El cojín

Me despierto de un susto con la alarma del móvil. Lo apago inmediatamente, al mismo tiempo que recuerdo qué día es y por qué está la alarma puesta. También recuerdo cuántas horas llevo durmiendo y entonces mi sueño encuentra una justificación y me abandono a ella para seguir durmiendo.

Abrazo la almohada. La aprieto contra mí, fuerte. La atrapo con las manos, la cabeza y los brazos. Su contacto me consuela. Me refugio en ella. No quiero salir de aquí, a enfrentarme con el día que me espera, con el mundo. Tomo conciencia de ello y hundo mi cabeza con más fuerza aún. La quiero. La AMO. Es lo único bueno que hay en el mundo. Recuerdo cuando era pequeño, muy pequeño, y, por las mañanas, mi madres se iba al trabajo y me dejaba solo. Bueno, imagino que alguien se quedaría conmigo. Pero mi madre se había ido, y yo me sentía absolutamente solo, pequeño y desgraciado, rodeado de cosas que el sol aún no había conseguido calentar. Recuerdo esa sensación y creo que el abrazo que le doy ahora a la almohada es el mismo que le daría a mi madre para que no se fuese nunca. Y la almohada responde con el calor de una madre.

No sé cómo he conseguido levantarme hoy.

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5 comments

  1. Qué razón tienes con lo de que la almohada es lo único bueno que hay en el mundo. Sólo nos hace felices, no trae disgustos y siempre está ahí para que le lloremos nuestras penas. Joder, quiero a mi almohada.

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