Reseñas literarias (VIII): La caja negra, de Amos Oz

En un intento de alcanzar cierta continuidad en la serie de reseñas literarias, voy a aprovechar que estoy  en paro, y este trayecto en tren de esta mañana de lunes tan soleada y amiga y voy a hablaros de La caja negra, del Amos Oz. No había leído nada de este autor judío, eterno rival de Philip Roth en las quinielas al Nobel para que luego se lo lleve un chino o un francés. El balance final ha sido bastante positivo.

Ocho años después, Ilana vuelve a escribirse con su exmarido, un intelectual rico y prestigioso, pidiéndole ayuda para reconducir al irreverente hijo que tienen en común. Ella ya ha formado una nueva familia, con un profesor de francés de instituto, un judío ortodoxo con el que tiene una hija pequeña. A partir de aquí se sucede un intercambio de misivas y telegramas, del que también participan el hijo irreverente, el nuevo marido judío pro-asentamientos y el ayudante del antiguo marido de Ilana. Estas misivas desarrollan la acción de la historia, hacia delante y hacia atrás, reconstruyendo un pasado doloroso en los recuerdos de los personajes.

La novela se ciñe estrictamente al género epistolar. Todo lo que se cuenta, el cien por cien de la información que el lector maneja, es la contenida en las cartas que los personajes se envían entre ellos. No existe, por lo tanto, ningún punto de vista dominante, ni mucho menos objetivo.

La narración está hecha de distintas voces. A cada voz hay que otorgarle un estilo, una actitud, un papel en la historia que cuentan y de la que son parte implicada. Además estas voces narran en sus cartas dirigiéndose exclusivamente a alguna de las otras voces, lo que acarrea sus implicaciones estilísticas y determina la información que cada uno de ellos posee. Con todas estas cortapisas hay que saber escribir para que no te quede algo que funcione narrativamente sin ser insufriblemente artificial.

Y aunque algo artificial es, pues nadie escribe cartas de veinte o treinta páginas, en una sola noche, y destapando recuerdos y pensamientos que causan bastante embarazo, la novela encuentra su mayor peligro, precisamente, cuando es verosímil. Porque las personas reales, que no escriben novelas, no saben escribir. Incluso aquellas que saben redactar no saben contar bien los sucesos que le pasan o explicar lo que sienten. No con la suficiente claridad, sin caer en la redundancia, o cometer abusos de estilo. Algunos fragmentos de las cartas de Ilana son insufribles por su exagerado, lírico sentimentalismo. Fragmentos que sin embargo, deben estar ahí en pro de la versimilitud.

Al calor del reestrenado contacto, la maraña de rencor y desconfianza que unía a los personajes, en especial al antiguo matrimonio, se va despejando. Su lugar es ocupado por la debilidad (e incluso la a veces sonrojante autocompasión) de cada uno. La caja negra respeta las complejidades de las relaciones humanas, en las que la amistad y el amor familiar conviven, sin salir indemnes, con las obsesiones y los legítimos intereses de cada personaje. Esta novela refuerza la certeza, no por ya sabida menos verdadera, de que hacemos daño a las personas que queremos más por torpes que por malos. La caja negra te reconcilia un poco con las personas.

Mejor escena:

PERSONAL. ZAKHEIM. JERSUALÉN. ISRAEL.

TE HAS EXCEDIDO DE TU OBIGACIÓN. PAGA YA LOS CIEN MIL. DEJA DE FASTIDIARME. ALEX.

 

A. GIDEON. NICFOR. LONDRES.

HE PAGADO. DIMITO GESTIÓN DE TUS NEGOCIOS. ESPERO INSTRUCCIONES INMEDIATAS SOBRE TRANSFERENCIA DOCUMENTACIÓN. ESTÁS LOCO. MANFRED ZAKHEIM.

 

PERSONAL. ZAKHEIM. JERSUALÉN. ISRAEL.

DIMISIÓN NO ACEPTADA. DATE UNA DUCHA FRÍA. CÁLMATE Y SÉ BUEN CHICO. ALEX

 

A. GIDEON. NICFOR. LONDRES.

MI DIMISIÓN SIGUE EN PIE. VETE AL INFIERNO. ZAKHEIM.

 

PERSONAL. ZAKHEIM. JERSUALÉN. ISRAEL.

NO ME ABANDONES. SOY DESGRACIADO. ALEX.

 

A. GIDEON. NICFOR. LONDRES.

SALGO ESTA TARDE. LLEGO A NICHOLSON A PRIMERA HORA. NO COMETAS NINGUNA ESTUPIDEZ MENTRAS. TUYO. MANFRED.

 

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