Mes: diciembre 2011

La Fuerza Natural

Mi compañero de piso está hoy acompañado. Lleva días apareciendo por casa con una mujer de más o menos su edad. Es guapa, y de su misma nacionalidad. No sé bien si es vecina de nuestro mismo bloque, pero al menos debe ser del barrio, porque desde el primer momento su cara me sonaba de haberla visto en otro lugar. En el súper, tal vez.

 Ella siempre ha actuado en mi casa con más familiaridad de la que se le presupone a un invitado. Ni idea de si eso se debe a su natural forma de ser o si John, como llamo a mi compañero por su devoción a John Lennon, la convenció de veras de que debía sentirse aquí como en su casa. A mí eso no me ha causado especial molestia. Una vez entré en la cocina y allí estaba ella, cocinando. Era la tercera vez que pisaba la casa, que yo supiese, y sin embargo, en todo el rato que estuve observándola, no necesitó mi ayuda para saber dónde se encontraban las cosas. A esas alturas ya habíamos superado la inicial frialdad que me había mostrado en un principio, sin duda debida al disimulado examen al que me sometió para calibrar en qué grado podía considerarme una competidora en sus aspiraciones con él. Examen que suspendí muy pronto, pues en la relación entre John y yo no hay tan siquiera un atisbo de interés por ninguna de las dos partes.

 Está claro que lo que hay entre los dos es un romance. Lo sé porque cada vez que llego a casa y los encuentro parece que interrumpo algo. Aunque estén simplemente sentados en la mesa del salón, tomando un café de media tarde y no haya el más mínimo desorden en la casa que indique nada. Aunque las palabras que me llegaran a través de la puerta antes de que introdujese la llave no tuviesen nada de especial. A pesar de todo ello, y seguramente contra sus intenciones, en cuanto aparezco yo queda flotando en el ambiente una tensión, como un eco producido por la ruptura de la intimidad que mi presencia provoca. Y sus miradas se posan en mí por un instante vacías, impersonales. Como si no me viesen a mí, si no a un tercer agente al que nadie ha llamado. Por un instante, digo.

 Y sin embargo, aunque tengo tan claro que se atraen, a veces incluso me hacen dudar. Es como si delante de mí no se permitiesen bajo ningún concepto bajar la guardia. Sólo cuento con dos pruebas que ratifiquen lo que sé. Una es que, cuando estamos los tres, inconscientemente llevan la conversación a temas sobre su país, lo que limita mucho mi capacidad de intervenir; y así, de alguna manera, siguen estando los dos solos, aunque yo esté presente. La segunda y más concluyente prueba son las furtivas y rápidas miradas que en algunas ocasiones he sorprendido en sus ojos.

 Por lo demás, no les he visto dedicarse ni una frase, ni una palabra, ni el más mínimo gesto que expresase algo de interés sexual. Y si saben que yo estoy en casa, y entran en su habitación, dejan la puerta ostensiblemente abierta, como para demostrar que no tienen nada que ocultarme. Esto a veces me exaspera, no entiendo tanto teatro, tanta contención de sentimiento. Probablemente tengan la idea de que su relación me ofenda o me irrite si la muestran tal cual es en mi presencia.

 Pero con lo de hoy están consiguiendo sacarme de mis esquemas hasta el punto de que ya no sé si hay algo que se me escapa o si realmente forman una pareja extraña. Están en la habitación de él, y están con la puerta cerrada, ya que no saben que estoy en casa. Normalmente tendría que estar en mis clases de inglés, pero un sms de un compañero me avisó de que se cancelaban por indisposición del profesor. Cuando les oí llegar a casa, una sonrisilla maliciosa se dibujó en mi cara. Creí que si aguardaba en silencio, en poco tiempo acabarían llegando hasta mí los ruidos que me darían finalmente la razón en mis sospechas sobre ellos. Pero me equivoqué. En la casa reina ahora un silencio casi total.

 Son las nueve y media y es de noche. Y yo no paro de preguntarme qué diantres deben hacer un hombre y una mujer que se atraen, como yo sé que ellos se atraen, en una habitación a solas si no es practicar el sexo. Un hombre y una mujer adultos, un macho y una hembra, al fin y al cabo. La persona más cercana a vosotros es una tipa que está en otra habitación, centrada en escribir algo (yo, esto) y a la que ni siquiera importarían demasiado vuestros gemidos. Es más, se supone que no estoy aquí. Pero en lugar de gemidos, solo llegan hasta mí pequeñas vibraciones de la conversación que mantenéis. Y cuando agudizo el oído, no me parece que sean palabras de amor, o de cortejo. Igual que no llega hasta mí el rumor de risas sofocadas.

 Me pregunto cómo lo estáis haciendo. Debe ser más difícil evitarlo que abandonarse al coito. Me pregunto cómo estáis frenando a las fuerzas de la naturaleza y la oscuridad y la puerta cerrada, que os empujan a ello. Dónde posáis vuestras miradas para que no sean una señal de complacencia, de aceptación del otro. Cómo evitáis los gestos que acortan las distancias entre ambos, o los que dejan a relucir la debilidad y el instinto de posesión que se ha apoderado de vuestros cuerpos. Cómo hacéis para que vuestras palabras susurradas no se tornen en arrullador encanto en el oído del otro. Y las miradas. Las miradas es lo que más me inquieta. Qué hacéis con vuestras miradas, mate y limpias, la de ella azul y la tuya negra, entre la oscuridad. Dónde la posáis si no es en la brillante pupila del otro.

 Sé que si abriese la puerta de la habitación de John interrumpiría algo. Algo muy importante, capaz de desplazar al sexo de este momento que le pertenece. Pero, maldita sea, no tengo ni idea de qué os traéis entre manos.

pd. esto ya es otra cosa, ¿no? jeje

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Poema erasmus

Hay un un austriaco musculoso.
Otro más, tocando la trompeta.
Un francés de rastas inquieto.
Un español complacido y desgarbado.
Una francesa guapa.
Un polaco correcto.
Y Yo.

pd. siento daros tan poquita cosa. Aunque a mí me parece bastante bueno.