Mes: mayo 2014

Adiós a Mercedes o una reseña más

Hace más de un año inicié lo que debía ser una serie de reseñas literarias en las que comentaria y recomendaría alguna lectura que me hubiese sorprendido. La serie no ha pasado de su primer post dedicado a La Busca, de Pío Baroja. Y no puedo decir que me sorprenda mucho.

Así que os traigo un artículo que escribí por la muerte de Mercedes Salisachs, en el que aprovecho para elogiar largamente Una Mujer Llega al Pueblo, la novela con la que conocí y que tanto me sorprendió en su día. Fue hace poco más de un año cuando leí el libro. Y al terminarlo estaba decidido a escribir la segunda reseña literaria del blog dedicada a él. La pereza se interpuso y parecía que jamás iba a haber una segunda reseña. Pero cosas del destino, aquí está la segunda Reseña Literaria que pensé, dedicada a Una Mujer Llega al Pueblo y a Mercedes.

Espero que os guste.

http://www.nci.tv/index.php/menuportalvoz/submenu-los-nuestros/12497-mercedes-salisachs-una-mujer-que-homenajeo-a-la-escritura

La cuarta y última entrega de “Distracciones” la subiré en un par de días. Sé que aunque no decís una mierda en los comentarios os tiene enganchadísimos…paciencia.

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Distracciones (III)

Esta entrada es continuación de Distracciones (II). Te aconsejo que leas esa entrada antes de esta si no lo has hecho. En todo caso allá tú, luego no me vengáis con que no me expreso bien

 

La Muerte de Sombra

Mi padre llegó a teorizar sobre un posible asesinato perpetrado por los vecinos. Yo estaba convencido de que le había atropellado un coche. Finalmente, dos o tres semanas después, el cuerpo de Sombra fue descubierto entre los setos de un jardín muy cercano a mi casa y a la carretera. Se reforzó mi teoría de que le había matado algún coche atraído por la feria de las Fiestas, que se montan cerca de casa.

La muerte del gato no me conmocionó demasiado. Por dos motivos. El primero es que estaba demasiado ocupado en estudiar y en gastar tiempo pensando en la chica que me gustaba (es curioso, si me preguntan por qué no acusé la muerte de mi gato, diré que por la selectividad y la chica; si me preguntan que por qué fracasé en la selectividad, diré que la muerte de mi gato y cierta chica me tenían distraído; por último, si me preguntan por qué fracasé con ella, diré que estaba demasiado ocupado con la selectividad y en sobrellevar lo del gato. Buen círculo de distracciones, sí señor). El segundo motivo es que, aparte de que era algo que todos en casa sabíamos que podía suceder cualquier día, me pareció una muerte adecuada para Sombra. No entraba en su estilo vivir hasta viejo. Debía morir joven, de noche, y encima en Fiestas. Vivió salvaje y salvajemente murió: golpeado por una máquina de hierro que se movía a cincuenta kilómetros por hora. Esa carretera la había cruzado cientos de veces antes, y otras mucho más peligrosas. Pero ese día, un mal cálculo, o una distracción (¿los ruidos de la feria de fondo?) le paralizaron frente a las luces cegadoras que se acercaban, se acercaban… hasta que lo mandaron disparado a los setos de donde ya no se levantaría.

 

Continúa

Distracciones (II)

Esta entrada es continuación de Distracciones (I). Te aconsejo que leas esa entrada antes de esta si no lo has hecho. En todo caso allá tú, luego no me vengáis con que no me expreso bien

 

Sombra

Además de este manantial de distracción en el que yo soñaba con posar algún día mis labios en sus limpias aguas, hay que sumar a los sucesos de aquellos meses que nunca olvidaré la muerte de mi gato. En mi casa teníamos un gato. Se llamaba Sombra y era macho. Lo habíamos cogido de la calle unos cinco años antes y siempre fue un salvaje. Nunca dejó de ser callejero, aunque tuviese la suerte de vivir instalado en la guarida de unos humanos que, vete a saber por qué, le daban comida y caricias. De la calle le habíamos sacado y a la calle pertenecía, y él lo sabía. Le recuerdo de pequeño, mirando a través de la ventana. Moríase por salir y reunirse con su amada como el preso más pintado. Un día por fin abrimos la ventana, y desde entonces todo fue para él entrar y salir de casa con una libertad de horarios que yo no creo que haya tenido nadie más en la casa.

Era un cabrón, y le gustaba la camorra más que al gato López. No era el clásico gato hijo de puta que en cuanto te ve dispara todos sus sistemas de defensa y te bufa para que te vayas, no. Con Sombra podías jugar. Por lo menos durante diez o quince segundos. En un momento dado podías notar perfectamente cómo la ansiedad del juego y la adrenalina desbordaban los resortes de su cabeza y tomaba el control la pequeña fiera que cientos de miles de años de evolución habían desarrollado para matar. Podías notar perfectamente en tu carne el punto en el que sus mandíbulas alcanzaban un umbral de presión en el que era imposible creer que no mordía para hacer daño. Joder qué cabrón, decía la veterinaria de turno tras un primer intento de meterle el termómetro por el culo, si va de bueno y luego…

Su vida era plena. Entraba y salía de casa cuando quería; había amaestrado a mi padre para dar un paseo todas las tardes según éste llegaba de trabajar, a veces volvían juntos, y a veces volvía mi padre solo. Los últimos años habíamos renunciado a darle la medicina y a bañarlo (aún así se mantenía muy limpio). En Navidades, era, con diferencia, el miembro que más langostinos comía. También le encantaban los boquerones

Una noche, el día que se inauguraban las Fiestas de mi ciudad, que caen por estas fechas, mi gato salió y ya no volvió.

Continúa

Distracciones (I)

La Chica

 

Nunca me ha vuelto a gustar tanto una chica como la chica que me gustaba en la época en que me estaba preparando la selectividad, hace justo seis años. Me incomoda cuando me preguntan cuántas veces me he enamorado, o si lo he hecho alguna vez, sobre todo desde que me dí cuenta de que la respuesta no es tan fácil. Lo que es claro es que si alguna vez alguien ha tenido la capacidad de distraer mis pensamientos, o por lo menos de hacerlo cuando menos oportuno parecía, es esa chica de hace seis años. Hubo otras antes y las ha habido después pero en ninguna la obsesión ha sido tanta, ni en el tiempo ni en intensidad, como con ella. Tenía que remontarme muchos años, a los terrenos de la infancia, para recordar sentir algo parecido por alguien. Ella fue mi primera pasión adulta (platónica, a distancia, timorata, muda, sin contrastar, pero pasión al fin y al cabo). Fue la primera en que tuve que contener los sentimientos exaltados con los mecanismos mentales de mi incipiente madurez, que, lejos de servirme de ayuda, se revolvían contra mí. Fue la primera vez que me robaban el sueño.

En la época de la preparación a la selectividad, la exaltación estaba en su punto álgido. Reunía y creía ver pistas por todos lados que me señalaban por dónde dirigir mis intentos. Las pistas y las señales son en el enamorado que no encuentra su droga lo mismo que la metadona en el yonki sin heroína. Y si permitía que me robase el sueño, cómo no iba a permitir que me robase el tiempo que debía utilizar en el estudio. Abría los apuntes de lo que fuesen, empezaba a leer, y pronto la reflexión se quedaba interrumpida en mitad de una frase. Los minutos pasaban pensando en ella, o en cualquier nimiedad sobre ella, hasta que, sorprendido, me percataba de la frase, o el ejercicio que había dejado en suspensión y lo retomaba. Bueno, no voy a extenderme porque creo que todos sabemos lo que es eso, o parecido. Ahora supongo que esta experiencia se sitúo en el peor momento del año, justo en la preparación de unos exámenes que iban a indicar mi techo de estudios de ahí en adelante. Pero en ese momento, he de reconocer, lo que yo sentía, lo que me hubiese salido por la boca si me hubiesen preguntado, es que era la selectividad la que estaba mal colocada, la que se encontraba interrumpiendo algo que debía ser ininterrumpible.

(continúa)

Luz

-Tienes que irte.

-¿Por?

-Va a venir gente.

-¿Gente?

-Familia.

Se desperezaron, salieron de la cama. Se vistió. Ojeó algún mensaje en su móvil. En la puerta, el beso fue torpe. Luego él entró en la cocina, y mientras se rascaba, examinó la pizza congelada que iba a prepararse.

 

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La luz lechosa de la madrugada

entra ya por todas las ventanas.

Escribo versos que no dicen nada.

Y, derrotado, llego a mi cama.