Brevas

Brevas junio 2018

Tras la destitución de Julen Lopetegui, me imagino qué pasaría por su cabeza si firmar por el Madrid resultase con el tiempo ser la peor decisión de su vida. Es decir, que la selección que dejó gane el mundial (hecho muy improbable) y luego el Real Madrid le despida a él a mitad de temporada (hecho no tan improbable). Entonces podría consolarse pensando que quedándose él en la selección puede que ésta no ganase el Mundial. Es decir, para mitigar sus ganas de suicidarse por haber firmado con el Madrid para nada, tendría que alimentar la idea de que él es muy malo comparado con Hierro. Añadir más carga negativa a su mala suerte, segar muy por lo bajo su autoestima como método de salvación. Y esto me recuerda a cuando grabé un corto y el sonido estaba mal porque en un plano no había ruido de fondo y en el siguiente sí, y lo arreglaba poniendo ruido de fondo en todos. Y luego le decía a la gente “para mejorar el sonido he tenido que empeorarlo”.

Ayer me quedé perplejo cuando constaté que me una chica que no conozco me había bloqueado en twitter (no me había pasado antes), por nada, por responderle que no era así una cosa que decía (y hablábamos sobre fútbol, fíjate qué transcendente), y luego no pude evitar que me molestase y darle unas vueltas al asunto, aunque sabía que no se las merecía, y sopesar si mi comentario fue inadecuado, borde, o si se había molestado porque luego ignoré su respuesta que tal vez ella consideraba merecedora de un corazoncito, ni idea, pues no sé mucho de esta chica, jamás la he visto en persona y solo he llegado a compartir con ella dos tuits incluido este. Por lo tanto, tras el bloqueo, ninguna es la pérdida; aunque sí, su cuenta me hacía gracia, y sí, encontraba interesantes sus fotos en tanga. Así que decidí atajar el rumbo de mis pensamientos: ni un segundo de ellos se merecen los que solo esperan de los demás que les demos la razón siempre, so pena de “bloqueo”, y pensé que al menos el incidente me servía como entrenamiento, o ensayo, para disciplinar mis pensamientos, como un pequeño simulacro contra la adversidad. Entendiendo por adversidad el momento en que alguien que sí conozca y estime decida “bloquearme” en la vida real. O algo peor. Pasará.

Oigo, “la noticia de los niños que son enjaulados y separados de sus padres en la frontera con México ha provocado un profundo debate en Estados Unidos”, y pienso que no, que no hay ningún debate que valga cuando se trata de la dignidad humana y de los derechos de los niños, que puedo confrontar mi opinión a la de cualquier otro en mil temas, intentar convencer y dejarme convencer, discutir puntos de vista, objetivos y maneras de alcanzarlos en cualquier ámbito de la vida, incluido inmigración. Pero aquí no, ante esta situación no acepto ningún diálogo porque no hay lugar más que para que cada uno se pronuncie: acepto esto, o lucho contra esto.

Hoy desayuné en el trabajo porque creía que así ganaría algo de tiempo (nop). Cuando llegué estaba la mujer de la limpieza pasando la fregona en la pequeña sala comedor. Me senté donde todavía no había fregado y empecé a rumiar mi tostada de arroz y mi pavo. La doctora me ha dicho que desayune esto porque por las mañanas tengo el estómago mal. De momento no he notado ninguna mejoría. La mujer de la limpieza siguió fregando mientras tarareaba algo que no parecía ninguna canción en concreto. Así como iba tarareando me rodeó de suelo “fregao”, pero tuvo la amabilidad de dejarme un vía de escape hacia el curro. Curioso que pensase eso, porque normalmente se escapa del curro no hacia él. Me serví un vaso de agua del bidón y lo tiré a los plásticos, pensando que era un desperdicio tirar algo tan poco usado. ¿Y si en vez de tirarlo lo volvía a poner con los vasos no usados? Luego, cuando estaba recogiendo, oprimí una miga de tosta de arroz con el pulgar y me la llevé a la boca. En ese momento entró en la sala la única tía buena que he visto por este lugar hasta ahora. Quedamos un momento frente a frente. Sé que leyó la culpa en mi cara, como si en lugar de pillarme aprovechando una miga, me hubiese pillado devolviendo el vaso usado al repositorio de vasos. No nos dijimos ni buenos días, porque ella parece muy seria para saludar a gente que aprovecha migas de las mesas y a mí ya me empezaba a doler la tripa.

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Brevas abril´18

Nota: desde hace un mes publico las brevas una a una, en imágenes subidas a las redes sociales (@alvaroarmo). La idea es publicar un post cada tanto reuniendo las que haya publicado en el mes, como este.

Ten un gato. Hazte a la idea de que el gato será tu vida. No, el gato será la vida, en general. Aprenderás mucho si observas su comportamiento. Cuando tú estás preocupado, la vida bosteza, cuando la acaricias o la das de comer, apenas sí te lo agradece. No necesita muchas razones para ronronear cariñosa, tampoco para sacar las uñas. La vida pasa silenciosa, haciéndose la que no está y nunca reacciona como esperas. Pero cuídala.

Dios me libre de criticar a Jabois, pero meter Cien años de soledad en su columna sobre la chilena de Ronaldo me resultó un pelín forzado. Y sin embargo saqué algo de ello, porque descubrí otra coincidencia entre la novela de García Márquez y la chilena. Contaba un amigo del escritor que hubo un momento muy especial en que sólo el autor y un círculo muy cercano sabían de la existencia de Cien años de soledad. Fue unas semanas antes de que la obra se imprimiese e hiciese retemblar todo el ecosistema literario mundial. Anoche hubo un instante igual de especial, aunque por el motivo contrario. Cuando el balón se clavó en la red de la portería de Buffon todo el mundo supo que acababa de ver una proeza. Todos, menos su autor. Cristiano está un segundo en el suelo, tirado boca arriba, sin saber muy bien si el grito de la afición es de alivio porque el balón se ha ido fuera, o de estupefacción por el golazo encajado. CR se tira todo el año diciendo que es el mejor jugador del mundo o incluso de la historia, y todos nos cachondeamos. Pero en ese preciso instante en que la acababa de meter, él era el único en el mundo que ignoraba lo bueno que es. No se olviden de ese momento.

 

(BREVA TABAQUERA) No sé cómo es que no fumo, pienso a veces. Soy el más pequeño de una familia donde todos eran fumadores (mi padre se quitó hace poco), pero no tan fumadores como para que desarrollase rechazo al humo. Al contrario, le tengo afecto desde pequeño, me gusta inhalar un poco del humo de los demás. Así que siempre pensé que sería cuestión de tiempo que me pusiese a fumar. Pero ya soy mayor y no fumo. Y no hay ninguna razón especial que me haya prevenido este vicio. No me gusta cuidarme, nunca me he cuidado. Nada en mi estilo de vida es incompatible con el tabaco. Al contrario, lo tengo asumido: me trato a mí mismo como un fumador ficticio. Por ejemplo, si me ofrecen un trabajo intento imaginar cómo será y me visualizo fumando en los descansos, con los nuevos compañeros. Otro ejemplo: si una idea me resulta suficientemente atractiva como para creer que de ella podría sacar una novela, al momento me veo escribiéndola, y al lado, no falla, un piti humeante. Luego despierto y pienso, pero, ¿cómo voy a escribir una novela si no fumo? Yo creo que si fumase ya llevaría tres novelas.

(BREVA TABAQUERA, II) Que fumar es guay es una tontería de la que te curas incluso antes de terminar la adolescencia. Yo lo supe de siempre. Nunca participé en esa escena de chavales pillándole el gusto a la nicotina a las puertas del instituto. Luego te das cuenta de que a lo mejor lo estúpido fue no perderse un poco más por los terrenos prohibidos de la edad. Al fin y al cabo, y salvo honrosas excepciones, casi toda la gente guay que se cruza en mi vida fuma. Tú no eres lo que aparentas, de acuerdo, pero lo que aparentas dice algo de cómo eres. Yo fumaría, lo admito, sólo por sentirme como el puto John Wayne. Diréis, eso es al principio, cuando tienes consciencia de estar fumando, luego te ventilas los pitis con la misma poesía con que te bebes un vaso de agua. Pero no es así. La prueba es mi padre. Todos los pitis que le vi fumarse fueron por pose. Fumaba como si diez cámaras le estuviesen apuntando y alguien acabase de gritar “acción”. Mi padre disparaba el humo por el perfil de la boca, calculaba la parsimonia del movimiento de la mano y el perfil que daba a su público. Ése es mi modelo. Puede resultar frívolo, superficial. Pero cuando uno insiste en determinada manera de ser superficial todos los días durante años, surge algo parecido a un estilo. Fumar es guay, qué gilipollez, qué verdad.

(BREVA TABAQUERA III) Volviendo a la pregunta original, “por qué no fumo” dado que estéticamente me resulta irresistible y que me dan un poco igual los efectos, tenía preparadas dos teorías: la primera es que me considero bastante práctico para ciertas cosas, y no quiero estar pendiente de si llevo fuego encima o no, y si bien me dan igual los años que me pueda quitar, no me resulta práctico asfixiarme cada vez que se me escapa el bus; la segunda teoría es que creía que era algo tan inevitable que lo fui dejando, lo fui dejando… y me acostumbré a vivir sin fumar; entonces escribí la primera breva tabaquera, que un amigo leyó, y me comentó un tercer motivo, definitivo y seguramente más cierto: “Álvaro, tú no fumas porque cuesta dinero”.

Estamos de fiesta. Mi amigo, tercio en ristre, no deja de sonreír desde hace una hora. Nos sucede algo extraño. Una chica, bastante joven, se acerca y le pide una foto a mi amigo. Luego se va. Al rato mi amigo se dirige al grupo en el que está la chica bastante joven. Vuelve.

                -¿Qué les has dicho? –pregunto

                -Que por qué coño me han pedido una foto

                -¿Y qué te han dicho?

                -Que me parezco a un famoso

                -¿A quién?

                -No se lo he preguntado

Mi amigo no deja de sonreír. La noche es maravillosa.

Brevas

En mitad de la comida mi sobrino le dijo a mi padre: abuelo, luego nos pones los tres cerditos, y mi padre respondió: sí, pero ahora son más, ¡ya son cuatro! Perplejidad en la cara de mi sobrino, adiós sonrisa. Miró a los lados. El resto de su familia comía, no habían oído nada, al parecer él era el único testigo de este anuncio que venía a trastocar el orden natural de las cosas. Ese cerdito de más era el amanecer de un mundo que no había visto venir, lleno de misterios y amenazas. Se trataba de una aberración númerico-narrativa insoportable. Algo parecido sentí yo cuando mi madre dijo el otro día que iba a hacer torrijas y añadió: ¡cinco!

Tras una charla en Madrid a la que asistí como público, estuve hablando con una diputada de Podemos durante un buen rato. La verdad es que no todos los días discuto con un diputado, ni diputada, de Podemos ni de ningún otro color. Fue agradable conversar con ella sobre nuestro comportamiento en las redes sociales. Sobre todo por la cercanía y porque no nos dábamos la razón. Y como de eso hablábamos, me despedí prometiéndola que empezaría a seguirla por Twitter, ya que hasta entonces la desconocía. Ella respondió, “y cuando yo vea la notificación de que me sigues, te seguiré también”, y a qué negarlo, eso me agrado mucho, porque la verdad es que tengo pocos seguidores y uno tiene la ilusión vana de que mucha gente lea sus ocurrencias de 140 (+140) carácteres. Pero la seguí y, ay, ella no me respondió al follow, ni si quiera a pesar de que hice RT a un tuit suyo sobre el encuentro en Madrid. Nota: los políticos mienten.

En mi barrio había una tienda erótica. La cerraron y ahora hay en su lugar una tienda de ibéricos. Arneses, maniquíes y consoladores han sido sustituidos por patas de jamón y cañas de embutido que cuelgan relucientes. Siempre hay mucha gente pidiendo. Qué queréis, cada barrio entiende el placer a su manera.

Cada vez menos a favor de vilipendiar las versiones  de películas dobladas al español.

No le falta cierta poesía ni matemática a la definición que el DRAE da a la palabra gavilla: “[…] mayor que el manojo y menor que el haz”, y como todo lo poético, sientes que vale para otras cosas, en especial para uno mismo. Yo, como la gavilla, también me encuentro en un punto intermedio entre dos extremos. Soy mayor que el niño y mucho menor que el hombre.

Brevas

Creo haber dado con un principio estético que a mí al menos me funciona: a menos distancia, más belleza. Hablo de la distancia que separa al creador de su instrumento, no siempre física. Así por ejemplo, al margen de la música producida, no puedo evitar que me parezca muchísimo más bello el guitarrista que toca con los dedos, que el que utiliza una púa. Hay ahí ya un elemento frío, que añade disonacia a la relación del guitarrista y su guitarra y que evita que alcancen entre los dos los mismos niveles de organicidad que un guitarrista flamenco cuando ejecuta un picado. Comentario aparte merecerían los que se empeñan en tocar con la guitarra por las rodillas. Otro ejemplo son los pasos de salida, que permiten a los jugadores de la NBA recorrerse media cancha sin botar. La pelota en el baloncesto es botada y no llevada, y por tanto, a un jugador en movimiento (horizontal) le corresponde una pelota en movimiento (vertical). Cancelar ese principio, aunque sólo sea durante unos pasos, resulta en un tío que deja de hacer baloncesto para correr llevando una pelota, como podría acarrear un melón. Y esos segundos en los que jugador y pelota se divorcian, pues mientras uno esprinta la otra no bota ni una vez, hacen los partidos más espectaculares y consiguen que se metan más puntos. Pero para mí son, estéticamente hablando, una tragedia. Tal vez sólo sea una solución que he encontrado intentando racionalizar mis manías.

Cuando era pequeño había por mi casa un cuento titulado ¡Qué desastre! protagonizado por un perro llamado Desastre. Desastre era sucio y vago y cuando movía el culo rompía algo. Olía mal, andaba siempre tirado a la bartola, despeinado y con restos de basura por todo el cuerpo. Su madre, por el contrario, era bonita, limpia y muy educada y se preguntaba cómo podía haberle salido un hijo así. A Desastre todo el mundo le gritaba y le daba puntapiés. Se sentía mal por hacerle pasar vergüenza a su madre, pero a la vez era incapaz de sentir remordimientos por el mero hecho de ser como era. Hace años que perdimos el cuento. No recuerdo cómo terminaba, si Desastre conseguía adaptarse al mundo o que el mundo le comprendiese, o una mezcla de ambos. Pero no importa, creo que ya lo he entendido. Me ha llevado 20 años.

La Iliada y la Odisea están dividias en cantos, y la Eneida en libros.

Volviendo al princpio de que la cercanía es belleza (y ya me voy), esto también se puede aplicar a la literatura. Qué fatalidad cuando advertimos en un texto que su construcción, a golpes con el lenguaje, ha acabado llevando al autor a un sitio muy alejado de la idea original que había en su pensamiento cuando empezó a escribir.

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Me río mucho a costa de mi madre porque se maneja muy mal con el móvil. Hace gracia y da un poco de pena ver cómo lo sujeta con una mano mientras el índice de la otra sube y baja con lentitud mecánica, acusando las letras más que pulsándolas. Le da a botones que le llevan a ventanas insospechadas de las que tienes que rescatarla. Escribir le requiere tanta concentración que cuando habla por wasap suele perderse la mitad de lo hablado. A veces entra en bucle girando el móvil, incapaz de ponerse de acuerdo con la pantalla, que parece girar en sentido opuesto. Pero en el fondo de mi risa y de mis burlas hay un reconocimiento a la dignidad que guarda mi madre en su relación con la tecnología. No es mi madre la que realiza esfuerzos vanos por manejarla bien. Es la tecnología la que es incapaz e hacerse accesible a Sole. Mi madre falla cada vez que utiliza el móvil porque en realidad no está intentando adaptarse a algo que sabe que ya no es de su época. Se limita a utilizarlo como puede, y que salga lo que sea. El problema no es que mi madre no sepa, sino que no quiere saber. En realidad, eso tampoco es un problema. No hay ningún problema. Y eso, supongo, es la gran victoria de mi madre.

Dos pequeños apuntes tras leer a Omero. 1) la belleza que resulta del simple recurso de referir, como quien no quiere la cosa, momentos posteriores de la trama (por ejemplo: “y Telémaco cruzó la majada dando largas zancadas; iba sembrando la muerte para los pretendientes.” Odisea, Canto XVII v.28), truco que ya no se estila, pues se entiende que pocos errores hay más graves al desplegar una narración que destriparla (hacer espoiler), peligro que no corría el poema épico. Pero su efecto sigue siendo poderosísimo, bellísimo. Por ejemplo: “Es ya molesto cómo quiero a esta mujer (y ridículo: no hemos hablado ni una vez). Estaba con un traje de tenis y un pañuelo, casi violeta, en la cabeza. Lo que será recordar esos pañuelos cuando Faustine se haya ido.” de La invención de Morel; o el ejemplo más putamente icónico cuya potencia sobra valorar: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” 2) cuando Odieseo llega a Ítaca apenas cuenta nada más que con la lealtad de su porquero Eumeo. Es este un motivo que también me resulta muy estimulante y que se ha repetido en otras historias en las que el señor es acompañado de un siervo que conserva una fe increbrantable en los valores de aquél (Quijote y Sancho, Frodo y Sam, se me ocurre). Pero esto que nos resulta valioso artísticamente, incluso emocionalmente, analizado desde un punto de vista social, o ideológico es reprovable, pues no se trata solo de una alegoría a la confianza, a la lealtad, a la amistad. Es sobre todo una alegoría al vasallaje y a la desigualdad entre los hombres.

Otros lo odian, pero a mí me gusta mucho la capa de nata que deja la leche cuando la calientas. Cogerla con el extremo de la cucharita o con los dedos, así, y comerla entera, echando la cabeza hacia arriba. A no ser que haya un sobrino delante. Entonces tienes que dejarle la nata a él, porque la nata es para los pequeños, y además hacer como que te encanta darles la nata, capuchón arrugado imposible de compartir. Pero a mí no me gusta tener que dársela.

He leído ya suficientes frases, textos, vídeos motivadores para saber que no van a cambiar mi vida, mis hábitos, yo. A no ser que los coja todos, los ponga en un libro, lo venda y me haga millonario.

No se puede pedir permiso para seducir.

 

 

 

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Hoy mi jefa ha dicho una frase muy jefa. Ha dicho “mi marido es muchas cosas, pero también es diseñador”. Lo ha dicho encontrando dificultades para expresar lo que es su marido. He suspirado aliviado de que su marido no sea solo diseñador. Imagináos, la idea del diseño personificada, andando por ahí. Me imagino a mi jefa del brazo de un señor con grafos, colores primarios y sombras en lugar de extremidades. Afortunadamente, su marido será algo más, será padre además de diseñador. Será trabajador por cuenta ajena, contribuyente, vecino de. Será hincha de algún equipo, tal vez, será ateo o cristiano, joven o viejo, deportista o amante del rock. Le gustará tomar el vermú con mejillones y tirarse un pedo cuando está solo. Habrá maldecido cuando se ha dado con el dedo en la pata de una mesa, alguna vez se le habrá olvidado, instantáneamente, aparcar, y se habrá quedado dormido viendo 2001, una odisea en el espacio. Alguna vez habrá visto un capítulo de los Simpson, habrá apartado la parte negra del bonito con tomate y habrá echado una meada en la ducha. Quiero decir, me alegra que mi jefa esté casada con una persona.

Una persona es como una fortaleza al revés. Lo primero que se derrumba es lo más profundo y recóndito, mientras por fuera parece intacta.

Era agosto, era 2016, era París. Había desviado mi camino hacia el Louvre atraído por la Torre Saint-Jacqes. Estaba cruzando el paso de cebra cuando vi aparecer a una chica en bici por su carril. No sé por qué, imagino que por esa excesiva atención que ponemos sobre nuestros gestos cuando viajamos, creí que el rojo del semáforo no le afectaba a ella. Así que deceleré mi marcha para dejarla pasar, mientras ella a su vez frenaba y ya acomodaba la rueda delantera a la línea de detención del asfalto. Y nos miramos y era guapa, y supongo que mi cara debía ser como la de alguien que desconoce las normas fundamentales del tráfico en una ciudad, porque al final me concedió una sonrisa, cuando ya llegaba a la otra acera, mi cabeza haciendo un ángulo recto con mi cuerpo para no perderse esa sonrisa. Luego el semáforo se puso en verde y me dejó atrás, a punto de entrar en los jardines que rodean la torre. Fue un romance de un segundo. París no sabe dar menos.

Todos confiaban en Gustavo, el hombretón que acompañaba en el minibús a los niños que volvían del colegio. A pesar de su deficiencia mental, llevaba siete años acompañando a los chicos a volver a casa. Todos confiaban en Gustavo, pero un día se metió en el minibús y los despedazó a todos.

Brevas

Pienso en que cada vez que se intenta visualizar o promocionar la literatura, la lectura, los libros en general, están consiguiendo alejarnos de ello, porque la literatura, la lectura, los libros en general, no es más que una persona, sola y en silencio, dedicando su tiempo a pasar páginas que lee, y eso tiene poco que ver con que el Retiro se llene unas semanas al año de casetas llenas de libros, con que tal bar haga jams poéticas los jueves, o con que un chaval nos cuente por Youtube su Top5 de mejores libros. Mientras no haya un aumento cualitativo y cuantitativo de personas que deciden quedarse solas en su habitación con un libro hasta terminarlo, la literatura, la lectura, la cosa de los libros no mejorará nunca, por mucha promoción visual, urbana, nocturna y chachi que nos inventemos.

Los estambulitas no dejaban salir antes de entrar a las puertas del metro, ni dejaban un espacio a la izquierda para que la gente con prisas pudiese subir andando las escaleras mecánicas. Mal. Los estambulitas entraban en manada en los autobuses y una vez dentro, cuando el autobús arrancaba hasta los topes, iban pasándose de mano en mano los akbil (cacharro que se utilizaba como monedero electrónico para pagar el transporte público de la ciudad) para que todos pagasen. Y yo no lo entendía, que los mismos estambulitas que un día eran tan mal educados para no dejarte salir del metro tranquilamente, tuviesen en otro momento tanto sentido de la responsabilidad ciudadana como para pagar un viaje en un autobús en el que ya se habían metido sin pagar. Ni que decir tiene que nunca un akbil de esos que pasaban por una veintena de manos desconocidas se extraviaba.

En realidad, no entiendo que alguien pueda reducir el carácter de un pueblo a dos o tres (o uno solo) rasgos. Pues sin ir más lejos, de los españoles hay quienes dicen que somos unos fiesteros; otros nos describen como antipáticos, rancios. Y ambas cosas, siendo contradictorias, son ciertas. En este país nunca sabes, al montarte en un taxi o pedir un café, si el camarero o el taxista te va a devolver el saludo o te va a contar su vida (o peor, pretender que le cuentes la tuya).

 Nueva, futura o inminente profesión: intérprete de poemas. Un profesional capaz de desentrañar qué sentimiento o circunstancia motivaron unos versos aglutinados en un poema. No sólo le podrías contratar para que te cuente lo que significan las metáforas del último poemario de Luna de Miguel (os juro que ha sido el primer nombre que se me ha venido a la mente y os juro que ha sido con el “de”, ya no tengo arreglo), o de cualquier otro poeta, que hacen que te sientas un estúpido iletrado cuando los lees en el tren o antes de acostarte. Le puedes dar también el poema que acaba de colgar la chica que te gusta en su blog y el intérprete te manda un breve pero fiable informe: “se siente desorientada porque acaba de empezar la carrera”, “está cachonda pero no es por ti”, “escribe con miedo porque acaba de imaginarse que será mayor y será madre”, y con esa información tú ya harías lo que te pareciese. O para desenmascarar los sentimientos de la persona que odias, o quien sea. Incluso podrías darle versos escritos por ti mismo y él decirte qué era lo que de verdad te hizo agarrar papel y lápiz. Todo con absoluta fiabilidad, sin autoengaños, sólo la pura verdad de tu alma, hasta tal punto que, en cierta manera, sería su breve informe sobre tu poema el poema que hubieses escrito si supieses escribir. Mil utilidades y motivos hay para querer contratar al intérprete de poemas.