Relleno & Capas

Hola. Algunos de los que me léeis (si es que esa gente existe) sabéis que estoy en Estambul disfrutando de un año Erasmus. Otros no lo sabéis. El caso es que me ha parecido la ocasión perfecta para empezar un diario, ahora que estoy viendo tantas cosas nuevas y que tengo mucho tiempo para pensar, tal vez incluso demasiado. Así que cuando escriba en él algo un tanto interesante lo subiré aquí. Como lo que viene a continuación. El finde pasado fui a la Kapdokia, en el centro de Turquía, con un colega austriaco, otro polaco y una turca. El autobús salió de Kadikoy, Estambul, a las 12 de la noche, para despertarnos a eso de las tres y media y obligarnos a hacer una dolorosa parada (todos hubiésemos preferido simplemente no haber sido despertados). Cuando el autocar reanudó la marcha, esto fue lo que escribí en mi cuadernito:

05/11/2011-04:15

Camino a la Capadoccia.

Hemos hecho un “break” en medio de la nada. Fuera del autobús hace un frío de la hostia. “Like in Austria” decía Stephan mientras mirábamos el vaho que ascendía desde nuestras bocas. “Like in Austria”, decía Jaroslaw a nuestro encuentro, ya en el bus, mientras se quitaba el gorro de Jamaica. Al parecer hace más frío en Austria que en Polonia. Los coches están cubiertos de escarcha y en uno Stephan ha escrito “PENIS”, y yo le he dicho que esa palabra soporta toda la cultura Occidental, que Hitler conquistó Europa para demostrar que la tenía más grande que Napoloeón. Puede que no sea ninguna tontería, eh.

Yulaha ha aparecido con unos bombones y nos ha ofrecido. Eran como de mazapán de chocolate cubierto de chocolate. Muy bueno, toda una delicia. Todo un derroche de placer, un artificio producido para otorgar un instante de pleno goce. Mientras investigaba el mazapán, he pensando que el bombón sólo era uno más de los lujos de que disfruto continuamente. Que, igual que en él el relleno es el mazapán, él, a su vez, es relleno del lujo constante del que no me privo. El bombón, y, fuera de él, un autobús de temperatura agradable, cómodos asientos, lucecitas en el techo que aportan el campo de luz justo para que escriba esto sin dañar la oscuridad de mis vecinos, y también un pequeño menú que venía en una caja que nos dio una chica de buen aspecto, que a veces también se pasa ofreciendo té y café; y fuera del autobús el viaje a la Capadoccia, y fuera de él, el Erasmus, y, fuera de él, la vida que me ha tocado vivir, en la que no he conocido ningún día en el que me haya faltado comida, techo y calor. No sólo eso, si no que también he disfrutado de ropa, amigos, entretenimiento, educación y salud.

He pensado en todas esas capas de comodidad y lujo que se amontonan sobre mi existencia como mantas en la cama de un enfermo. Y mientras comía el bombón con fruición he pensado, maldita la necesidad de este bombón en este momento, lo despreciable y prescindible que me es. Y malditas lucecitas del techo, y maldita joven azafata y viaje y vida sin ningún capricho sin resolver. Y sí, lo reconozco, mientras seguía con el funesto dulce he pensado en niños que mueren de hambre en un mundo de 7.000 millones de personas. Y yo con mi bombón.

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