Deslumbramiento californiano (II): John Frusciante

Esta entrada tiene una primera parte. Si la lees, la disfrutarás más.

Hillel Slovak. Problema resuelto, por fin.

Estoy con Mera en un hostal de Estambul, tirados en la cama de la habiación, mirando vídeos por Youtube. En un momento dado, Mera me enseña la canción Under the bridge. Le confieso que me gusta mucho. No sabía que los Red Hot podían hacer una canción como esa. Ya conocía el vídeo del directo de Don´t forget me, pero quizá pensaba que esa canción sería una excepción en su repertorio.

Sí me había servido, sin embargo, para empezar a creerme lo que por otro lado no tenía mucho interés en averiguar: que el guitarrista de los Red Hot Chili Peppers era muy muy bueno. Tenía un nombre con un apellido raro, John Frusciante, y efectivamente, en ese vídeo hace una actuación muy muy buena. Se lo pongo a Mera. El tapping de John es hipnótico. También me resulta hipnótico por su vestimenta. Siempre me han encantado las camisas de franela de cuadros y lo de llevar la manga larga por debajo de la corta. También me gusta cómo le queda el pelo largo. John Frusciante se ve en ese vídeo como yo me imaginaba de pequeño que sería de mayor.

Mientras le comento a Mera mi gusto por las camisas de cuadros, pone otro vídeo de Under the bridge. Esta vez un acústico en el que Kiedis canta acompañado sólo de la guitarra en lo que parece ser un canal de Ámsterdam. Recuerdo que Mera dijo, la que le dio en esa época con llevar el mono ese cutre. Pero yo no me fijo en Kiedis, sino en su acompañante. Y pienso, sin decírselo a Mera, ¿quién cojones es? Hay un momento, hacia el final del vídeo, en que mira a cámara, y la pantalla se llena con un rostro rabiosamente joven y bello, y no es John Frusciante. Tal vez es el bajista. Hay bajistas por ahí que tocan que te cagas la guitarra. Pero tampoco me convence esta explicación, y cuando Mera pone otro vídeo, siento que me he quedado con la sombra de un misterio irresoluto.

Así que cuando descubro que los RHCP tuvieron otro guitarrista antes que John Frusciante, pienso que, cinco años después, he resuelto el misterio. Tecleo en Google Imágenes “Hillel Slovak” y aparecen mil versiones de un rostro rabiosamente joven, pálido y alargado. Demasiado alargado. Tras unos minutos más de fotos y vídeos me rindo a la evidencia de que él tampoco es el guitarrista del vídeo. Y ahora que me fijo en el bajista, tampoco puede ser.

Decido meterme en Wikipedia, y cotejando fechas, ver quién era el guitarrista del grupo cuando sacaron Under the bridge. Era John Frusciante. El tío del vídeo (de los dos vídeos) es John Frusciante.

Me cuesta reconocer a la misma persona en esos dos rostros. Pero hay otra cosa que me convence de que ambos son John Frusciante, y por la que empiezo a entender la admiración que genera este músico. Lo que al principio creía que era una afinidad casual (o digamos envidia) por su estilo, es algo más profundo. John Frusciante tiene algo. Es una aura, una sensación extraña en quien lo mira. John es de esas personas que sin hacer nada inspiran simpatía. Quieres tenerlo cerca.

Pero en esto también hay diferencias entre el John joven y el maduro. El primero me produce una atracción, casi homosexual, una atención que no sé explicar. Me fijo en la forma de su cabeza, en su jovialidad cuando habla, en la rotundidad de sus pómulos y labios. El John maduro que toca Don´t forget me me produce otras sensaciones: una mezcla de reverencia, seguridad y calidez. No sé si es por su melena, o por su dentadura blanca cuando abre la boca durante los solos. En todo caso John Frusciante, la figura de John Frusciante, provoca una fascinación tan repentina y fuera de sentido que su habilidad con la guitarra, ya sea componiendo una gran canción como Under the bridge o realizando en directo una ejecuión brillante, queda en segundo plano.

¿Qué tiene Frusciante?, ¿cuántos Frusicantes hay? Preguntas que me obligan a visitar por enésima vez la Wikipedia. Y otra vez me encuentro en ella el ingrediente que no falta en ninguna banda de rock importante, pero que en el caso de los RHCP parece el impulso que ha levantado y mantenido la historia de la banda: me encuentro más muerte.

En 1988 la banda atravesaba la muerte traumática de su joven fundador. La banda podía desaparecer. La banda no sabía aún que esa muerte era necesaria para que los RHCP fuesen lo que han sido. Lo único que sabían es que había que encontrar otro guitarrista, y que ocupar el puesto que había dejado un músico de las características de Hillel Slovak requería algo más que un sustituto. John tenía sólo 17 años cuando Flea, el bajista, lo conoció. La primera vez que lo vio pensó que era un clon de Hillel. Tocaba como él y compartía su filosofía vanguardista. Era un fanático de los Red Hot y tenía idealizado a Hillel. Incluso guardaba cierto parecido físico (esa palidez, esos pómulos, esos labios gordos). John era un gran músico que aún estaba por nacer, y la versión viva de un gran músico que acababa de morir.

Es difícil disociar a Hillel Slovak del John Frusciante joven. Intentarlo es tal vez un error. El primer disco que hizo con la banda, dicen todos, fue una continuación del estilo del Hillel. De hecho grababa queriendo emularle, más sumergido en su admiración por el anterior guitarrista que en su papel de nuevo miembro de la banda. Tras el éxito mundial de Blood Sugar Sex Magic, John abandonó el grupo, recordando lo que le había dicho a Hillel tras su último concierto: que no le gustaría unos Red Hot que tocasen delante de masas. Se recluyó en California y, como antes Hillel, le empezó a dar a la heroína salvajemente.

Lo hacía por una razón muy sencilla: “me sentía infeliz, y cuando me drogaba era feliz” (cito de memoria). Lo hacía porque no tenía mecanismos suficientes con los que drenar el talento que guardaba, lo hacía porque era joven. Ni siquiera sentía culpa. En eso consistía la fuerza magnética con que atrapa tu mirada en el vídeo del acústico de Under the bridge en el que Kiedis canta con un mono cutre. En la capacidad que intuimos en esa persona de destruirse, de estar a punto de reducir a nada su talento y belleza. Sea como fuere, John emprendió un paseo con la muerte que duraría seis años.

Seis años muy jodidos que pasó recluido, yonki perdido, pintando, grabando música extraña, e incluso dos discos. Son los años de una tercera versión de Frusciante que se cobró su tributo robándole toda la salud que se le puede quitar a un ser humano sin matarle.

Pero salió del pozo más rápido de lo que nadie habría apostado. A finales de 1997 dejó la heroína radicalmente. A principios del 98 se metió en una clínica para desintoxicarse del alcohol y la cocaína. Prácticamente un mes después volvió a los Red Hot, que en su ausencia habían firmado sus años menos fructíferos. Hubo secuelas, sus brazos estaban llenos de pus por inyectarse y debieron ser cubiertos con injertos; y su dentadura, esa dentadura que me había intrigado (me dio un escalofrío al leerlo), es una dentadura postiza que le implantaron tras arrancarle la original, que amenazaba con matarle por una infección.

Con su vuelta, la carrera de los Red Hot Chili Peppers alcanzó la cima. Sencillamente, llegaron donde pocos. El reconocimiento de crítica y público es unánime. En diez años grabaron tres discos cargados de canciones donde destacan las melodías pegadizas y emotivas. Consiguieron y mantuvieron por mucho tiempo un sonido variado, transgresor y emocional.

La participación de John en las canciones de Red Hot Chili Peppers nos recuerda que detrás de la electrónica, los efectos, los versos cantados a toda ostia, y el predominio de los ritmos percutivos del funk, puede no haber más que una sencilla rueda de acordes o una escala jimihendriana. Nos recuerda que la música solo necesita dos o tres notas para atravesarte.

Venido de entre los muertos, John Frusciante, con su melena de Jesucristo, había tenido un efecto carcano a lo divino. Es como si las llamas del primer círculo del infierno lo hubiesen purificado (la metáfora no es gratuita, su casa se incendió y perdió su colección de guitarras). Como si encerrado en su casa de California, entre paredes cubiertas de grafitis, hubiese tenido una última y larga conversación con Hillel, y éste le hubiese dado las instrucciones de salir fuera y completarse como músico.

Y ahí radica su secreto, ahí la razón de que sin saber nada de él, percibas que estas viendo, oyendo, a alguien singular. Necesitamos que alguien vaya hasta donde él fue, y vuelva y nos lo cuente. Necesitamos, y estamos predispuestos, a que nos deslumbren. John es un agujero negro. La paz a su alrededor es lo que queda tras haber absorbido los mil tormentos que lleva en su interor, que no son capaces de escapar a la gravedad de su talento. Ha recorrido lo más peligroso y lo más satisfactorio de la cara A y B de la existencia. Y como tiene una guitarra, y ha escuchado mucho a Jimi Hendrix, puede contarlo.

Va para diez años desde que dejó al grupo. Siguió con su carrera, hiper-productiva por momentos. Ahora creo que experimenta con la electrónica. Está condenado a buscar e intentar aprovechar todas las opciones expresivas que la música pueda brindarle. La meditación y un enfoque muy esperitual sobre la vida le han dado un equilibro con el que mantiene a raya el agujero negro que habita en él. Aunque su música ahora no me guste, yo me alegro.

Aunque ya hemos visto lo que puede pasar con la música que en un principio no me gusta.

Fuentes: Wikipedia, Youtube, Google Imágenes y esto en portugués y en inglés mal traducido

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Deslumbramiento californiano (I): RHCP

Llevo desde hace un par de lunes escuchando compulsivamente Red Hot Chili Peppers, grupo al que nunca me había arrimado más que lo justo para quedarme con la musiquilla de tres o cuatro canciones suyas, a excepción de Under the Bridge, de la que me sé media letra desde hace tiempo. Me pidió el cuerpo volver a ver un directo genial de Don´t forget me y me vi de pronto, en la madrudaga de ese lunes, totalmente atrapado por el grupo, escuchando canciones una detrás de otra al albur de lo que Youtube me iba sugiriendo. En cuestión de dos horas ya no sólo me gustaban decididamente los Red Hot, sino que me parecían admirables. Téngase en cuenta mi ignorancia casi total sobre la música que se sale del acotado terreno del rock nacional, donde mi gusto musical lleva años acomodado, tirado.

Esa misma noche me lanzo sobre la Wikipedia sediento de información y mi interés por el grupo salta por los aires. Leo ahí que su alma mater fue un joven guitarrista judío llamado Hillel Slovak que fundó el grupo junto con otros amigos de instituto. Leo que a Flea, el tipo que lleva casi cuarenta años dando la nota con sus excentricidades y sus virguerías con el bajo, le enseñó a tocar este instrumento deprisa y corriendo en unos pocos meses. Leo que Slovak murió de sobredosis cuando el grupo contaba únicamente con dos discos. Esto me impacta y por primera vez me hago cargo de la realidad del grupo, y veo la seriedad de su musica, de su estilo y estética, que no es otra seriedad que la de dedicarle tu vida a la música. Y en el caso de los Red Hot, no sólo tu vida, sino la muerte, esa muerte fundacional del joven Slovak, sobre la que sus amigos de la infancia han levantado una de las bandas más importantes del rock en las últimas décadas.

Así que a lo largo de la semana me escaqueo de mis deberes para escuchar a los RHCP y aparco el libro que estaba leyendo (que por otro lado se me estaba haciendo bola, Bolaño tenía que ser) para escucharlos también en la cama antes de dormirme. Hasta me instalo Spotify en el móvil. Pero los momentos más subyugantes los vivo con sus vídeos, pues me rindo a ellos en todas sus expresiones. No sólo valoro la creatividad de su música, trangresora en sus inicios, no sólo les reconozco un talento cojonudo para las baladas, no sólo quedo epatado por sus letras, casi indescifrables para mi inglés nivel B2, también sus videoclips me parcen interesantes, y miro con otros ojos sus estravagancias y su estilo visual. Ese rollo de hacer todo medio en pelotas me resulta ahora menos gratuito, pues qué hay más coherente con hacer música transgresora que tocar en bolas con un calcetín en el rabo.

Por lo que sigo escuhándolos y me siguen gustando y me emocionan. Me sorprende su música y me sorprende mi nueva capacidad para escuchar este tipo de música. Y acabo incapaz de evitar pensar algo tan cursi y tan manido como que no, no puedo morir sin antes verlos. Aunque ya estén viejos y la política de ir a todos sitios medio en bolas se esté volviendo en su contra, mejor tarde que nunca, pienso. Me meto en su web, veo fechas, veo también que tocaron hace tres meses en Madrid (¿qué coño estuve haciendo yo esos días?), valoro gastos, desplazamientos, me animo.

Pero ¿quién me podría acompañar? Y entonces vuelvo a una anécdota que he recordado muchas veces esta semana, cada vez que mi admiración por los Red Hot alcanzaba un nuevo estadio: hace unos cuantos años, estando en la uni, le pregunté a una amiga que estaba con su Ipod que qué escuchaba, los Red Hot, me respondió, y yo dije ¿los Red Hot Chili Peppers?, menuda mierda.

Tal vez la pueda convencer.

Segunda parte

Ya todos amamos a Iago Aspas

Hacia el final de la noche de asco y desidia que se comía en el equipo español llegó un balón a los pies de Aspas. Fue como una gota de luz en un charco mugriento. Fue, en los últimos estertores del partido, una palabra de consuelo. Aspas había estado medio partido en el banquillo pero había estado allí desde el primer segundo. Aspas había nacido en ese punto del estadio de Wembley para recibir ese balón y hacer lo que había que hacer con él. El pie de Aspas recibió el balón con maternal familiaridad. Entonces el jugador emprendió una gloriosa y templada carrera dirección a la meta. Los pasos de un hombre tranquilo que sabe lo que hay que hacer, que sabe lo que va a pasar. “Avanzaré hasta allí, amagaré, me pararé, la golpearé así y entrará por allí”, todo eso parecía decir el cuerpo de Iago Aspas, telegrafiando a través del brazo izquierdo con que mantenía en equilibrio su figura un poco inclinada. Un hombre haciendo destino, trayendo destino hacia sí. Un hombre sacando brillo a su libertad por ser hombre, la libertad de llevarle la contraria a una mala noche. Un hombre armado del convencimiento de estar a punto de parir un gol con la limpieza de un teorema. Como el amante que acerca sus labios al cuello de la amada, su pie rodeó la pelota sin distanciarse de ella. Cuando el balón salió despedido de las botas de Aspas con el estallido de un beso, todos sabíamos que ésa era la salvación moral y estética de la noche, de la semana, y que la fealdad precedente no quedaría sin cobro. Que el balón entraría como entró porque la tristeza y la sordidez no pueden reinar sin resistencia en nuestros corazones, aunque puedan entrar en la Casa Blanca. Wembley recordará.

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Cuajo

Ramón Espinar en rueda de prensa el pasado 2 de noviembre

Ramón Espinar en rueda de prensa el pasado 2 de noviembre. Fuente: pantallazo extraído del vídeo de la rueda de prensa de la cuenta de Youtube de Unidos Podemos

Lo llevan claro los españoles si estos son los que han de tomar el relevo. Bien está que sean jóvenes, ese pecado lo hemos cometido todos y no cabe arrepentimiento alguno por ello. Lo que no se puede admitir es esta bisoñez, esta falta de aplomo ante las cosas de la vida. Porque ¿de qué otra forma podemos llamar al asunto de Ramón, Ramoncito? Se compra un piso de VPO y lo vende sin haberlo utilizado y se saca un dinero. Nada que no hayamos visto hacer a amigos o vecinos o que no haya hecho uno mismo. Y por esa tontería ¿hay derecho a aguantar el espectáculo de contrición y lástima que nos regaló la semana pasada?

Llegó a la sala y antes de que se sentase todo el mundo sabía que había dormido tres horas con suerte. Que había pasado la noche intentando recordar cómo ocurrió todo, si era entonces consciente de que tenía información privilegiada, y de que lo que iba a hacer se llama especulación. Que no había no había desayunado ni medio café, atormentado por el peso del pasado. Me río yo de ese pasado, ¡si no tiene!

Para pasado el de la gente del PP o del PSOE andaluz: años y años de contratos amañados, fondos desviados, comisiones y mordidas. Y sin embargo, comparen ustedes mismos la naturalidad con que Mariano te suelta en el Congreso una gracieta sobre los SMS a Luis con el ejercicio de autoflagelación gratuita de Ramoncito. Comparen la sencillez con que consejeros de cajas públicas le dicen al juez que ellos no tenían ni puta idea de cómo funcionaban esas cosas, ni de lo que estaba pasando, con el artificio de este chico intentando contar durante una hora (¡una hora!) lo que le pasó con veintiún años. Como si no supiésemos que con veintiún años no te enteras de nada, que firmas donde te dicen tus padres y luego te vas de fiesta a intentar follar todo lo posible, que es a lo que estamos con veintiún años.

Recuerdo cuando yo empecé mi carrera. Todos los días pensaba que me iba a comer el mundo. Y el mundo no sé, pero el país sí nos lo comimos bien, a golpe de recalificación. Claro que también eran otros tiempos. Ahora todo el mundo está muy sensibilizao con el tema de la corrupción, y por Internet te montan un pifostio por cualquier cosa. Pero ante todo está la profesionalidad. Sí, la profesionalidad, porque un político ha de ser profesional en todos los órdenes de la vida. No puedes ir con cara de pena a dar una rueda de prensa y que los micros de ambiente de las cámaras graben el ruido que haces cada vez que intentas tragar saliva. Porque entonces lo que le estás diciendo a la gente es que eres un mierda. Y la gente no vota a un mierda, vota a un lobo. No me preguntes por qué, pero es así.

Lo que más me fastidia es que Ramoncito es hijo de Ramón, el consejero. Entiendo este espectáculo en alguien como el Zapata ése, que no se sabe de dónde ha salido (por escribir unos chistes no sé dónde, que también manda cojones). Pero que se comporte así el hijo de un consejero, alguien que quieras que no ha crecido familiarizado con el tufo de los tejemanejes, es una vergüenza para los que amamos este oficio. Al día siguiente dijo frente a las cámaras que “había tenido días mejores”. Yo creía que el cuajo era algo que se podía aprender, aunque los de mi generación lo tengamos como si hubiésemos nacido con ello, pero visto lo visto empiezo a dudarlo.

Un nieto escritor y otro tímido

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Juan Soto Ivars y su libro. Esquema.

El pasado jueves fui a la presentación del libro Un abuelo rojo y otro abuelo facha de Juan Soto Ivars. Se reunían los tres columnistas que más sigo ahora mismo, pues a Juan le acompañaban Jorge Bustos y David Torres. La cita era imprescindible. El lugar era Tipos Infames, y mucha gente pensó como yo que no podía perderse la velada, pues Tipos Infames se llenó

Torres y Bustos (Torres y Bustos, ahí hay un título para algo, quizá un programa para La2) elogiaron la novela-ensayo, e Ivars se esforzó, el pobre, por espoilearse a sí mismo, no sé si conscientemente. Ivars tiene mucha gracia, el jodío, más incluso de la que te imaginas cuando lees sus columnas. Desempeña con soltura el papel de payasete, instintivamente, cabría decir. En eso hasta sentí que nos parecemos. Y también en la tendencia a usar como cebo la falsa modestia. Esa falsa modestia con que comparte sus columnas en FB “por si no tenéis nada mejor que hacer”, que tú piensas, venga tontorrón, si sabes que te voy a leer.

La conversación sobre el libro era un poco liosa, iba y venía, saltaba de Podemos a Rajoy, de Rajoy a Cataluña y de ahí, por supuesto, a Franco, la Guerra Civil y Twitter. Vamos que no me estaba enterado de una mierda, pero me estaba echando unas risas. Felizmente, hacia el final, alguien preguntó ¿el libro de qué va?, y Juan, haciendo un encomiable esfuerzo glandular para evitar sudar chorretones, entendió que era el momento de hablar de sus abuelos. Entonces no me reí tanto.

Cuando terminó la charla y la gente se levantó de sus sillas me sentí muy incómodo, porque había ido solo y la gente allí parecía conocerse muy bien y trabajar en suplementos culturales o cosas por el estilo. De pronto la situación no me molaba un cacho. El ambiente era muy interesante, pero no sabía qué hacer. Al principio de la charla había visto a cierto escritor al que pensaba ir y decirle, soy fan, así sin dignidad alguna, pero se lo había tragado la tierra.

Un chico recogió las sillas súper rápido. Di unos pasos inseguros por la sala. La gente hacía cola para que Juan les firmara un ejemplar del libro, otros compraban cervezas como cabrones y otros salían a la calle, espoleados por las ganas de fumar. Intimidado me sentía, con mi mochila Reebok colgada al hombro. Supe que no iba a poder iniciar una conversación con ningún grupo de desconocidos que allí había. No iba a comprar el libro porque es un lujo que mi economía no me permite, no iba a pedir una cerveza porque no tenía suelto y no iba a salir a fumar porque no fumo. Sólo los tímidos nos preocupamos en encontrar excusas para hablar con un desconocido.

Gané un poco de tiempo ojeando las estanterías de libros giratorias. Dicen que la gente solitaria puede resultar muy interesante, pero yo no me sentía nada guay mirando el precio de La regenta, edición Random House. Pero, ¿si no iba a habar con nadie, comprar el libro ni tomar nada, para qué estaba ganando tiempo? Estaba ganando tiempo porque me apetecía mucho decirle a Juan Soto Ivars una cosa. Quería contarle, de payasete a payasete, lo suertudo que era por haber tenido la posibilidad de conocer a sus abuelos y lo jodidamente bien que me parecía que había hecho escuchándoles tanto y tan atentamente y luego haber escrito un libro hablando de ellos, de su vida y de España. Porque yo, le quería contar, tengo el bagaje contrario: tuve dos abuelos que murieron mucho antes de que yo naciese (luego, ahora me doy cuenta, nunca los tuve, o al menos los tengo ahora tanto como cuando nací). Dos hombres a los que hubiese sido imposible adscribir a ninguna ideología, si acaso al analfabetismo, y que en lo más que se parecían a los suyos era en lo de haber currado como perros.

Y sin embargo, todo esto me acerca, creo, a Ivars, en el sentido en que ambos reconocemos que nuestros abuelos han configurado parte de nuestra personalidad (él por tenerlos cerca y yo por no haberlos tenido nunca). Esto puede resultar obvio para otras personas, pero para mí fue un descubrimiento casi reciente. Y no me cuesta imaginar a un Soto Ivars sorprendido al descubrir que no podía entender España (y su trabajo exige que lo intente) sin recurrir a sus abuelos, sin incrustar su imaginación y su entendimiento en sus historias.

No invento nada si os digo que se puede echar de menos lo que nunca se tuvo, por eso hasta me sentía tentado de decirle que, si había escrito un libro con un título semejante porque los echaba de menos, le entendía. Yo también lo hubiese hecho si supiese escribir.

Nunca sabremos qué cara me hubiese puesto Soto (no sé cómo nombrar a este tío, si Juan, si Soto, si Ivars o todo ello) porque había mucha gente haciendo cola para que le firmase el libro, por lo menos a mí me parecía mucha gente, la fila cruzaba toda la librería y no parecía avanzar. Así que salí de Tipos Infames y muy lentamente abandoné el lugar, casi sin creerme que no iba a intentar hablar con alguno de esos grupos entre los que a lo mejor había alguien que me consiguiese curro, o una chica cultureta, una chica interesante de pelo negro de esas que a veces también van solas a ver cine VOSE. Y reprimiendo las ganas de darme la vuelta y correr en pos de Torres o Bustos para darles la mano y decirles joder qué bien escribís, yo quiero escribir como vosotros, o en pos de algún círculo de esos y pedir oficialmente adopción social durante una hora, doblé la esquina y puse rumbo al tren.

Una vez en la estación me pregunté por qué mierdas sentía tanto irme de allí, qué estúpido afán me había quedado sin resolver. No pensé que el único noble motivo por el que podía haber ido era echar de menos a mis abuelos, a los que nunca oí, oyendo a otro hablar de los suyos. Y que si así era, bien estaba volver ya a casa.

Brevas

Pienso en que cada vez que se intenta visualizar o promocionar la literatura, la lectura, los libros en general, están consiguiendo alejarnos de ello, porque la literatura, la lectura, los libros en general, no es más que una persona, sola y en silencio, dedicando su tiempo a pasar páginas que lee, y eso tiene poco que ver con que el Retiro se llene unas semanas al año de casetas llenas de libros, con que tal bar haga jams poéticas los jueves, o con que un chaval nos cuente por Youtube su Top5 de mejores libros. Mientras no haya un aumento cualitativo y cuantitativo de personas que deciden quedarse solas en su habitación con un libro hasta terminarlo, la literatura, la lectura, la cosa de los libros no mejorará nunca, por mucha promoción visual, urbana, nocturna y chachi que nos inventemos.

Los estambulitas no dejaban salir antes de entrar a las puertas del metro, ni dejaban un espacio a la izquierda para que la gente con prisas pudiese subir andando las escaleras mecánicas. Mal. Los estambulitas entraban en manada en los autobuses y una vez dentro, cuando el autobús arrancaba hasta los topes, iban pasándose de mano en mano los akbil (cacharro que se utilizaba como monedero electrónico para pagar el transporte público de la ciudad) para que todos pagasen. Y yo no lo entendía, que los mismos estambulitas que un día eran tan mal educados para no dejarte salir del metro tranquilamente, tuviesen en otro momento tanto sentido de la responsabilidad ciudadana como para pagar un viaje en un autobús en el que ya se habían metido sin pagar. Ni que decir tiene que nunca un akbil de esos que pasaban por una veintena de manos desconocidas se extraviaba.

En realidad, no entiendo que alguien pueda reducir el carácter de un pueblo a dos o tres (o uno solo) rasgos. Pues sin ir más lejos, de los españoles hay quienes dicen que somos unos fiesteros; otros nos describen como antipáticos, rancios. Y ambas cosas, siendo contradictorias, son ciertas. En este país nunca sabes, al montarte en un taxi o pedir un café, si el camarero o el taxista te va a devolver el saludo o te va a contar su vida (o peor, pretender que le cuentes la tuya).

 Nueva, futura o inminente profesión: intérprete de poemas. Un profesional capaz de desentrañar qué sentimiento o circunstancia motivaron unos versos aglutinados en un poema. No sólo le podrías contratar para que te cuente lo que significan las metáforas del último poemario de Luna de Miguel (os juro que ha sido el primer nombre que se me ha venido a la mente y os juro que ha sido con el “de”, ya no tengo arreglo), o de cualquier otro poeta, que hacen que te sientas un estúpido iletrado cuando los lees en el tren o antes de acostarte. Le puedes dar también el poema que acaba de colgar la chica que te gusta en su blog y el intérprete te manda un breve pero fiable informe: “se siente desorientada porque acaba de empezar la carrera”, “está cachonda pero no es por ti”, “escribe con miedo porque acaba de imaginarse que será mayor y será madre”, y con esa información tú ya harías lo que te pareciese. O para desenmascarar los sentimientos de la persona que odias, o quien sea. Incluso podrías darle versos escritos por ti mismo y él decirte qué era lo que de verdad te hizo agarrar papel y lápiz. Todo con absoluta fiabilidad, sin autoengaños, sólo la pura verdad de tu alma, hasta tal punto que, en cierta manera, sería su breve informe sobre tu poema el poema que hubieses escrito si supieses escribir. Mil utilidades y motivos hay para querer contratar al intérprete de poemas.

Visiones de Londres

Un grupo de seis hombres, andando por la acera, todos con camiseta y gafas de sol. Yo lo vi.

Una pareja joven, español él española ella, en Candem. Subiendo las escaleras, piedra negra, del Stables Market de Candem, Candem Town. Subiendo sobre la piedra negra, subiendo bajo el cielo gris. Subiendo, subían con los pasos coordinados. Un pie izquierdo eran dos pies izquierdos, un pie derecho eran dos pies derechos. Un pie izquierdo y un pie derecho, español él y española ella, subían las escaleras de Candem Town. Terminaron de subir, más cerca del cielo gris, y le tocó su culo, le puso la mano en el culo, español, mientras se alejaban, españoles, con sus pasos coordinados. Yo lo vi.

Un jovenen el metro exhibe en su pecho una pegatina “I´m in”. Tardo en darme cuenta de que no es inglés, es alemán. A su derecha duerme un hombre que parece un sapo enorme sentado. Es moreno, lleva gafas de sol, su boca es una línea curvada hacia abajo. Su piel es gruesa y cenicienta. Tiene la mano en alto, agarrando la barra vertical. De pronto mueve la cabeza, y me doy cuenta de que no estaba durmiendo. Pero pronto vuelve a su impasibilidad, a su anterior inmovilismo. Podría ser inglés, su cuerpo estaba también debatiéndose entre el remain y el leave, no de Europa, sino del sueño. Yo lo vi.

Una tabla de skate partida en dos y olvidada para siempre sobre el techo de una marquesina, desangrándose en un charco rosa y oxidado. Yo, sí, lo vi.

En el vagón del metro un hombre llevaba un perro sobre sus rodillas. El perro no estaba echado, estaba de pie sobre las piernas de su dueño. Era un perro de una especie parecida al Bull Dog francés, una de esas raza cuya dificultad para respirar, hocico chato y ojos enormes que parecen a punto de salir disparados de sus cuencas oculares, todo ello, les da a sus individuos la apariencia de estar continuamente sufriendo. Estos perros, a pesar de su innegable fealdad, inspiran cierto cariño, cierta conmiseración, y cuentan cada vez con más gente que los aprecia. El perro, de color ceniza oscuro, miraba aquí y allá con su cara suplicante.

En un momento dado, el hombre sentado frente a él, un hombre joven, rubio, con cara de buena persona, se inclinó y pidió permiso al dueño para acariciar al chucho. Mientras le acariciaba, pasando su mano alrededor de ese hoicco casi inexistente, el hombre sonreía con una placidez un poco melancólica. Me descubrí sonriendo, a pesar de que encuentro un triste patetismo en esas personas solitarias que tratan de establecer un vínculo efímero con un animal que no es suyo. Y no era el único. Medio vagón sonreía delicadamente, sin quererlo.

Asfixiado, apenas sensible a las caricias, el perro repartía felicidad. Recibía con mucha dignidad las caricias. Sentado sobre sus flancos traseros y con las patas bien erguidas sobre las rodillas de su dueño, continuaba observando su entorno, sin reparar en quien le acariciaba tan desprendidamente. En la siguiente parada, su dueño se levantó y lo siguió, andando hacia al puerta del vagón como un diminuto y doliente dios. Y se marchó, dejándonos solos con el pequeño milagro que nos había regalado.

Yo lo vi.

También vi a un par de amigos, cervezas de muchos colores, vi a Plácido desde una pantalla gigante instalada en Trafalgar Square, jóvenes con las que podía hablar en mi idioma que llevan allí años, una kazajistaní con la que no podía hablar en mi idioma, vi el río, la guerra en el museo, Egipto en el museo, vi sol, que es mucho decir; vi una chica con la que había compartido vuelo, aunque no me creyese, vi un accidente de tráfico, chicas cruzando solas la calle, y comiendo solas, vi una camarera del Este poner tres cócteles y un cola-cao, vi jóvenes homeless, vi que amanecía casi a las tres y media de la madrugada, vi peatones y coches parados durante muchos segundos, sin entender por qué; vi el culo de la de delante durante 100 escalones, vi ratones en los andenes, un chico potar, vi que perdía el vuelo de vuelta.

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