Distracciones (II)

Esta entrada es continuación de Distracciones (I). Te aconsejo que leas esa entrada antes de esta si no lo has hecho. En todo caso allá tú, luego no me vengáis con que no me expreso bien

 

Sombra

Además de este manantial de distracción en el que yo soñaba con posar algún día mis labios en sus limpias aguas, hay que sumar a los sucesos de aquellos meses que nunca olvidaré la muerte de mi gato. En mi casa teníamos un gato. Se llamaba Sombra y era macho. Lo habíamos cogido de la calle unos cinco años antes y siempre fue un salvaje. Nunca dejó de ser callejero, aunque tuviese la suerte de vivir instalado en la guarida de unos humanos que, vete a saber por qué, le daban comida y caricias. De la calle le habíamos sacado y a la calle pertenecía, y él lo sabía. Le recuerdo de pequeño, mirando a través de la ventana. Moríase por salir y reunirse con su amada como el preso más pintado. Un día por fin abrimos la ventana, y desde entonces todo fue para él entrar y salir de casa con una libertad de horarios que yo no creo que haya tenido nadie más en la casa.

Era un cabrón, y le gustaba la camorra más que al gato López. No era el clásico gato hijo de puta que en cuanto te ve dispara todos sus sistemas de defensa y te bufa para que te vayas, no. Con Sombra podías jugar. Por lo menos durante diez o quince segundos. En un momento dado podías notar perfectamente cómo la ansiedad del juego y la adrenalina desbordaban los resortes de su cabeza y tomaba el control la pequeña fiera que cientos de miles de años de evolución habían desarrollado para matar. Podías notar perfectamente en tu carne el punto en el que sus mandíbulas alcanzaban un umbral de presión en el que era imposible creer que no mordía para hacer daño. Joder qué cabrón, decía la veterinaria de turno tras un primer intento de meterle el termómetro por el culo, si va de bueno y luego…

Su vida era plena. Entraba y salía de casa cuando quería; había amaestrado a mi padre para dar un paseo todas las tardes según éste llegaba de trabajar, a veces volvían juntos, y a veces volvía mi padre solo. Los últimos años habíamos renunciado a darle la medicina y a bañarlo (aún así se mantenía muy limpio). En Navidades, era, con diferencia, el miembro que más langostinos comía. También le encantaban los boquerones

Una noche, el día que se inauguraban las Fiestas de mi ciudad, que caen por estas fechas, mi gato salió y ya no volvió.

Continúa

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