Mes: noviembre 2012

La muerte de Marcos

Lo mismo estoy un poco pesadito últimamente con la muerte xD, el caso es que acabo de terminar este cuentico que empecé hace casi un año y hoy me he levantado y lo he terminado. Sólo le faltaba una página más. En total son 4 páginas de Word. Soy incapaz de escribir nada que exceda las 4 páginas de Word. Imagino que es falta de disciplana. En fin, que había pensado que lo mismo lo mejor sería dejarlo reposar, pero la verdad es que me gusta como ha quedado y quiero que lo lea ya mi anchísimo público. Y qué coño, queda de puta madre para el día de todos los santos. Espero que os guste.

La muerte de Marcos

Sí es cierto que la muerte tenga aspecto de persona vestida con túnica negra y harapienta cuya capucha impide verle el rostro, y que porte una guadaña con la que lleva a cabo su tétrica actividad, que no es otra que la de restar la vida a las personas. Suele decirse que el sentido de la guadaña es el de cortar el hilo de la vida. Pura literatura. No sabemos con seguridad si el rostro de la muerte es la imagen cadavérica que se le presupone o no, pues al asomarnos al agujero de su capucha las sombras se multiplican y lo único que nos parece percibir es un oscuro y elocuente vacío. Tampoco nos es dable otorgarle un sexo, es más, sería un equívoco, pues la muerte ni es mujer ni es hombre, es muerte. Por supuesto, esta descripción no es del todo rigurosa, construida como está en base a coincidencias de los testimonios de quienes dicen haberla visto: médiums, iluminados, faroleros y comatosos, en fin, un grupo de gente de la que nunca ha sido muy buena idea depositar toda la confianza de uno sin ningún reparo. Desde luego, lo cierto es que la muerte es invisible.

Lo que nos interesa aclarar ahora es que la común idea de que la muerte es sólo una es también errónea. No sabemos cuántas son, pero sí que son un gran número. De otra manera sería imposible que se llevase puntualmente a cabo el inmenso trabajo que supone quitar la vida de cientos de personas en cada instante. A lo largo de la historia muchas personas han dado constancia de haber vislumbrado enjambres de ellas rondando en los lugares donde más trabajo se les reúne, como hospitales, geriátricos o campos de batallas.

Y lo que es más, no sólo son muchas y no una, sino que guardan diferencias entre ellas. Unas son más trabajadoras que otras, otras más eficaces, otras simplemente más experimentadas. Algunas son verdaderas novatas, como las que les tocan a los comatosos, que ésa es precisamente la razón de que lo sean: las muertes que se ocupan de sus casos, faltas de práctica, no saben dar buen fin a su faena.

El caso que nos ocupa es el de una de estas muertes novatas. La pobre siempre tuvo que aguantar la vergüenza de reconocer que no supo terminar con la vida de la primera de las personas que tuvo que matar. Lo cual entre las muertes suele ser bastante deshonroso. Le faltó agilidad y le sobró indecisión. Pero, cuando alguna de sus compañeras termina de escuchar su lamentable relato, todas, sin excepción, coinciden en que al término tuvo la peor de las suertes. (Dígase de paso que la mala suerte es otra personalidad de la que también se pueden contar interesantes historias, pero este no es el momento).

Su caso era el de un hombre que andaba ya por la treintena. Desde luego, no era de vejez por lo que iba a morir. Es más, este hombre tenía no ya un joven espíritu, sino más bien adolescente, casi infantil, merced al cual sufría de un rechazo natural y simple hacia todo aquello que supusiese una toma de responsabilidades. Vivía en la ausencia casi total de preocupación por el cumplimiento de los horarios de la vida ordinaria de un adulto. Por ejemplo, no solía tener ni idea de lo que comería en el mismo día, prácticamente ni de lo que había en su nevera; solía llegar tarde a las citas, o directamente las olvidaba; su casa era como se suele decir una leonera; perdía constantemente, y en los sitios más dispares, las llaves, el móvil o la cartera; no tenía coche ni carné de conducir; no votaba a partido alguno, pues era un desentendido de la política y ni siquiera se acercaba a los periódicos; no tenía control sobre su economía, y de hecho solía sufrir cortes de luz por no acordarse de pagar las facturas. Ni que decir tiene que no tenía hijos ni parienta. Era un solterón de los de toda la vida. O un single de los de ahora.

Sin embargo, ese mismo espíritu que le permitía vivir siendo un desastre le otorgaba también un candor que hacía de él una persona de agradable compañía, tan singular como simpática. Al poco de tomar contacto con él, cualquiera se convencía de que tenía un corazón puro y valía la pena soportar su desorden a cambio de conocerlo. Incluso físicamente contaba con cierto atractivo; y en cuanto a mujeres, siempre le fue lo suficientemente bien para no preocuparse por ellas. O siempre se despreocupó lo suficiente para que le fuese bien, que nunca se sabe.

Llamemos a la pobre e inexperta muerte que le tocó ir tras él Muerte, así con mayúscula, por ser la única de las muertes que nos preocupa en esta historia. A propósito, el hombre se llamaba Marcos, y la razón de que fuese a morir era una anomalía cardíaca de la que no tenía ni idea. Marcos tampoco era muy dado a las revisiones médicas.

El caso es que era tal el despiste que llevaba este hombre en su vida que no era raro que no supiese dónde se debía encontrar dentro de una hora. Incluso a veces ni siquiera sabía dónde demonios se encontraba en el momento actual. Y por supuesto, menos aún lo sabía Muerte, que desde el día en que estaba programado su fallecimiento, andaba detrás de él siempre confundida. Y es que Muerte se veía incapaz de encontrar a su víctima, que nunca estaba donde debía estar. O mejor dicho, donde Muerte calculaba que debía estar.

En el primer intento, Muerte fue al lugar de trabajo de su caso, pero el hombre se quedó dormido y no fue a trabajar. Dice que esperó tanto que ya no sabía ni qué hacer con la guadaña. Volvió al día siguiente al trabajo de Marcos, pero lo que no podía imaginar es que éste se volvería a quedar durmiendo en casa, precisamente porque había acudido a su puesto por la noche. Afortunadamente para él y desgraciadamente para su muerte, contaba con un jefe que le permitía ir a cualquier hora del día a trabajar, siempre y cuando hiciese las horas pertinentes. Y, aunque Marcos prefería trabajar por la mañana, no había semana en la que no tuviese que acarrear con una modificación del horario.

Así, cuando ella le esperaba en el trabajo, él dormía, cuando le esperaba en la cama, él pasaba la noche trabajando. Si corría hacia su casa porque sabía que estaba disfrutando de tiempo libre, resultaba que el otro tenía una cita y salía a la calle pitando. Y si se enteraba de que tenía una cita con alguien y se le ocurría esperar a que llegase, Marcos no llegaba, ya fuese por olvido o porque le sucedía algún incidente entre medias, lo que en él era muy frecuente. A la hora de la comida era igualmente impredecible: siempre comía fuera, pero nunca en el mismo sitio. Marcos era un gran conocedor de la red de restaurantes, cantinas, bares, tabernas, locales de comida rápida y cualquier otro lugar de reunión social donde se pudiese tomar algo de la ciudad.

Durante el fin de semana era absolutamente imposible dar con él. Ni el mejor de sus amigos sabría decir dónde se encontraba Marcos un sábado por la tarde. Y por mucho que dejase dicho cuáles eran sus planes para el fin de semana próximo, todo el mundo (menos quizá él) sabía que los planes de Marcos para un fin de semana eran papel mojado, que en cuanto saliese a la calle, seguramente se encontraría con un conocido con el que se iría a cualquier lugar imprevisto. O que si decía que tenía ganas de quedarse unos días descansando en casa, lo más seguro es que, sin comerlo ni beberlo, decidiese coger un autobús a cualquier provincia cercana y no volviese hasta el lunes. No, durante el fin de semana, nadie sabía dónde ni qué estaba haciendo Marcos.

Y, sin embargo, fue un sábado por la mañana cuando Muerte consiguió dar con su humano por vez primera. Habían pasado ya diez días desde que comenzase a perseguirle, lo que era una barbaridad. Su caso se estaba haciendo popular entre la comunidad de las muertes, como ella misma confesaría tantas veces después. Normalmente una muerte solía terminar con su humano al primer intento, si la cosa se complicaba, tal vez tendría que estar detrás de él todo un día, dos, a lo sumo tres, ¡pero diez!, por muy escurridizo que fuese el humano, ¿cómo no había dado ya con él?, marujeaban las encapuchadas entre finado y finado. Y mientras tanto, ella, inexperta, confusa y desesperanzada, buscaba de un lado a otro como loca, confiando ya más en el poder de la casualidad que en sus propios cálculos, cada vez más erróneos.

Así que nadie esperaba que fuese aquel sábado, undécimo día desde que empezase a perseguirle, cuando por fin diese con él. Tras el primer estado de nerviosismo que acompaña a cualquier primerizo, seguido de un segundo estado de desesperanza por lo torcido de los acontecimientos, Muerte se encontraba ahora en un tercer estado de resignación, dando por sentado que aún pasaría por lo menos un día más antes de que encontrase a su víctima. E incluso empezaba a vislumbrar la posibilidad de que tuviese que ser otra hermana parca la que matase a Marcos. Muerte se equivocaba en la primera idea, no así en la segunda.

Cuenta Muerte que esa mañana había decidido pasarla descansando, lujo que su resignación la había convencido que se merecía. Dice, pues, que estaba ni más ni menos en unas piscinas públicas, paseando entre la gente y las familias bulliciosas y vivas. Estaba tan decidida a tomarse un respiro que incluso había abandonado la guadaña apoyada en algún lugar mientras se dejaba impresionar por los remolinos de colores chillones que la conjunción del agua, el cloro y el sol le brindaban a su alrededor, en las espaldas de los niños, en el pelo de las mujeres, en las barrigas orondas de los hombres y en los bañadores de todos ellos. Fue en ese momento de guardia totalmente baja cuando su mirada, que se paseaba sobre los bañistas de la piscina más cercana, se paró en la figura de un hombre que buceaba; un hombre al que reconoció en seguida, aunque no lo había visto antes. Marcos.

El hecho de que el sujeto se encontrase bajo agua no la obligaba a tomar medida preventiva alguna. El cumplimiento de su función es más poderoso que cualquiera de las condiciones en que una muerte tenga que llevarla a cabo. Las muertes pueden moverse y actuar igual en suelo firme como bajo agua, o por los aires, que también en avión se puede morir uno.

Sin perder un instante, la muerte se zambulló en la piscina, derechita a robarle la vida a ese negligente humano. Pero entonces lo que vio la paralizó de golpe. Marcos no estaba solo.

Se encontraba sumergido bajo el agua, pero no buceaba, como había creído en un primer momento, sino que se mantenía inmóvil. Con las piernas algo encogidas, y las manos empujando agua hacia arriba para mantenerse en el lugar, miraba fijamente hacia lo que tenía enfrente. Y lo que estaba enfrente de Marcos y de lo que no apartaba su mirada era una chica. Joven, rubia, guapa.

Muerte se detuvo por un momento en su carrera hacia su víctima. Esa rubia era de una belleza extrema. Una belleza que podía superar cualquier cosa que uno alcanzase a imaginar. ¿Quién era esa chica? En su persecución de diez días tras Marcos, Muerte había tenido tiempo de ver muchos humanos vivos, miles de ellos. Pero ninguno como ella.

Cuando avistó a Marcos, Muerte sintió como una llamada que la sacudió como un calambre. Aparte de Marcos, su reacción hacia cualquier otro humano no podía (no creía que podía) generar en ella otra cosa más que absoluta indiferencia. Y sin embargo, ahora, ante la imagen de esa chica, esa joven flotando en el agua azul, con ese cabello dorado que parecía detenido alrededor de su rostro, sus profundos, hermosos ojos verdes, sus largas pestañas que en ningún momento parpadeaban, la armonía de sus miembros, la carne de sus mejillas elevadas… ante esa hermosa muchacha que se mantenía inmóvil sin necesidad de mover los brazos con las palmas de las manos hacía arriba para evitar flotar, Muerte sentía otra especie de llamado. Muerte reformuló su pregunta: ¿qué era esa chica?

Por muy inexperta que ella fuese, Muerte era una muerte, lo que suponía más cosas que la sola capacidad de arrancar la vida de las personas. Las muertes tienen unos conocimientos y una sabiduría diferente a la nuestra, pues ellas no están atadas a nuestro mundo físico. Y por eso Muerte creyó reconocer en aquella chica otro ser inasible y maravilloso, diferente a ella. ¿Qué especie de deidad era aquello que, poseyendo una belleza infinita, iba a piscinas públicas, haciéndose pasar por una humana?

Ya totalmente paralizada, Muerte se perdió en los ojos de la joven, profundos y fangosos lagos donde daba la sensación de que también se podía bucear. Intentó zambullirse en ellos, pero no pudo, pues la superficie de esos lagos no estaban vueltas hacia ella. Siguió la mirada que se desprendía de aquellos ojos y comprendió que ésta era una línea tensa que llegaba hasta los de Marcos. Muerte miró a uno y otro varias veces. Las miradas de ambos constituían una sola. Cada vez se encontraban más inmóviles, y cada vez era más insoportable la hermosura de la chica. Había tanta concentración en sus miradas, que parecía que se habían atado en un hilo irrompible, trenzado de amor y deseo.

Supo de su impotencia, y sintió la necesidad de huir de allí. Fue muy doloroso y humillante no poder dar con su víctima los diez días anteriores y realizar su labor, pero no poder realizarla teniendo a Marcos ya allí, delante de ella, era algo tan incomprensible, tan improbable, que resultaba enfermizo.

Muerte, que como muerte nunca había sentido la necesidad de andar, ni nadar, ni volar para ir de un lugar a otro, se vio echando los brazos hacia delante y moviéndolos torpemente a la manera de un humano cuando bucea. Llegó penosamente al borde de la piscina y se aferró a él para salir del agua. La túnica empapada (¿cómo podía estar su túnica empapada?) tiraba de ella hacia abajo. Con un esfuerzo enorme consiguió salir del agua. Aterrada y profundamente confusa, aún hubo un instante de normalidad durante el cual se preguntó qué había sido de su guadaña. Pero luego volvió a asustarse. Se levantó y corrió. Mientras huía, no pudo evitar mirar atrás. Seguían ahí, en el mismo punto y en la misma postura como los había dejado. Sus figuras eran cada vez más imprecisas y borrosas y prácticamente ya sólo los podía distinguir por una luz amarilla que parecía salir de donde estaban.

* * *

Ese mismo día, Muerte pidió ayuda a sus compañeras y relegó su tarea en una de ellas. Dos días después de la escena de la piscina, Marcos fallecía de una parada cardíaca mientras hacía footing, práctica a la que nunca había sido asiduo.

Así de sencillamente se acabó con la prórroga en la que la vida de Marcos parecía haberse instalado. Con el tiempo, Muerte volvió al trabajo y acabó convirtiéndose en una muerte eficaz que no se demoraba en sus cobros a la vida. Pero a Muerte siempre le quedó sin resolver las preguntas que se hizo en aquella piscina. Intentó reunir información sobre la joven del agua en conversaciones con sus compañeras de trabajo, pero nadie sabía mucho. Muchas decían haberla visto alguna vez, pero ninguna se había enfrentado a ella de forma tan frontal como Muerte aquél día. Aunque nadie sabía quién o qué era, todas parecían coincidir en que cuando la veían, un extraño estupor las bloqueaba y decidían aplazar su tarea. Y entonces esas personas a quienes perseguían tenían un día más para vivir.

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