Distracciones (I)

La Chica

 

Nunca me ha vuelto a gustar tanto una chica como la chica que me gustaba en la época en que me estaba preparando la selectividad, hace justo seis años. Me incomoda cuando me preguntan cuántas veces me he enamorado, o si lo he hecho alguna vez, sobre todo desde que me dí cuenta de que la respuesta no es tan fácil. Lo que es claro es que si alguna vez alguien ha tenido la capacidad de distraer mis pensamientos, o por lo menos de hacerlo cuando menos oportuno parecía, es esa chica de hace seis años. Hubo otras antes y las ha habido después pero en ninguna la obsesión ha sido tanta, ni en el tiempo ni en intensidad, como con ella. Tenía que remontarme muchos años, a los terrenos de la infancia, para recordar sentir algo parecido por alguien. Ella fue mi primera pasión adulta (platónica, a distancia, timorata, muda, sin contrastar, pero pasión al fin y al cabo). Fue la primera en que tuve que contener los sentimientos exaltados con los mecanismos mentales de mi incipiente madurez, que, lejos de servirme de ayuda, se revolvían contra mí. Fue la primera vez que me robaban el sueño.

En la época de la preparación a la selectividad, la exaltación estaba en su punto álgido. Reunía y creía ver pistas por todos lados que me señalaban por dónde dirigir mis intentos. Las pistas y las señales son en el enamorado que no encuentra su droga lo mismo que la metadona en el yonki sin heroína. Y si permitía que me robase el sueño, cómo no iba a permitir que me robase el tiempo que debía utilizar en el estudio. Abría los apuntes de lo que fuesen, empezaba a leer, y pronto la reflexión se quedaba interrumpida en mitad de una frase. Los minutos pasaban pensando en ella, o en cualquier nimiedad sobre ella, hasta que, sorprendido, me percataba de la frase, o el ejercicio que había dejado en suspensión y lo retomaba. Bueno, no voy a extenderme porque creo que todos sabemos lo que es eso, o parecido. Ahora supongo que esta experiencia se sitúo en el peor momento del año, justo en la preparación de unos exámenes que iban a indicar mi techo de estudios de ahí en adelante. Pero en ese momento, he de reconocer, lo que yo sentía, lo que me hubiese salido por la boca si me hubiesen preguntado, es que era la selectividad la que estaba mal colocada, la que se encontraba interrumpiendo algo que debía ser ininterrumpible.

(continúa)

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