Yo, Tonya: dos mujeres aporreando la puerta de la Academia

s-l1000

 

Yo, Tonya es un peliculón que tenéis que ver. No os voy a contar de qué va ni lo que hace porque para eso tenéis las críticas de los periódicos, como la de Javier Ocaña, con la que estoy totalmente de acuerdo.

Solo os voy a comentar que las dos principales actrices de la película están nominadas a los Óscar y si les cae premio me parecerían dos estatuillas muy bien ganadas. Allison Janney podría llevarse el de mejor actriz secundaria por interpretar a la madre de Tonya Harding, la protagonista. En resumen, el personaje de LaVona Golden es una grandísima hija de puta que Janney lleva más allá de sus rasgos más obvios: la apariencia mostrenca, los tacos, el tabaquismo, y la mala uva. Janney consigue que el personaje provoque una experiencia agridulce, mezcla de desagrado, fascinación y una sonrisilla que nos pone un poco de parte de esta mujer que, según todas las indicaciones morales con que intentamos manejarnos cotidianamente, deberíamos odiar. Cada vez que aparece en pantalla es como una bofetada en el cuello, que produce mucho más escozor que dolor.

Pero lo que hace Margot Robbie, su hija de la ficción, te saca de la sala aturdido y emocionado. Tengo debilidad por Frances McDormand y me gustó Tres anuncios a las afueras, pero no consigue lo que Robbie en Yo, Tonya. El volumen que le da al personaje de la patinadora es brutal. La puedes tocar. Robbie hace una Tonya Harding dura y falible, paleta y profunda, desesperada y enérgica, golpeada y… golpeada, una y otra vez. Las ostias se amontonan sobre la cara y el cuerpo de Robbie incansablemente, con una brutalidad estremecedora. Y, aunque la peli no trata de exculparla de toda su responsabilidad en lo que pasó (aunque la redime bastante), te enamoras del personaje, solo quieres verla volar, sonreír.

Todas las virtudes de su actuación quedan concentradas en un plano que debería ser el argumento definitivo de que esta tía se merece un Óscar por lo que ha hecho. Son diez segundos, sin palabras, en los que Tonya Harding se mira al espejo. El plano que todo intérprete teme que le manden y que ella convierte en el plano que todo intérprete desearía hacer. Es su propio triple axel. Y lo clava.

Anuncios

Orion

Con 18 años o así yo escuchaba Metallica casi todos los días, pero pocas de sus canciones lograban el impacto de Orion cuando saltaba en el mp3 por la mañana de camino a clase, en el autobús o en el tren. Me había despertado hacía una hora, había desayunado como si me hubiesen puesto una pistola en la cabeza, y no podía creer que otro día más, cualquiera y anodino, me estuviese engullendo por los pies. Los trenes por la mañana son un ecosistema lamentable, un entorno de ojeras y mejillas hundidas. La gente disimula sus bostezos como puede, mira por la ventana, se aburre y aún así desea con todas sus fuerzas que el tren no llegue nunca a su destino, que no les lleve a sus curros, a sus jefes o a sus clases. Entonces, desde algún lugar desconocido, surgía una batería a la que poco a poco se iban uniendo el resto de instrumentos. Con lentitud arbórea brotaba a mis pies una música reverberante, pausada pero poderosa. Pronto era arrastrado hacia una realidad lejana y cósmica, como si me hubiesen mandado al otro lado del cielo gris de Madrid. Orion es un viaje en el que eres solo mente, una mente sensible y sin pensamiento. Los segundos se alargan y se contraen, como si cada uno guardase un corazón distinto. Mientras suena solo hay tiempo, espacio, luz negra y brillante. Lo mejor de Orion es que sonaba el último acorde, guardabas los cascos, y todavía no había terminado. Bajabas de ese tren, o ese autobús, y todavía no había terminado. Llegabas a clase, hablabas con la gente, te terminabas de despertar, y todavía sonaba. En algún lugar había un tiempo que seguía corriendo a otra velocidad. Cruzabas todo el día, con sus comidas y sus hambres, y Orion no terminaba. No había dejado de sonar desde algún punto de tu cabeza o del cosmos, ni por un momento. Orion es como una lluvia fina que a oleadas, a veces ligera, a veces caudalosa, cae desde las alturas celestiales de la constelación que le da nombre. Su intermitencia sólo es aparente, en realidad lo impregna todo, constantemente. Es como la puta Matrix. Crees que sólo se va a apagar al acostarte y desenchufar tu consciencia, pero entonces se alza pletórica y absoluta y llega la oscuridad y no hay nada más.

Orion es puro sueño. Es la polla. Y es una delicia que aún la toquen en directo estos capullos.

Reseñas Literarias (XI): Tres días y una vida, de Pierre Lemaitre

tres días y una vida portada

En 2009 Carlos Boyero puso a parir Los abrazos rotos y se montó un lío tremendo cuando Pedro Almodóvar decidió cargar desde su blog contra el cronista cinematográfico y su periódico, El País. Hubo un cruce de acusaciones que seguí con interés más bien morboso. Ambas partes se parapetaban en razonamientos harto conocidos (que si la libertad de expresión, que si el respeto). Pero hubo un argumento que sí me llamó la atención. Almodóvar se quejaba de que Boyero había llegado a opinar sobre películas cuyo visionado no había terminado. Un espectador normal es libre de irse en mitad de mis películas, venía a decir el director, pero alguien que va a escribir una opinión y además cobrar por ello debería verlas enteras. Por respeto, y porque si no la ha visto hasta el final, simplemente no conoce de qué está escribiendo. Me pareció que Almodóvar tenía razón.

Este enero he pasado dos semanas pendiente de que devolviesen a la biblioteca de mi barrio Tres días y una vida, de Pierre Lemaitre. Título sugerente, autor que no había estrenado, y una sinopsis muy atractiva: un hombre que vive con miedo a que descubran que una vez, de niño, hizo una cosa brutal. Me llaman a mí las novelas que tratan o emplazan su historia en la infancia de sus personajes.

¿Recordáis lo que disfruté leyendo la Eneida? Bueno, esta nueva lectura ha sido un poco diferente. De hecho, cerrar la Eneida y abrir acto seguido Tres días y una vida ha sido lo más parecido a ostiarme desde un quinto piso que he experimentado en mi vida. A las tres frases sospeché que lo mismo el libro no era para tanto. A la décima página ya sabía que si lo terminaba sería sólo para poder preveniros de acercaros a él sin que Almodóvar se enfadase conmigo. Como los niños cuando se toman el puré, he leído doscientas diez páginas tapándome la nariz. Por ustedes.

Para que veáis que no exagero os transcribo una de las frases más delirantes y chapuceras que jamás vi en letras impresas: “(…) a su paso se hacía un silencio peculiar, susurrante, respetuoso, admirativo, doloroso y solemne” (p. 81). No sé, Pierre, ¿seguro que seis putos adjetivos al final de la frase serán suficientes? Para compensar, los pechos de una chica parecen “increíblemente redondos” (p.93) y sus nalgas “tan redondas” (p.95) mientras el culo de otra es ¿lo adivináis? “de una redondez pasmosa” (p. 159). Por supuesto, la redondez de los culos es igual que la redondez de los pechos, que no difiere en nada de la redondez de una pelota NIVEA o de un roscón de reyes. Yo no sé por qué sistema de valores acabas colgando seis calificativos de un silencio y obligando a dos culos y unas tetas a compartir sólo uno.

Lo que hiere no es la economía de vocabulario, es la falta de imaginación, que convierte las páginas en verdaderos páramos de creatividad. En el mejor de los casos, las palabras no dicen más que lo que pasa. El déficit de estilo alcanza niveles de ejercicio de taller de escritura de barrio. Ni siquiera faltan puntos suspensivos, que es la marca inconfundible del aficionado. También hay muchos párrafos de una sola línea, incluso acumulados, porque todo en la novela busca un efecto obvio y cortoplacista. Como las cosas que pasan “de repente”: de repente salió corriendo, de repente sonó el timbre. ¿Cómo quieres que suene el timbre, poquito a poco?

En fin, a qué extenderme más. Podría señalar los aburridos capítulos del diluvio y sus enumeraciones eternas; que los personajes, especialmente el de la madre, no toman cuerpo en ningún momento, o que incluso el final, que confieso que me sorprendió, es arruinado por unas explicaciones del todo innecesarias. Tres días y una vida es mala de cojones. Y el problema no es que alguien escriba una mala novela, que no hace daño a nadie, sino que un editor la publique y luego otro la traduzca. Pierre Lemaitre es un autor popular y ha ganado importantes galardones con obras anteriores. Es desolador que la industria editorial funcione así, sacando las chapuzas de unos, mientras novelas bien dignas de otros se pudren en cajones.

Pero ¡ojo!, porque un último dato, que he reservado sabiamente para finalizar la reseña, puede alimentar la teoría de que esta obra no sea un resbalón del autor. Tras acabar la página doscientos veinte aún me quedaba algo de aliento (recordad que leía evitando respirar) para leer los agradecimientos. ¡Una página entera! Lo siento pero en esto soy como Alberto Olmos, o sea muy nazi. Si una persona no sabe redactar unos agradecimientos breves, es que no distingue bien lo superfluo de lo importante y tal vez, tal vez, no debería dedicarse a escribir. Lemaitre, confundiendo el apoyo con la influencia, llega a agradecer a una quincena de escritores, como por ejemplo (¿por qué no?) Marcel Proust, o (¿por qué no?) Homero y Sartre.

Aunque ahora que lo pienso, la frase de los seis adjetivos puede que se la susurrase el fantasma poco inspirado de Proust.

 

MEJOR FRAGMENTO: El título y la portada… no, hombre, tampoco hay que ser tan cabronazo. Llamadme guarrete pero la escena del follisqueo no me pareció mal:

Se quedaron así un momento, pegados, sin saber qué hacer, incluso temiendo mirarse, y luego se echaron a reír. Un residuo de la infancia los alcanzó y fue como si acabaran de hacerles una jugarreta a los adultos, a la vida.

 

Reseñas literarias (X): Eneida, de Virgilio

aenid flight from troy

Eneas saliendo de Troya (Federico Barocci, 1598)

 

Todos sabemos quién fue Virgilio y de qué va la Eneida, y también sabemos que lo natural es que hoy en día nadie se acerque a ella ni con un palo. Vengo a comentaros que tal vez deberíais tirar el palo y leerla. Yo lo he hecho, y lo he flipado.

Como no quiero quedarme corto en esto de hacerme el listo os contaré que he leído la Eneida obedeciendo a un plan que incluía, en orden narrativo, la Ilíada y la Odisea, dos obras que mola mucho ver en el cine pero que tampoco tocaríamos ni con un palo. Ser el único autor de este blog me confiere la autoridad necesaria para deciros que podéis prescindir de la Odisea. Eneida muy bien; Ilíada muy bien sobre todo si vas a leer luego la Eneida; Odisea caca.

Yo he leído las ediciones de Cátedra, que es una editorial muy seriosa y con muchas notas a pie de página para que los que somos medio tontos nos enteremos de lo que está pasando. La Odisea decidieron editarla en prosa, y en mi opinión la cagaron. Así que no sé muy bien si es que la Odisea no me gusta como obra, o lo que no me gusta es la prosa. Llegar hasta el borde de la página es muy cansado, tíos. Reconozco que es contradictorio que la Odisea, donde cada canto es una aventura, resulte más aburrida que la Ilíada, donde cada tres páginas está sucediendo lo mismo: lanzazos. Pero qué lanzazos, amigos. Desde luego ya no nos lanceamos los mozos como antaño.

Aunque yo me haya leído Ilíada y Eneida en un margen de dos meses, fueron escritas en un margen(sito) de siete u ocho siglos. Y se nota. Todo es muchísimo más cercano: la complejidad de los personajes, los usos narrativos, la simbología. Qué duda cabe que es mucho más fácil para un traductor aproximarnos al ingenio original de un Virgilio que escribía en latín que de un Homero que escribía griego antiguo. Yo supongo que es imposible traducir la Ilíada a español moderno y no tener que inventarte la mitad. La traducción de la Eneida que realiza Espinosa es muy buena. Al menos eso decían las notas al pie del editor. Además, y esto no lo sabía yo, el poema fue concebido con la intención política de magnificar la figura de Augusto, que se había proclamado Emperador décadas antes, al salir vencedor de unas guerras civiles traumáticas. ¿Hay algo más familiar para nosotros que la propaganda política en su versión story-telling?

La Eneida se divide en doce libros que a su vez podemos (puedo) dividir en tres partes. La primera narra la llegada de Eneas a Cartago, la relación de éste con la reina Dido (en la que se inserta la narración majestuosa de la caída de Troya) y cómo Eneas la abandona en busca de la tierra que los dioses le han prometido para su pueblo. En la segunda parte, con mucho la más carente de interés para mí, Eneas celebra unos juegos a la memoria de su padre y se da un voltio por el infierno, a lo Odiseo. En la tercera, Eneas llega por fin al Tíber con intención de fundar la futura Roma, pero antes tiene que ostiarse con Latinos y Ausonios, que eso de que vengan unos de a tomar por saco a quitarles mujeres y tierras por la gloria de una Italia que no existe les hace menos gracia que el perdigón a los tordos.

Dos mil años no han bastado para corromper mínimamente la fuerza expresiva de Virgilio, que en algunos pasajes es inclemente como una apisonadora. Virgilio pone en boca de sus personajes unos discursos hinchados de pasión y espíritu. Es emocionante la humanidad que alcanzan y que reconocemos más allá de la distancia que hay entre el pensamiento y la moral actuales y la de la época del poeta latino. Virgilio añade sobre el héroe homérico una profundidad psicológica que endereza el foco de nuestra atención no hacia lo que es, sino hacia lo que hace. Aquiles mata porque es furioso. Odiseo llega a Ítaca porque es astuto. Eneas mata porque no encuentra otra solución para llevar a cabo lo que los dioses le mandan.

Esto no quita que cada personaje se caracterice por unos rasgos reconocibles que limitan su conducta, como requiere cualquier narración. A Eneas lo conduce un sentimiento de responsabilidad extrema. Su fortaleza moral, su pietas es el motor de la acción de la epopeya. Eneas carga con la responsabilidad múltiple de salvar a lo que queda de pueblo troyano, de realizar la voluntad de los dioses (fundar Roma) y de defender a su familia. Esta capacidad para asumir sacrificios queda resumida en la imagen de Eneas echándose a su padre a las espaldas para librarlo de las llamas de Troya. Veinte siglos después Rulfo utilizaría la misma imagen invertida (un padre portando a un hijo) en la pequeña obra maestra No oyes ladrar a los perros, para comunicar los valores contrarios: el egoísmo y la irresponsabilidad.

La técnica narrativa que despliega el autor latino es acojonante. El poema nace con un comienzo in media res que te coge del pescuezo y te mete en un remolino de agua salada, en un despliegue sensorial sin preliminares que sin embargo apenas le cuesta unas pocas palabras. Escrita hace dos mil años, es una de las obras más cinematográficas que he leído en mi vida. Y con esa destreza del lenguaje que a veces roza la plasticidad, el poema se conduce hacia unas últimas doscientas páginas apoteósicas. En la batalla entre los Eneadas y Latinos es donde los paralelismos con la Ilíada se hacen más evidentes. Virgilio no solo fue capaz de estar a la altura de Homero, sino que sublimó los recursos narrativos del poeta griego, renovándolos y abonando en ellos un simbolismo psicológico e histórico que hicieron de la epopeya latina una fuente de análisis inagotable.

Nada falta, nada sobra. Todos los elementos (acción, tiempo, personajes incluso objetos) están rigurosamente dispuestos y diseñados para alcanzar el máximo efecto en el lector. Manda huevos que Virgilio, antes de morir, le pidiese a Augusto que la destruyese.

MEJOR FRAGMENTO: El personaje de Mecencio y en especial su muerte (final del Libro IX). PURO WESTERN

 

Brevas

Creo haber dado con un principio estético que a mí al menos me funciona: a menos distancia, más belleza. Hablo de la distancia que separa al creador de su instrumento, no siempre física. Así por ejemplo, al margen de la música producida, no puedo evitar que me parezca muchísimo más bello el guitarrista que toca con los dedos, que el que utiliza una púa. Hay ahí ya un elemento frío, que añade disonacia a la relación del guitarrista y su guitarra y que evita que alcancen entre los dos los mismos niveles de organicidad que un guitarrista flamenco cuando ejecuta un picado. Comentario aparte merecerían los que se empeñan en tocar con la guitarra por las rodillas. Otro ejemplo son los pasos de salida, que permiten a los jugadores de la NBA recorrerse media cancha sin botar. La pelota en el baloncesto es botada y no llevada, y por tanto, a un jugador en movimiento (horizontal) le corresponde una pelota en movimiento (vertical). Cancelar ese principio, aunque sólo sea durante unos pasos, resulta en un tío que deja de hacer baloncesto para correr llevando una pelota, como podría acarrear un melón. Y esos segundos en los que jugador y pelota se divorcian, pues mientras uno esprinta la otra no bota ni una vez, hacen los partidos más espectaculares y consiguen que se metan más puntos. Pero para mí son, estéticamente hablando, una tragedia. Tal vez sólo sea una solución que he encontrado intentando racionalizar mis manías.

Cuando era pequeño había por mi casa un cuento titulado ¡Qué desastre! protagonizado por un perro llamado Desastre. Desastre era sucio y vago y cuando movía el culo rompía algo. Olía mal, andaba siempre tirado a la bartola, despeinado y con restos de basura por todo el cuerpo. Su madre, por el contrario, era bonita, limpia y muy educada y se preguntaba cómo podía haberle salido un hijo así. A Desastre todo el mundo le gritaba y le daba puntapiés. Se sentía mal por hacerle pasar vergüenza a su madre, pero a la vez era incapaz de sentir remordimientos por el mero hecho de ser como era. Hace años que perdimos el cuento. No recuerdo cómo terminaba, si Desastre conseguía adaptarse al mundo o que el mundo le comprendiese, o una mezcla de ambos. Pero no importa, creo que ya lo he entendido. Me ha llevado 20 años.

La Iliada y la Odisea están dividias en cantos, y la Eneida en libros.

Volviendo al princpio de que la cercanía es belleza (y ya me voy), esto también se puede aplicar a la literatura. Qué fatalidad cuando advertimos en un texto que su construcción, a golpes con el lenguaje, ha acabado llevando al autor a un sitio muy alejado de la idea original que había en su pensamiento cuando empezó a escribir.

Brevas

Me río mucho a costa de mi madre porque se maneja muy mal con el móvil. Hace gracia y da un poco de pena ver cómo lo sujeta con una mano mientras el índice de la otra sube y baja con lentitud mecánica, acusando las letras más que pulsándolas. Le da a botones que le llevan a ventanas insospechadas de las que tienes que rescatarla. Escribir le requiere tanta concentración que cuando habla por wasap suele perderse la mitad de lo hablado. A veces entra en bucle girando el móvil, incapaz de ponerse de acuerdo con la pantalla, que parece girar en sentido opuesto. Pero en el fondo de mi risa y de mis burlas hay un reconocimiento a la dignidad que guarda mi madre en su relación con la tecnología. No es mi madre la que realiza esfuerzos vanos por manejarla bien. Es la tecnología la que es incapaz e hacerse accesible a Sole. Mi madre falla cada vez que utiliza el móvil porque en realidad no está intentando adaptarse a algo que sabe que ya no es de su época. Se limita a utilizarlo como puede, y que salga lo que sea. El problema no es que mi madre no sepa, sino que no quiere saber. En realidad, eso tampoco es un problema. No hay ningún problema. Y eso, supongo, es la gran victoria de mi madre.

Dos pequeños apuntes tras leer a Omero. 1) la belleza que resulta del simple recurso de referir, como quien no quiere la cosa, momentos posteriores de la trama (por ejemplo: “y Telémaco cruzó la majada dando largas zancadas; iba sembrando la muerte para los pretendientes.” Odisea, Canto XVII v.28), truco que ya no se estila, pues se entiende que pocos errores hay más graves al desplegar una narración que destriparla (hacer espoiler), peligro que no corría el poema épico. Pero su efecto sigue siendo poderosísimo, bellísimo. Por ejemplo: “Es ya molesto cómo quiero a esta mujer (y ridículo: no hemos hablado ni una vez). Estaba con un traje de tenis y un pañuelo, casi violeta, en la cabeza. Lo que será recordar esos pañuelos cuando Faustine se haya ido.” de La invención de Morel; o el ejemplo más putamente icónico cuya potencia sobra valorar: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” 2) cuando Odieseo llega a Ítaca apenas cuenta nada más que con la lealtad de su porquero Eumeo. Es este un motivo que también me resulta muy estimulante y que se ha repetido en otras historias en las que el señor es acompañado de un siervo que conserva una fe increbrantable en los valores de aquél (Quijote y Sancho, Frodo y Sam, se me ocurre). Pero esto que nos resulta valioso artísticamente, incluso emocionalmente, analizado desde un punto de vista social, o ideológico es reprovable, pues no se trata solo de una alegoría a la confianza, a la lealtad, a la amistad. Es sobre todo una alegoría al vasallaje y a la desigualdad entre los hombres.

Otros lo odian, pero a mí me gusta mucho la capa de nata que deja la leche cuando la calientas. Cogerla con el extremo de la cucharita o con los dedos, así, y comerla entera, echando la cabeza hacia arriba. A no ser que haya un sobrino delante. Entonces tienes que dejarle la nata a él, porque la nata es para los pequeños, y además hacer como que te encanta darles la nata, capuchón arrugado imposible de compartir. Pero a mí no me gusta tener que dársela.

He leído ya suficientes frases, textos, vídeos motivadores para saber que no van a cambiar mi vida, mis hábitos, yo. A no ser que los coja todos, los ponga en un libro, lo venda y me haga millonario.

No se puede pedir permiso para seducir.

 

 

 

Tak

01/12/2017 13:15

Escribo en la catedral de Aarhus. Tiene las paredes interiores caladas de blanco. Aparte de eso, los motivos y la decoración son como una catedral española. Me parece tan católica como cualquier otra catedral que he visto en mi vida. Lo que no es igual es lo que hacen en ella. Ahora hay expuesto un mural de unos 15 metros, pintado con un montón de escenas apocalípticas y pecaminosas (gusanos gigantes saliendo de las ventanas de una casa, cerdos metiéndose en una piscina vacía, ladrones, manifestaciones, gimnasios). Sobre cada escena está anotado un versículo (principalmente Lucas) al que, supongo, ilustra. Me he visto obligado a tomar un par de fotos, porque no creo que pueda ver algo así en una catedral española. Además, tras el altar hay una docena de mujeres reunidas con sus hijos bebés en una especie de kínder-algo sobre unas colchonetas. Yo estaba al lado, leyendo unas láminas con información sobre la catedral, cuando se han puesto a cantar una nana danesa. Era hermoso escuchar las voces de las mujeres entonando esa melodía tranquilizadora, reverberada por el espacio del templo. La catedral fue construida por el 1.300. Las láminas contenían reproducciones de su aspecto a través de las diversas reformas que ha ido sufriendo. La catedral está dedicada a San Clemente, que fue obispo de Roma en el siglo I y que es santo de los mares y los marineros. La catedral está a pocos metros del mar. Se puede ver a San Clemente y su ancla en varios sitios de la catedral y en el escudo de la ciudad. También se pueden ver las tres rosas rojas, el símbolo del obispo que en la segunda mitad del siglo XV enriqueció y reformó la catedral y cuyo nombre paso de apuntar. Por aquí me muevo en la bici de C. Me rallo pensando que me va a pasar algo, que me van a atropellar, que se va a pinchar o que voy a atropellar algo. Ahora mismo pienso que voy a salir de la catedral y no va a estar, o que me habré cargado el candado porque antes al cerrarlo ha hecho un ruido raro. De hecho antes se me ha caído la varilla de la cesta y me he dado cuenta una hora después. ¿Pues no vuelvo al camino del bosque por el que he venido y la encuentro? De coña. Siempre me pasa algo con las bicicletas. Aarhus es una ciudad mona y cambiante.

IMG_20171201_131513

El niño Dios en una bota

16:50

Además, cuando consulto el Google Maps, todo me parece más lejos de lo que en realidad está. Ayer me pasé la biblioteca y hoy casi me paso la universidad. El aspecto de los edificios de la universidad de Aarhus no ayuda a identificarlos como tal. Bajitos y de ladrillo amarillo, puede parecer que estás cruzando una zona residencial, sobre todo si tu principal preocupación consiste en pedalear sin que te entre el frío por el cuello. Lo primero que he visto de la universidad tras aparcar la bici (no se había roto el candado) es una chica salir del retrete a través de la ventana de un baño, que daba directamente a la acera. No sé, no me parece muy bien pensado. A ver si no van a ser tan buenos arquitectos estos daneses. La universidad tiene dentro del campus un lago con patos y árboles desnudos y un montón de gente joven. Me he acercado al Steno Museet (más bien me lo he topado, también creía que estaba más lejos) y le he preguntado a la recepcionista qué podía ver. Considero que no me ha atendido muy bien. Me ha dicho que si no sabía danés, poco podía hacer ahí, donde se organizaban conferencias. Me ha dicho que podía echarle un ojo a una sala pequeña que había nada más entrar y ahí me ha dejado. ¿Por qué no me ha dicho que en la planta alta hay dos salas cinco veces más grande cada una, sobre astronomía y medicina, con un montón de cachivaches, interesantísimas? Hay también un péndulo de Foucault como el del Cosmo Caixa. Me he tirado mi buena hora en el museo y más me hubiese gustado estar. Cuando ya me iba he visto que había fiesta en una de las facultades, y ahí que he ido a ver el percal. Un chico me ha contado que era porque se acerca la Navidad y me ha vendido un chupito de vodka con miel que estaba bastante horrible. Lo que no estaba era flojo. ¿Habrá controles de alcoholemia para los que van en bici? Cuando he llegado, la bici tenía el sillín mojado por el chisgarabís. Al momento que lo limpiaba con la manga del abrigo cumplía unas 38 horas en Aarhus. Entonces he sentido una agilidad nueva en mis movimientos: limpiaba el sillín mientras examinaba la gente que esperaba el bus, abría el candado despreocupadamente. Ahí es que he alcanzado esa confianza caduca, cuando abandonas la torpeza de hacer algo por primera vez y aún no has llegado a la rutina de haberlo hecho mil veces y saberte haciéndolo otras mil. Mientras limpiaba el sillín de la bici de C. sentía que me metía a Aarhus en el bolsillo, que de alguna manera la volvía a pisar por primera vez. No obstante, y tal vez por acción del chupito de vodka con miel, luego he estado cerca de dármela un par de veces (exagerado, me diría C. más tarde, cuando le relaté mis experiencias cercanas a la muerte). He bajado hasta el Street Food de la ciudad (aciertan, también he estado a punto de pasármelo) y he acabado frente a un puesto de comida danesa tradicional con el rótulo de Mormon KØkken donde me ha atendido la que debe ser la danesa más guapa de esta ciudad. Le he preguntado en qué consistía uno de los platos y ha sacado de una olla un cazo con unas albóndigas. Me ha enternecido que fuesen tan parecidas a las que hacía mi abuela. Se lo he explicado a la danesa y me ha mostrado esa enorme sonrisa con que las camareras despachan a los cretinos que les cuentan cosas que les importan lo que viene siendo una mierda. Me dice tak, y le pregunto cómo se dice “de nada”. Me contesta al segundo y lo olvido al instante. Las albóndigas se parecían a las de mi abuela, pero no estaban tan ricas, porque mi abuela les echaba jamón y sobre todo no les echaba por encima una salsa que sabía sospechosamente a curry. Cuando he acabado, me he acercado a un puesto próximo por un café, pero me han mandado a otro más alejado, a donde he ido, ofreciendo una maravillosa oportunidad para comprobar si es cierto eso de que en estos países puedes dejar tus cosas solas sin que te roben un clip. Me ha sorprendido que entre la oferta de cafés también sirviesen cortados, y eso he pedido, pensando que habrían importado el concepto de España, igual que el concepto espresso se lo ha copiado todo el mundo a los italianos. Pero no. Para los daneses “cortado” significa algo similar a “veneno”. Lo que no sé es por qué venderlo es legal. Unos 3,5€ me ha costado la mierda del cortado y encima en un vasito súper pequeño, como en el chiste de Annie Hall. Frente a mí hay un grupo de mayores y entre ellos uno que parece el hermano regordete de Junker. Escribo esto delante del sitio en el que he pedido la comida, por si le resulto interesante a la chica que me ha servido. O a alguien.

***

Ya no estoy en Aarhus. Acabo de ver La Sirenita de Copenhague, el segundo monumento europeo más sobrevalorado (los que habéis estado en Bélgica ya sabéis cuál es el primero), y me ha encantado. He llegado a las ocho de la noche y no había nadie más que yo. Dos focos la mantenían iluminada. Sé que no es técnicamente una gran obra, que no es impresionante. Sé que en mi experiencia al contemplarla ha participado el silencio y la oscuridad. Sé que ha sido algo personal. Sólo una pareja de polacos ha interrumpido mi comunicación con la estatua. Han llegado, la han mirado lo necesario para fotografiarla, y se han ido. La Sirenita se sienta sobre una roca del agua, en una punta de Copenhague, apartada, más que alejada, del resto de la ciudad y de Europa. Es bellísima. Gira su rostro hacia el mar, con una mirada de eterna tristeza. Debido a la postura, cuesta saber cuál es el mejor ángulo para observarla. Siempre una parte de ella se ofrece mientras otra se nos niega. La Sirenita no mira al turista porque su inconsolable espera no tiene nada que ver con nosotros. Handersen eligió esta criatura fantástica, mitad mujer, mitad pez, para llenarla de cosas humanas: el anhelo de lo que no nos es dable, la insatisfacción y la tristeza como vicios voluntarios, la soledad fría como el bronce, la obsesión, el miedo a los remolinos de aguas negras que a nuestros pies sueñan con absorbernos. Me gustaría ser un borracho para que no me importase cruzar el metro y medio de agua que la separa de nosotros. Pero ahora mismo ni de coña meto yo ahí un pie. Cuando por fin me voy, no puedo evitar mirar atrás varias veces. Iluminada por los focos, titila en mitad de la noche, como una velita de cumpleaños. ¡Qué tristeza tener que dejarla ahí, tan sola!

copenhague_sirenita

Todos creen que el tamaño importa, pero yo te quiero como eres // crédito de la foto: blog.amigoautos.com