Musa

He aquí una experiencia capaz de profundizar en la sensibilidad del escritor de tal forma, que, como si se tratase de una semilla, de ella nacerá la necesidad vírica de escribir. De crear algo con palabras que se le parezca, que copie burdamente esta imagen, que la desenfoque con imprecisiones pero que aún así consiga provocar algo parecido a lo que el escritor y único testigo de la experiencia sintió al ir a parar frente a ella.

Un banco de un vagón de metro de cuatro asientos en el que sólo hay sentada una mujer. Una mujer cuya belleza se movía alegremente en una suave curva que toma la edad entre los veintitantos y treintaytantos. La madurez de su expresión, del tono de su mirada, de las líneas que surcaban delicadamente cerca de su boca, se agarraba del brazo de su piel fina y clara, su pelo castaño, la firmeza de sus miembros y daban vueltas y saltos en una danza perfecta. Tenía ojos castaños, mirada oblicua, nariz recta y prominente. El maxilar algo abultado empujaba sus labios. Sus cejas, cuidadas, eran dos líneas rectas que recibían una inflexión de ángulo y localización adecuados. Sus brazos y piernas eran rectos y delicados y huían de la delgadez.

 Iba de noche, con un vestido rojo de cuerpo entero que al sentarse había dejado sus rodillas al descubierto, y que cuando se fue a levantar más tarde demostraría ser el mejor compañero para su suave cintura, a la que realzaba sin transformar su naturaleza. Además, también contribuía en la parte superior. Y con una separación equivalente precisamente a la que había entre el centro de sus pechos se disponían dos botones dorados que iniciaban sendas columnas que se alargaban descendiendo dos botones más. No llevaba medias. Sus pies quedaban a la vista dentro de unos zapatos ligeros de tacón grueso y corto. Sobra decir que eran unos pies bonitos.

Estaba sentada con las piernas cruzadas. Sus manos, también cruzadas, descansaban en su regazo. Miraba a su alrededor como con miedo, sin atreverse a posar su mirada más de unos segundos en ningún lado. Tenía cierto aire de inocencia y algo en sus ojos brillaba como si una amenaza se cerniese sobre ellos, como los de un cachorro animal recién nacido. Parecía consciente de lo hermosa que era y lo peligroso que esto puede ser en el metro de una gran ciudad por las noches. Eso la hacía aún más rara y preciosa.

Se levantó y se giró hacia la puerta. Una huella rojiza había aparecido en la parte posterior de la rodilla derecha, debido a la presión de la otra rodilla al descansar una pierna sobre la otra todo el trayecto. Se paró el vagón, se abrieron las puertas, y esa marca rojiza, que ya se iba, es el fin de esta experiencia.

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