Brevas

Pienso en que cada vez que se intenta visualizar o promocionar la literatura, la lectura, los libros en general, están consiguiendo alejarnos de ello, porque la literatura, la lectura, los libros en general, no es más que una persona, sola y en silencio, dedicando su tiempo a pasar páginas que lee, y eso tiene poco que ver con que el Retiro se llene unas semanas al año de casetas llenas de libros, con que tal bar haga jams poéticas los jueves, o con que un chaval nos cuente por Youtube su Top5 de mejores libros. Mientras no haya un aumento cualitativo y cuantitativo de personas que deciden quedarse solas en su habitación con un libro hasta terminarlo, la literatura, la lectura, la cosa de los libros no mejorará nunca, por mucha promoción visual, urbana, nocturna y chachi que nos inventemos.

Los estambulitas no dejaban salir antes de entrar a las puertas del metro, ni dejaban un espacio a la izquierda para que la gente con prisas pudiese subir andando las escaleras mecánicas. Mal. Los estambulitas entraban en manada en los autobuses y una vez dentro, cuando el autobús arrancaba hasta los topes, iban pasándose de mano en mano los akbil (cacharro que se utilizaba como monedero electrónico para pagar el transporte público de la ciudad) para que todos pagasen. Y yo no lo entendía, que los mismos estambulitas que un día eran tan mal educados para no dejarte salir del metro tranquilamente, tuviesen en otro momento tanto sentido de la responsabilidad ciudadana como para pagar un viaje en un autobús en el que ya se habían metido sin pagar. Ni que decir tiene que nunca un akbil de esos que pasaban por una veintena de manos desconocidas se extraviaba.

En realidad, no entiendo que alguien pueda reducir el carácter de un pueblo a dos o tres (o uno solo) rasgos. Pues sin ir más lejos, de los españoles hay quienes dicen que somos unos fiesteros; otros nos describen como antipáticos, rancios. Y ambas cosas, siendo contradictorias, son ciertas. En este país nunca sabes, al montarte en un taxi o pedir un café, si el camarero o el taxista te va a devolver el saludo o te va a contar su vida (o peor, pretender que le cuentes la tuya).

 Nueva, futura o inminente profesión: intérprete de poemas. Un profesional capaz de desentrañar qué sentimiento o circunstancia motivaron unos versos aglutinados en un poema. No sólo le podrías contratar para que te cuente lo que significan las metáforas del último poemario de Luna de Miguel (os juro que ha sido el primer nombre que se me ha venido a la mente y os juro que ha sido con el “de”, ya no tengo arreglo), o de cualquier otro poeta, que hacen que te sientas un estúpido iletrado cuando los lees en el tren o antes de acostarte. Le puedes dar también el poema que acaba de colgar la chica que te gusta en su blog y el intérprete te manda un breve pero fiable informe: “se siente desorientada porque acaba de empezar la carrera”, “está cachonda pero no es por ti”, “escribe con miedo porque acaba de imaginarse que será mayor y será madre”, y con esa información tú ya harías lo que te pareciese. O para desenmascarar los sentimientos de la persona que odias, o quien sea. Incluso podrías darle versos escritos por ti mismo y él decirte qué era lo que de verdad te hizo agarrar papel y lápiz. Todo con absoluta fiabilidad, sin autoengaños, sólo la pura verdad de tu alma, hasta tal punto que, en cierta manera, sería su breve informe sobre tu poema el poema que hubieses escrito si supieses escribir. Mil utilidades y motivos hay para querer contratar al intérprete de poemas.

Visiones de Londres

Un grupo de seis hombres, andando por la acera, todos con camiseta y gafas de sol. Yo lo vi.

Una pareja joven, español él española ella, en Candem. Subiendo las escaleras, piedra negra, del Stables Market de Candem, Candem Town. Subiendo sobre la piedra negra, subiendo bajo el cielo gris. Subiendo, subían con los pasos coordinados. Un pie izquierdo eran dos pies izquierdos, un pie derecho eran dos pies derechos. Un pie izquierdo y un pie derecho, español él y española ella, subían las escaleras de Candem Town. Terminaron de subir, más cerca del cielo gris, y le tocó su culo, le puso la mano en el culo, español, mientras se alejaban, españoles, con sus pasos coordinados. Yo lo vi.

Un jovenen el metro exhibe en su pecho una pegatina “I´m in”. Tardo en darme cuenta de que no es inglés, es alemán. A su derecha duerme un hombre que parece un sapo enorme sentado. Es moreno, lleva gafas de sol, su boca es una línea curvada hacia abajo. Su piel es gruesa y cenicienta. Tiene la mano en alto, agarrando la barra vertical. De pronto mueve la cabeza, y me doy cuenta de que no estaba durmiendo. Pero pronto vuelve a su impasibilidad, a su anterior inmovilismo. Podría ser inglés, su cuerpo estaba también debatiéndose entre el remain y el leave, no de Europa, sino del sueño. Yo lo vi.

Una tabla de skate partida en dos y olvidada para siempre sobre el techo de una marquesina, desangrándose en un charco rosa y oxidado. Yo, sí, lo vi.

En el vagón del metro un hombre llevaba un perro sobre sus rodillas. El perro no estaba echado, estaba de pie sobre las piernas de su dueño. Era un perro de una especie parecida al Bull Dog francés, una de esas raza cuya dificultad para respirar, hocico chato y ojos enormes que parecen a punto de salir disparados de sus cuencas oculares, todo ello, les da a sus individuos la apariencia de estar continuamente sufriendo. Estos perros, a pesar de su innegable fealdad, inspiran cierto cariño, cierta conmiseración, y cuentan cada vez con más gente que los aprecia. El perro, de color ceniza oscuro, miraba aquí y allá con su cara suplicante.

En un momento dado, el hombre sentado frente a él, un hombre joven, rubio, con cara de buena persona, se inclinó y pidió permiso al dueño para acariciar al chucho. Mientras le acariciaba, pasando su mano alrededor de ese hoicco casi inexistente, el hombre sonreía con una placidez un poco melancólica. Me descubrí sonriendo, a pesar de que encuentro un triste patetismo en esas personas solitarias que tratan de establecer un vínculo efímero con un animal que no es suyo. Y no era el único. Medio vagón sonreía delicadamente, sin quererlo.

Asfixiado, apenas sensible a las caricias, el perro repartía felicidad. Recibía con mucha dignidad las caricias. Sentado sobre sus flancos traseros y con las patas bien erguidas sobre las rodillas de su dueño, continuaba observando su entorno, sin reparar en quien le acariciaba tan desprendidamente. En la siguiente parada, su dueño se levantó y lo siguió, andando hacia al puerta del vagón como un diminuto y doliente dios. Y se marchó, dejándonos solos con el pequeño milagro que nos había regalado.

Yo lo vi.

También vi a un par de amigos, cervezas de muchos colores, vi a Plácido desde una pantalla gigante instalada en Trafalgar Square, jóvenes con las que podía hablar en mi idioma que llevan allí años, una kazajistaní con la que no podía hablar en mi idioma, vi el río, la guerra en el museo, Egipto en el museo, vi sol, que es mucho decir; vi una chica con la que había compartido vuelo, aunque no me creyese, vi un accidente de tráfico, chicas cruzando solas la calle, y comiendo solas, vi una camarera del Este poner tres cócteles y un cola-cao, vi jóvenes homeless, vi que amanecía casi a las tres y media de la madrugada, vi peatones y coches parados durante muchos segundos, sin entender por qué; vi el culo de la de delante durante 100 escalones, vi ratones en los andenes, un chico potar, vi que perdía el vuelo de vuelta.

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Luna (de) Miguel

Creía haber dado con una falla en mi cerebro (otra más), una especie de bug en mi sistema operativo, que me impide aprenderme el nombre de Luna Miguel con tranquilidad, tal cual, sino que me obliga, siempre que la nombro o pienso su nombre, a añadirle un “de” que antecede a su apellido. Luna Miguel es una conocida, joven, poeta española. No tan conocida porque tenga muchos lectores, porque ni Dios lee poesía, sino por la popularidad que se ha sabido labrar en las redes desde hace bastantes años ya, a base de la exposición de su persona/figura/imagen. El caso es que anoche me encontraba en un pequeño grupo de gente y empezamos a hablar de Luna, ya digo, no porque la leamos, ni porque seamos especialmente maliciosos, sino porque de Luna toca hablar de vez en cuando. Luna es la única referencia sobre poesía joven española que tiene el gran público, y así como hace un par de años hablábamos de Podemos para hacer como que estábamos al día de política, así se sigue hablando de Luna: para mostrarnos menos ignorantes, que es lo mismo que para reunirnos y tocarnos en nuestra ignorancia. De Luna no se habla ni bien ni mal, se dice lo que cada uno sabe, que es lo mismo que sabe el resto, y se da la conversación sobre poesía española joven por terminada. Pero resulta que de las seis personas que ahí estábamos nadie mencionaba a Luna Miguel sino a Luna DE Miguel. Yo escuchaba, “Luna de Miguel esto”, “Luna de Miguel lo otro”. Así que me quedé bastante silencioso, intentando recordar si la falla en mi cabeza consistía en que le añadía a Luna un “de”, o en que se lo quitaba. Estaba tan confuso, que ahora incluso tengo la duda de si no me lo estaría imaginando, pero en verdad os digo que tampoco había bebido tanta cerveza. Cuando por alusiones (cómo nos mola esta expresión últimamente) no me quedó otra que intervenir en la conversación, preferí hablar de Luna, a secas, pues ya no sabía cómo se apellidaba de verdad Luna ni cómo la suelo llamar yo. Decidí aplazar la resolución del enigma al día siguiente. El día siguiente es hoy y, efectivamente, Luna Miguel se llama Luna Miguel. Esto, claro, es una mierda de hallazgo. Pero no lo es el hecho de que mi gotera cerebral no sea algo particular, sino al contrario, algo común que sufro al igual que muchas otras personas. He pensado que tal vez se deba a algún nombre muy conocido, de persona o de lugar, que se apellide “de Miguel”, pero lo más cercano que he encontrado es la barba blanca de Miguel de Unamuno. La coincidencia es tan frágil que no me parece suficiente para explicar esta extraña confusión, así que acabo admitiendo que sus padres, al nombrarla, dieron con una tecla defectuosa que hay en nuestra memoria, en una exhibición de un talento cercano, pero invertido, al que tienen esos músicos capaces de componer canciones pegadizas sin parar. Pues si somos incapaces de sacarnos de la cabeza esa canción pegadiza que sólo hemos escuchado una vez, también somos incapaces de sacar de nuestra cabeza ese “de” de Luna, así lo hayamos imaginado una sola vez.

Brevas

1

Siguiendo la lógica que me llevó a decir que los escritores escriben sin razón, sin saber por qué, me doy cuenta de que esto no sólo me descarta como escritor (porque yo no escribo, pero si escribiese sabría por qué), sino que me eleva, sorprendentemente, a la categoría de músico. Pues es el caso de que a lo tonto llevo media vida tocando la guitarra, y, si bien tuve un parón de tres años entre medias, continúo haciéndolo, todas las semanas, algunas semanas todos los días. Y no tengo ni idea de por qué lo hago, pues no sigo método alguno, ni soy especialmente melómano, ni me ha servido para casi nada en todo es tiempo. No gana el mundo un gran músico.

2

Salgo del metro de Tribunal, una tarde que chispea. Cruzo la calle y paso frente a un chaval de más o menos mi edad. Tiene una carpetita de plástico y por un momento pienso que me va a abordar hablándome de alguna ONG. Pero no. El chico tiene puestos unos cascos de música, y de hecho hace como que golpea con su boli unos platos y unos tambores de batería imaginarios. Es algo que yo hago mucho: ir por la calle cantando e imitando los gestos de estar tocando una batería o una guitarra invisible, no importándome la vergüenza ajena que pueda generar en los que me miran. Dejo atrás al chaval, preguntándome qué hará ahí. Dos horas después, cuando vuelvo al metro, sigue en el mismo punto, pero ya no está emocionado por ninguna música que sólo él puede oír. Está apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos y aspecto pensativo. No lo pensé entonces pero lo añado ahora en la escritura: ¿cuánto se puede llegar a esperar una cita?

3

Es imposible imaginarte a tu padre o tu madre de niños haciendo cosas, pero más imposible es imaginar que tu madre, con treinta y pocos, ya madre de tres hijos, estuvo unos meses dando clases de kárate, hecho del que me enteré antes de ayer.

4

“Me quedé mirándome los calcetines” es una frase tal vez incorrecta desde el punto de vista gramatical, pero útil literariamente. Tiene un sentido. No es igual que decir “me quedé mirando mis calcetines”, que describe pero no profundiza de igual manera en ese momento de suspensión, cuando uno se levanta y tiene que arrancar el motor del día. Ése punto de resistencia antes de decidirse a entrar en la rueda del día a día. Todo eso sólo lo podemos transmitir si decimos “me quedé mirándome los calcetines”, y no diciendo “me quedé mirando mis calcetines”, frase que subraya el hecho de que los calcetines son míos, lo cual no nos importa, pues de hecho, los calcetines pueden no ser míos. Lo que importa es que son los calcetines con los que se supone que me he de arrojar al día y al decir “mirandome los calcetines”, ya sabemos que están puestos o medio puestos, que son casi yo, pero me he quedado mirándolos porque no quiero que así sea.

5

Ahora que estoy estudiando inglés, no me es raro encontrarme con dos o tres términos diferentes para asignar realidades para las que en español sólo se me ocurre una palabra. Dejando aparte la posibilidad de que mi conocimiento del castellano sea pobre, o que tengamos al castellano empobrecido, parece obvio que la balanza de la riqueza y el matiz se inclina del lado del inglés. Por orgullo de hispanohablante me obligo a pensar que la riqueza de nuestro idioma reside en su flexibilidad gramatical. Y la frase anterior, “me quedé mirándome los calcetines”, me reafirma en esta idea. Pues es imposible de traducir, y por tanto imposible de trasladar a otro idioma el potencial expresivo que he demostrado que tiene. Y los ingleses, aunque tengan más palabras que nosotros para decir “calcetín”, o “mirando” o “quedarse”, se la pierden.

6

La palabra “hola” no significa nada.

Adiós a Ángel de Andrés

Tenían razón esta mañana cuando decían por la radio que el nombre de Ángel de Andrés no ha quedado impreso en la memoria del público español. Pero su rostro nos emplazaba inmediatamente a una zona del cine y la televisión española familiar, cercana. Ángel de Andrés, el rostro, la voz y los gestos de Ángel de Andrés, nunca pasaba desapercibido, aunque raramente ocupaba posiciones protagonistas.

Pertenecía a la parte del iceberg del espectáculo que permanece bajo el agua. Su nombre no se estampaba en grandes caracteres en los carteles publicitarios y no pisaba alfombras rojas, o, si lo hacía, no le bañaba una lluvia de flashes. Pero estaba ahí, dando sostén y cuerpo a la profesión. Dignificando el arte a base de oficio. Especializándose en los papeles de tipo de barrio, gordo y sin virtudes. Hacía tan verdadero a ese tipo vulgar y desagradable que era imposible, por contraste, no pagar con cariño al actor.

Lo hizo en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, y lo hizo en Tapas. En esta película el papel de Ángel no es bueno, muy bueno o sobresaliente. Es memorable. El asqueroso dueño de bar que encarna, un tipo zafio y vacío de sentimientos cuyo egoísmo es puesto en jaque por la marcha de su mujer, queda automaticamente como un referente de la interpretación para cualquiera que haya visto la película. En su rostro y su físico adiposos es atrapado ese especímen de la fauna ibérica en todo su vulgar esplendor, incluida la pátina de cómico patetismo que acompaña todos sus movimientos e intereses.

Con su marcha perdemos un gran actor, un actor de raza, de los de antes. Un tipo que, como revelaba José Corbacho, se echaba una cabezadita entre toma y toma, pero luego lo daba todo frente a la cámara. Su rostro y su voz no los olvidamos y no los olvidaremos. Y en cuanto a su nombre, cómo somos, nos lo aprendemos ahora que muere.

brevas

1

La presentadora del telediario que te encanta, que te parece un ser inalcanzable, bellísimo, interesantísimo, siempre protegido por la fina película de electricidad estática de la tele, hasta que un día (hoy) te la encuentras en una charla promocional de un libro, y no sólo es de verdad, sino que no para de cuchichear y de emitir risitas con su amiga, ni dejar quieto el móvil, sin soltar el tercio de Heineken, que es una cerveza de mierda que solo sirve para hacerse fotos en la discoteca, y a tomar por culo para siempre el mito.

2

Haber leído y haberme esforzado en escribir bien en español me está dificultando aprender inglés, más que a alguien que no es lector asiduo, no digamos alguien que nunca ha tenido interés en escribir bien.

3

Los malos escritores imaginan/amos una escena, luego, con palabras, la describen. Los buenos escritores (y no puedo evitar pensar en Galdós) construyen la escena con palabras, como si nunca la hubiesen imaginado, como si nunca la hubiesen “visto”.

4

Imaginarte a tu padre de niño haciendo cosas es una imposibilidad.

5

Nuestros hijos romperán la imposibilidad anterior ya que verán vídeos donde nosotros, sus padres, somos pequeños y estamos haciendo cosas. A partir de esas imágenes podrán realizar sus propias imaginaciones con nostros de protagonistas. Por lo tanto, no romperán con esa imposibilidad de manera absoluta.

6

Mi profesor de inglés se llama Josh. Nos da clases a mí y a tres chicos más a última hora de la tarde. Josh da clases en colegios e institutos y tiene varios grupos en nuestra academia. Josh tiene 200 alumnos. Por eso en nuestra clase está cansado y a veces le cuesta explicar los vericuetos de su idioma. Un idioma es algo muy bonito, pero cuando 200 personas a la semana te obligan a pegarte con él, puede resultarte tan aburrido como la grasa a un mecánico. Josh tiene el inglés incrustado en las uñas.

Reseñas literarias (VIII): La caja negra, de Amos Oz

En un intento de alcanzar cierta continuidad en la serie de reseñas literarias, voy a aprovechar que estoy  en paro, y este trayecto en tren de esta mañana de lunes tan soleada y amiga y voy a hablaros de La caja negra, del Amos Oz. No había leído nada de este autor judío, eterno rival de Philip Roth en las quinielas al Nobel para que luego se lo lleve un chino o un francés. El balance final ha sido bastante positivo.

Ocho años después, Ilana vuelve a escribirse con su exmarido, un intelectual rico y prestigioso, pidiéndole ayuda para reconducir al irreverente hijo que tienen en común. Ella ya ha formado una nueva familia, con un profesor de francés de instituto, un judío ortodoxo con el que tiene una hija pequeña. A partir de aquí se sucede un intercambio de misivas y telegramas, del que también participan el hijo irreverente, el nuevo marido judío pro-asentamientos y el ayudante del antiguo marido de Ilana. Estas misivas desarrollan la acción de la historia, hacia delante y hacia atrás, reconstruyendo un pasado doloroso en los recuerdos de los personajes.

La novela se ciñe estrictamente al género epistolar. Todo lo que se cuenta, el cien por cien de la información que el lector maneja, es la contenida en las cartas que los personajes se envían entre ellos. No existe, por lo tanto, ningún punto de vista dominante, ni mucho menos objetivo.

La narración está hecha de distintas voces. A cada voz hay que otorgarle un estilo, una actitud, un papel en la historia que cuentan y de la que son parte implicada. Además estas voces narran en sus cartas dirigiéndose exclusivamente a alguna de las otras voces, lo que acarrea sus implicaciones estilísticas y determina la información que cada uno de ellos posee. Con todas estas cortapisas hay que saber escribir para que no te quede algo que funcione narrativamente sin ser insufriblemente artificial.

Y aunque algo artificial es, pues nadie escribe cartas de veinte o treinta páginas, en una sola noche, y destapando recuerdos y pensamientos que causan bastante embarazo, la novela encuentra su mayor peligro, precisamente, cuando es verosímil. Porque las personas reales, que no escriben novelas, no saben escribir. Incluso aquellas que saben redactar no saben contar bien los sucesos que le pasan o explicar lo que sienten. No con la suficiente claridad, sin caer en la redundancia, o cometer abusos de estilo. Algunos fragmentos de las cartas de Ilana son insufribles por su exagerado, lírico sentimentalismo. Fragmentos que sin embargo, deben estar ahí en pro de la versimilitud.

Al calor del reestrenado contacto, la maraña de rencor y desconfianza que unía a los personajes, en especial al antiguo matrimonio, se va despejando. Su lugar es ocupado por la debilidad (e incluso la a veces sonrojante autocompasión) de cada uno. La caja negra respeta las complejidades de las relaciones humanas, en las que la amistad y el amor familiar conviven, sin salir indemnes, con las obsesiones y los legítimos intereses de cada personaje. Esta novela refuerza la certeza, no por ya sabida menos verdadera, de que hacemos daño a las personas que queremos más por torpes que por malos. La caja negra te reconcilia un poco con las personas.

Mejor escena:

PERSONAL. ZAKHEIM. JERSUALÉN. ISRAEL.

TE HAS EXCEDIDO DE TU OBIGACIÓN. PAGA YA LOS CIEN MIL. DEJA DE FASTIDIARME. ALEX.

 

A. GIDEON. NICFOR. LONDRES.

HE PAGADO. DIMITO GESTIÓN DE TUS NEGOCIOS. ESPERO INSTRUCCIONES INMEDIATAS SOBRE TRANSFERENCIA DOCUMENTACIÓN. ESTÁS LOCO. MANFRED ZAKHEIM.

 

PERSONAL. ZAKHEIM. JERSUALÉN. ISRAEL.

DIMISIÓN NO ACEPTADA. DATE UNA DUCHA FRÍA. CÁLMATE Y SÉ BUEN CHICO. ALEX

 

A. GIDEON. NICFOR. LONDRES.

MI DIMISIÓN SIGUE EN PIE. VETE AL INFIERNO. ZAKHEIM.

 

PERSONAL. ZAKHEIM. JERSUALÉN. ISRAEL.

NO ME ABANDONES. SOY DESGRACIADO. ALEX.

 

A. GIDEON. NICFOR. LONDRES.

SALGO ESTA TARDE. LLEGO A NICHOLSON A PRIMERA HORA. NO COMETAS NINGUNA ESTUPIDEZ MENTRAS. TUYO. MANFRED.