Un nieto escritor y otro tímido

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Juan Soto Ivars y su libro. Esquema.

El pasado jueves fui a la presentación del libro Un abuelo rojo y otro abuelo facha de Juan Soto Ivars. Se reunían los tres columnistas que más sigo ahora mismo, pues a Juan le acompañaban Jorge Bustos y David Torres. La cita era imprescindible. El lugar era Tipos Infames, y mucha gente pensó como yo que no podía perderse la velada, pues Tipos Infames se llenó

Torres y Bustos (Torres y Bustos, ahí hay un título para algo, quizá un programa para La2) elogiaron la novela-ensayo, e Ivars se esforzó, el pobre, por espoilearse a sí mismo, no sé si conscientemente. Ivars tiene mucha gracia, el jodío, más incluso de la que te imaginas cuando lees sus columnas. Desempeña con soltura el papel de payasete, instintivamente, cabría decir. En eso hasta sentí que nos parecemos. Y también en la tendencia a usar como cebo la falsa modestia. Esa falsa modestia con que comparte sus columnas en FB “por si no tenéis nada mejor que hacer”, que tú piensas, venga tontorrón, si sabes que te voy a leer.

La conversación sobre el libro era un poco liosa, iba y venía, saltaba de Podemos a Rajoy, de Rajoy a Cataluña y de ahí, por supuesto, a Franco, la Guerra Civil y Twitter. Vamos que no me estaba enterado de una mierda, pero me estaba echando unas risas. Felizmente, hacia el final, alguien preguntó ¿el libro de qué va?, y Juan, haciendo un encomiable esfuerzo glandular para evitar sudar chorretones, entendió que era el momento de hablar de sus abuelos. Entonces no me reí tanto.

Cuando terminó la charla y la gente se levantó de sus sillas me sentí muy incómodo, porque había ido solo y la gente allí parecía conocerse muy bien y trabajar en suplementos culturales o cosas por el estilo. De pronto la situación no me molaba un cacho. El ambiente era muy interesante, pero no sabía qué hacer. Al principio de la charla había visto a cierto escritor al que pensaba ir y decirle, soy fan, así sin dignidad alguna, pero se lo había tragado la tierra.

Un chico recogió las sillas súper rápido. Di unos pasos inseguros por la sala. La gente hacía cola para que Juan les firmara un ejemplar del libro, otros compraban cervezas como cabrones y otros salían a la calle, espoleados por las ganas de fumar. Intimidado me sentía, con mi mochila Reebok colgada al hombro. Supe que no iba a poder iniciar una conversación con ningún grupo de desconocidos que allí había. No iba a comprar el libro porque es un lujo que mi economía no me permite, no iba a pedir una cerveza porque no tenía suelto y no iba a salir a fumar porque no fumo. Sólo los tímidos nos preocupamos en encontrar excusas para hablar con un desconocido.

Gané un poco de tiempo ojeando las estanterías de libros giratorias. Dicen que la gente solitaria puede resultar muy interesante, pero yo no me sentía nada guay mirando el precio de La regenta, edición Random House. Pero, ¿si no iba a habar con nadie, comprar el libro ni tomar nada, para qué estaba ganando tiempo? Estaba ganando tiempo porque me apetecía mucho decirle a Juan Soto Ivars una cosa. Quería contarle, de payasete a payasete, lo suertudo que era por haber tenido la posibilidad de conocer a sus abuelos y lo jodidamente bien que me parecía que había hecho escuchándoles tanto y tan atentamente y luego haber escrito un libro hablando de ellos, de su vida y de España. Porque yo, le quería contar, tengo el bagaje contrario: tuve dos abuelos que murieron mucho antes de que yo naciese (luego, ahora me doy cuenta, nunca los tuve, o al menos los tengo ahora tanto como cuando nací). Dos hombres a los que hubiese sido imposible adscribir a ninguna ideología, si acaso al analfabetismo, y que en lo más que se parecían a los suyos era en lo de haber currado como perros.

Y sin embargo, todo esto me acerca, creo, a Ivars, en el sentido en que ambos reconocemos que nuestros abuelos han configurado parte de nuestra personalidad (él por tenerlos cerca y yo por no haberlos tenido nunca). Esto puede resultar obvio para otras personas, pero para mí fue un descubrimiento casi reciente. Y no me cuesta imaginar a un Soto Ivars sorprendido al descubrir que no podía entender España (y su trabajo exige que lo intente) sin recurrir a sus abuelos, sin incrustar su imaginación y su entendimiento en sus historias.

No invento nada si os digo que se puede echar de menos lo que nunca se tuvo, por eso hasta me sentía tentado de decirle que, si había escrito un libro con un título semejante porque los echaba de menos, le entendía. Yo también lo hubiese hecho si supiese escribir.

Nunca sabremos qué cara me hubiese puesto Soto (no sé cómo nombrar a este tío, si Juan, si Soto, si Ivars o todo ello) porque había mucha gente haciendo cola para que le firmase el libro, por lo menos a mí me parecía mucha gente, la fila cruzaba toda la librería y no parecía avanzar. Así que salí de Tipos Infames y muy lentamente abandoné el lugar, casi sin creerme que no iba a intentar hablar con alguno de esos grupos entre los que a lo mejor había alguien que me consiguiese curro, o una chica cultureta, una chica interesante de pelo negro de esas que a veces también van solas a ver cine VOSE. Y reprimiendo las ganas de darme la vuelta y correr en pos de Torres o Bustos para darles la mano y decirles joder qué bien escribís, yo quiero escribir como vosotros, o en pos de algún círculo de esos y pedir oficialmente adopción social durante una hora, doblé la esquina y puse rumbo al tren.

Una vez en la estación me pregunté por qué mierdas sentía tanto irme de allí, qué estúpido afán me había quedado sin resolver. No pensé que el único noble motivo por el que podía haber ido era echar de menos a mis abuelos, a los que nunca oí, oyendo a otro hablar de los suyos. Y que si así era, bien estaba volver ya a casa.

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6 comments

  1. Deberías quedarte a tomar algo la próxima vez. Siempre viene a ser interesante conocer gente nueva, me gusta lo que he leído, pero supongo que si por ti fuera habrías preferido haber conocido a una de esas chicas a escribir este reclamo de odio a tu propia timidez. La próxima vez lleva suelto.

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  2. Hola, soy la editora de Círculo de Tiza. Estuvimos juntos pero no nos conocimos. Y es triste cuando no no conoces a alguien a quien te habría gustado conocer. Nunca sabes si volverás a encontrarlo. Me gusta mucho este post y me interesa lo q cuentas pero creo q me interesa más lo q no cuentas. Sirva de saludo siquiera telepático mi deseo de mandarte el libro q no te llevaste al tren. Dame una dirección y te lo mando, escritor desconocido.

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  3. Si finalmente Eva ( quien no tengo el gusto de conocer) te hace llegar el libro, a las cervezas invito yo. Tras este post , estás a un solo paso de convertirte en estrella ciber mediática, tener tu propio club de fans, recibir propuestas de matrimonio o o de ser adoptado por algún escritor de cierto renombre. Hasta entonces, y a la espera de la publicación de tu próximo libro, Me declaro ( y hablo en nombre de otras muchas personas) seguidora ocasional tuya . Lo de fan incondicional hubiera sonado excesivo, aunque quién sabe…todo puede llegar. Disquisiciones al margen felicidades por esta tu página. Todo un descubrimiento, sí señor!!! Chi vediamo.

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    1. Qué optimista Iraultza! De momento, con que la gente llegue hasta el final de las mierdecillas que escribo me doy por satisfecho.
      Muchas gracias por tan alagador comentario, espero que sigas pasándote por aquí.
      Un saludo :)

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