Mes: junio 2014

Distracciones (IV)

Esta entrada es continuación de Distracciones (III). Te aconsejo que leas esa entrada antes de esta si no lo has hecho. En todo caso allá tú, luego no me vengáis con que no me expreso bien

 

Vergüenza

 

Selectividad, gato y chica se reúnen en una de las escenas que más vergüenza en mi vida me ha hecho sentir, y que aún hoy recordarla me provoca un hondo reproche por mí mismo.

Habrían pasado dos o tres días desde el descubrimiento del cuerpo del gato. Sólo habían ido a verlo mi hermano y mi padre. Estaba en mi habitación estudiando, o, como ya he explicado, intentándolo. Estaba enfurecido, no recuerdo si por culpa del siguiente examen, o de la chica. Pero estaba furioso conmigo mismo, que es una manera de enfurecerse muy segura, porque nadie hay más a mano y nadie considera mejor tus argumentos que tú mismo. En fin, que estaba renegando de algún tema que no me entraba en la cabeza, o de alguna cosa que ella hubiese dicho que escapase a mi interpretación, qué más da ya, cuando entró mi madre en la habitación sin llamar. Estaba visiblemente emocionada.

-He ido a donde el gato.

No pude disimular el fastidio por la interrupción.

-¿Para qué has ido, mamá?

-Quería verle…

-Papá nos dijo que no fuésemos.

-¿Tú no quieres verle?

-No me hace falta… era un gato.

Debió desorientarle la dureza de su hijo, porque en su defensa, en tono lastimero, sólo acertó a decir una frase que no olvido:

-Pero era muy bonito…

-Mamá, por favor, todos los gatos son bonitos.

Y era cierto, Sombra era el gato más común que puede imaginarse, tal vez a excepción del elegante pecho blanco que le caracterizaba. Por lo demás, metes “gato” en Google, y sale él. Pero, ¿qué importaba eso?, ¿en qué demonios estaba pensando para convertir aquella conversación en un intercambio de argumentos sobre hasta qué punto es legítimo lamentarse por la muerte de un animal? El egoísta Álvaro, demasiado imbuido en sus temas personales, no podía limitarse a hacer lo que la situación le exigía a las claras: preguntar y qué has visto, te ha impresionado, decir a mi madre, no te preocupes, mamá, sabíamos que podía pasar, fue un gato muy feliz, sí, y muy bonito, y alto, acuérdate que lo decían las veterinarias, las mismas que no consiguieron meterle el termómetro por el culo ni una vez. Cumplir por cinco minutos con el papel de hijo bueno, comprensivo y tolerante frente a los momentos de flaqueza de sus progenitores. No. En lugar de eso me dediqué a recordarle que Sombra valía lo mismo que cualquier otro gato que hubiésemos podido coger, y a dedicarle miradas de impaciencia. ¿Pretendía acaso darle una lección a mi madre sobre lo dura que es la vida y la inutilidad de lamentarse de cosas irremediables? ¿Pensaría que la certeza tiempo atrás admitida de que alguien me gustaba, con toda la incertidumbre y desasosiego que me estaba provocando, que el haber escrito algún que otro poema vomitivo, de cuyo estribillo no quiero acordarme, creería que todas esas cosas me daban algún derecho, me situaban en algún montículo desde el que desempeñar el papel de tipo pasado por mil dificultades al que ya no vale cualquier cosa para mover su empeño?

-Este más. Dijo mientras salía de mi habitación desconsolada.

Cerré la puerta y volví a mis apuntes, disgustado. Pero una lucecita en mi conciencia parpadeaba indicándome que había hecho mal, muy mal. Unos minutos después, por distraerme, escribía a la persona en el mundo que más capacidad de distracción tenía sobre mí entonces: <<acabo de hacer algo horrible>>.

Otro día, seguía a mi hermano que cruzaba la carretera en la que habían matado al gato. Se dirigía seguro a un punto concreto entre los setos. A esas alturas, yo ya imaginaba con encontrarme un espectáculo de gusanos.

-Por aquí era.

Mi hermano apartaba ramas con los pies. Cogió un palito y empezó a remover.

-Sí, estaba por aquí.

Siguió removiendo hojas y tierra, hasta que encontró un punto donde el terreno parecía hundirse levemente.

-Ah, sí, aquí.

Mi hermano removió un poco más. Me preparé para lo desagradable, miraba al palito con cierta ansía. Mi hermano lo podría haber alzado y ponerse a remover el cielo, que yo habría seguido al palo, como si el cuerpo de Sombra pudiese emerger del aire. Pero mi hermano removía y Sombra no estaba. Había desaparecido, y no le pude ver una última vez.

FIN

Gracias por llegar hasta aquí, espero que te haya gustado