Mes: marzo 2010

La vida es breva, y yo soy tonto

Hoy, último día de marzo y primer día en el que escribo en este blog, ha sucedido una cosa extraña.

Resulta que estaba yo hablando con un amigo por internet, a través de esa red demoniaca llamada tuenti, cuando el susodicho me ha preguntado por qué ya no escribía nada en el blog donde antes participaba. Le respondí que tenía un blog nuevo, refiriéndome a éste, y, tras pedírmela, le di la dirección del mismo. Lo primero que me dijo al entrar en él es que no le gustaba el nombre. Después me inquirió por las entradas. A lo que le respondí que ahí estaba la sorpresa que le había anticipado: el blog llevaba dos meses abierto, pero aún no había ninguna entrada. Entonces es cuando me dieron ganas de decirle que el nombre de este blog era el más adecuado, pues había nacido muerto, teniendo así la forma de vida más breve que se puede alcanzar. Sin embargo, mi amigo me comunicó que se iba a dar una ducha, así que me reprimí las ganas de iniciar la absurda discusión sobre lo adecuado o no del nombre de mi blog.

Pero la reacción de mi amigo me causó resquemor por haber parido una criatura para dejarla morir, a la par que me había devuelto el gusanillo por escribir algo para que la gente del ancho mundo lo pudiese leer, que es en lo que consiste esto de internet. Así que me lancé a escribir la primera entrada llamada precisamente Primera y que he subido hace escasos minutos. Al terminarla, me he dado cuenta, no sin cierta pesadumbre, que el título de mi blog ya no es tan bueno, pues inicia con esa primera entrada una vida que bien puede no ser nada breve.   Pero entonces he leído con más detenemiento el título: La vida es breva. “Pero qué cojones -he pensado-. Si pone breva, no breve“. Entonces he recordado el proceso por el que llegué a decidirme por este nombre. Tras casi dos meses devanándome los sesos buscando el mejor nombre para mi nuevo blog, mi nueva criaturita, y pensando en cosas como Allí, La casa árbol, Ojos, bigotes y cola (qué malos, por dios) me encontraba aún sin un nombre que me terminase de gustar. Un día me metí en La coctelera, y decidí crearme una cuenta y ver cómo sería ser el administrador de uno de sus blogs. Entonces me tuve que enfrentar al cuadradito en blanco que me pedía saber el nombre del nuevo blog. Dejé tan desigual enfrentamiento a mis dedos, que rápidamente teclearon el nombre de marras por orden del subconsciente. Cuando las letras aparecieron en la pantalla las miré algo extrañado. Pero me gustó: un nombre poco serio, guasón, una burla a quien esperase leer breve en vez de breva a la vez que nos recuerda que, efectivamente, la vida es breve y a veces solo es llevadera si te la tomas con la misma guasa que el nombre de mi blog tiene. Lo que quiere decir que el nombre de mi blog se ha burlado incluso de su propio creador, que por un momento, en su estupidez, creyó que era breve en vez de breva. Por lo tanto, ahora puedo decir con más seguridad que nunca mi blog tiene el nombre adecuado, pues causa el efecto que busco.

Y por eso digo que la vida es breva y yo soy tonto.

Primera

No les diré “pasen y acomódense”, pues sé que éste no llegará a ser más que un lugar de paso para el visitante y que no tendrá más inquilino que ese gato que véis, ahí a la derecha, espiando el escenario que la calle le ofrece, si es que logra ver algo a través de las cortinas. Quién sabe, a lo mejor prefiere imaginar lo que está pasando fuera. Ni siquiera yo seré inquilino, aunque sea el único con capacidad para llenar este espacio de cosas más o menos absurdas o con más o menos sentido, como serán mis posts. No seré inquilino, porque, que yo sepa, no habitaré aquí, ni temporal ni permanentemente. Para ello tendría que vivir con un pie en los escenarios de mi vida cotidiana (de los que sí soy inquilino) y otro aquí, de tal manera que siempre que alguien quisiera contactar conmigo no tendría más que meterse aquí (“toc-toc, ¿está Álvaro?, sí mire quería comentarle…”), para conseguir una respuesta mía al momento. Si fuese inquilino seguro que me encontrarían ustedes en el sofá, en batín, con los pies en zapatillas de estar por casa apollados en la mesa y con el gato en mi regazo. Claro que para ello tendría que meter un sofá y una mesa de los que de momento carece el blog. Pero no es ésa mi intención. Ya fui inquilino de otro blog sin motivo. Y digo sin motivo porque la vida que ese blog rebosaba no se correspondía con el tiempo que yo pasaba en él, con los pies apoyados sobre la mesa.

Ustedes, lectores (por qué elijo la forma ustedes es un misterio así que no me pregunten), pasarán por aquí, leerán la última y nueva entrada si es que la hubiera (muy probablemente no) y se marcharán. Yo ni siquiera eso, ¿qué sentido tiene que entre a leer lo último que he subido si ya sé lo que dice? Más bien será el blog el que pase de vez en cuando por mí, recordándome que existe y que necesita de mis palabras para seguir existiendo. Recordándome que hasta los gatos se cansan de no hacer nada y de que nadie pase por la calle. El blog pasará como un espectro por mi cabeza cada vez que algo me inspire un texto. Y si definitivamente me decido a escribirlo, estará leyendo los borradores por encima de mi hombro, presionándome para que les dé la forma que deben tener los textos de un blog, ya saben: referencias a mi vida y a mis personas, tono humorístico e irónico, íntimo, desenfadado, informal, cercano etc. Y si no lo consigue, me persuadirá de que le entregue textos que no son para él. Si ve que el hambre le mata se conformará con vídeos, ¡hasta con fotografías!  Qué puto y qué perro es el blog, y de lo poco que le va a servir. Les apuesto a que al final esto se queda vacío, sólo con el gato, y porque no se puede ir. De todos modos están invitados a acariciarle, cuidado alérgicos.