Brevas

Hoy mi jefa ha dicho una frase muy jefa. Ha dicho “mi marido es muchas cosas, pero también es diseñador”. Lo ha dicho encontrando dificultades para expresar lo que es su marido. He suspirado aliviado de que su marido no sea solo diseñador. Imagináos, la idea del diseño personificada, andando por ahí. Me imagino a mi jefa del brazo de un señor con grafos, colores primarios y sombras en lugar de extremidades. Afortunadamente, su marido será algo más, será padre además de diseñador. Será trabajador por cuenta ajena, contribuyente, vecino de. Será hincha de algún equipo, tal vez, será ateo o cristiano, joven o viejo, deportista o amante del rock. Le gustará tomar el vermú con mejillones y tirarse un pedo cuando está solo. Habrá maldecido cuando se ha dado con el dedo en la pata de una mesa, alguna vez se le habrá olvidado, instantáneamente, aparcar, y se habrá quedado dormido viendo 2001, una odisea en el espacio. Alguna vez habrá visto un capítulo de los Simpson, habrá apartado la parte negra del bonito con tomate y habrá echado una meada en la ducha. Quiero decir, me alegra que mi jefa esté casada con una persona.

Una persona es como una fortaleza al revés. Lo primero que se derrumba es lo más profundo y recóndito, mientras por fuera parece intacta.

Era agosto, era 2016, era París. Había desviado mi camino hacia el Louvre atraído por la Torre Saint-Jacqes. Estaba cruzando el paso de cebra cuando vi aparecer a una chica en bici por su carril. No sé por qué, imagino que por esa excesiva atención que ponemos sobre nuestros gestos cuando viajamos, creí que el rojo del semáforo no le afectaba a ella. Así que deceleré mi marcha para dejarla pasar, mientras ella a su vez frenaba y ya acomodaba la rueda delantera a la línea de detención del asfalto. Y nos miramos y era guapa, y supongo que mi cara debía ser como la de alguien que desconoce las normas fundamentales del tráfico en una ciudad, porque al final me concedió una sonrisa, cuando ya llegaba a la otra acera, mi cabeza haciendo un ángulo recto con mi cuerpo para no perderse esa sonrisa. Luego el semáforo se puso en verde y me dejó atrás, a punto de entrar en los jardines que rodean la torre. Fue un romance de un segundo. París no sabe dar menos.

Todos confiaban en Gustavo, el hombretón que acompañaba en el minibús a los niños que volvían del colegio. A pesar de su deficiencia mental, llevaba siete años acompañando a los chicos a volver a casa. Todos confiaban en Gustavo, pero un día se metió en el minibús y los despedazó a todos.

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4 comments

  1. Por Dios! tenía una sonrisa dibujada en mi rostro hasta que he llegado al último relato… supongo q todos tenemos un punto psicópata, pero para la próxima no dejes este tipo de relatos para el final, 😂😂

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  2. Fantástico. Y el final apoteósico. Cuando era joven, por delante de casa de mis padres pasaba todos los días paseando una mujer menuda con un hombre bastante grande, con aspecto de estar bastante medicado.

    Al tiempo supe que era su hijo, y que esos paseos habían sido una especie de prescripción médica contra la violencia. En realidad, esto último no sé si es verdad o el tiempo lo ha metido en mi memoria, pero Gustavo me ha recordado a él.

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