitar reflexionar nada. Puedo continuar con la lista, se me ocurren un montón de cosas que hacen que la vida merezca la pena (hasta las películas españolas sentimentales, sí) y empiezo a creer que todas son universales. Lo bueno, lo justo, lo bello, ha de ser universal, o si no, no es. Por definición. Quiero decir, si un día, ante un plato, pongamos, de salmorejo, te descubres interpretando esa experiencia en clave vital, no pienses que eres un exagerado, no estás solo. El salmorejo hace que la vida merezca la pena. Eso es universal, y punto (al pasar esto al ordenador he aprovechado para cerciorarme de cómo se escribe James Rhodes –creía que era Roades- y me ha aparecido un artículo en el que citan entre otras razones por las que se ha trasladado a Madrid ¡al salmorejo! ¿tengo o no tengo puta razón?). Si lo piensas, son nuestras nueras suicidas lo que no aguanta una lectura que no sea personalísima. Es la ingeniosa cabecita de cada uno, con sus ideas y argumentos intransferibles, la que nos mete en callejones sin salida de fabricación casera, aunque no por ello menos verdaderos. Voy terminando con algunas cosas más que me asaltan: Los Simpson, el mús, los putos memes, El Graduado, Mortadelo y Filemón, la lluvia fina, la lluvia fuerte cuando nos pilla en casa, las cañitas al sol, la palabra resol, perderse en el barrio desconocido de una ciudad que no volveremos a visitar nunca, el olor al ponerte un jerséy de tu hermano. Merece la pena por los enamoramientos dolorosos, por todo lo que se puede seguir aprendiendo, por los buenos profesores y los buenos alumnos. Y porque acá estamos, joder.

Tardá que te vas

Las teles no han dejado de sacar lo de Rufián en el Congreso. Debe ser que no han pasado cosas más importantes en el mundo hoy. Sin embargo, a pesar de la importancia histórica de que el diputado de ERC sacase unas esposas hoy en el Congreso, como hizo hace poco con una impresora, a mí el que me llama la atención es Tardá. El tío está ahí, al ladito, millones de miradas rozándole como balas. Tardá entonces mantiene una postura como de estar sirviendo de modelo a un escultor. Quietud absoluta, semblante muy serio. Tal vez para no distraernos de Rufián. A veces me decepciona y cae en el tópico de llevarse el pulgar y el índice a la barbilla. Mientras, su compañero de partido escenifica su gran momento, con el que provoca que salga humo de los perfiles de tuiter de los cronistas políticos, y que puede que haya estado ensayando en su casa/hotel frente al espejo. A Tardá le considero años luz por delante de su compañero de partido en cuanto capacidad retórica y por supuesto educación parlamentaria, a pesar de que se le haya ido la pelota bastante en los últimos meses, como al resto de políticos independentistas. Pero ni la pose parlamentaria ni los lazos partidistas explican ese semblante inmutable. Tardá se sume en una profunda reflexión, como si Rufián estuviese soltando un sesudo discurso y cada frase fuese más difícil de desentrañar que una partida de ajedrez entre Carlsen y su ordenador. O puede que esté haciendo justo lo contrario: invirtiendo toda su capacidad mental en alejarse de ahí, probando todas las maniobras de abstracción de que es capaz el pobre hombre: repasar la lista de los reyes godos (o de los Presidents que ha tenido la Generalitat en su historia), visualizar con la máxima precisión posible el inicio de Sed de Mal, recordar de qué marca es su champú, encontrar los tres objetos que se llevaría a una isla desierta. Ah, una isla desierta, qué bien se estaría en una isla desierta. O en cualquier lugar que no fuese el parlamento español, con la atención mediática hecha hombre a unos centímetros de distancia.

 

Un nieto escritor y otro tímido

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Juan Soto Ivars y su libro. Esquema.

El pasado jueves fui a la presentación del libro Un abuelo rojo y otro abuelo facha de Juan Soto Ivars. Se reunían los tres columnistas que más sigo ahora mismo, pues a Juan le acompañaban Jorge Bustos y David Torres. La cita era imprescindible. El lugar era Tipos Infames, y mucha gente pensó como yo que no podía perderse la velada, pues Tipos Infames se llenó

Torres y Bustos (Torres y Bustos, ahí hay un título para algo, quizá un programa para La2) elogiaron la novela-ensayo, e Ivars se esforzó, el pobre, por espoilearse a sí mismo, no sé si conscientemente. Ivars tiene mucha gracia, el jodío, más incluso de la que te imaginas cuando lees sus columnas. Desempeña con soltura el papel de payasete, instintivamente, cabría decir. En eso hasta sentí que nos parecemos. Y también en la tendencia a usar como cebo la falsa modestia. Esa falsa modestia con que comparte sus columnas en FB “por si no tenéis nada mejor que hacer”, que tú piensas, venga tontorrón, si sabes que te voy a leer.

La conversación sobre el libro era un poco liosa, iba y venía, saltaba de Podemos a Rajoy, de Rajoy a Cataluña y de ahí, por supuesto, a Franco, la Guerra Civil y Twitter. Vamos que no me estaba enterado de una mierda, pero me estaba echando unas risas. Felizmente, hacia el final, alguien preguntó ¿el libro de qué va?, y Juan, haciendo un encomiable esfuerzo glandular para evitar sudar chorretones, entendió que era el momento de hablar de sus abuelos. Entonces no me reí tanto.

Cuando terminó la charla y la gente se levantó de sus sillas me sentí muy incómodo, porque había ido solo y la gente allí parecía conocerse muy bien y trabajar en suplementos culturales o cosas por el estilo. De pronto la situación no me molaba un cacho. El ambiente era muy interesante, pero no sabía qué hacer. Al principio de la charla había visto a cierto escritor al que pensaba ir y decirle, soy fan, así sin dignidad alguna, pero se lo había tragado la tierra.

Un chico recogió las sillas súper rápido. Di unos pasos inseguros por la sala. La gente hacía cola para que Juan les firmara un ejemplar del libro, otros compraban cervezas como cabrones y otros salían a la calle, espoleados por las ganas de fumar. Intimidado me sentía, con mi mochila Reebok colgada al hombro. Supe que no iba a poder iniciar una conversación con ningún grupo de desconocidos que allí había. No iba a comprar el libro porque es un lujo que mi economía no me permite, no iba a pedir una cerveza porque no tenía suelto y no iba a salir a fumar porque no fumo. Sólo los tímidos nos preocupamos en encontrar excusas para hablar con un desconocido.

Gané un poco de tiempo ojeando las estanterías de libros giratorias. Dicen que la gente solitaria puede resultar muy interesante, pero yo no me sentía nada guay mirando el precio de La regenta, edición Random House. Pero, ¿si no iba a habar con nadie, comprar el libro ni tomar nada, para qué estaba ganando tiempo? Estaba ganando tiempo porque me apetecía mucho decirle a Juan Soto Ivars una cosa. Quería contarle, de payasete a payasete, lo suertudo que era por haber tenido la posibilidad de conocer a sus abuelos y lo jodidamente bien que me parecía que había hecho escuchándoles tanto y tan atentamente y luego haber escrito un libro hablando de ellos, de su vida y de España. Porque yo, le quería contar, tengo el bagaje contrario: tuve dos abuelos que murieron mucho antes de que yo naciese (luego, ahora me doy cuenta, nunca los tuve, o al menos los tengo ahora tanto como cuando nací). Dos hombres a los que hubiese sido imposible adscribir a ninguna ideología, si acaso al analfabetismo, y que en lo más que se parecían a los suyos era en lo de haber currado como perros.

Y sin embargo, todo esto me acerca, creo, a Ivars, en el sentido en que ambos reconocemos que nuestros abuelos han configurado parte de nuestra personalidad (él por tenerlos cerca y yo por no haberlos tenido nunca). Esto puede resultar obvio para otras personas, pero para mí fue un descubrimiento casi reciente. Y no me cuesta imaginar a un Soto Ivars sorprendido al descubrir que no podía entender España (y su trabajo exige que lo intente) sin recurrir a sus abuelos, sin incrustar su imaginación y su entendimiento en sus historias.

No invento nada si os digo que se puede echar de menos lo que nunca se tuvo, por eso hasta me sentía tentado de decirle que, si había escrito un libro con un título semejante porque los echaba de menos, le entendía. Yo también lo hubiese hecho si supiese escribir.

Nunca sabremos qué cara me hubiese puesto Soto (no sé cómo nombrar a este tío, si Juan, si Soto, si Ivars o todo ello) porque había mucha gente haciendo cola para que le firmase el libro, por lo menos a mí me parecía mucha gente, la fila cruzaba toda la librería y no parecía avanzar. Así que salí de Tipos Infames y muy lentamente abandoné el lugar, casi sin creerme que no iba a intentar hablar con alguno de esos grupos entre los que a lo mejor había alguien que me consiguiese curro, o una chica cultureta, una chica interesante de pelo negro de esas que a veces también van solas a ver cine VOSE. Y reprimiendo las ganas de darme la vuelta y correr en pos de Torres o Bustos para darles la mano y decirles joder qué bien escribís, yo quiero escribir como vosotros, o en pos de algún círculo de esos y pedir oficialmente adopción social durante una hora, doblé la esquina y puse rumbo al tren.

Una vez en la estación me pregunté por qué mierdas sentía tanto irme de allí, qué estúpido afán me había quedado sin resolver. No pensé que el único noble motivo por el que podía haber ido era echar de menos a mis abuelos, a los que nunca oí, oyendo a otro hablar de los suyos. Y que si así era, bien estaba volver ya a casa.

Brevas

Pienso en que cada vez que se intenta visualizar o promocionar la literatura, la lectura, los libros en general, están consiguiendo alejarnos de ello, porque la literatura, la lectura, los libros en general, no es más que una persona, sola y en silencio, dedicando su tiempo a pasar páginas que lee, y eso tiene poco que ver con que el Retiro se llene unas semanas al año de casetas llenas de libros, con que tal bar haga jams poéticas los jueves, o con que un chaval nos cuente por Youtube su Top5 de mejores libros. Mientras no haya un aumento cualitativo y cuantitativo de personas que deciden quedarse solas en su habitación con un libro hasta terminarlo, la literatura, la lectura, la cosa de los libros no mejorará nunca, por mucha promoción visual, urbana, nocturna y chachi que nos inventemos.

Los estambulitas no dejaban salir antes de entrar a las puertas del metro, ni dejaban un espacio a la izquierda para que la gente con prisas pudiese subir andando las escaleras mecánicas. Mal. Los estambulitas entraban en manada en los autobuses y una vez dentro, cuando el autobús arrancaba hasta los topes, iban pasándose de mano en mano los akbil (cacharro que se utilizaba como monedero electrónico para pagar el transporte público de la ciudad) para que todos pagasen. Y yo no lo entendía, que los mismos estambulitas que un día eran tan mal educados para no dejarte salir del metro tranquilamente, tuviesen en otro momento tanto sentido de la responsabilidad ciudadana como para pagar un viaje en un autobús en el que ya se habían metido sin pagar. Ni que decir tiene que nunca un akbil de esos que pasaban por una veintena de manos desconocidas se extraviaba.

En realidad, no entiendo que alguien pueda reducir el carácter de un pueblo a dos o tres (o uno solo) rasgos. Pues sin ir más lejos, de los españoles hay quienes dicen que somos unos fiesteros; otros nos describen como antipáticos, rancios. Y ambas cosas, siendo contradictorias, son ciertas. En este país nunca sabes, al montarte en un taxi o pedir un café, si el camarero o el taxista te va a devolver el saludo o te va a contar su vida (o peor, pretender que le cuentes la tuya).

 Nueva, futura o inminente profesión: intérprete de poemas. Un profesional capaz de desentrañar qué sentimiento o circunstancia motivaron unos versos aglutinados en un poema. No sólo le podrías contratar para que te cuente lo que significan las metáforas del último poemario de Luna de Miguel (os juro que ha sido el primer nombre que se me ha venido a la mente y os juro que ha sido con el “de”, ya no tengo arreglo), o de cualquier otro poeta, que hacen que te sientas un estúpido iletrado cuando los lees en el tren o antes de acostarte. Le puedes dar también el poema que acaba de colgar la chica que te gusta en su blog y el intérprete te manda un breve pero fiable informe: “se siente desorientada porque acaba de empezar la carrera”, “está cachonda pero no es por ti”, “escribe con miedo porque acaba de imaginarse que será mayor y será madre”, y con esa información tú ya harías lo que te pareciese. O para desenmascarar los sentimientos de la persona que odias, o quien sea. Incluso podrías darle versos escritos por ti mismo y él decirte qué era lo que de verdad te hizo agarrar papel y lápiz. Todo con absoluta fiabilidad, sin autoengaños, sólo la pura verdad de tu alma, hasta tal punto que, en cierta manera, sería su breve informe sobre tu poema el poema que hubieses escrito si supieses escribir. Mil utilidades y motivos hay para querer contratar al intérprete de poemas.

Luna (de) Miguel

Creía haber dado con una falla en mi cerebro (otra más), una especie de bug en mi sistema operativo, que me impide aprenderme el nombre de Luna Miguel con tranquilidad, tal cual, sino que me obliga, siempre que la nombro o pienso su nombre, a añadirle un “de” que antecede a su apellido. Luna Miguel es una conocida, joven, poeta española. No tan conocida porque tenga muchos lectores, porque ni Dios lee poesía, sino por la popularidad que se ha sabido labrar en las redes desde hace bastantes años ya, a base de la exposición de su persona/figura/imagen. El caso es que anoche me encontraba en un pequeño grupo de gente y empezamos a hablar de Luna, ya digo, no porque la leamos, ni porque seamos especialmente maliciosos, sino porque de Luna toca hablar de vez en cuando. Luna es la única referencia sobre poesía joven española que tiene el gran público, y así como hace un par de años hablábamos de Podemos para hacer como que estábamos al día de política, así se sigue hablando de Luna: para mostrarnos menos ignorantes, que es lo mismo que para reunirnos y tocarnos en nuestra ignorancia. De Luna no se habla ni bien ni mal, se dice lo que cada uno sabe, que es lo mismo que sabe el resto, y se da la conversación sobre poesía española joven por terminada. Pero resulta que de las seis personas que ahí estábamos nadie mencionaba a Luna Miguel sino a Luna DE Miguel. Yo escuchaba, “Luna de Miguel esto”, “Luna de Miguel lo otro”. Así que me quedé bastante silencioso, intentando recordar si la falla en mi cabeza consistía en que le añadía a Luna un “de”, o en que se lo quitaba. Estaba tan confuso, que ahora incluso tengo la duda de si no me lo estaría imaginando, pero en verdad os digo que tampoco había bebido tanta cerveza. Cuando por alusiones (cómo nos mola esta expresión últimamente) no me quedó otra que intervenir en la conversación, preferí hablar de Luna, a secas, pues ya no sabía cómo se apellidaba de verdad Luna ni cómo la suelo llamar yo. Decidí aplazar la resolución del enigma al día siguiente. El día siguiente es hoy y, efectivamente, Luna Miguel se llama Luna Miguel. Esto, claro, es una mierda de hallazgo. Pero no lo es el hecho de que mi gotera cerebral no sea algo particular, sino al contrario, algo común que sufro al igual que muchas otras personas. He pensado que tal vez se deba a algún nombre muy conocido, de persona o de lugar, que se apellide “de Miguel”, pero lo más cercano que he encontrado es la barba blanca de Miguel de Unamuno. La coincidencia es tan frágil que no me parece suficiente para explicar esta extraña confusión, así que acabo admitiendo que sus padres, al nombrarla, dieron con una tecla defectuosa que hay en nuestra memoria, en una exhibición de un talento cercano, pero invertido, al que tienen esos músicos capaces de componer canciones pegadizas sin parar. Pues si somos incapaces de sacarnos de la cabeza esa canción pegadiza que sólo hemos escuchado una vez, también somos incapaces de sacar de nuestra cabeza ese “de” de Luna, así lo hayamos imaginado una sola vez.

La sospecha sobre el intelectual

En esta entrevista, el profesor Sebastián Faaber habla con el también catedrático Pablo Sánchez León sobre la comunidad intelectual, en especial historiadiores, que surgió con la Transición, o régimen del 78, que lleva tres décadas dedicando sus actividades a perpetuar este régimen, que, a su vez, los ha perpetuado a ellos en un lugar privilegiado en todos los ámbitos: académico, mediático, intelectual y cultural. Este grupo, posicionado en la izquierda ideológica durante el régimen franquista, se convierte ahora en una especie de monolito, conservador y anticuado, que está impidiendo la regeneración de las ideas de la opinión pública como lo han hecho en el entorno académico desde los 80. Según el entrevistado, ellos han tenido siempre “la primera palabra, la última y la de en medio”.

La entrevista es muy interesante y, por su dureza, ha generado cierto revuelo. Santos Juliá, que es nombrado en la entrevista y señalado como uno de los seres más malos que integran ese “monolito intelectual”, mandó una carta, bastante triste, en la que se queja del trato recibido y responde a los agravios con mucha ironía y sin ninguna argumentación. Al mismo tiempo, otras cartas estaban llegando a la redacción o consejo editorial de CTXT, quejándose de que la entrevista sirve de mera excusa para atacar a las personas que han formado esa comunidad intelectual (aparte de Juliá, también se menciona a Elorza y Savater) sin siquiera mencionar sus obras o carreras. El consejo editorial se reunió y finalmente se decidieron por lanzar a Soledad Gallego-Díaz a la palestra a decir que ella, personalmente, editaría parte de la entrevista, pero que eso no va a pasar.

Todo esto es tan excitante que me he animado a escribir mi propio comentario y soltaros las ideas que me ha suscitado el testimonio de Sánchez León, como si de una respuesta de selectividad se tratase.

Son tres los puntos que articula Sánchez León en su discurso. 1) El hecho de que esa generación de profesores, intelectuales, pesadores en general, copase durante los ochenta los puestos de la Universidades expañolas, entonces en “expansión”, que no “democratización”, para que luego, de golpe y porrazo, la Universidad se cerrase a las nuevas generaciones de profesores, que han tenido que sobrevivir con las becas de investigación. El propio Sánchez León como ejemplo. 2) Estas personas no sólo no han dado relevo a sus colegas jóvenes en las cátedras, sino que tampoco han dialogado con ellos. Sus ideas (difundidas a través de los medios del grupo PRISA) eran dominio exlusivo de sus autores, por lo que se ha originado un hecho singular, y es que no ha habido herencia ideológica con las nuevas generaciones de pensadores, profesores, historiadores etc. 3) En parte consecuencia de los dos puntos anteriores, esta comunidad monolítica ha realizado un daño grande e invisible en España en general, y en la izquierda en particular. Sus relatos de cosas como la Transición, la Guerra Civil, o las nuevas derivas de la izquierda política no son acertados. Desgraciadamente son los relatos que comparte una gran parte de la opinión pública, dado que no había más donde elegir.

En cuanto al primer punto, un lector como yo, desinformado del funcionamiento de las Universidades españolas durante la democracia, se sorprende y alarma de que haya sucedido una cosa así. La sociedad no puede permitirse una Universidad anquilosada, que sirva de espacio para una parte privilegiada del profesorado. La Universidad debe mantenerse renovada de forma permanente, permitiendo que la vieja guardia intelecutal cumpla su papel, que es dar forma y ceder el protagonismo a los nuevos docentes. De otra manera, cuando las nuevas generaciones de profesores lleguen a la Universidad (inevitable, porque la gente muere, sabes), barrerán con todo lo anterior: funcionamiento, personal, departamentos, escuelas de pensamiento etc.

En el punto dos comienzan mis disidencias con las ideas de Sánchez. Los intelectuales del 78 no han creado escuela, no han hecho herencia, no han transmitido. Para que lo entendamos, pone un ejemplo de la situación muy bueno: que estas personas se han rodeado de personal mediocre, para que no les hiciese sombra. Pero más allá de esto, no entiendo que se pueda hacer de un pensamiento un cortijo. ¿Acaso no han estado ahí todos los libros, ensayos, tesinas y artículos de este “cártel” para que cualquier otro los leyese? ¿Acaso los nuevos profesores e historiadores no han escrito sus propias ideas pudiendo rechazar o aceptar, o modificar, las ideas y los principios de la generación anterior? ¿Entonces, qué hay que hacer para hacer escuela?

Este es el punto donde las palabras del entrevistado se pueden volver en su contra. Porque el corazón de las críticas de Sánchez sobre los intelectuales del 78 es esta razón: “como intelectuales no han sido, en realidad, ni honestos ni sinceros. En estos tiempos tienes que hacer un poco de psicoanálisis para saber qué es lo que te motiva, y ese poco de autoconocimiento no tienen”. Ese psicoanálisis, aplicado sobre Sánchez, no elimina la sospecha de que si él se ha desentendido del ideario de estas personas es porque no se ha sentido arropado o animado por ellos, y no por un desacuerdo sincero con estas ideas. Esto sería sustituir la honestidad como motivación por el interés. Es decir, continuar los vicios que precisamente se están denunciando.

En cuanto al tercer punto, es donde el lector más puede meterse a desbarrar, pues el que más o el que menos se asoma a de vez en cuando a EL PAÍS y se lee alguna tribuna. Sánchez León defiende que la vieja comunidad intelectual más que liderar, ha secuestrado la opinión del centro-izquierda y desorientado el de la izquierda. Que se han instalado en una hegemonía que tiene poco que ver con el compromiso con el futuro del país y mucho con el mantenimento a ultranza de un sistema. Una hegemonía que pierde los estribos y patalea, ahora que están cambiando las cosas, especialmente por la llegada de Podemos. Le gotea el colmillo a Sánchez León que no veas.

Me pregunto cuán sencillo es adueñarse de la opinón pública. Dónde termina la responsabilidad del que impone a los demás lealtad a sus valores ideológicos y dónde empieza la del que la acata. No es una violación, no es un asesinato, estamos hablando de pensamiento, y de personas libres y críticas (al menos es lo que se espera de un catedrático), que pueden adherirse o no, a ese pensamiento. De hecho es su obligación.

Dice el entrevistado: “yo tengo ahora compañeros que son hasta diputados de Podemos, que pertenecen a mi generación, y que han dicho hace menos de diez años: “yo es que me siento un socialdemócrata”. Porque no te quedaba otra. Sabías que el tronco central de la democracia española, y del Estado social, incluso de la izquierda, era la socialdemocracia que representa el Partido Socialista. Es una constatación, no es una valoración”. ¿Dónde ha quedado el psicoanálisis ahora? ¿Por qué durante toda la entrevista se está atacando a un grupo de intelectuales por mantenerse con y para el poder, y estos compañeros anónimos son víctimas? ¿No se puede interpretar que estar hace diez años con el PSOE y ahora con Podemos es un arrime en toda regla al poder? No me supone un gran esfuerzo imaginarlo así.

Me centraré en la figura de Savater, porque es la que menos desconozco de las tres que se nombran. Por un lado, aunque esto es una valoración totalmente personal, creo que las tribunas que aún publica contienen puntos de vista e ideas provechosas (llamadme conservador). Y lo que es más importante, no son argumentos que requieran la adhesión total del lector. Se puede estar en acuerdo con sólo parte de lo que dice. No encuentro en él una voluntad inmovilista, de amarrar como sea el curso de los tiempos.

Por otro lado, si este cártel se ha afanado y se afana por mantener la supremacía del régimen del 78, y ése régimen ha estado dominado políticamente por el bipartidismo, en el que ellos, desde su papel intelectual, realizaban la parte que les tocaba respaldando al PSOE, no tenemos en Savater un gran ejemplo: alguien involucrado desde los inicios a UPYD, el único partido en mucho tiempo que nacía con la pretensión explícita de romper el juego bipartidista, y que, tema nacionalismos aparte, se solapaba ideológicamente con el PSOE. No cabe decir que era una empresa segura. Todo lo contrario. No aparecieron en tiempos convulsos (aunque se adelantaron por poco), no tenían presencia mediática. Y, a pesar de que su final está siendo muy trise y alargado, hasta hace bien poco Savater ha seguido escribendo sobre UPYD en primera persona del plural.

Cuanto más me salgo del ámbito estrictamente universitario más objeciones me asaltan contra lo que dice Sánchez León. No le niego la mayor (no podría, estoy comentando como mero lector, pero asumo que su conocimiento del panorama intelectual e ideológico es mucho mayor que el mío): seguramente estemos hablando de una élite intelectual que ha gozado de una hegemonía durante casi tres décadas cuyo efecto negativo han sufrido las nuevas generaciones de profesores, y la sociedad en general, que ha visto reducido y simplificados el número de relatos ideológicos e históricos a los que podía acceder. Seguramente esta élite se haya identificado excesivamente con el PSOE.

Pero ningún partido tan identificado con el ámbito universitario y académico como Podemos, al que el entrevistado trata con evidente preferencia. Si los profesores identificados con el PSOE han hecho la vida imposible a las nuevas generaciones de investigadores, qué podremos esperar de los profesores que son Podemos, si este alcanza el poder que ha tenido el PSOE en las pasadas décadas. Esperemos que posean ese poco de “autoconocimiento” cuya falta, según el historiador, ha impedido a los decrépitos intelectuales obrar con honradez.

Por último, quería destacar la gran contradicción que encierra denunciar el secuestro de un ideario, y a la vez, al término de la entrevista, lanzar la idea de que los nuevos historiadores deberían ser sometidos a un cásting ideologico-deontológico para acceder a la comunidad investigadora.

Disculpen la extensión y la seriedad.