Reflexiones

Un nieto escritor y otro tímido

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Juan Soto Ivars y su libro. Esquema.

El pasado jueves fui a la presentación del libro Un abuelo rojo y otro abuelo facha de Juan Soto Ivars. Se reunían los tres columnistas que más sigo ahora mismo, pues a Juan le acompañaban Jorge Bustos y David Torres. La cita era imprescindible. El lugar era Tipos Infames, y mucha gente pensó como yo que no podía perderse la velada, pues Tipos Infames se llenó

Torres y Bustos (Torres y Bustos, ahí hay un título para algo, quizá un programa para La2) elogiaron la novela-ensayo, e Ivars se esforzó, el pobre, por espoilearse a sí mismo, no sé si conscientemente. Ivars tiene mucha gracia, el jodío, más incluso de la que te imaginas cuando lees sus columnas. Desempeña con soltura el papel de payasete, instintivamente, cabría decir. En eso hasta sentí que nos parecemos. Y también en la tendencia a usar como cebo la falsa modestia. Esa falsa modestia con que comparte sus columnas en FB “por si no tenéis nada mejor que hacer”, que tú piensas, venga tontorrón, si sabes que te voy a leer.

La conversación sobre el libro era un poco liosa, iba y venía, saltaba de Podemos a Rajoy, de Rajoy a Cataluña y de ahí, por supuesto, a Franco, la Guerra Civil y Twitter. Vamos que no me estaba enterado de una mierda, pero me estaba echando unas risas. Felizmente, hacia el final, alguien preguntó ¿el libro de qué va?, y Juan, haciendo un encomiable esfuerzo glandular para evitar sudar chorretones, entendió que era el momento de hablar de sus abuelos. Entonces no me reí tanto.

Cuando terminó la charla y la gente se levantó de sus sillas me sentí muy incómodo, porque había ido solo y la gente allí parecía conocerse muy bien y trabajar en suplementos culturales o cosas por el estilo. De pronto la situación no me molaba un cacho. El ambiente era muy interesante, pero no sabía qué hacer. Al principio de la charla había visto a cierto escritor al que pensaba ir y decirle, soy fan, así sin dignidad alguna, pero se lo había tragado la tierra.

Un chico recogió las sillas súper rápido. Di unos pasos inseguros por la sala. La gente hacía cola para que Juan les firmara un ejemplar del libro, otros compraban cervezas como cabrones y otros salían a la calle, espoleados por las ganas de fumar. Intimidado me sentía, con mi mochila Reebok colgada al hombro. Supe que no iba a poder iniciar una conversación con ningún grupo de desconocidos que allí había. No iba a comprar el libro porque es un lujo que mi economía no me permite, no iba a pedir una cerveza porque no tenía suelto y no iba a salir a fumar porque no fumo. Sólo los tímidos nos preocupamos en encontrar excusas para hablar con un desconocido.

Gané un poco de tiempo ojeando las estanterías de libros giratorias. Dicen que la gente solitaria puede resultar muy interesante, pero yo no me sentía nada guay mirando el precio de La regenta, edición Random House. Pero, ¿si no iba a habar con nadie, comprar el libro ni tomar nada, para qué estaba ganando tiempo? Estaba ganando tiempo porque me apetecía mucho decirle a Juan Soto Ivars una cosa. Quería contarle, de payasete a payasete, lo suertudo que era por haber tenido la posibilidad de conocer a sus abuelos y lo jodidamente bien que me parecía que había hecho escuchándoles tanto y tan atentamente y luego haber escrito un libro hablando de ellos, de su vida y de España. Porque yo, le quería contar, tengo el bagaje contrario: tuve dos abuelos que murieron mucho antes de que yo naciese (luego, ahora me doy cuenta, nunca los tuve, o al menos los tengo ahora tanto como cuando nací). Dos hombres a los que hubiese sido imposible adscribir a ninguna ideología, si acaso al analfabetismo, y que en lo más que se parecían a los suyos era en lo de haber currado como perros.

Y sin embargo, todo esto me acerca, creo, a Ivars, en el sentido en que ambos reconocemos que nuestros abuelos han configurado parte de nuestra personalidad (él por tenerlos cerca y yo por no haberlos tenido nunca). Esto puede resultar obvio para otras personas, pero para mí fue un descubrimiento casi reciente. Y no me cuesta imaginar a un Soto Ivars sorprendido al descubrir que no podía entender España (y su trabajo exige que lo intente) sin recurrir a sus abuelos, sin incrustar su imaginación y su entendimiento en sus historias.

No invento nada si os digo que se puede echar de menos lo que nunca se tuvo, por eso hasta me sentía tentado de decirle que, si había escrito un libro con un título semejante porque los echaba de menos, le entendía. Yo también lo hubiese hecho si supiese escribir.

Nunca sabremos qué cara me hubiese puesto Soto (no sé cómo nombrar a este tío, si Juan, si Soto, si Ivars o todo ello) porque había mucha gente haciendo cola para que le firmase el libro, por lo menos a mí me parecía mucha gente, la fila cruzaba toda la librería y no parecía avanzar. Así que salí de Tipos Infames y muy lentamente abandoné el lugar, casi sin creerme que no iba a intentar hablar con alguno de esos grupos entre los que a lo mejor había alguien que me consiguiese curro, o una chica cultureta, una chica interesante de pelo negro de esas que a veces también van solas a ver cine VOSE. Y reprimiendo las ganas de darme la vuelta y correr en pos de Torres o Bustos para darles la mano y decirles joder qué bien escribís, yo quiero escribir como vosotros, o en pos de algún círculo de esos y pedir oficialmente adopción social durante una hora, doblé la esquina y puse rumbo al tren.

Una vez en la estación me pregunté por qué mierdas sentía tanto irme de allí, qué estúpido afán me había quedado sin resolver. No pensé que el único noble motivo por el que podía haber ido era echar de menos a mis abuelos, a los que nunca oí, oyendo a otro hablar de los suyos. Y que si así era, bien estaba volver ya a casa.

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Brevas

Pienso en que cada vez que se intenta visualizar o promocionar la literatura, la lectura, los libros en general, están consiguiendo alejarnos de ello, porque la literatura, la lectura, los libros en general, no es más que una persona, sola y en silencio, dedicando su tiempo a pasar páginas que lee, y eso tiene poco que ver con que el Retiro se llene unas semanas al año de casetas llenas de libros, con que tal bar haga jams poéticas los jueves, o con que un chaval nos cuente por Youtube su Top5 de mejores libros. Mientras no haya un aumento cualitativo y cuantitativo de personas que deciden quedarse solas en su habitación con un libro hasta terminarlo, la literatura, la lectura, la cosa de los libros no mejorará nunca, por mucha promoción visual, urbana, nocturna y chachi que nos inventemos.

Los estambulitas no dejaban salir antes de entrar a las puertas del metro, ni dejaban un espacio a la izquierda para que la gente con prisas pudiese subir andando las escaleras mecánicas. Mal. Los estambulitas entraban en manada en los autobuses y una vez dentro, cuando el autobús arrancaba hasta los topes, iban pasándose de mano en mano los akbil (cacharro que se utilizaba como monedero electrónico para pagar el transporte público de la ciudad) para que todos pagasen. Y yo no lo entendía, que los mismos estambulitas que un día eran tan mal educados para no dejarte salir del metro tranquilamente, tuviesen en otro momento tanto sentido de la responsabilidad ciudadana como para pagar un viaje en un autobús en el que ya se habían metido sin pagar. Ni que decir tiene que nunca un akbil de esos que pasaban por una veintena de manos desconocidas se extraviaba.

En realidad, no entiendo que alguien pueda reducir el carácter de un pueblo a dos o tres (o uno solo) rasgos. Pues sin ir más lejos, de los españoles hay quienes dicen que somos unos fiesteros; otros nos describen como antipáticos, rancios. Y ambas cosas, siendo contradictorias, son ciertas. En este país nunca sabes, al montarte en un taxi o pedir un café, si el camarero o el taxista te va a devolver el saludo o te va a contar su vida (o peor, pretender que le cuentes la tuya).

 Nueva, futura o inminente profesión: intérprete de poemas. Un profesional capaz de desentrañar qué sentimiento o circunstancia motivaron unos versos aglutinados en un poema. No sólo le podrías contratar para que te cuente lo que significan las metáforas del último poemario de Luna de Miguel (os juro que ha sido el primer nombre que se me ha venido a la mente y os juro que ha sido con el “de”, ya no tengo arreglo), o de cualquier otro poeta, que hacen que te sientas un estúpido iletrado cuando los lees en el tren o antes de acostarte. Le puedes dar también el poema que acaba de colgar la chica que te gusta en su blog y el intérprete te manda un breve pero fiable informe: “se siente desorientada porque acaba de empezar la carrera”, “está cachonda pero no es por ti”, “escribe con miedo porque acaba de imaginarse que será mayor y será madre”, y con esa información tú ya harías lo que te pareciese. O para desenmascarar los sentimientos de la persona que odias, o quien sea. Incluso podrías darle versos escritos por ti mismo y él decirte qué era lo que de verdad te hizo agarrar papel y lápiz. Todo con absoluta fiabilidad, sin autoengaños, sólo la pura verdad de tu alma, hasta tal punto que, en cierta manera, sería su breve informe sobre tu poema el poema que hubieses escrito si supieses escribir. Mil utilidades y motivos hay para querer contratar al intérprete de poemas.

Luna (de) Miguel

Creía haber dado con una falla en mi cerebro (otra más), una especie de bug en mi sistema operativo, que me impide aprenderme el nombre de Luna Miguel con tranquilidad, tal cual, sino que me obliga, siempre que la nombro o pienso su nombre, a añadirle un “de” que antecede a su apellido. Luna Miguel es una conocida, joven, poeta española. No tan conocida porque tenga muchos lectores, porque ni Dios lee poesía, sino por la popularidad que se ha sabido labrar en las redes desde hace bastantes años ya, a base de la exposición de su persona/figura/imagen. El caso es que anoche me encontraba en un pequeño grupo de gente y empezamos a hablar de Luna, ya digo, no porque la leamos, ni porque seamos especialmente maliciosos, sino porque de Luna toca hablar de vez en cuando. Luna es la única referencia sobre poesía joven española que tiene el gran público, y así como hace un par de años hablábamos de Podemos para hacer como que estábamos al día de política, así se sigue hablando de Luna: para mostrarnos menos ignorantes, que es lo mismo que para reunirnos y tocarnos en nuestra ignorancia. De Luna no se habla ni bien ni mal, se dice lo que cada uno sabe, que es lo mismo que sabe el resto, y se da la conversación sobre poesía española joven por terminada. Pero resulta que de las seis personas que ahí estábamos nadie mencionaba a Luna Miguel sino a Luna DE Miguel. Yo escuchaba, “Luna de Miguel esto”, “Luna de Miguel lo otro”. Así que me quedé bastante silencioso, intentando recordar si la falla en mi cabeza consistía en que le añadía a Luna un “de”, o en que se lo quitaba. Estaba tan confuso, que ahora incluso tengo la duda de si no me lo estaría imaginando, pero en verdad os digo que tampoco había bebido tanta cerveza. Cuando por alusiones (cómo nos mola esta expresión últimamente) no me quedó otra que intervenir en la conversación, preferí hablar de Luna, a secas, pues ya no sabía cómo se apellidaba de verdad Luna ni cómo la suelo llamar yo. Decidí aplazar la resolución del enigma al día siguiente. El día siguiente es hoy y, efectivamente, Luna Miguel se llama Luna Miguel. Esto, claro, es una mierda de hallazgo. Pero no lo es el hecho de que mi gotera cerebral no sea algo particular, sino al contrario, algo común que sufro al igual que muchas otras personas. He pensado que tal vez se deba a algún nombre muy conocido, de persona o de lugar, que se apellide “de Miguel”, pero lo más cercano que he encontrado es la barba blanca de Miguel de Unamuno. La coincidencia es tan frágil que no me parece suficiente para explicar esta extraña confusión, así que acabo admitiendo que sus padres, al nombrarla, dieron con una tecla defectuosa que hay en nuestra memoria, en una exhibición de un talento cercano, pero invertido, al que tienen esos músicos capaces de componer canciones pegadizas sin parar. Pues si somos incapaces de sacarnos de la cabeza esa canción pegadiza que sólo hemos escuchado una vez, también somos incapaces de sacar de nuestra cabeza ese “de” de Luna, así lo hayamos imaginado una sola vez.

La sospecha sobre el intelectual

En esta entrevista, el profesor Sebastián Faaber habla con el también catedrático Pablo Sánchez León sobre la comunidad intelectual, en especial historiadiores, que surgió con la Transición, o régimen del 78, que lleva tres décadas dedicando sus actividades a perpetuar este régimen, que, a su vez, los ha perpetuado a ellos en un lugar privilegiado en todos los ámbitos: académico, mediático, intelectual y cultural. Este grupo, posicionado en la izquierda ideológica durante el régimen franquista, se convierte ahora en una especie de monolito, conservador y anticuado, que está impidiendo la regeneración de las ideas de la opinión pública como lo han hecho en el entorno académico desde los 80. Según el entrevistado, ellos han tenido siempre “la primera palabra, la última y la de en medio”.

La entrevista es muy interesante y, por su dureza, ha generado cierto revuelo. Santos Juliá, que es nombrado en la entrevista y señalado como uno de los seres más malos que integran ese “monolito intelectual”, mandó una carta, bastante triste, en la que se queja del trato recibido y responde a los agravios con mucha ironía y sin ninguna argumentación. Al mismo tiempo, otras cartas estaban llegando a la redacción o consejo editorial de CTXT, quejándose de que la entrevista sirve de mera excusa para atacar a las personas que han formado esa comunidad intelectual (aparte de Juliá, también se menciona a Elorza y Savater) sin siquiera mencionar sus obras o carreras. El consejo editorial se reunió y finalmente se decidieron por lanzar a Soledad Gallego-Díaz a la palestra a decir que ella, personalmente, editaría parte de la entrevista, pero que eso no va a pasar.

Todo esto es tan excitante que me he animado a escribir mi propio comentario y soltaros las ideas que me ha suscitado el testimonio de Sánchez León, como si de una respuesta de selectividad se tratase.

Son tres los puntos que articula Sánchez León en su discurso. 1) El hecho de que esa generación de profesores, intelectuales, pesadores en general, copase durante los ochenta los puestos de la Universidades expañolas, entonces en “expansión”, que no “democratización”, para que luego, de golpe y porrazo, la Universidad se cerrase a las nuevas generaciones de profesores, que han tenido que sobrevivir con las becas de investigación. El propio Sánchez León como ejemplo. 2) Estas personas no sólo no han dado relevo a sus colegas jóvenes en las cátedras, sino que tampoco han dialogado con ellos. Sus ideas (difundidas a través de los medios del grupo PRISA) eran dominio exlusivo de sus autores, por lo que se ha originado un hecho singular, y es que no ha habido herencia ideológica con las nuevas generaciones de pensadores, profesores, historiadores etc. 3) En parte consecuencia de los dos puntos anteriores, esta comunidad monolítica ha realizado un daño grande e invisible en España en general, y en la izquierda en particular. Sus relatos de cosas como la Transición, la Guerra Civil, o las nuevas derivas de la izquierda política no son acertados. Desgraciadamente son los relatos que comparte una gran parte de la opinión pública, dado que no había más donde elegir.

En cuanto al primer punto, un lector como yo, desinformado del funcionamiento de las Universidades españolas durante la democracia, se sorprende y alarma de que haya sucedido una cosa así. La sociedad no puede permitirse una Universidad anquilosada, que sirva de espacio para una parte privilegiada del profesorado. La Universidad debe mantenerse renovada de forma permanente, permitiendo que la vieja guardia intelecutal cumpla su papel, que es dar forma y ceder el protagonismo a los nuevos docentes. De otra manera, cuando las nuevas generaciones de profesores lleguen a la Universidad (inevitable, porque la gente muere, sabes), barrerán con todo lo anterior: funcionamiento, personal, departamentos, escuelas de pensamiento etc.

En el punto dos comienzan mis disidencias con las ideas de Sánchez. Los intelectuales del 78 no han creado escuela, no han hecho herencia, no han transmitido. Para que lo entendamos, pone un ejemplo de la situación muy bueno: que estas personas se han rodeado de personal mediocre, para que no les hiciese sombra. Pero más allá de esto, no entiendo que se pueda hacer de un pensamiento un cortijo. ¿Acaso no han estado ahí todos los libros, ensayos, tesinas y artículos de este “cártel” para que cualquier otro los leyese? ¿Acaso los nuevos profesores e historiadores no han escrito sus propias ideas pudiendo rechazar o aceptar, o modificar, las ideas y los principios de la generación anterior? ¿Entonces, qué hay que hacer para hacer escuela?

Este es el punto donde las palabras del entrevistado se pueden volver en su contra. Porque el corazón de las críticas de Sánchez sobre los intelectuales del 78 es esta razón: “como intelectuales no han sido, en realidad, ni honestos ni sinceros. En estos tiempos tienes que hacer un poco de psicoanálisis para saber qué es lo que te motiva, y ese poco de autoconocimiento no tienen”. Ese psicoanálisis, aplicado sobre Sánchez, no elimina la sospecha de que si él se ha desentendido del ideario de estas personas es porque no se ha sentido arropado o animado por ellos, y no por un desacuerdo sincero con estas ideas. Esto sería sustituir la honestidad como motivación por el interés. Es decir, continuar los vicios que precisamente se están denunciando.

En cuanto al tercer punto, es donde el lector más puede meterse a desbarrar, pues el que más o el que menos se asoma a de vez en cuando a EL PAÍS y se lee alguna tribuna. Sánchez León defiende que la vieja comunidad intelectual más que liderar, ha secuestrado la opinión del centro-izquierda y desorientado el de la izquierda. Que se han instalado en una hegemonía que tiene poco que ver con el compromiso con el futuro del país y mucho con el mantenimento a ultranza de un sistema. Una hegemonía que pierde los estribos y patalea, ahora que están cambiando las cosas, especialmente por la llegada de Podemos. Le gotea el colmillo a Sánchez León que no veas.

Me pregunto cuán sencillo es adueñarse de la opinón pública. Dónde termina la responsabilidad del que impone a los demás lealtad a sus valores ideológicos y dónde empieza la del que la acata. No es una violación, no es un asesinato, estamos hablando de pensamiento, y de personas libres y críticas (al menos es lo que se espera de un catedrático), que pueden adherirse o no, a ese pensamiento. De hecho es su obligación.

Dice el entrevistado: “yo tengo ahora compañeros que son hasta diputados de Podemos, que pertenecen a mi generación, y que han dicho hace menos de diez años: “yo es que me siento un socialdemócrata”. Porque no te quedaba otra. Sabías que el tronco central de la democracia española, y del Estado social, incluso de la izquierda, era la socialdemocracia que representa el Partido Socialista. Es una constatación, no es una valoración”. ¿Dónde ha quedado el psicoanálisis ahora? ¿Por qué durante toda la entrevista se está atacando a un grupo de intelectuales por mantenerse con y para el poder, y estos compañeros anónimos son víctimas? ¿No se puede interpretar que estar hace diez años con el PSOE y ahora con Podemos es un arrime en toda regla al poder? No me supone un gran esfuerzo imaginarlo así.

Me centraré en la figura de Savater, porque es la que menos desconozco de las tres que se nombran. Por un lado, aunque esto es una valoración totalmente personal, creo que las tribunas que aún publica contienen puntos de vista e ideas provechosas (llamadme conservador). Y lo que es más importante, no son argumentos que requieran la adhesión total del lector. Se puede estar en acuerdo con sólo parte de lo que dice. No encuentro en él una voluntad inmovilista, de amarrar como sea el curso de los tiempos.

Por otro lado, si este cártel se ha afanado y se afana por mantener la supremacía del régimen del 78, y ése régimen ha estado dominado políticamente por el bipartidismo, en el que ellos, desde su papel intelectual, realizaban la parte que les tocaba respaldando al PSOE, no tenemos en Savater un gran ejemplo: alguien involucrado desde los inicios a UPYD, el único partido en mucho tiempo que nacía con la pretensión explícita de romper el juego bipartidista, y que, tema nacionalismos aparte, se solapaba ideológicamente con el PSOE. No cabe decir que era una empresa segura. Todo lo contrario. No aparecieron en tiempos convulsos (aunque se adelantaron por poco), no tenían presencia mediática. Y, a pesar de que su final está siendo muy trise y alargado, hasta hace bien poco Savater ha seguido escribendo sobre UPYD en primera persona del plural.

Cuanto más me salgo del ámbito estrictamente universitario más objeciones me asaltan contra lo que dice Sánchez León. No le niego la mayor (no podría, estoy comentando como mero lector, pero asumo que su conocimiento del panorama intelectual e ideológico es mucho mayor que el mío): seguramente estemos hablando de una élite intelectual que ha gozado de una hegemonía durante casi tres décadas cuyo efecto negativo han sufrido las nuevas generaciones de profesores, y la sociedad en general, que ha visto reducido y simplificados el número de relatos ideológicos e históricos a los que podía acceder. Seguramente esta élite se haya identificado excesivamente con el PSOE.

Pero ningún partido tan identificado con el ámbito universitario y académico como Podemos, al que el entrevistado trata con evidente preferencia. Si los profesores identificados con el PSOE han hecho la vida imposible a las nuevas generaciones de investigadores, qué podremos esperar de los profesores que son Podemos, si este alcanza el poder que ha tenido el PSOE en las pasadas décadas. Esperemos que posean ese poco de “autoconocimiento” cuya falta, según el historiador, ha impedido a los decrépitos intelectuales obrar con honradez.

Por último, quería destacar la gran contradicción que encierra denunciar el secuestro de un ideario, y a la vez, al término de la entrevista, lanzar la idea de que los nuevos historiadores deberían ser sometidos a un cásting ideologico-deontológico para acceder a la comunidad investigadora.

Disculpen la extensión y la seriedad.

En la repetición me hallaréis (panegírico a Iker Casillas)

Si la selección española de fútbol tiene una estrella en su camiseta es gracias a la estrella que siempre acompañó a Iker y le permitió parar el balón de Robben en el minuto 62. Ésa es casi con seguridad la parada más importante en la carrera de Casillas. Sin embargo, la que más me impresionó a mí fue la que realizó en el Sánchez Pizjuan frente a un Perotti que creía, como creíamos todos, que disparaba a puerta vacía.

Ningún ojo vio en directo lo que había hecho Iker. Puede que fuese el único momento en la historia de la televisión en que la repetición sirviese para ver algo por primera vez. Más que una parada, fue un disloque en el transcurso del tiempo, como si en esa carrerilla que hace de un palo a otro Iker corriese un milímetro hacia atrás la cinta del tiempo. Por un instante el balón ya había sido gol, las gradas ya habían estallado, los espectadores merengues nos lamentábamos, los jugadores del banquillo del Sevilla ya habían salido con los brazos en alto.

Las paradas de Iker eran así, imposibles, no por la dificultad en sí, sino porque paraba balones que, leyes temporales en mano, ya habían sido gol. Por eso dejamos de llamarlas paradas y empezamos a llamarlas milagros. Y a él, santo, o Dios. Lo que quería decir que no sólo admitíamos la existencia de milagros, sino que la admitíamos en una variedad mucho más rica que nuestro léxico.

Jesucristo al andar tocaba el agua, y Casillas tocaba tiempo

Iker Casillas fue el mejor portero del mundo durante muchos años porque mientras el resto de porteros del mundo evitaba goles, él los deshacía. Por eso no había discusión. Por eso no significa nada el dato de que sólo ganase el Zamora una vez. Por eso, porque sabíamos que había que esperar a la repetición para terminar de ver una parada de Casillas por primera vez, no dábamos crédito a que se le acusase de no entrenar duro, de no pasar más tiempo en el gimnasio. No porque no fuese cierto, que podía serlo, sino porque la acusación era absurda. El hombre que salía al campo a correr la cinta del tiempo para salvar al Madrid del cataclismo de un empate en casa no podía entrenarse corriendo sobre la cinta del gimnasio.

Jesucristo al andar tocaba el agua, y Casillas tocaba tiempo. Volvió al Pizjuan una temporada después y realizó una parada muy parecida, a la manera en que Jesucristo volvió a la vida para demostrar que era Jesucristo. Una parada menos vistosa que la anterior; un milagro uno o dos grados por debajo del anterior. Pero es que sólo alguien con tanta familiaridad con los milagros podía graduarlos.

Así fue el jugador que se despide hoy del Real Madrid. Sé feliz en tu nuevo equipo, Iker. Sé que si nos volvemos a cruzar nos harás uno de tus milagros. Nos castigarás con un milagro por los innumerables con que nos salvaste, nos quitarás un gol por los incalculables que nos diste. Y cuando terminemos de ver la repetición y lo entendamos, nos cagaremos en dios. En el otro.

Brevas

1
Pienso que no hay razones para escribir. Que uno escribe porque escribe, sin más, porque es su tendecia natural, por hábito o por vicio. En esto de escribir sucede antes el efecto que la causa: uno primero escribe y luego ya se inventa las razones por las que escribe. Lo digo yo, que no escribo.

2
Al empezar a correr, empezó también a escribir con asiduidad. Pronto tenía miedo de dejar de salir a correr por temor a dejar de escribir; y de dejar de escribir por temor a dejar de salir a correr. Correr y escribir se convirtieron en un motor de dos ruedas cuya energía se retroalimentaba, siendo el movimiento de cada una lo que movía la otra.

3
Esto en sí mismo no tiene por qué ser malo, lo malo es hacerlo pretendiendo ser original, pienso cuando me percato de que cuando converso cada vez utilizo más expresiones hechas, más refranes, más chistes aprendidos de otras personas, citas de libros, tics de otros dialectos. Cada vez busco más el doble sentido, el paralelismo entre frases, la referencia cultural, el retorcimiento del sentido de las palabras, la luxación de la frase. Me percato de que lo hago con cierta querencia de público, de que se graben mis ocurrencias en piedra, papel, o tijera, de que no busco el diálogo sino la conferencia, de que, en resumen, me voy convirtiendo dialecticamente en un gilipollas.

4
El miedo te impide tomar decisiones, y su peor consecuencia se constata cuando, no sintiendo especial miedo, igualmente eres incapaz de tomar una. Porque, tras mucho tiempo sin tomar decisiones, acabas desconociéndote a ti mismo y llega el punto en que no sabes qué harías aun si no te importase tomar la decisión incorrecta.

5
Antes de recordar de qué hablábamos, me acojono durante un segundo al leer el último mensaje de una conversación de Whasap con un amigo. El mensaje lo mandé yo y decía: “Nadie”

La pregunta que no les hice a Jabois, Trueba ni Espada

“Hola, soy Álvaro. Llevamos un buen rato hablando, de forma más o menos explícita, del futuro del periodismo. Me sorprende que nos centremos tanto en cuestiones como las nuevas tecnologías, la relación de los políticos actuales con los ciudadanos y con los medios y la publicidad en Internet, y no se haya dedicado ninguna reflexión sobre las nuevas generaciones que se encargarán de hacer periodismo en las próximas décadas. En este público hay un sector importante de jóvenes, que, apostaría, no estarían aquí si el tema de la charla y del documental fuese el Bosón de Higgs. Me atrevo a aventurar que muchos son, somos, o hemos sido estudiantes de periodismo. Quería preguntaros qué os parece que en España ahora mismo las Universidades estén formando un número de periodistas capaz de cubrir la oferta de trabajo que el sector reúne en toda Europa; y también, si créeis que tiene sentido impartir Periodismo en las Universidades, qué esperáis de los periodistas que vienen, cómo de capacitados creéis que se encuentran. Señor Espada, usted me ha sorprendido hace un momento afirmando que ahora mismo se está realizando mejor periodismo que nunca, tal vez se refiera a la gente joven y pueda contestarme aportando la nota positiva a esta cuestión. Gracias”