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Chiquito, gracias

Ver a Chiquito de la Calzada contando un chiste era de las pocas cosas que conseguían que uno sintiese una tremenda suerte de ser español. Era intraducible y sólo tras una exposición prolongada a su arte se podía alcanzar algo cercano a su comprensión. Por ello ni siquiera otros hispanohablantes, creo, saben muy bien qué es Chiquito.

Todos los países tienen una magia propia, y la de España parecía materializarse en este diminuto ser que hablaba a chispazos de genialidad (hoy decimos magia y pensamos en Isco, fíjense en la decadencia que ha sufrido el término). Su humor venía a ser un orden nuevo de chistes contados a través de una disgregación de palabros inventados, chillidos, narraciones cíclicas y gestos que oscilaban entre el pasmo y la cámara lenta. Era como si la realidad se despiezase, como si Chiquito le bajase los plomos a las categorías que decía Kant que ordenan en nuestra cabeza el mundo caótico en que nos movemos (meter a Chiquito y a Kant en la misma frase debería contar algo).

Los chistes de Chiquito habían de verse y escucharse, no podían reproducirse. De hecho, imitar a Chiquito de la Calzada se convirtió en deporte nacional (quién no lo ha intentado alguna vez) con el efecto paradójico de constatar que era inimitable. Afortunadamente, internet llegó pronto y hoy nos permite volver a verle siempre que queramos, hasta el empacho.

Chiquito de la Calzada alargaba chistes de quince segundos hasta cotas inverosímiles de dos, tres y hasta cuatro minutos. De la misma manera ensanchó nuestra capacidad para para encariñarnos con lo que al principio parecía un producto televisivo más. Prueba de ello es que con su muerte, por un día en este puto país todos hemos sentido la misma pena. Como ha dicho Jabois, Chiquito no nos hacía reír, nos hacía felices. Nos hacía conectar además con algo intrinsecamente nuestro. Decías, ¡jorl!, y el otro te entendía perfectamente.

Con sus andares de pasitos cortos, Chiquito se ha ido. Nunca nos cansaremos de recordar los momentazos que nos regaló. Era cañí y surrealista, calvo y con greñas, marciano pero muy de aquí. Era pequeño. Y muy grande. Era lo que viene siendo un fistro.

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Un nieto escritor y otro tímido

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Juan Soto Ivars y su libro. Esquema.

El pasado jueves fui a la presentación del libro Un abuelo rojo y otro abuelo facha de Juan Soto Ivars. Se reunían los tres columnistas que más sigo ahora mismo, pues a Juan le acompañaban Jorge Bustos y David Torres. La cita era imprescindible. El lugar era Tipos Infames, y mucha gente pensó como yo que no podía perderse la velada, pues Tipos Infames se llenó

Torres y Bustos (Torres y Bustos, ahí hay un título para algo, quizá un programa para La2) elogiaron la novela-ensayo, e Ivars se esforzó, el pobre, por espoilearse a sí mismo, no sé si conscientemente. Ivars tiene mucha gracia, el jodío, más incluso de la que te imaginas cuando lees sus columnas. Desempeña con soltura el papel de payasete, instintivamente, cabría decir. En eso hasta sentí que nos parecemos. Y también en la tendencia a usar como cebo la falsa modestia. Esa falsa modestia con que comparte sus columnas en FB “por si no tenéis nada mejor que hacer”, que tú piensas, venga tontorrón, si sabes que te voy a leer.

La conversación sobre el libro era un poco liosa, iba y venía, saltaba de Podemos a Rajoy, de Rajoy a Cataluña y de ahí, por supuesto, a Franco, la Guerra Civil y Twitter. Vamos que no me estaba enterado de una mierda, pero me estaba echando unas risas. Felizmente, hacia el final, alguien preguntó ¿el libro de qué va?, y Juan, haciendo un encomiable esfuerzo glandular para evitar sudar chorretones, entendió que era el momento de hablar de sus abuelos. Entonces no me reí tanto.

Cuando terminó la charla y la gente se levantó de sus sillas me sentí muy incómodo, porque había ido solo y la gente allí parecía conocerse muy bien y trabajar en suplementos culturales o cosas por el estilo. De pronto la situación no me molaba un cacho. El ambiente era muy interesante, pero no sabía qué hacer. Al principio de la charla había visto a cierto escritor al que pensaba ir y decirle, soy fan, así sin dignidad alguna, pero se lo había tragado la tierra.

Un chico recogió las sillas súper rápido. Di unos pasos inseguros por la sala. La gente hacía cola para que Juan les firmara un ejemplar del libro, otros compraban cervezas como cabrones y otros salían a la calle, espoleados por las ganas de fumar. Intimidado me sentía, con mi mochila Reebok colgada al hombro. Supe que no iba a poder iniciar una conversación con ningún grupo de desconocidos que allí había. No iba a comprar el libro porque es un lujo que mi economía no me permite, no iba a pedir una cerveza porque no tenía suelto y no iba a salir a fumar porque no fumo. Sólo los tímidos nos preocupamos en encontrar excusas para hablar con un desconocido.

Gané un poco de tiempo ojeando las estanterías de libros giratorias. Dicen que la gente solitaria puede resultar muy interesante, pero yo no me sentía nada guay mirando el precio de La regenta, edición Random House. Pero, ¿si no iba a habar con nadie, comprar el libro ni tomar nada, para qué estaba ganando tiempo? Estaba ganando tiempo porque me apetecía mucho decirle a Juan Soto Ivars una cosa. Quería contarle, de payasete a payasete, lo suertudo que era por haber tenido la posibilidad de conocer a sus abuelos y lo jodidamente bien que me parecía que había hecho escuchándoles tanto y tan atentamente y luego haber escrito un libro hablando de ellos, de su vida y de España. Porque yo, le quería contar, tengo el bagaje contrario: tuve dos abuelos que murieron mucho antes de que yo naciese (luego, ahora me doy cuenta, nunca los tuve, o al menos los tengo ahora tanto como cuando nací). Dos hombres a los que hubiese sido imposible adscribir a ninguna ideología, si acaso al analfabetismo, y que en lo más que se parecían a los suyos era en lo de haber currado como perros.

Y sin embargo, todo esto me acerca, creo, a Ivars, en el sentido en que ambos reconocemos que nuestros abuelos han configurado parte de nuestra personalidad (él por tenerlos cerca y yo por no haberlos tenido nunca). Esto puede resultar obvio para otras personas, pero para mí fue un descubrimiento casi reciente. Y no me cuesta imaginar a un Soto Ivars sorprendido al descubrir que no podía entender España (y su trabajo exige que lo intente) sin recurrir a sus abuelos, sin incrustar su imaginación y su entendimiento en sus historias.

No invento nada si os digo que se puede echar de menos lo que nunca se tuvo, por eso hasta me sentía tentado de decirle que, si había escrito un libro con un título semejante porque los echaba de menos, le entendía. Yo también lo hubiese hecho si supiese escribir.

Nunca sabremos qué cara me hubiese puesto Soto (no sé cómo nombrar a este tío, si Juan, si Soto, si Ivars o todo ello) porque había mucha gente haciendo cola para que le firmase el libro, por lo menos a mí me parecía mucha gente, la fila cruzaba toda la librería y no parecía avanzar. Así que salí de Tipos Infames y muy lentamente abandoné el lugar, casi sin creerme que no iba a intentar hablar con alguno de esos grupos entre los que a lo mejor había alguien que me consiguiese curro, o una chica cultureta, una chica interesante de pelo negro de esas que a veces también van solas a ver cine VOSE. Y reprimiendo las ganas de darme la vuelta y correr en pos de Torres o Bustos para darles la mano y decirles joder qué bien escribís, yo quiero escribir como vosotros, o en pos de algún círculo de esos y pedir oficialmente adopción social durante una hora, doblé la esquina y puse rumbo al tren.

Una vez en la estación me pregunté por qué mierdas sentía tanto irme de allí, qué estúpido afán me había quedado sin resolver. No pensé que el único noble motivo por el que podía haber ido era echar de menos a mis abuelos, a los que nunca oí, oyendo a otro hablar de los suyos. Y que si así era, bien estaba volver ya a casa.

Luna (de) Miguel

Creía haber dado con una falla en mi cerebro (otra más), una especie de bug en mi sistema operativo, que me impide aprenderme el nombre de Luna Miguel con tranquilidad, tal cual, sino que me obliga, siempre que la nombro o pienso su nombre, a añadirle un “de” que antecede a su apellido. Luna Miguel es una conocida, joven, poeta española. No tan conocida porque tenga muchos lectores, porque ni Dios lee poesía, sino por la popularidad que se ha sabido labrar en las redes desde hace bastantes años ya, a base de la exposición de su persona/figura/imagen. El caso es que anoche me encontraba en un pequeño grupo de gente y empezamos a hablar de Luna, ya digo, no porque la leamos, ni porque seamos especialmente maliciosos, sino porque de Luna toca hablar de vez en cuando. Luna es la única referencia sobre poesía joven española que tiene el gran público, y así como hace un par de años hablábamos de Podemos para hacer como que estábamos al día de política, así se sigue hablando de Luna: para mostrarnos menos ignorantes, que es lo mismo que para reunirnos y tocarnos en nuestra ignorancia. De Luna no se habla ni bien ni mal, se dice lo que cada uno sabe, que es lo mismo que sabe el resto, y se da la conversación sobre poesía española joven por terminada. Pero resulta que de las seis personas que ahí estábamos nadie mencionaba a Luna Miguel sino a Luna DE Miguel. Yo escuchaba, “Luna de Miguel esto”, “Luna de Miguel lo otro”. Así que me quedé bastante silencioso, intentando recordar si la falla en mi cabeza consistía en que le añadía a Luna un “de”, o en que se lo quitaba. Estaba tan confuso, que ahora incluso tengo la duda de si no me lo estaría imaginando, pero en verdad os digo que tampoco había bebido tanta cerveza. Cuando por alusiones (cómo nos mola esta expresión últimamente) no me quedó otra que intervenir en la conversación, preferí hablar de Luna, a secas, pues ya no sabía cómo se apellidaba de verdad Luna ni cómo la suelo llamar yo. Decidí aplazar la resolución del enigma al día siguiente. El día siguiente es hoy y, efectivamente, Luna Miguel se llama Luna Miguel. Esto, claro, es una mierda de hallazgo. Pero no lo es el hecho de que mi gotera cerebral no sea algo particular, sino al contrario, algo común que sufro al igual que muchas otras personas. He pensado que tal vez se deba a algún nombre muy conocido, de persona o de lugar, que se apellide “de Miguel”, pero lo más cercano que he encontrado es la barba blanca de Miguel de Unamuno. La coincidencia es tan frágil que no me parece suficiente para explicar esta extraña confusión, así que acabo admitiendo que sus padres, al nombrarla, dieron con una tecla defectuosa que hay en nuestra memoria, en una exhibición de un talento cercano, pero invertido, al que tienen esos músicos capaces de componer canciones pegadizas sin parar. Pues si somos incapaces de sacarnos de la cabeza esa canción pegadiza que sólo hemos escuchado una vez, también somos incapaces de sacar de nuestra cabeza ese “de” de Luna, así lo hayamos imaginado una sola vez.

Adiós a Ángel de Andrés

Tenían razón esta mañana cuando decían por la radio que el nombre de Ángel de Andrés no ha quedado impreso en la memoria del público español. Pero su rostro nos emplazaba inmediatamente a una zona del cine y la televisión española familiar, cercana. Ángel de Andrés, el rostro, la voz y los gestos de Ángel de Andrés, nunca pasaba desapercibido, aunque raramente ocupaba posiciones protagonistas.

Pertenecía a la parte del iceberg del espectáculo que permanece bajo el agua. Su nombre no se estampaba en grandes caracteres en los carteles publicitarios y no pisaba alfombras rojas, o, si lo hacía, no le bañaba una lluvia de flashes. Pero estaba ahí, dando sostén y cuerpo a la profesión. Dignificando el arte a base de oficio. Especializándose en los papeles de tipo de barrio, gordo y sin virtudes. Hacía tan verdadero a ese tipo vulgar y desagradable que era imposible, por contraste, no pagar con cariño al actor.

Lo hizo en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, y lo hizo en Tapas. En esta película el papel de Ángel no es bueno, muy bueno o sobresaliente. Es memorable. El asqueroso dueño de bar que encarna, un tipo zafio y vacío de sentimientos cuyo egoísmo es puesto en jaque por la marcha de su mujer, queda automaticamente como un referente de la interpretación para cualquiera que haya visto la película. En su rostro y su físico adiposos es atrapado ese especímen de la fauna ibérica en todo su vulgar esplendor, incluida la pátina de cómico patetismo que acompaña todos sus movimientos e intereses.

Con su marcha perdemos un gran actor, un actor de raza, de los de antes. Un tipo que, como revelaba José Corbacho, se echaba una cabezadita entre toma y toma, pero luego lo daba todo frente a la cámara. Su rostro y su voz no los olvidamos y no los olvidaremos. Y en cuanto a su nombre, cómo somos, nos lo aprendemos ahora que muere.

Lemmy ha muerto y yo he escrito esta mierda

A los rockeros no les llega la muerte, los caza. Y ninguno había dado tantos motivos para enervar a la muerte como Lemmy. Sexo, alcohol, tabaco y drogas fueron los sorprendentemente sólidos pilares sobre los que construyó su existencia. Todos ellos consumidos y practicados en su sola vida en cantidades con las que se podía haber hecho de sobra feliz las vidas de unas diez personas.

Y la música, claro. El rock and roll, más concretamente. Lo quisimos por no abandonar jamás su estilo musical. Iniciaba sus conciertos con un “we´re Motörhead and we play rock and roll”. Los principios, cuanto más cortos mejor. Mientras, a su alrededor, el rock and roll se ramificaba en innumerables etiquetas a cuya sombra nacían nuevas bandas, muchas de quita y pon, otras muy buenas, ninguna tan incorruptible como él. El martillo inmisericorde de su música nunca se oxidó ni se transmutó en otra materia diferente al hierro primigenio. Si acaso perdió el brillo, claro. Con drogas o sin ellas nadie puede encaramarse a un escenario a los 70 como lo haría a los 35.

Lemmy vivió casi toda su vida con una muerte enfurecida pisándole los talones

Y allí arriba no tocaba, disparaba, atormentaba a las cabezas del público. No cantaba, rugía. Simplemente, abría la boca y dejaba que se oyese el infierno de su garganta. Disco a disco y gira a gira mantuvo en pie el primer propósio de Motörhead, hacer “una música tan ruidosa que si fuésemos tus vecinos, la hierba de tu jardín moriría”.

También decía, no sé dónde lo leí, que: “si tu madre ronda los 60 lo más seguro es que me la haya follado”. Una vez calculó haberse acostado con unas mil mujeres, “una cifra razonable”. Porque cuando bajaba del escenario, Lemmy no dormía, follaba. Así de tópico y así de real. Los tópicos nacen en algún sitio, y todos los que se pueden extraer del mundo del rock parecían nacer en él.

Así pues, Lemmy vivió casi toda su vida con una muerte enfurecida pisándole los talones, constantemente burlada. Lemmy debía despertarse cada mañana pensando “te he dado esquinazo otra vez”. Pero ésa es una carrera que nunca se gana. En algún momento de 2014 le abrieron, le pusieron un marcapasos y dejó de tomar su botella diaria de Jack Danields. Mal asunto.

El mérito no está en ganar a la muerte, cosa imposible, sino en humillarla muriendo bajo tus condiciones. Sólo morir sobre el escenario hubiese sido una muerte más fiel a su idiosincrasia que la que ha tenido. El 24 cumplió 70 años, el 26 le diagnosticaron un cáncer, y el 28, día de los inocentes (para que nadie le creyese a la muerte), murió en su casa jugando a uno de sus videojuegos favoritos. La recta final de su vida fue tan rápida y tan frenética como un solo de guitarra, como la batería de Overkill. Como el inicio de Ace Of Spades.

En la repetición me hallaréis (panegírico a Iker Casillas)

Si la selección española de fútbol tiene una estrella en su camiseta es gracias a la estrella que siempre acompañó a Iker y le permitió parar el balón de Robben en el minuto 62. Ésa es casi con seguridad la parada más importante en la carrera de Casillas. Sin embargo, la que más me impresionó a mí fue la que realizó en el Sánchez Pizjuan frente a un Perotti que creía, como creíamos todos, que disparaba a puerta vacía.

Ningún ojo vio en directo lo que había hecho Iker. Puede que fuese el único momento en la historia de la televisión en que la repetición sirviese para ver algo por primera vez. Más que una parada, fue un disloque en el transcurso del tiempo, como si en esa carrerilla que hace de un palo a otro Iker corriese un milímetro hacia atrás la cinta del tiempo. Por un instante el balón ya había sido gol, las gradas ya habían estallado, los espectadores merengues nos lamentábamos, los jugadores del banquillo del Sevilla ya habían salido con los brazos en alto.

Las paradas de Iker eran así, imposibles, no por la dificultad en sí, sino porque paraba balones que, leyes temporales en mano, ya habían sido gol. Por eso dejamos de llamarlas paradas y empezamos a llamarlas milagros. Y a él, santo, o Dios. Lo que quería decir que no sólo admitíamos la existencia de milagros, sino que la admitíamos en una variedad mucho más rica que nuestro léxico.

Jesucristo al andar tocaba el agua, y Casillas tocaba tiempo

Iker Casillas fue el mejor portero del mundo durante muchos años porque mientras el resto de porteros del mundo evitaba goles, él los deshacía. Por eso no había discusión. Por eso no significa nada el dato de que sólo ganase el Zamora una vez. Por eso, porque sabíamos que había que esperar a la repetición para terminar de ver una parada de Casillas por primera vez, no dábamos crédito a que se le acusase de no entrenar duro, de no pasar más tiempo en el gimnasio. No porque no fuese cierto, que podía serlo, sino porque la acusación era absurda. El hombre que salía al campo a correr la cinta del tiempo para salvar al Madrid del cataclismo de un empate en casa no podía entrenarse corriendo sobre la cinta del gimnasio.

Jesucristo al andar tocaba el agua, y Casillas tocaba tiempo. Volvió al Pizjuan una temporada después y realizó una parada muy parecida, a la manera en que Jesucristo volvió a la vida para demostrar que era Jesucristo. Una parada menos vistosa que la anterior; un milagro uno o dos grados por debajo del anterior. Pero es que sólo alguien con tanta familiaridad con los milagros podía graduarlos.

Así fue el jugador que se despide hoy del Real Madrid. Sé feliz en tu nuevo equipo, Iker. Sé que si nos volvemos a cruzar nos harás uno de tus milagros. Nos castigarás con un milagro por los innumerables con que nos salvaste, nos quitarás un gol por los incalculables que nos diste. Y cuando terminemos de ver la repetición y lo entendamos, nos cagaremos en dios. En el otro.

Brevas (muy brevas)

1

En el momento en que escribía el título de esta entrada venía a mí la sonoridad del título de la película Azul oscuro casi negro (acaso porque la ponían anoche en la tele y vi su final), que es un título muy bueno porque tiene como un ritintín, como un encadenamiento, pues lo dice uno como si se escribiese Azul-oscuro-casi-negro, que por cierto es algo que me pasa con el título Hiroshima mon amour, y eso me gusta mucho, tanto, que en el momento que escribía el título de esta entrada he sentido la tentación de escribir: Brevas muy brevas casi tuits.

2

Ahora que lo pienso (qué coño ahora, el otro día paseando por el parque, pero ya me entendéis), siempre, en cualquier momento y situación*, hay un niño gordito de ojos azules.

*entiéndase por “cualquier situación”: una comunión, una boda, un parque, el cumpleaños de un niño que no es tu hijo, la fotografía de un amigo de cuando era joven, un vídeo de caídas locas, una sala de espera, y cualquier estampa recogida en los Estados Unidos.

3

Recuerdo los soleados recreos de después de comer en el colegio. Duraban toda una hora, y todos los que los disfrutábamos (pues los había que comían en casa) coincidíamos en que eran lo mejor del cole. Recuerdo la tierra seca del patio y que jugábamos con los frutos de los plátanos, esas bolas amarillas de pinchos de las que salía un rabito con el que las podías dar vueltas, haciendo de ellas un artilugio perfecto para la guerra. Pendían de las ramas de los grandes árboles a unos diez metros sobre nuestras cabezas, así que había que esperar para que cayesen y pudiésemos arrojárnoslas unos a otros. Eso era muy divertido. Y tal vez no fuese tan divertido si en aquellos recreos soleados supiésemos que de mayores cada uno había de tener a su alcance, en todo momento, una bola de pinchos semejante, justo en su garganta.

4

Hay gente que escucha reggeton con los cascos en el autobús de las siete y media de la mañana y sobrevive. Imagino que a la manera en que dicen que sobreviven las cucarachas a las bombas nucleares.

5

Fui a la filmoteca a ver Scarface (Brian de Palma), que nunca la había visto, ni siquiera una escena, y a los cinco minutos de película me sorprendió un detalle de la misma. Sorpresa que evité compartir con mis acompañantes por no parecer (más) ignorante. Y es que yo creía que Scarface era una película rodada en blanco y negro. Maldito cartel.

6

La breva anterior no me ha quedado muy bien.

7

Pequeño aleph elaborado por mis sobrinas que no me resisto a compartir:

Leire (con firma) y Celia V. corazón, estrella, luna, sol, planeta tiera, planeta venus, fotos, navidad, papa, noel, renos, goro, pulmones, nariz, cavezca (tachado) cabeza (o zabeca) boca, caballo, planetas, circulo, (algo que no entiendo), cara. paracaidas, glovos, iglesias, lamparas, luz persianas, ventanas, pasteles.

Leire (con firma) y Celia V.
corazón, estrella, luna, sol, planeta tiera, planeta venus, fotos, navidad, papa, noel, renos, goro, pulmones, nariz, cavezca (tachado) cabeza (o zabeca) boca, caballo, planetas, circulo, (algo que no entiendo), cara. paracaidas, glovos, iglesias, lamparas, luz, persianas, ventanas, pasteles.

Aparte de parecer un resumen del universo y del tiempo entero; una desordenada muestra de los elementos que componen la ecuación con la que se explicaría todo, está lleno de hallazgos: 1) consideren la musicalidad conseguida al hacer del término “papá noel” dos términos independientes y la duda no exenta de cierta desazón de lo que podrá significar la palabra “noel”, así, a secas. Nos damos cuenta de que creíamos saberlo todo sobre esta palabra, y resulta que no sabemos nada. Es un misterio que no está ni en el diccionario 2) la recapacitación durante la escritura que supone la inlcusión de “planetas” tras el registro de los ejemplos “planeta tiera” y “planeta venus”, como si éstos no fuesen suficientes para decir lo que se quiere decir o significar lo que esto tenga que significar 3) la profundidad que se adivina en la idea que surge del conjunto “paracaidas, glovos, iglesias”, palabra esta última que aparece con granítica consistencia en mitad de la enumeración 4) la sorpresa de la última palabra, que no parece guardar relación alguna ni con sus inmediatamente precedentes ni con ninguna otra de la lista (no hay nada comestible aparte de los pasteles).

8

Se abren muchos interrogantes ante la teoría casi cierta de que La macarena fuese un fenómeno planeado desde un principio por altas instancias gubernamentales globales con el fin de dirigir, durante aquel verano, nuestra conducta. Desde luego, el plan funcionó. Ninguna canción, hasta entonces, había encontrado tal difusión y supuesto tal explosión de bailoteo, jolgorio y despreocupación en cualquier lugar del mundo y con el mismo ardor (y recuerden, sin Youtube). Pero, ¿qué es lo que querían evitar a toda costa que pensásemos?, ¿qué era lo que nos hubiese hecho hablar, discutir, salir a las calles, gritar, invadir embajadas, derrocar gobiernos, violentar hijas de presidentes, si no hubiésemos estado bailando todo el santo verano La macarena?, ¿qué era ESO que teníamos que haber visto y no vimos?, ¿quién organizó La macarena?, ¿cómo pudo poner de acuerdo a tantos poderes internacionales para urdir tan sofisticado plan?, ¿cómo puede ser que se dejase la parte más creativa, y por tanto delicada, del plan, en las manos de Los del río? ¿hasta qué punto sabían Los del río en lo que participaban? ¿fueron ignorantes víctimas como los demás o cómplices? ¿cómo podemos estar seguros de que Los del río, son, de hecho, humanos?

9

Si habéis llegado hasta aquí podéis comprobar que se trata de la típica entrada que se te va de las manos y a la que al final el título le viene pequeño.