Mes: julio 2012

El país donde el mar no huele

05/06 20:30 (Izmir)

Estoy en una plaza que no se cómo se llama con un monumento un poco feo que consiste en una torre blanca y rectangular coronada por una escultura de metal que presenta una carga de caballería. Estoy sentado al borde del mar, sobre el petril que separa el agua de la tierra. El sol se desangra frente a mí en una puesta bellísima. No sé si es el Egeo, Turquía o qué, pero aquí el mar casi no huele. El disco rojo está siendo engullido justo en este instante por los velos de nubes que se acumulan en el horizonte y por un momento el cielo se ha teñido como una menstruación un último suspiro del astro Rey.

La vista es fenomenal. Dos lenguas de tierra se internan en el mar a derecha e izquierda. Dos lenguas montañosas con Izmir extendiéndose a sus pies que parecen abarcar inútilmente el mar. Éste se encuentra tranquilo, como un animal echado seguro de su fuerza. Se extiende ante mí, y yo, como cualquier otro en mi lugar, me creo que está lleno de inspiración, y que me está transmitiendo algo que no consigo desentrañar. Me imagino que el suave olor que despide es un olor a despedida. Que la llanura de agua es una metáfora, o una alegoría, o un resumen de mi estancia en este país. Me imagino todo eso en lo que no es otra cosa que sugestión mental, pues la naturaleza, aunque pueda ser incomparablemente bella, nunca tiene voluntad de estar en conexión con el individuo. No tiene voluntad de nada. Ni sabe, ni quiere saber quiénes somos cada uno de nosotros.

Hace un momento, un arrebato de viento ha tirado mi plano de Izmir al agua. ¡Con lo que me había costado conseguirlo! Durante algo así como un minuto he estado observando cómo el agua iba sobrepasando sus bordes poco a poco, hasta que uno de ellos ha cedido y por ahí se ha hundido el resto de él. He seguido observándolo cuando ya le cubría por completo el agua y ya no veía más que una mancha fosforescente cada vez más difícil de distinguir. Y hasta que ha dejado de existir.

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