Reseñas literarias (VII): Manhattan Transfer, de John Dos Passos

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Vengo a hablaros de Manhattan Transfer, de John Dos Passos, y no sé muy bien por qué, como dirían los de Barricada. Basicamente vengo a deciros que no me ha gustado. Me la he leído en poco más de dos semanas. Esto para alguna gente es una eternidad, pero en mi caso es la media. Sin embargo se me ha hecho larga como las pachangas los días de resaca.

Por buscar un símil, se asemeja a La colmena, de Cela, que como sabéis la releí el año pasado y me pareció genial. Aquí la estructura también está hecha de fragmentos de tres o cuatro páginas, que nos cuentan las vidas de unas personas en una ciudad. Vidas que a veces comparten, a veces sólo se cruzan y a veces ni eso.

A más ciudad más vidas. Si en La colmena, que describe Madrid, aparecen, así a ojo, una cincuentena de personajes, en Manhattan Transfer, que toma Nueva York por escenario, aparecen una centena. También a ojo.

En La colmena me identifico con los personajes. Me desagrada el egoísta y me apiado del pobre, me enternecen sus historias, comprendo sus anhelos, sus sueños imposibles, su vacío de amor. En Manhattan Transfer, simplemente me pierdo. Excepto la decena de personajes que aparece con más frecuencia en la novela, del resto no logro ni recordar su nombre cada vez que vuelven a aparecer. Y son muchas las páginas gastadas en esos personajes que aparecen menos. Por romper una lanza a favor de la novela, creo que en todo esto tiene mucho que ver el que sea español. ¿Cómo me voy a acordar del personaje que salió hace cincuenta páginas llamado Bud? Es más fácil si se llama don Pablo.

Tal vez por eso, el personaje que más vivo he sentido es un negro al que llaman Congo, que no sé muy bien cómo al final aparece siendo rico.

Yo creo que se le podían quitar 150 páginas, y con eso la novela mejoraría sustancialmente.

Dos Passos tiene un estilo visual, plástico, interesante pero aburrido. Comenta mucho los colores. Y si hay algo que emite algún reflejo, tranquilo que te lo va a decir. He acabado hasta las narices (en realidad hasta los huevos) de tanta descripción de calles, parques, muelles y cielos amaneciendo y anocheciendo.

Tal vez relea Manhattan Transfer dentro de 6 años y me encante. Es lo que me pasó con La colmena. Qué buena es La colmena.

Mejor escena:

-Otro whisky, Charley. Esto le devuelve a uno la vida. Lo que me pasa a mí es que he estado mucho tiempo sin beber. Tú no lo creerás al verme así ahora, ¿verdad, amigo?, pero antes me llamaban el Brujo de Wall Street, lo cual no es más que otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos… Sí, señor, con mucho gusto. ¡Viva la salud y al diablo lo demás! ¡Ajajá, esto le devuelve a uno la vida!… Pues bien, señores, apuesto que no hay ninguno entre ustedes que un día u otro no se haya metido en alguna especulación, ¿y cuántos de ustedes no han salido desilusionados? Otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios. Pero no yo, señores, que durante diez años he jugado a la Bolsa, durante diez años día y noche, sin perder de vista un negocio, y en diez años no me he equivocado más que tres veces sin contar la última. Señores, voy a decirles un secreto. Un secreto importantísimo… Charley, otra ronda para estos buenos amigos míos. Yo pago. Y echa un trago tú también… ¡Diablo, cómo hace cosquillas!… señores, otro ejemplo del singular predominio en la suerte de los negocios humanos. Señores, el secreto de mi suerte… Es auténtico, se lo garantizo; pueden ustedes mismos comprobarlo en los periódicos, revistas, discursos, conferencias que publicaron entonces. Un hombre, y entre paréntesis un pillastre, escribió una novela policíaca acerca de mí, titulada El secreto del éxito, que pueden ustedes leer en la biblioteca pública de Nueva York, si les interesa el asunto… El secreto de mi éxito era… Y en cuanto ustedes lo sepan van de seguro a reírse para sus adentros, diciendo que Joe Harland está borracho, que Joe Harland es un pobre idiota… Sí que se reirán… Durante diez años, como les iba diciendo, operé en el mercado de futuros, comprando a la primera, y puse mi dinero en acciones cuyo nombre no había oído nunca, y siempre salí ganando. Amasaba dinero. Tenía cuatro bancos en la palma de la mano. Empecé a interesarme en azúcar y gutapercha, adelantándome a mi siglo…Pero ya están ustedes muertos por saber mi secreto, que creen podrá servirles… De ningún modo… Era una corbata de seda azul que mi madre me hizo cuando chico… No se rían, vamos… No, no estoy tratando de armarla. Es simplemente otro ejemplo del singular predominio de la suerte en los negocios humanos. El día que me aventuré con otro tipo a mter mil dólares en títulos de Louisville y Nashville, llevaba aquella corbata. Subieron veinticinco enteros en veinticinco minutos. Aquello fue el principio. Luego, poco a poco notéq eu cada vez que no lleavaba la corbata perdía. Estaba ya tan vieja y tan rota que traté de llevarla en el bolsillo. No sería. Tenía que llevarla puesta, ¿comprenden?… Lo demás es la eterna historia, señores… Había una mujer, ¡que el diablo se la lleve!, y yo la quería. Quise probarle que no había nada en el mundo que no hiciese por ella, y se la di. Traté de echarlo a broma y me reí, ja, ja, ja. Ella dijo: <<Si no sirve para nada, está toda rota>>, y la tiró al fuego… Un ejemplo más… Amigo, usted no querría invitarme a otro vasito, ¿verdad? Me encuentro inesperadamente sin fondos esta tarde… Muchas gracias, señor… ¡Ah cómo pica el condenado!

 

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