La sospecha sobre el intelectual

En esta entrevista, el profesor Sebastián Faaber habla con el también catedrático Pablo Sánchez León sobre la comunidad intelectual, en especial historiadiores, que surgió con la Transición, o régimen del 78, que lleva tres décadas dedicando sus actividades a perpetuar este régimen, que, a su vez, los ha perpetuado a ellos en un lugar privilegiado en todos los ámbitos: académico, mediático, intelectual y cultural. Este grupo, posicionado en la izquierda ideológica durante el régimen franquista, se convierte ahora en una especie de monolito, conservador y anticuado, que está impidiendo la regeneración de las ideas de la opinión pública como lo han hecho en el entorno académico desde los 80. Según el entrevistado, ellos han tenido siempre “la primera palabra, la última y la de en medio”.

La entrevista es muy interesante y, por su dureza, ha generado cierto revuelo. Santos Juliá, que es nombrado en la entrevista y señalado como uno de los seres más malos que integran ese “monolito intelectual”, mandó una carta, bastante triste, en la que se queja del trato recibido y responde a los agravios con mucha ironía y sin ninguna argumentación. Al mismo tiempo, otras cartas estaban llegando a la redacción o consejo editorial de CTXT, quejándose de que la entrevista sirve de mera excusa para atacar a las personas que han formado esa comunidad intelectual (aparte de Juliá, también se menciona a Elorza y Savater) sin siquiera mencionar sus obras o carreras. El consejo editorial se reunió y finalmente se decidieron por lanzar a Soledad Gallego-Díaz a la palestra a decir que ella, personalmente, editaría parte de la entrevista, pero que eso no va a pasar.

Todo esto es tan excitante que me he animado a escribir mi propio comentario y soltaros las ideas que me ha suscitado el testimonio de Sánchez León, como si de una respuesta de selectividad se tratase.

Son tres los puntos que articula Sánchez León en su discurso. 1) El hecho de que esa generación de profesores, intelectuales, pesadores en general, copase durante los ochenta los puestos de la Universidades expañolas, entonces en “expansión”, que no “democratización”, para que luego, de golpe y porrazo, la Universidad se cerrase a las nuevas generaciones de profesores, que han tenido que sobrevivir con las becas de investigación. El propio Sánchez León como ejemplo. 2) Estas personas no sólo no han dado relevo a sus colegas jóvenes en las cátedras, sino que tampoco han dialogado con ellos. Sus ideas (difundidas a través de los medios del grupo PRISA) eran dominio exlusivo de sus autores, por lo que se ha originado un hecho singular, y es que no ha habido herencia ideológica con las nuevas generaciones de pensadores, profesores, historiadores etc. 3) En parte consecuencia de los dos puntos anteriores, esta comunidad monolítica ha realizado un daño grande e invisible en España en general, y en la izquierda en particular. Sus relatos de cosas como la Transición, la Guerra Civil, o las nuevas derivas de la izquierda política no son acertados. Desgraciadamente son los relatos que comparte una gran parte de la opinión pública, dado que no había más donde elegir.

En cuanto al primer punto, un lector como yo, desinformado del funcionamiento de las Universidades españolas durante la democracia, se sorprende y alarma de que haya sucedido una cosa así. La sociedad no puede permitirse una Universidad anquilosada, que sirva de espacio para una parte privilegiada del profesorado. La Universidad debe mantenerse renovada de forma permanente, permitiendo que la vieja guardia intelecutal cumpla su papel, que es dar forma y ceder el protagonismo a los nuevos docentes. De otra manera, cuando las nuevas generaciones de profesores lleguen a la Universidad (inevitable, porque la gente muere, sabes), barrerán con todo lo anterior: funcionamiento, personal, departamentos, escuelas de pensamiento etc.

En el punto dos comienzan mis disidencias con las ideas de Sánchez. Los intelectuales del 78 no han creado escuela, no han hecho herencia, no han transmitido. Para que lo entendamos, pone un ejemplo de la situación muy bueno: que estas personas se han rodeado de personal mediocre, para que no les hiciese sombra. Pero más allá de esto, no entiendo que se pueda hacer de un pensamiento un cortijo. ¿Acaso no han estado ahí todos los libros, ensayos, tesinas y artículos de este “cártel” para que cualquier otro los leyese? ¿Acaso los nuevos profesores e historiadores no han escrito sus propias ideas pudiendo rechazar o aceptar, o modificar, las ideas y los principios de la generación anterior? ¿Entonces, qué hay que hacer para hacer escuela?

Este es el punto donde las palabras del entrevistado se pueden volver en su contra. Porque el corazón de las críticas de Sánchez sobre los intelectuales del 78 es esta razón: “como intelectuales no han sido, en realidad, ni honestos ni sinceros. En estos tiempos tienes que hacer un poco de psicoanálisis para saber qué es lo que te motiva, y ese poco de autoconocimiento no tienen”. Ese psicoanálisis, aplicado sobre Sánchez, no elimina la sospecha de que si él se ha desentendido del ideario de estas personas es porque no se ha sentido arropado o animado por ellos, y no por un desacuerdo sincero con estas ideas. Esto sería sustituir la honestidad como motivación por el interés. Es decir, continuar los vicios que precisamente se están denunciando.

En cuanto al tercer punto, es donde el lector más puede meterse a desbarrar, pues el que más o el que menos se asoma a de vez en cuando a EL PAÍS y se lee alguna tribuna. Sánchez León defiende que la vieja comunidad intelectual más que liderar, ha secuestrado la opinión del centro-izquierda y desorientado el de la izquierda. Que se han instalado en una hegemonía que tiene poco que ver con el compromiso con el futuro del país y mucho con el mantenimento a ultranza de un sistema. Una hegemonía que pierde los estribos y patalea, ahora que están cambiando las cosas, especialmente por la llegada de Podemos. Le gotea el colmillo a Sánchez León que no veas.

Me pregunto cuán sencillo es adueñarse de la opinón pública. Dónde termina la responsabilidad del que impone a los demás lealtad a sus valores ideológicos y dónde empieza la del que la acata. No es una violación, no es un asesinato, estamos hablando de pensamiento, y de personas libres y críticas (al menos es lo que se espera de un catedrático), que pueden adherirse o no, a ese pensamiento. De hecho es su obligación.

Dice el entrevistado: “yo tengo ahora compañeros que son hasta diputados de Podemos, que pertenecen a mi generación, y que han dicho hace menos de diez años: “yo es que me siento un socialdemócrata”. Porque no te quedaba otra. Sabías que el tronco central de la democracia española, y del Estado social, incluso de la izquierda, era la socialdemocracia que representa el Partido Socialista. Es una constatación, no es una valoración”. ¿Dónde ha quedado el psicoanálisis ahora? ¿Por qué durante toda la entrevista se está atacando a un grupo de intelectuales por mantenerse con y para el poder, y estos compañeros anónimos son víctimas? ¿No se puede interpretar que estar hace diez años con el PSOE y ahora con Podemos es un arrime en toda regla al poder? No me supone un gran esfuerzo imaginarlo así.

Me centraré en la figura de Savater, porque es la que menos desconozco de las tres que se nombran. Por un lado, aunque esto es una valoración totalmente personal, creo que las tribunas que aún publica contienen puntos de vista e ideas provechosas (llamadme conservador). Y lo que es más importante, no son argumentos que requieran la adhesión total del lector. Se puede estar en acuerdo con sólo parte de lo que dice. No encuentro en él una voluntad inmovilista, de amarrar como sea el curso de los tiempos.

Por otro lado, si este cártel se ha afanado y se afana por mantener la supremacía del régimen del 78, y ése régimen ha estado dominado políticamente por el bipartidismo, en el que ellos, desde su papel intelectual, realizaban la parte que les tocaba respaldando al PSOE, no tenemos en Savater un gran ejemplo: alguien involucrado desde los inicios a UPYD, el único partido en mucho tiempo que nacía con la pretensión explícita de romper el juego bipartidista, y que, tema nacionalismos aparte, se solapaba ideológicamente con el PSOE. No cabe decir que era una empresa segura. Todo lo contrario. No aparecieron en tiempos convulsos (aunque se adelantaron por poco), no tenían presencia mediática. Y, a pesar de que su final está siendo muy trise y alargado, hasta hace bien poco Savater ha seguido escribendo sobre UPYD en primera persona del plural.

Cuanto más me salgo del ámbito estrictamente universitario más objeciones me asaltan contra lo que dice Sánchez León. No le niego la mayor (no podría, estoy comentando como mero lector, pero asumo que su conocimiento del panorama intelectual e ideológico es mucho mayor que el mío): seguramente estemos hablando de una élite intelectual que ha gozado de una hegemonía durante casi tres décadas cuyo efecto negativo han sufrido las nuevas generaciones de profesores, y la sociedad en general, que ha visto reducido y simplificados el número de relatos ideológicos e históricos a los que podía acceder. Seguramente esta élite se haya identificado excesivamente con el PSOE.

Pero ningún partido tan identificado con el ámbito universitario y académico como Podemos, al que el entrevistado trata con evidente preferencia. Si los profesores identificados con el PSOE han hecho la vida imposible a las nuevas generaciones de investigadores, qué podremos esperar de los profesores que son Podemos, si este alcanza el poder que ha tenido el PSOE en las pasadas décadas. Esperemos que posean ese poco de “autoconocimiento” cuya falta, según el historiador, ha impedido a los decrépitos intelectuales obrar con honradez.

Por último, quería destacar la gran contradicción que encierra denunciar el secuestro de un ideario, y a la vez, al término de la entrevista, lanzar la idea de que los nuevos historiadores deberían ser sometidos a un cásting ideologico-deontológico para acceder a la comunidad investigadora.

Disculpen la extensión y la seriedad.

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