Empieza con un fundido

Por mucho que llegues a amar un grupo de música, al principio sólo hay una canción que conoces, una canción destinada a abrirte a ese mundo que es ese grupo. El proceso siempre es el mismo. Escuchas una canción X, casi siempre por casualidad y muchas veces sin prestarle verdadera atención. Pero los días siguientes, la canción deja una melodía, una frase, un ritmo o un riff que sigue tus pensamientos como un tatuaje sigue el trozo de piel donde se ve. Haces lo que puedes por encontrarla, y cuando lo consigues, la escuchas una y otra vez como un enfermo durante días o semanas. Cuando por fin te cansas, buscas canciones similares en el grupo que la creó. Las encuentras. Son buenísimas. Te percatas de que esa primera canción era sólo un árbol que formaba parte de un bosque grandioso. Echas a andar por el bosque.

Las nuevas canciones que descubres te alejan en el tiempo de ese primer árbol. Piensas que, desde la perspectiva, hay otras que son mejores técnicamente o en parámetros estrictamente musicales. Decides ampliar tu inicial amor por la canción a todo el grupo. Con el tiempo, casi sin darte cuenta, dejas de escuchar la canción que te trajo a él. Inconscientemente crees que no lo necesitas. Y sin embargo, la tienes guardada en una cajita hecha de cariño y agradecimiento donde no cabe ninguna otra canción del mismo grupo.

No es que ahora sea un experto de Metallica, pero sí he vivido muchos momentos eufóricos escuchando sus antiguas canciones, y todos se los debo a Fade To Black, la primera de sus canciones que se dejó gustar por mí. La escucho ahora y me vienen recuerdos de aquel año, aquél último curso del Instituto. Recuerdo perfectamente pequeños momentos en los que mis colegas y yo íbamos descubriendo Fade To Black. Momentos en los que íbamos descubriendo Metallica.

El primer momento que la disfruté ni siquiera la estaba escuchando. La escuchaba mi colega Diego, con los cascos de pinganillo. Y cómo la escuchaba, el hijo de puta. Esperábamos en el parking enfrente del centro comercial el autobús que nos trajese de vuelta a casa. El tío lo flipaba bajo el sol de las dos y media de la tarde, entrecerrando los ojos y bailando al estilo metal. Es decir, moviendo la cabeza para alante y para atrás, que es lo único que se necesita para bailar metal. Pfff, tío, es que me flipo mazo con esta canción… mira, mira, ahora llega lo mejor, me decía, como si yo también la pudiese escuchar. Esta mañana la estaba escuchando en el autobús y me he despertado flipádome infinito. Me dió un casco y escuché los minutos que quedaban de reproducción.

A los pocos días, era yo el que me flipaba en el autobús camino a clase con Fade To Black en los cascos. La escuche mil veces, atendí a cada parte de la canción, diseccionándola, paladeando cada nota, leí la letra, intenté aprenderla, aprendí algo del principio con la guitarra, sólo la intro ya daba para paja. Me la ponía por las noches, ya en la cama y con la luz apagada, y con el goodbye de Hetfield le decía adiós a todo el día y me dormía.

Desde ese momento, tengo la sensación de que hiciésemos lo que hiciésemos mis colegas y yo, Metallica estaba de fondo, sonando. Era el último año de un tuto que nos había mantenido de lunes a viernes juntos desde las nueve hasta las dos durante seis años. Un curso que en mi cabeza se compone de fragmenos en el que me veo agarrado a la barra amarilla del autobús, pasando los recreos en un MacDonlads, haciendo el idiota en unas clases en las que me atacaban tanto el pasotismo, como el agobio por la selectividad. Era el año de las noches en el Andalu, bebiendo en cubatas de plástico algo cercano al DYC con cocacola, siempre cerca de la curvita del lago, bajo las ramas de los sauces.

Jose siempre sacaba el móvil y ponía música, sin esperar que nadie se lo pidiese. Y siempre sonaba Metallica. Tras Fade To Black, llegaron el resto de pepinos de Metallica. Recuerdo la entrada de Diego en su blog hablando del Ride The Lightning, recuerdo que al principio lo único que me gustaba de One eran las metralletas del inicio, y que luego acabé dando puñetazos a una puerta de clase que no se abría a la par que cantaba “oh, please god, help me”. Recuerdo que nos poníamos a la vez For Whom The Bell Tolls y casi competiamos por demostrar que nos sabíamos la intro mejor que el resto “ahora llega esto, ahora viene lo de la guitarra…””no, gilipollas, aún no”. Los primeros segundos de Master Of Puppets… Lo recuerdo, joder, lo recuerdo todo y ahí estaba Metallica siempre. Clases, tuto, párking, más clases, Carrefour, césped, cubatas, bule, tetas, pivas, exámenes, miedo, despedidas… a la mierda. Todo, al final, se puede reducir al sabor que me dejaron las canciones de Metallica durante aquél año. Y hoy me he acordado porque me ha dado por escuchar Fade, y he tenido que reconocer que para mí siempre será la más especial de ellos.

Goodbye

 

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