Reseñas literarias (III): Ejército enemigo

Nota preliminar: este post es muy largo, pero lo he dividido en tres. En realidad son tres post en uno. En la primera parte hablo de la portada del libro, en la segunda del autor, y en la tercera, ya sí, de lo que me parece el libro. Así que la reseña en sí está en esa tercera parte, a la que puedes ir directamente con todo mi beneplácito.

Ejército enemigo (Alberto Olmos)

Portada de Ejército enemigo (A. Olmos)

Portada de Ejército enemigo (A. Olmos)

PORTADA

Si la gran literatura es aquella que más que dar respuestas plantea preguntas insospechadas, o reformula las grandes cuestiones que atenazan al hombre desde nuevos ángulos, diremos que un ejemplar de Ejército enemigo, la penúltima novela de Alberto Olmos, editado por (Penguin) Random House es no gran, sino maravillosa literatura y al mismo tiempo una mierda de literatura. Maravillosa porque no hace falta ni abrirlo par que le surjan a uno preguntas, cuestiones, dudas, ganas de saber, nerviosismo. De mierda porque esas dudas y esas ganas de saber apenas sí se incrementan tras abrirlo y empezar a leer.

Estamos ante un caso en el que pasar la vista por encima de la portada es algo más que un accidente de la mirada anterior a la apertura del libro. Esta vez el accidente se vuelve tropiezo, el tropiezo socavón y, cuando quieres darte cuenta, llevas unos cuantos minutos de tu vida mirando como estúpido esta poderosa cubierta.

Una chica (qué otra cosa iba a haber detrás/enfrente de una mirada estúpida), o más bien la mitad de una chica, emerge sobre un paisaje de cabezas que forma la estampa típica de una manifestación, pancartas inclusive. La chica ostenta el gesto por antonomasia del descontento social y la identidad de la clase obrera: el puño en alto. Ese puño derecho es un puño obrero por la carga de desafío, de decisión y de fe que mantiene unidos los dedos que lo forman. Olvidando el detalle de la uña del pulgar pintada de rojo, se acerca tanto al modelo icónico del puño dibujado como símbolo socialista (esa recta perfecta del perfil de los nudillos) y el ángulo de la fotografía es tan rigurosamente frontal, que perdemos la ilusión de estar ante una imagen que refleja una realidad de tres dimensiones. El puño se transmuta en icono en nuestra percepción.

Ese puño está unido a un brazo por el que indefectiblemente baja nuestra mirada, el cual brazo no le va a la zaga a su extremo en cuanto a decisión. Erecto es un término hecho para este brazo. No doy nada por que bajo la manga de ese abrigo haya una articulación correspondiente a lo que sería el codo de cualquier otro brazo, tal es la incapacidad para la curvatura que inspira. No. Brazo y puño están dominados por la Idea de lo recto. Su forma es inviolable, así como su relación con el entorno. Si se pudiese agarrar, el intento de doblarlo daría como resultado el movimiento, por arrastre, de toda la chica, de la manifestación, de la imagen entera, como si ese brazo fuese la palanca del mundo.

La mirada llega por fin al rostro y al cuerpo de la chica, de donde surgen las preguntas y las dudas con la misma generosidad con que se desprenden pliegues de ropa, mechones de pelo, mejillas, volúmenes. ¿Cómo coño se llamará?, es la primera cuestión, la más apremiante, la que se hace paso sobre todas las demás por su componente de exigencia más que de curiosidad: el anonimato, que nos parece natural para las cabezas de la marcha, resulta intolerable ante este rostro. Prosiguen las preguntas. ¿Qué motivos la habrán llevado allí?, ¿estará faltando a clase?, ¿por qué protesta esa gente? Esa boca, fruto carnoso (perdón, Alberto, por el manido recurso) ¿qué consigna estará emitiendo en ese instante, qué palabra, qué sílaba, qué sonido? Su mirada parece contradecir en algo la militancia orgullosa e irreductible del brazo y el puño. No es una mirada furiosa, resentida, o apasionada; la tranquila caída de la ceja, el párpado relajado, conforman una mirada acostumbrada, casi escéptica. Se dirige hacia algún punto fuera de la escena. ¿La fila de policías, los viandantes que observan desde fuera la marcha, el resto de ella? ¿Cuánto tiempo llevará ahí subida, mirando y gritando? ¿Por qué ninguna cabeza parece reparar en su presencia, en su altura, en su belleza? ¿A qué hora se habrá despertado? ¿De qué barrio procede? ¿Tendrá twitter? ¿Y Facebook? ¿Utilizará Iphone? ¿La ropa será de marca? ¿Cuántas decenas de metros mide esa bufanda? Y de nuevo, ¿cómo coño se llamará?

Me imagino a Olmos con el libro ya editado en sus manos haciéndose esa misma pregunta. Y esta chica encima de las cabezas, enfrente de mi mirada estúpida, ¿quién coño será? Me gusta la idea de un autor enamorado de la chica anónima de la portada de su novela, pasando el perfil de su dedo por el rostro de la imagen. Idea que conservaré, a excepción, claro, de la posibilidad remota de que sí conozca su nombre y quiera compartirlo.

ALBERTO OLMOS

Hace tiempo, me prometí que en cuanto reuniese algo de dinero haría dos cosas: reparar mi reloj e inscribirme en la web de Alberto Olmos.

Llevaba tiempo queriendo hablar de Alberto Olmos. Mi primer contacto con él (con su obra, se entiende) fue en la biblioteca del Instituo Cervantes de Estambul. Cogí un libro al azar que se titulaba A bordo del naufragio. Lo leí y me encantó. Es uno de los libros cuya lectura más compañía me ha propiciado nunca. Desde entonces mi interés por Olmos sólo ha ido en aumento. Es el único autor joven al que sigo la pista de cerca (de hecho es casi el único autor joven que leo).

Tras A bordo del naufragio, su blog Hikikomori me demostró su buen pulso para las distancias cortas. Tiene un discurso ágil, tiene ironía, es valiente, no es tonto. Puede que uno de sus mayores atractivos sea su faceta corrosiva. Como muestra un tuit. Hace poco, corrió por la red el vídeo de una noticia sobre un grafitero anónimo que se dedica a estampar en los pasos de cebra de Madrid frases poéticas que a la gente han encantado. El comentario de Olmos fue: “No particularmente a favor de que un tío que se cree un artista me haga leer sus gilipolleces en los pasos de cebra de Madrid”. Imagino que al escribirlo adoptaba una postura de cascarrabias de la que él mismo será consciente. Pero qué contrapunto más necesario en esa ola de cursilería que está arrasando la red (porque joder, no termina). Esa punta irreverente le ha granjeado fama y, desde que se dedicó a publicar, bajo el seudónimo de Juan Malherido, críticas literarias de forma más bien vocacional, también enemistades.

Va para el año desde que decidió juntar su Hikikomori (cosas que se le ocurren) y su Malherido (críticas) en una sola web, cuyo acceso es de pago. Por ello pensé en reunir algo de dinero para seguir leyendo a Alberto, porque me gusta lo suficiente como para pagar por las cosas que cuelga. Pero resultó que no necesitaba ahorrar: el problema del reloj era la pila y me gasté 3€ en una nueva; por dos más tengo acceso libre durante un año a la web de Alberto Olmos. Vamos, que soy gilipollas, pero un gilipollas al que le puedes preguntar la hora y enganchado a cualquier cosa que se le ocurra soltar a Olmos.

EJÉRCITO ENEMIGO

Tras algún minuto de mirada estúpida contemplando la portada, abrí el libro, leí su primera página y media, me desagradó y me lo lleve a casa. Que queréis que os diga, así son las adicciones. En realidad, había ido a la biblioteca buscando su último libro, Alabanza, pero estaba en préstamo. Fue un ir a por la guapa y quedarse con la disponible en toda regla.

Pongamos que eso de que la gran literatura es aquella que descubre nuevas dudas y bla bla es una chorrada que me he inventado para tener por dónde empezar este rollo-post. Vayamos a algo más sencillo: de qué va. Pues son dos los temas que trata el libro. Por un lado Internet y la pérdida de intimidad que supone y la reconfiguración de la identidad que permite; por otro, la solidaridad, o más bien, la banalidad de la solidaridad como expresión de la sociedad moderna y de la incapacidad del mundo para evitar irse a la mierda.

Santiago tenía un amigo. Un amigo llamado Daniel, muy activista y muy guapo él, que muere en circunstancias extrañas y violentas pero (detonante) lega a Santi su contraseña de correo. Santiago no es activista ni es guapo ni es na de ná más que un publicista, pero como es él el que nos cuenta la historia, tendemos a creerle. Santiago es un tipo descreído, bastante antisocial, no es la alegría de la huerta. Recuerda bastante a la faceta cascarrabias del propio Olmos.

Por buscar algunas referencias, es un personaje del estilo de Travis, de Taxi Driver (de hecho, ésta es una de las películas favoritas de Santiago, lo que me parece un truco bastante burdo por parte del autor) o de Rorschach, de Watchmen. A saber: una voz en off contándonos la podredumbre que le rodea y dejando registro en un diario. La principal diferencia entre Santiago y estos dos es que Santiago no se cree, como ellos, una suerte de reserva moral del mundo. Santiago sabe que su vida es cutre, asume que necesita la flexibilidad moral para sobrevivir (en especial en lo sexual) y no piensa en mejorar su entorno. A mí este tipo de personajes, modernos, perdedores, fatalistas, me saturan un poco, me parece que se agotan en su propia fórmula.

Afortunadamente, el personaje de Ejército enemigo presenta claroscuros dentro de su nihilismo, hay reflejos en su negrura interior. Su desprecio no es maquinal. Le duele saberse mierda, acusa la falta de asideros sociales para sobrellevar su existencia. Uno de los rasgos que más lo humanizan es el soterrado cariño que guarda con los amigos de Daniel a pesar de los severos prejuicios ideológicos que tiene contra ellos.

El mejor valor de esta novela es el trabajo sobre el lenguaje, que es notable. Estamos ante un autor concienciado de que para hacer una novela tienes que tener un qué decir, que puede ser o no original (aunque aquí lo intenta), y un cómo decir, que debe ser siempre original. Olmos busca poesía, su estilo no es meramente descriptivo, tiene pretensión transformadora, creadora de realidad. Unas bragas pueden tener vocación de cuchilla, un bar donde se ve un derbi estar torcido, una palabra penetrar en la esponjosidad de un cerebro. A veces se pasa, y le traiciona la intención de encontrar la floritura, el ingenio, los tres pies al gato, por querer reducir un personaje al detalle de un piercing que es el alfiler que lo prendía a un mapa.

En el ritmo encontramos más desajustes. Por un lado Alberto es ágil, se lee rápido, hay pulso, juega con la longitud de las frases, alterna sequedad con sinuosidad. Pero es terrible, casi una lástima, su empeño en querer sellar cada párrafo en una frase corta, hermética, de nuevo intencionadamente ingeniosa. Una frase que en multitud de veces coloca, ay, en párrafo aparte, solitaria, colgante, consumidora de celulosa. El caso más sangrante es el del segundo párrafo del libro, que cierra con un .Joder.. Qué gratuito, qué mal.

Más ejemplos: Al parecer el asfalto de mi calle era en efecto un alma sensible. Se hundió de madrugada. Yo llegué sólo para ver cómo se llevaban el cadáver, en brazos de excavadoras, en la panza de camiones incansables, porque aquél no era un cadáver conciso, con límites, sino un infinito cadáver hacia abajo

Había tanto cadáver como uno quisiera llevarse.

Aquí va un dos en uno: Me quedaba frente a la cámara, observando la reacción de mi partener. Muchas no aguantaban más de diez segundos siendo miradas mirando una polla. Se iban.

Entonces me desplomaba sobre el asiento. Tapaba de nuevo la cámara y mi corazón latía como si acabaran de ponerlo en marcha.

Era coca pura, esa emoción.

Y así todo el libro, haciendo uso de la fórmula a discreción (estos ejemplos los he cogido abriendo el libro a boleo). Es muy molesto, casi parece que nos habla como a tontos. Sobre todo porque hay una multitud de ejemplos de párrafos bien cerrados con una frase elocuente pero orgánica con las que la anteceden.

En un buen párrafo, Santiago dice estar saboreando el “subrayado de la vida”. Bueno, pues eso es precisamente lo que me esquina. Notar que se me está queriendo contar el subrayado de la vida, o de la realidad. La metáfora pagada de sí misma, la frase en párrafo aparte, la música de violines en la escena emotiva, vamos.

Peor son los injertos gráficos que incluye el libro. Me pregunto qué efecto pretende crear dibujando la típica caja de correo electrónico donde metes dirección y contraseña, caja que vemos todos unas mil veces al día. Y por qué hay dibujos de las cajas del correo electrónico y no del móvil con una llamada entrante.

Con todo, es un libro recomendable. Aunque su contenido intelectual, digamos, acerca de la solidaridad y de la intimidad en la red no sea deslumbrante, cuanto menos es atractivo. Reconozcamos que Santi/Olmos consigue que nos adhiramos a sus valores. En este sentido, recuerdo que tras terminar el libro iba por la calle Fuencarral, que es uno de esos sitios que imaginas que los personajes de esta novela pisotean día sí día también, y me crucé con un tipo que, muy agachado, le sacaba una foto a un charco con su Iphone. Una foto a un charco de Fuencarral. A ras de suelo. Con su Iphone. No pude evitar pensar: gilipollas.

MEJOR ESCENA*: Sin duda, la descripción minutada del vídeo porno. Cuánta poesía sin pretender hacer de lo descrito otra cosa que lo que es: una cochinada.

*MEJOR ESCENA es un apartado dentro de las reseñas que he decidido abrir en el que destacaré la escena (o pasaje, o trozo) que más me ha gustado del libro en cuestión.

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