Mes: marzo 2011

“No hay que cambiar nunca”

El otro día eran sobre las cinco de la noche. Estaba con unos amigos en una disco. Hacía unos segundos que acabábamos de entrar pero yo ya me quería ir, no había nada interesante a mi alrededor. Eché un calculo y creo que la media de la gente que estaba ahí nos sacaba unos 7 años. Vamos, que ni siquiera me molesté en quitarme el abrigo.

Entonces vi a mi antiguo profesor de guitarra. Era todo un sorpresón: unos cuatro años sin verle. Y en todo este tiempo había pensado en varias ocasiones qué habría sido de él. He pensado en él casi tanto como he pensado en la guitarra, afición que dejé con bastante pesar sin llegar al extremo de no permitirme de vez en cuando marcarme unos acordes. Pero siempre que lo hago es más un acto de pura nostalgia que otra cosa. Un intento de reparar lo que pudo haber sido y no fue; un momento de debilidad en el que vuelvo a sentir que el adolescente sueño de convertirme en guitarrista sigue vivo. Entonces suelo pensar en él, porque, aunque no fue el único, sí fue el que más hizo por que alcanzase ese sueño que acabó en nada. Porque mi sino con la guitarra estuvo tan marcado por mi torpeza, mi vaguería y mi ilusión como por sus enseñanzas. Mi visión sobre el instrumento está (y estará) atada a lo que heredé de él.

Y qué coño, tampoco hace falta que me ponga tan profundo. De vez en cuando pienso en él porque, al fin y al cabo, fueron muchas horas de clases.  Martes y jueves durante tres años. Tres años que se tiró el tío dándome clases casi de forma gratuita. El roce hace el cariño, ya se sabe. Por unas cosas y otras fui su único alumno serio durante esos tres años. El resto no estuvieron por ahí más de uno, y ni eso.

Hasta que un día dijo, me piro. Me piro, Álvaro, con lo que gano aquí no me da ni para la gasolina que gasto en venir. Así que se piró a otro lugar, a dónde me dijo que le siguiese. Sólo que ya no era tanto chollo, así que decliné. Iluso de mí, me creía que podría seguir aprendiendo como dios manda por mi cuenta. ¡Ja!, en cuanto me soltó no supe ni por dónde tirar.

Total, que aún estaba pensando en para qué me iba a quitar el abrigo si me iba a pirar en cero coma cuando le vi y pense: ¡ostias! Estaba bastante cerca, pero aún así me quise asegurar de que era él de verdad. Lo era, pero joder, ¿qué coño le había pasado? Cubata en ristre, lucía un pendiente en cada oreja de estos de diamantes falsos, a lo CR. También se había cambiado de pelo. En vez de sus característicos ricitos rubios, más o menos cortos, llevaba una boina y estaba engominado. Siempre había sido más bien corpulento, pero ahora apreciaba la forma de sus bíceps más abultada, quizá debido al gimnasio.

La alegría inicial se tiñó de temor, porque la imagen no molaba nada. Al instante lo interpreté como si mi querido profesor se hubiese dejado arrastrar por los canónes estéticos impuestos por la sociedad. Su imagen de fiestero puesto a punto me resultaba muy lejana de la que conservo de su recuerdo, y eso me apenó.

Bueno, ya podía llevar todos los pendientes del mundo y haberse convertido en el más poligonero que por nada iba a desapovechar la oportunidad de saludarle. Así que fuí, le di unos toquecitos en el codo, y este fue más o menos el diálogo:

-¿Antonio?

-Ositaaas-Nos damos la mano, nos damos un breve abrazo-. ¿Qué tal tío, qué haces?

-Joder, tío, ¿qué tal?, cuánto tiempo macho.

Yo sonreía, claro.

-Pues aquí. Sí. ¿qué es de tu vida, a qué te dedicas? -Bueno, puede que no dijese exactamente eso, pero da lo mismo.

-Pues ahí estoy, en la uni, en tercero de carrera ya. Si es que ha pasao tiempo.

-¿ Y qué estás estudiando?

-Periodismo -No le veía excesivamente contento por el encuentro. Además le notaba algo alcoholizado. Eso era una novedad, porque la verdad es que no es el tipo de personas que te imaginas pedo, pero me daba lo mismo. Los pendientes me tenían más preocupado-. Oye, pero ¿te acuerdas de quién soy, verdad?

-Sí, claro, hombre. Álvaro, del Virgen de la Paz.

Me alegró bastante que se acordase, hasta me sorprendió que me dijeses el nombre del tuto.

-Jaja, exacto. Oye, la verdad es que no hubiese imaginado que te encontraría aquí…y con pendientes y todo.

Le cruzó un velo de seriedad por el rostro.

-Todo el mundo tiene derecho a divertirse -me explicó

-Jaja, claro, claro, de eso sí que no hay duda- me reía y le daba la razón, pero en mi cabeza pensé ¿qué cojones tendrá que ver el divertirse con que te encuentre tan diferente?-.

-Oye, Álvaro, sé bueno, sé bueno –

Ese sé bueno me hizo gracia, porque es muy típico de él, pero el alcohol era el que le hacía repetirlo. Pero noté que se estaba despidiéndo de mí, y que quería que me largar ya. No podía dejarle sin preguntarle antes por la guitarra, así que le negué este primer intento de despedida:

-Oye, pero una cosa, ¿tú sigues dedicándote a la guitarra, verdad?

-Por supuesto -dijo sonriéndo.

Entonces se la clavé. Mi mirada siguió el camino falsamente afable que había tomado la conversación, pero mis palabras iban cargadas de sinceridad:

-Pues me alegro de que por lo menos eso no cambie.

Él me respondió con el tono y la mirada inversos a los míos, que a efectos es lo mismo:

-No hay que cambiar nunca

Me hizo gracia que la conversación terminase precisamente así, cuando lo primero que había pensado al verle era que había cambiado, por lo menos su fachada. Nos dimos otro breve abrazo y me di media vuelta, y cinco minutos después ya iba de vuelta a casa.

No sé, pero el Antonio que vi me parecía una copia del que recuerdo. Le recuerdo viniendo para clase, andando al otro lado de la verja del tuto, con la funda de la guitarra (que primero fue granate y después azul) y la guitarra en su interior en la mano. A esas horas de la tarde el sol ya caía y su luz lo manchaba todo de un amarillo bastante intenso…amarillo guitarra.

No hay que cambiar nunca.

Pues eso. Espero que no cambies nunca y sigas tocando y enseñando por mucho tiempo. Espero que la próxima vez que nos veamos sea guitarra de por medio.